educación

¿Qué cosas debemos tener en cuenta para una correcta educación de nuestros hijos?

Pregunta:

¿Qué cosas debemos tener en cuenta para una correcta educación de nuestros hijos?

 

Respuesta:

Reproducimos un artículo tomado de Fundación Arbil (n. 97) – http://www.arbil.org

Enseñarles a tener todos estos principios en cuenta puede constituir la herencia más valiosa que, en el conjunto íntegro de la educación, leguen los padres a sus hijos

Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables educadores de su hijos. Su misión no es fácil. Está llena de contrastes en apariencia irreconciliables: han de saber comprender, pero también exigir; respetar la libertad de los chicos, pero a la vez guiarles y corregirles; ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción que el realizarlas lleva consigo…

De ahí que los padres tengan que aprender por sí mismos a serlo… y desde muy pronto. En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos de alta responsabilidad. ¿Por qué en el «oficio de padres» debería ser de otra forma? ¿Acaso porque se trata más de un arte que de una ciencia? De acuerdo; pero en ningún arte bastan la inspiración y la intuición; es menester también instruirse, formarse.

En cualquier caso, aprender este «oficio» no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Tales recetas no existen. Existen, por el contrario, principios fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida de su vida, para con ellos encarar la práctica diaria.

Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré un memorándum , el más accesible y concreto posible, de los principales criterios y sugerencias sobre «el arte de las artes», como ha sido llamada la educación.

— Tres consejos de primer orden. 

1) La primera cosa que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos 

Según escribe G. Courtois en El arte de educar a los muchachos de hoy , la educación requiere, además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor». Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sentido común, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para obtener seguros resultados.

¿Por qué? Entre otros motivos, porque «cada niño es un caso» absolutamente irrepetible, distinto de todos los demás. Ningún manual es capaz de explicarnos ese «caso» concreto. Hay que aprender a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los hijos. Y solo el amor permite conocer a cada uno de ellos tal como es hoy y ahora y actuar en consecuencia: aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que «el amor es ciego», resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, solo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura.

De hecho, será el amor el que enseñe a los padres a descubrir el momento más adecuado para hablar y para callar; el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio y el de respetar su necesidad de estar a solas; las ocasiones en que conviene «soltar un poco de cuerda» y «no darse por enterados» frente a aquellas otras en que lo que procede es intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza…

Y, según decía, en todo este difícil arte los padres resultan insustituibles. Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo. Una dependiente inteligente les explicó: «lo siento, pero no vendemos padres».

2) La primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí 

«Hacemos que no le falte de nada, estamos pendientes hasta de sus menores caprichos, y sin embargo…». Expresiones como ésta las oímos a menudo, proferidas por tantos padres que se vuelcan aparentemente sobre sus hijos —alimentos sanos, reconstituyentes, juegos, vestidos de marca, vacaciones junto al mar, diversiones, etc.—, pero se olvidan de la cosa más importante que precisan los críos: que los propios padres se amen y estén unidos.

El cariño mutuo de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y ese mismo afecto recíproco debe completar la tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado. El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas causas —el amor de los padres— que engendraron al hijo.

Desde hace ya bastantes siglos se ha dicho que, al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro «útero» y otro «líquido», sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre al quererse de veras.

Por eso, cada uno de los esposos debe engrandecer la imagen del otro ante los hijos y evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de éstos hacia su cónyuge. Desde que los críos son muy pequeños, además de manifestar prudente pero claramente el afecto que los une, los padres han de prestar atención a no hacerse reproches mutuos delante de ellos, a no permitir uno lo que el otro prohíbe, a evitar de plano ciertas aberrantes recomendaciones al niño: «esto no se lo digas a papá (o a mamá)», etc.

3) Enseñar a querer 

Como acabamos de ver, el principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como fruto de ese amor, que quieran de veras a sus hijos; el fin de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar .

Curiosamente y en compendio, educar es amar, y amar es enseñar a amar.

Según explica Rafael Tomás Caldera, «la verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el amor. Todo lo otro —capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual— tiene que confluir en el amor o carece en definitiva de sentido»… e incluso, si no se encamina al amor, pudiera resultar perjudicial.

La entera tarea educativa de los padres ha de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros.

>Sólo así contribuirán eficazmente a hacerlos felices, puesto que la dicha —como muestran desde los filósofos más clásicos hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos— no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorar progresivamente: y esto solo se consigue amando más y mejor , dilatando las fronteras del propio corazón.

— Siete recomendaciones más. 

4) El mejor educador es el ejemplo. 

Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. Jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan incluso cuando están super-ocupados jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.

Por eso los padres educan o deseducan, ante todo, con su ejemplo.

Además, el ejemplo posee un insustituible valor pedagógico, de confirmación y de ánimo: no hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o antes que él. Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las conductas… y arrastra.

En el extremo opuesto la incongruencia entre lo que se aconseja y lo que se vive es el mayor mal que un padre o una madre puede infligir a sus hijos: sobre todo a determinadas edades, cuando el sentido de la «justicia» se encuentra en los chicosrígidamente asentado, sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza a los demás.

5) Animar y recompensar. 

El niño es muy receptivo. Si se le repite con frecuencia que es un maleducado, un egoísta, que no sirve para nada, se creerá y será verdaderamente maleducado, egoísta, e incapaz de realizar tarea alguna…«aunque no fuera sino para no defraudar a sus padres». Es mejor que tenga un poco de excesiva confianza en sí mismo, que demasiado poca. Y si lo vemos recaer en algún defecto, resultará más eficaz una palabra de ánimo que echárselo en cara y humillarlo. Mostrar al hijo que confiamos en sus posibilidades es para él un gran incentivo; en efecto, el pequeño —como, con matices, cualquier ser humano— se encuentra impulsado a llevar a la práctica la opinión positiva o negativa que de él se tiene y a no defraudar nuestras expectativas al respecto.

Cuando hace una observación correcta, incluso opuesta a la que nosotros acabamos de comentar o sugerir, no hay que tener miedo a darle la razón. No se pierde autoridad; más bien al contrario, la ganamos, puesto que no la hacemos residir en nuestros puntos de vista, sino en la misma verdad objetiva de lo que se propone.

Al animar y elogiar es preferible estar más atentos al esfuerzo hecho que al resultado obtenido. En principio, no se debe recompensar al niño por haber cumplido un deber o por haber tenido éxito en algo, si el conseguirlo no le ha supuesto un empeño muy especial. Un regalo por unas buenas calificaciones es deformante. Las buenas calificaciones, junto con la demostración de nuestra alegría por ese resultado, deberían ser ya un premio que diera suficiente satisfacción al niño.

Tampoco es bueno multiplicar desmesuradamente las gratificaciones. Por un lado, porque se le enseña a actuar no por lo que en sí mismo es bueno, sino por la recompensa que él recibe (o, lo que es idéntico, a pensar más en sí mismo que en los otros). Y además, porque cuando éstas vinieran a faltar, el pequeño se sentirá decepcionado: premiar reiteradamente lo que no lo merece equivale a transformar en un castigo todas las situaciones en que esa compensación esté ausente.

Conviene no olvidar una ley básica: educar a alguien no es hacer que siempre se encuentre contento y satisfecho, por tener cubiertos todos sus caprichos o deseos , sino ayudarle a sacar de sí (e-ducir), con el esfuerzo imprescindible por nuestra parte y la suya, toda esa maravilla que encierra en su interior y que lo encumbrará hasta la plenitud de su condición personal… haciéndolo, como consecuencia, muy dichoso.

6) Ejercer la autoridad, sin forzarla ni malograrla. 

Por lo mismo, para educar no son suficientes el cariño, el buen ejemplo y los ánimos; es preciso también ejercer la autoridad, explicando siempre, en la medida de lo posible, las razones que nos llevan a aconsejar, imponer, reprobar o prohibir una conducta determinada.

La educación al margen de la autoridad, en otro tiempo tan pregonada, se presenta hoy como una breve moda fracasada y obsoleta, contradicha por aquellos mismos que la han sufrido. El niño tiene necesidad de autoridad y la busca. Si no encuentra a su alrededor una señalización y una demarcación, se torna inseguro o nervioso. Incluso cuando juegan entre ellos, los niños inventan siempre reglas que no deben ser transgredidas. Por lo demás, todos sabemos lo antipáticos, molestos y tiránicos que son los hijos de los otros, cuando están malcriados, habituados a llamar siempre la atención y a no obedecer cuando no tienen ganas.

Pero tratándose de los propios, es más difícil un juicio lúcido. No se sabe bien si imponerse o abajarse a pactar y dejar hacer, para no correr el riesgo de tener una escena en público…, o acabar la cuestión con una explosión de ira y una regañina (que después deja más incómodos a los padres que al niño).

Por detrás de esta inseguridad, hay siempre una extraña mezcla de miedos y prevenciones. El horror a perder el cariño del chiquillo, el temor a que corra algún riesgo su incolumidad física, el pavor a que nos haga quedar mal o nos provoque daños materiales.

En definitiva, aunque no lo advirtamos ni deseemos, nos queremos más a nosotros mismos que al chico o la chica, anteponemos nuestro bien al suyo. De ahí que, si por encima de tantos temores prevaleciera el deseo sincero y eficaz de ayudar al crío a reconocer los propios impulsos egoístas, la codicia, la pereza, la envidia, la crueldad, etc., no existiría esa sensación de culpa cuando se lo corrigiera utilizando el propio ascendiente.

Con base en lo expuesto hasta aquí, y aun cuando no esté de moda, es menester reiterar de modo claro y neto la imposibilidad de educar sin ejercer la autoridad (que no es autoritarismo) y exigir la obediencia desde el mismo momento en que los niños empiezan a entender lo que se les pide. Por eso, es importante que los padres, explicando siempre los motivos de sus decisiones, indiquen a los niños lo que deben hacer o evitar, no dejando por comodidad caer en el olvido sus órdenes, ni permitiendo que los niños se les opongan abiertamente.

Como consecuencia, un criterio básico en la educación del hogar es que deben existir muy pocas normas y muy fundamentales y nunca arbitrarias , lograr que siempre se cumplan… y dejar una enorme libertad en todo lo opinable, aun cuando las preferencias de los hijos no coincidan con las nuestras: ¡ellos gozan de todo el «derecho» a llegar a ser aquello a lo que están llamados… y nosotros no tenemos ninguno a convertirlos en una réplica de nuestro propio yo!

A veces, sin embargo, se prohíbe algo sin saber bien por qué, qué es lo que encierra de malo, sólo por impulso, por las ganas de estar tranquilos o porque uno se siente nervioso y todo le molesta. Se compromete así la propia autoridad sin que sea necesario, abusando de ella… y se desconcierta a los muchachos, que no saben por qué hoy está vedado lo que ayer se veía con buenos ojos.

Cualquier niño sano tiene necesidad de movimiento, de juego inventivo y de libertad. Interviniendo de manera continua e irrazonable se acaba por hacer de la autoridad algo insufrible. Como aquella madre de la que se cuenta que decía a la niñera: «Ve al cuarto de los niños a ver que están haciendo… y prohíbeselo».

Por otro lado, la convicción del niño de que nunca hará desistir a los padres de las órdenes impartidas posee una extraordinaria eficacia, y ayuda enormemente a calmar las rabietas o a que no lleguen a producirse. (Lo más opuesto a esto, como ya he insinuado, es repetir veinte veces la misma orden —lávate los dientes, dúchate, vete ya a dormir…— sin exigir que se cumpla de inmediato: provoca un enorme desgaste psíquico, tal vez sobre todo a las madres, que suelen pasar mayor parte del día bregando con los críos, al tiempo que disminuye o elimina la propia autoridad).

Vale asimismo la pena estar atentos al modo como se da una indicación. Quien ordena secamente o alzando sin motivo el volumen de la voz deja siempre traslucir nerviosismo y poca seguridad. Un tono amenazador suscita con razón reacciones negativas y oposiciones. Demos las órdenes o, mejor, pidamos por favor, con actitud serena y confiando claramente en que vamos a ser obedecidos. Reservemos los mandatos estrictos para las cosas muy importantes. Para las demás peticiones resultará preferible utilizar una forma más blanda: «¿serías tan amable de…?», «¿podrías, por favor…?», «¿hay alguno que sepa hacer esto?». De este modo, se estimulará a los críos para que realicen elecciones libres y responsables, y se les dará la ocasión de actuar con autonomía e inventiva, de sentirse útiles… y experimentar la satisfacción de tener contentos a sus padres.

A veces es necesario pedir al hijo un esfuerzo mayor del acostumbrado; convendrá entonces crear un clima favorable. Si, por ejemplo, sabéis que vuestro cónyuge está particularmente cansado o lo atenaza una jaqueca insufrible, hablaréis a solas con el niño y le diréis: «Mamá (o papá) tiene un fuerte dolor de cabeza; por eso, esta tarde te pido un empeño especial para hacer el menos ruido posible…». Quizá sea oportuno darle una ocupación, y dirigirle una mirada cariñosa o una caricia, de vez en cuando, para recompensar sus desvelos… sin olvidar que en este, como en los restantes casos, hay que arreglárselas para que el niño cumpla su obligación.

Firmeza, por tanto, para exigir la conducta adecuada, pero dulzura extrema en el modo de sugerirla o reclamarla.

7) Saber regañar y castigar. 

Los ánimos y las recompensas no son normalmente suficientes para una sana educación. Un reproche o una punición, dados de la manera oportuna, proporcionada y sin arrepentimientos injustificados, contribuirá a formar el criterio moral del muchacho.

Sensata e inteligente debe ser la dosificación de las reprimendas y de los castigos. La política del «dejar hacer» es típica de los padres o débiles o cómplices. También en la educación, la «manga ancha» viene dictada a menudo por el temor de no ser obedecido o por la comodidad («haz lo que quieras, con tal de dejarme en paz»)… que no son sino otros tantos modos de amor propio: de preferir el propio bien (no esforzarse, no sufrir al demandar la conducta correcta) al de los hijos.

Pero resultaría pedante, o incluso neurótico, un continuo y sofocante control de los chicos, regañados y castigados por la más mínima desviación de unos cánones despóticos establecidos por los padres.

Para que una reprensión sea educativa ha de resultar clara, sucinta y no humillante. Hay por tanto que aprender a regañar de manera correcta, explícita, breve, y después cambiar el tema de la conversación. En efecto, no se debe exigir que el hijo reconozca de inmediato el propio mal y pronuncie un mea culpa , sobre todo si están presentes otras personas (¿lo hacemos nosotros, los adultos?). Convendrá también elegir el lugar y el momento pertinente para reprenderle; a veces será necesario esperar a que haya pasado el propio enfado, para poder hablar con la debida serenidad y con mayor eficacia.

Por otro lado, antes de decidirse a dar un castigo, conviene estar bien seguros de que el niño era consciente de la prohibición o del mandato. Naturalmente, hay que evitar no solo que la sanción sea el desahogo de la propia rabia o malhumor, sino también que tenga esa apariencia. Tratándose de fracasos escolares, conviene saber juzgar si se deben a irresponsabilidad o a limitaciones difícilmente superables del chico o de la chica.

Cuando se reprenda es menester además huir de las comparaciones: «Mira cómo obedece y estudia tu hermana…». Las confrontaciones sólo engendran celos y antipatías.

Tener que castigar puede y debe disgustarnos, pero a veces es el mejor testimonio de amor que cabe ofrecer a un hijo: el amor «todo lo sufre», cabría recordar con san Pablo,… incluso el dolor de los seres queridos, siempre que tal sufrimiento sea necesario. Ningún temor, por tanto, a que una corrección justa y bien dada disminuya el amor del hijo respecto a vosotros. A veces se oye responder al muchacho castigado: «¡No me importa en absoluto!». Podéis entonces decirle, con toda la serenidad de que seáis capaces: «No es mi propósito molestarte ni hacerte padecer».

8) Formar la conciencia. 

En nuestra sociedad, los niños resultan bombardeados por un conjunto de eslóganes y de frases que transmiten «ideales» no siempre acordes con una visión adecuada del ser humano, e incapaces por tanto de hacerlos dichosos. La solución no es un régimen policial, compuesto de controles y de castigos. Es menester que los hijos interioricen y hagan propios los criterios correctos, que formen su conciencia, aprendiendo a distinguir claramente lo bueno de lo malo.

Y para ello no basta con decirles: «¡Esto no está bien!» o, menos todavía, «¡Esto no me gusta!». Se corre el riesgo de transformar la moral en un conjunto de prohibiciones arbitrarias, carentes de fundamento. Por el contrario, es muy importante «educar en positivo» , como se suele afirmar; lo cual equivale, en mi opinión, a mostrar la belleza y la humanidad de la virtud alegre y serena, desenvuelta y sin inhibiciones . Para lograrlo, hay que esforzarse por vivir la propia vida, con todas sus contrariedades, como una gozosa aventura que vale la pena componer cada día. En tales circunstancias, al descubrir la hermosura y la maravilla de hacer el bien, el niño se sentirá atraído y estimulado para obrar correctamente.

Además, interesa hacer comprender lo decisiva que es la intención para determinar la moralidad de un acto, y ayudar a los hijos a preguntarse el porqué de un determinado comportamiento. A tenor de sus respuestas, se les hará ver la posible injusticia, envidia, soberbia, etc., que los ha motivado. El denominado complejo de culpa, es decir, la obscura y angustiosa sensación de haberse equivocado, acompañada de miedo o de vergüenza, nace justo de la falta de un valiente y sereno examen de la calidad moral de nuestros actos. Por el contrario, como muestran también los psiquiatras más avezados, es necesario y sano el sentido del pecado. La clara percepción de las propias concesiones y faltas, con las que hemos vuelto las espaldas a Dios, provoca un remordimiento que activa y multiplica las fuerzas para buscar de nuevo el amor que perdona.

Para formar la conciencia puede también ser útil comentar con el niño la bondad o maldad de las situaciones y hechos de los que tenemos noticia, así como sugerirle la práctica del examen de conciencia personal al término del día, acaso ayudándole en los primeros pasos a hacerse las preguntas adecuadas. A medida que crece, hay que dejarle tomar con mayor libertad y responsabilidad sus propias decisiones, diciéndole como mucho: «Yo, de ti, lo haría de este o aquel modo» y, en su caso, explicándole brevemente el porqué.

9) No malcriar a los niños. 

Se malcría a un niño con desproporcionadas o muy frecuentes alabanzas, con indulgencia y condescendencia respecto a sus antojos. Se lo maleduca también convirtiéndolo a menudo en el centro del interés de todos, y dejando que sea él quien determine las decisiones familiares. Un pequeño rodeado de excesiva atención y de concesiones inoportunas, una vez fuera del ámbito de la familia se convertirá, si posee un temperamento débil, en una persona tímida e incapaz de desenvolverse por sí misma. Si, por el contrario, tiene un fuerte temperamento, se transformará en un egoísta, capaz de servirse de los otros o de llevárselos por delante.

Por eso, frente a los caprichos de los niños no se debe ceder: habrá simplemente que esperar a que pase la pataleta, sin nerviosismos, manteniendo una actitud serena, casi de desatención, y, al mismo tiempo, firme. Y esto, incluso —o sobre todo— cuando «nos pongan en evidencia» delante de otras personas: su bien (¡el de los hijos!) debe ir siempre por delante del nuestro .

10) Educar la libertad. 

En este ámbito, la tarea del educador es doble: hacer que el educando tome conciencia del valor de la propia libertad, y enseñarle a ejercerla correctamente.

Pero no resulta fácil entender a fondo lo que es la libertad y su estrecha relación con el bien y con el amor. ¿Quién es auténticamente libre?: el que, una vez conocido, hace el bien porque quiere hacerlo , por amor a lo bueno. Al contrario, va «perdiendo» su libertad quien obra de manera incorrecta. Un hombre puede quitarse la vida porque es «libre», pero nadie diría que el suicidio lo mejora en cuanto persona o incrementa su libertad.

Educar en la libertad significa por tanto ayudar a distinguir lo que es bueno (para los demás y, como consecuencia, para la propia felicidad), y animar a realizar las elecciones consiguientes, siempre por amor .

Conceder con prudencia una creciente libertad a los hijos contribuye a tornarlos responsables. Una larga experiencia de educador permitía afirmar a San Josemaría Escrivá: «Es preferible que [los padres] se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre».

En definitiva, igual que antes afirmaba que el objetivo de toda educación es enseñar a amar, puede también decirse —pues en el fondo es lo mismo— que equivale a ir haciendo progresivamente más libre e independiente a quienes tenemos a nuestro cargo: que sepan valerse por sí mismos, ser dueños de sus decisiones, con plena libertad y total responsabilidad.

— …Y la clave de las claves 

11) Recurrir a la ayuda de Dios. 

El conjunto de sugerencias ofrecidas hasta el momento estarían incompletas si no dejáramos constancia de este «último» y fundamentalísimo precepto, que debe acompañar a todos y cada uno de los precedentes.

Educar procede de e-ducere ex-traer hacer surgir. El agente principal e insustituible es siempre el propio niño. De una manera todavía más profunda, Dios, en el ámbito natural o por medio de su gracia, interviene en lo más íntimo de la persona de nuestros hijos, haciendo posible su perfeccionamiento.

Ningún hijo es «propiedad» de los padres; se pertenece a sí mismo y, en última instancia, a Dios. Por tanto, y como apuntaba, no tenemos ningún derecho a hacerlos a «nuestra imagen y semejanza». Nuestra tarea consiste en «desaparecer» en beneficio del ser querido, poniéndonos plenamente a su servicio para que puedan alcanzar la plenitud que a cada uno le corresponde: ¡la suya !, única e irrepetible.

Por consiguiente, el padre o la madre, los demás parientes, los maestros y profesores… pueden considerarse colaboradores de Dios en el crecimiento humano y espiritual del chico; pero es este el auténtico protagonista de tal mejora.

A los padres en concreto, en virtud del sacramento del matrimonio, se les ofrece una gracia particular para asumir tan importante tarea. Por todo ello es muy conveniente que, sobre todo pero no sólo en momentos de especial dificultad, invoquen la ayuda y el consejo de Dios… y que sepan abandonarse en Él cuando parece que sus esfuerzos no dan los resultados deseados o que el chico —en la adolescencia, pongo por caso— enrumba caminos que nos hacen sufrir.

Además, no debe olvidarse del gran servicio gratuito del Ángel Custodio, a quien el propio Dios ha querido encargar el cuidado de nuestros hijos. Y recordar también que la Virgen continúa desde el cielo desplegando su acción materna, de guía y de intercesión.

Tomás Melendo Granados
tmelendo@masterenfamilias.com
www.masterenfamilias.com 

sexualidad

Educar al niño en su sexualidad (0 a 11 años)

La Educación Sexual es un tema que preocupa a padres y educadores. La familia es el lugar privilegiado para enseñar y formar a los niños y adolescentes en la comprensión del don de la sexualidad y del correcto ejercicio de ella.

Hablar de sexualidad es positivo y enriquecedor, nunca debe ser tratado como algo sucio u obsceno. Ha de haber respeto, seriedad e, incluso, admiración ante el hermoso hecho de que somos hombres y mujeres y podemos dar vida a otro ser humano.

Estas líneas quieren ser un apoyo a padres y educadores, con la convicción de que son ellos, los que conocen personal y profundamente a cada niño, los que pueden acompañarle y guiarle en la tarea de transformarse en adultos.

  • Primera Infancia (hasta los 7 años)
  • Segunda Infancia (7 a 9 años)
  • Pre-adolescencia (9 a los 11 años)

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Primera Infancia (aproximadamente hasta los 7 años)

Durante la infancia los niños “descubren” la existencia de los sexos: saben que hay niños y niñas y que son diferentes. En esta edad es muy importante que los padres digan a sus hijos lo felices que se sintieron cuando supieron que era “él o ella” en el momento de nacer o en una ecografía. El niño está desarrollando las bases de su seguridad personal y de su propia personalidad y necesita mucho el saberse querido y aceptado como es, por aquellos que más ama: sus padres.

Es también muy importante que los niños observen una clara distinción en los papeles de papá y mamá. En el vestir, en las actitudes empleadas, etc. Esto no significa educar en la idea de que el hombre fuera de casa y la mujer en la cocina, es bueno que los niños vean a papá ayudando en casa y mamá que puede trabajar fuera, pero saber que hay ciertas “tareas” que cada uno de ellos hace por los demás miembros de la familia.

El niño pequeño es egoísta por naturaleza, en su mundo aún no hay más personas que él mimo, mamá y papá, los cuales viven para él. Por este motivo, es importante en estos años ir educando en la generosidad y también en la comprensión de que el amor implica sacrificio y abnegación por los demás. El testimonio de los sacrificios que los padres hacen por sus hijos, que mamá hace por papá y viceversa, es mejor que mil palabras.

Otro elemento muy importante en esta edad es el desarrollo de una relación de confianza con los padres. El niño debe sentirse siempre seguro de que sus palabras son escuchadas, creídas y aceptadas; obviamente esto implica estar atentos a las pequeñas mentiras o fantasías normales y ayudarle al niño a reconocer entre la realidad y sus sueños y a asimilar que es mejor siempre decir la verdad aunque duela. Esto facilitará que más adelante sea a sus padres a los que consulte sus dudas respecto a su sexualidad, y disminuirá el riesgo de ser objeto de abuso. Un niño bien atendido, que confía en sus padres y está advertido de los extraños, es una presa difícil para quienes abusan de menores.

Objetivos en la educación sexual a esta edad:

  • que el niño desarrolle una sana afectividad por quienes les rodean y hacia sí
  • que el niño vaya conociendo progresivamente las diferencias sexuales entre hombres y mujeres
  • que viva con naturalidad su realidad corporal y sus funciones
  • que vaya adquiriendo un vocabulario adecuado para estas realidades
  • que comprenda la importancia del amor en las relaciones familiares
  • que reconozca el papel de la familia en su vida y su papel en su familia
  • que comprenda que los niños tienen padre y madre, que se desarrollan en el vientre de su madre (generalmente basta hablar de una semilla inicial)
  • que sepa los conceptos básicos del nacimiento de los niños y la necesidad de mayor atención y cuidados que tienen los bebés
  • que comprenda y viva que el crecimiento no sólo es aumento de tamaño sino que implica responsabilidades

Medios que pueden utilizar padres y formadores:

  • tener manifestaciones de cariño hacia los niños, éstas dependerán de las costumbres de la familia, del carácter de los niños, etc; pero nunca pensar que porque han dejado de ser “bebés” ya no necesitan besos, caricias, abrazos, palmaditas en el hombro, etc.
  • demostrar siempre cariño y atención a sus preguntas y comentarios, que los niños vean que tiene atención, pero sin permitirles abusar
  • ser claros y veraces ante las preguntas de los niños, adecuando la cantidad de información a la capacidad de comprensión del niño
  • aprovechar las oportunidades que presentan los hechos de la vida normal: la llegada de un nuevo hermano o primo generará curiosidad y la posibilidad de entablar muy buenas conversaciones
  • estar atentos a la información que los niños están recibiendo por televisión u otros medios. Saber mostrar lo que es natural y que hay personas que realizan conductas diferentes no adecuadas
  • desde los 3 años los niños comienzan a entender la importancia de la intimidad y el pudor. Fomentarlo con el testimonio y las palabras.
  • si sorprenden a los niños en juegos o comportamientos inadecuados, distraerlos y buscar que se interesen en otros. Si insisten o preguntan por qué no pueden jugar a eso, decir que no está bien y no tocar nuevamente el punto

Segunda Infancia (7 a 9 años)

Esta es una edad relativamente tranquila en la que el niño madura intelectual y moralmente. Acostumbra a ser llamada la edad de la obediencia porque los niños suelen ser dóciles a las indicaciones de los mayores. En esta edad la sexualidad se expresa en un vivo sentido del pudor, los niños ya no desean que sus madres les ayuden a bañarse ni que los acompañen al baño. Es tal vez señal del inicio del sentido de expresión de la propia dignidad. Inicialmente niños y niñas se mezclan fácilmente, pero poco a poco comienzan una progresiva separación de sexos, dejando de jugar juntos. Demuestran interés por el papel y características sexuales de ambos sexos. Hay mayor curiosidad por el embarazo y el papel del padre en la procreación. Ya a los nueve, comienzan a buscar material informativo: dibujos, explicaciones, preguntan a los amigos y si alguno del grupo adquiere información con facilidad la dará a sus compañeros, aunque no sea de la mejor forma posible.

Es una época serena, pero la curiosidad sexual sigue existiendo y actualmente hay muchas formas en que un niño puede acceder a información sin necesidad de consultar a sus padres. No hay que temer adelantarse, se puede ir tanteando terreno con comentarios y preguntas en momentos de conversación tranquila y sin interrupciones para ver qué tanto saben, qué intereses o curiosidades tienen.

En general el niño o la niña harán preguntas, si no las hacen es mejor adelantarse y plantear el tema. Su interés es intelectual, curiosidad sana por comprender algo que pertenece a la vida cotidiana. Siempre es mejor que reciba la información de sus padres, antes que de un amigo o de una revista o película, es mejor adelantarse un poco que llegar tarde.

Cuando se entable la conversación, hay que evitar que sea un simple informar y en realidad sea una formación en el amor. No es necesario decirlo todo de una vez, se pueden dar algunas informaciones básicas dejando la puerta abierta para próximas “charlas”. Terminar, por ejemplo, con un “cuando tengas otra duda me dices y continuamos”, “hay otros elementos del mismo tema, pero creo que por hoy es suficiente, así tenemos tema de conversación para la próxima”. Y no tener miedo de decir al niño que es mejor que todo esto lo sepa por sus padres o formadores que por amigos o extraños, porque ellos no siempre tendrán toda la información y pueden equivocarse.

Caso: Una niña de nueve años recibió esta información de una amiguita de clases de la misma edad: “Papá y mamá se acuestan desnudos, papá encima de mamá y así se engendran los niños”. Al comentarlo con su hermana menor, ésta decidió inteligentemente decirlo a la madre de ambas que las reunió para tener una charla “de mujer a mujer”. Les explicó someramente las relaciones sexuales en un matrimonio, dentro de lo que podían comprender y aprovechó para informarlas acerca de las menstruaciones. El tema volvió a salir varias veces en los años siguientes, y en algunas ocasiones el papá estaba presente. Cuando ambas niñas tuvieron su menarquia algunos años después, no se sorprendieron ni angustiaron.
Respecto a las relaciones sexuales la mamá optó por ser clara (dado lo que ya habían escuchado de su compañera), pero especificó que ocurre en el matrimonio y por amor; y no se extendió demasiado en el tema.

Es muy importante en esta edad continuar formando integralmente a los niños, en los valores morales, en el ejercicio de la voluntad, en la docilidad a la propia conciencia. A esta edad comienzan a ser capaces de entender porqué ciertas acciones no se hacen, porqué sus padres les prohíben algunas compañías o ir a ciertos lugares; pero para entender necesitan saber, los padres deben dialogar con sus hijos, llevarlos a interiorizar e ir haciendo suyos normas y principios de conducta.

Algunos elementos prácticos que pueden ayudar:

  • acostumbrarlos a hacer pequeños sacrificios
  • fomentar los momentos de conversación en privado con cada hijo: al salir de compras, al ir a recoger al hermano
  • saber qué material reciben nuestros hijos: por TV, revistas, Internet, los amigos, etc.

Los objetivos más específicos de la educación sexual a esta edad están en una situación intermedia entre los de la primera infancia y de la prepubertad. En este sentido dependerá mucho de la madurez de cada niño, de la situación de la familia, de la realidad que lo circunda y por lo tanto, es importante para padres y educadores comprender que cada niño es diferente y que debe adaptarse y adecuarse a sus necesidades. Esto es exigente, pero es señal de verdadero amor y cariño.

Medios que pueden utilizar padres y formadores:

  • continuar demostrando el cariño y la confianza en ellos, pueden “rechazar” las demostraciones de cariño porque “ya soy grande”, pero es una pantalla y necesitan seguir sintiendo que son importantes para sus padres
  • mantener el clima de confianza, que los niños sepan que sus padres les escuchan sin burlas ni prisas, que responden siempre con la verdad, que no rompen sus confidencias innecesariamente
  • fomentar conversaciones “en privado”, interesarse por los gustos, las preocupaciones y los intereses de los niños
  • aprovechar los momentos en que se está a solas con los niños, al recogerlos en el colegio, al terminar las tareas escolares, cuando papá ha tenido una comida de negocios, etc. Si no se dan espontáneamente, entonces es bueno producirlos: invitarlos a comer fuera “solos mamá o papá y tú, para que podamos conversar de tus cosas”
  • conocer las amistades y las actividades que los niños realizan, involucrarse en ellas y estar presentes
  • estar atentos a cambios de comportamiento, aunque difícilmente implicará algo muy grave, sí puede ser manifestación de una preocupación y una ocasión muy buena para entablar una conversación
  • a esta edad los niños son capaces de razonar y comprender los por qué de normas e indicaciones. Comenzar a darles las razones de las cosas, explicarles y no cansarse de repetirles que buscan su propio bien y que en ocasiones implica decir no o marcar límites

Pre-adolescencia (aproximadamente desde los 9 a los 11 años)

En esta edad los niños gustan de la camaradería con otros de su mismo sexo y tienen una enorme energía y capacidad de actividad, que resulta agotador para los adultos. Existe además, un antagonismo entre los sexos que alcanza su punto máximo alrededor de los diez años. Los niños “desprecian” y se ríen de las niñas y ellas los consideran “salvajes” e “incivilizados”. En general a esta edad se mantienen separados por propia iniciativa y les desagradarán las actividades en que los junten, especialmente a los niños, que poseen ya mucha más fuerza física y tienden a realizar juegos más bruscos y que se sienten oprimidos cuando se les pide más suavidad porque “hay niñas también”.

Algunos niños y principalmente algunas niñas, pueden llegar a la pubertad a los 11 años o antes. Es bueno que ya sepan lo que esto significa aunque sin sobredimensionarlo.

En esta edad los niños ya tienen conciencia clara de lo que está mal, aunque a veces creen que son faltas graves cosas que ni remotamente lo son. Los padres y educadores deben continuar trabajando en la formación de la conciencia y voluntad de los niños, en la generosidad y preocupación por los demás. Además es una excelente edad para interesar a los niños en deportes y actividades que los lleven a utilizar la enorme energía que tienen, siendo además un medio muy bueno para colaborar en la formación de la voluntad y de la capacidad de sacrificio: si deseas ser bueno en los deportes debes entrenar y sacrificarte.

En esta edad suelen presentarse períodos de ambivalencia. Los niños pasan de la mayor obediencia y docilidad a la rebelión absoluta. Está comenzando a autoafirmarse y formar su propio carácter. La conciencia empieza a construir un sistema de valores más personal. Es muy importante la compañía, la proximidad y el testimonio de los adultos alrededor de los niños. Si no hay coherencia o las palabras no se corresponden con las experiencias, el niño estará confuso y no sabrá cómo reaccionar, o simplemente creerá que todos son así y, por lo tanto, es posible decir una cosa y hacer otra; hacer una cosa un día y al siguiente distinto según me convenga o me “dé la gana”.

Los padres tiene la difícil tarea de encontrar el justo equilibrio entre libertad y autoridad, evitando los excesos de abandono, dejadez, afecto y sobreprotección y autoridad. Los niños a esta edad necesitan que se les marquen límites y se les den pautas, pero también que se les permita responsabilizarse y hacer elecciones. Hay que ir poco a poco. Se puede comenzar permitiéndole escoger qué ropa desea ponerse, las primeras veces puede ser recomendable ofrecerle opciones: el pantalón azul o el marrón; luego, cuando se sienta más seguro y tenga algunos parámetros de estética podemos dejarlo escoger libremente. O tal vez sea el postre, el juego o el lugar de paseo.

Y por otro lado ya es posible darle responsabilidades. Ya desde pequeños (cuatro o cinco años) los niños desean “contentar” a sus mamás con pequeños servicios, que tal vez no hagan tan bien como ellas, pero es bueno dejarlos porque así aprenden a compartir el trabajo. Al alcanzar esta edad ya pueden responsabilizarse por alguna función en casa: alimentar al perro, sacarlo a pasear, sacar la basura, secar los platos, poner la mesa el domingo, etc. Siempre adecuado a su capacidad y habilidad.

No quedan dudas que esta es la etapa en la que más abiertamente hay que comenzar a tratar con ellos los temas relacionados con la sexualidad, la procreación, etc. El momento exacto y más adecuado deben distinguirlo los padres, pues de ellos es la responsabilidad, ya que son los que mejor pueden explicarlo a su hijo. La escuela puede colaborar, pero respetando el papel principal que la familia debe realizar.

Ya desde los 10 años (incluso antes) las niñas comienzan a preocuparse con el tema de “ser mujer”, las relaciones con los varones, llegar a ser madres, la virginidad. Es muy importante que la mamá se haya convertido en su amiga y confidente, que sea ella la que le dé las informaciones, las respuestas y la ayude a formar el corazón y los sentimientos para madurar correctamente. Lamentablemente hoy, pocas mamás se consideran preparadas y creen que deben dejarlo todo en manos del colegio.

A esta edad las niñas pueden comprender perfectamente todo lo relacionado con su sexualidad y sienten curiosidad porque están experimentando los cambios en su cuerpo. Tendrán compañeras o amigas o primas que ya han llegado a la pubertad, algunas que tienen novio o verán las parejas en el colegio y en los lugares de entretención. Hay que hablar con ellas, explicarles todo con un lenguaje a su alcance pero correcto, no creer que “eso ni se le ocurre”y menos aún “ya lo sabe todo”. Nunca será bastante lo que se haga para educar en el verdadero amor, en el valor de la castidad y virginidad como señal de respeto a sí misma y de amor hacia aquella persona con la que se unirá en matrimonio.

A las madres y educadoras o formadoras, puede servirles para iniciar el tema, dar una charla a un grupo pequeño sobre los cambios físicos y fisiológicos que se viven en esta etapa y dejar la puerta abierta a responder dudas personales cuando lo necesiten. Siempre hay que superar lo puramente fisiológico o biológico; en toda respuesta, en toda conversación hay que llevar hacia la formación del corazón, de sus afectos y de la valoración y respeto de su cuerpo y corazón.

Objetivos de la educación sexual en esta edad:

  • promover el desarrollo armónico e integral de la persona como valor en sí mismo, aceptando su propia sexualidad
  • favorecer una actitud abierta hacia los demás frente a las tendencias del egocentrismo y aislamiento, dado que aceptar y vivir la sexualidad plenamente es reconocer a nuestro ser como ser en relación y apertura al otro
  • favorecer el respeto a la dignidad humana del varón y de la mujer, con el reconocimiento de la igualdad de derechos en el orden político, económico y legal, tanto en la familia como en la sociedad
  • promover el conocimiento de los procesos físicos, psicológicos, sociales y éticos relacionados con la sexualidad
  • conocimiento de los abusos y desviaciones como protección contra los mismos
  • ayudar a eliminar temores y angustias relacionados con el desarrollo y ajuste de lo sexual, preparándolo así a la llegada de la pubertad
  • lograr una educación que cree confianza, educación no sólo sexual, sino general, que ayude al niño a inclinar su naturaleza hacia el bien
  • promover el sentido de responsabilidad en la realización personal de la propia sexualidad, en sus dimensiones personal y comunitaria
  • acompañar al niño en esta etapa para que pueda establecer y mantener el orden de valores y evite la concentración en la esfera sexual, éste es el momento, porque una vez que el niño entra en la pubertad experimentará con mucha fuerza sentimental su sexualidad, y le será más difícil ser objetivo y abrirse a confidencias con los padres
  • llevarlo a hacer una opción de vida en la que la pureza y la decisión de vivir su sexualidad adecuada e integralmente vaya siendo hecha por el niño o pre-púber de forma personal y por auto-convicción
  • continuar con la formación de valores religiosos, morales y humanos, son la base sobre la cual es posible construir el edificio de una personalidad integrada con su sexualidad de forma natural y sana

Algunas consideraciones:

  • los niños deben ir conociendo su sexualidad poco a poco hasta su pleno descubrimiento en la adolescencia
  • la familia es el principal educador de los niños en la sexualidad, y en ella, los padres.
  • la educación sexual debe insertarse en orden a una completa formación moral de los niños y jóvenes, buscando formar una actitud sana hacia la sexualidad humana, basada en el respeto a la dignidad de la persona, en la virtud de la castidad y en la práctica de la autodisciplina2
  • en la familia, la educación sexual no necesita programarse; debe hablarse de ella en el momento adecuado, siendo la enseñanza ocasional en muchas ocasiones la más eficaz
  • la base de la educación sexual exitosa en la familia es la relación de confianza entre padres e hijos. Si los niños y adolescentes se sienten libres para presentar sus dudas a los adultos y saben que recibirán atención y una respuesta verdadera, siempre acudirán y buscarán en ellos la información necesaria
  • una estructura familiar sana es uno de los mejores maestros de sexualidad para los niños y los adolescentes
  • los educadores deben colaborar con los padres, intentando involucrarlos en los programas que se siguen en la escuela
  • maestros y padres enseñan más por el testimonio y ejemplo que por las palabras

Medios que pueden utilizar padres y formadores:

  • en las conversaciones utilizar términos correctos, sin convertirla en una disertación científica.
  • unir sexualidad y afectividad: el amor entre un hombre y una mujer es el fundamento y razón de la vivencia de la sexualidad en el matrimonio
  • tratar al final de la etapa, principalmente con las niñas los temas de la virginidad, la homosexualidad, las relaciones pre-matrimoniales; sin detalle, sino desde el punto de vista de la vivencia del verdadero amor (hay personas que no han aprendido, porque no se les explicó, que la vivencia de la sexualidad verdadera, necesita esperar a la persona con la que unirá su vida para formar una familia, que es verdadero amor el que sabe esperar y respetar al otro y el que no busca satisfacer el propio egoísmo sino darse a los demás, etc. Ideas como estas van calando en la mente y el corazón de los niños y, aunque después se alejen o se dificulte el diálogo, están ahí y saldrán en los momentos adecuados)
  • es importante reforzar el mensaje sobre la necesidad de vivir el pudor y el cuidado del propio cuerpo y la propia intimidad. En general lo que ven en la publicidad y en los lugares públicos se opone a esto, es importante ir ayudando a los niños a crear su propia opinión y decisión, y no dejarse llevar por el ambiente. Por esto es tan importante ayudar a los niños a formar correctamente su conciencia

Tomado de www.mujernueva.org – (Mujer Nueva, 2004-03-18)

____________

1) Madurez y sexualidad. Pedro Trevijano, Ediciones Sígueme. Pág. 72 y ss.

2) Pornografía y violencia en las comunicaciones sociales. Una respuesta pastoral. Consejo Pontificio para las comunicaciones sociales, 9 – V – 1989, n.24. (Citado en Madurez y sexualidad. Pedro Trevijano, Ediciones Sígueme. Pág. 85)

sida

¿Es lícito el uso del preservativo para prevenir el SIDA dentro del matrimonio?

Pregunta:

¿Qué dice la Iglesia del uso de los preservativos como anti-Sida en un matrimonio católico con la única intención de evitar el contagio del Sida cuando uno de los cónyuges está ciertamente infectado por el virus?

Respuesta:

Sobre esta pregunta me veo obligado a contestar en dos niveles:

1. Desde el punto de vista científico

Desde el punto de vista médico intentar combatir el Sida por medio del uso de preservativos es una necedad. Ha dicho en Sidney el Doctor John Billings, especialista en los métodos de regulación de la natalidad: ‘El profiláctico no es garantía suficiente para prevenir el contagio del Sida y los expertos se dan cuenta una vez más de que a este respecto, la verdad ya está dicha’. Es absolutamente cierto que los espermatozoides pueden pasar por los agujeros microscópicos de los preservativos (que miden 5 micras), razón por la cual los preservativos tienen un margen de ineficacia para evitar el embarazo: fallan en prevenir los embarazos por lo menos en un 17,7% del tiempo durante un año de uso y puede llegar a fallar el 36,3% del tiempo en el caso de las jóvenes solteras de grupos minoritarios[1]. Si esto es así en el embarazo, téngase en cuenta que:

…las fallas para evitar el embarazo (del 15,7 al 36,3% del tiempo) se producen a pesar de que la mujer ovula una sola vez durante su ciclo y que, por tanto, el tiempo de fertilidad durante cada ciclo es muy limitado, mientras que la persona puede contagiarse del Sida en cualquier momento de su vida…

…los espermatozoides pueden ser dañados por las altas o bajas temperaturas en que se almacenan o transportan los preservativos…

…los poros de latex de los preservativos de mejor calidad están diseñados para, a duras penas, impedir el paso de los espermatozoides, pero el virus que transmite el Sida es, según algunos datos científicos, 3 veces más pequeño que el virus que transmite el herpes, 6 veces más pequeño que la espiroqueta que causa la sífilis, y 450 veces más pequeño que el espermatozoide… Otros, sin llegar a tanto afirman que ‘está bien establecido que el latex contiene defectos inherentes que son al menos 50 veces más grande que el virus del Sida'[2].

…los preservativos vienen a veces con fallas, que se rompen durante el uso, etc…[3]

…aún cuando un preservativo de buena calidad pudiese impedir el paso del virus, sin embargo, cuando el hombre de lo coloca, lo toca con sus manos humedecidas de secreciones uretrales y bulbo uretrales pre-eyaculatorias que aparecen mucho antes de la erección, por lo que la pared externa del preservativo se contamina con estos fluidos, y que todas las secreciones pre-eyaculatorias (del orden de 0,2 a 0,5 ml.) de un infectado contienen el virtud del Sida, idéntico al que se encuentra en el esperma, por lo que todo sujeto seropositivo podría contagiar a su pareja, aún cuando el preservativo no dejase pasar nada…[4]

…el boletín de ONUSIDA (principal difusor de los preservativos para combatir el Sida) ha declarado, en su análisis de 1998 que a los ‘preservativos distribuidos o vendidos por número de personas que reciben material educativo’… ‘no se le imputan variaciones en la seroprevalencia del VIH en la población'[5], lo que quiere decir que: el reparto de preservativos no disminuye la cantidad de infectados por más que se regalen preservativos a la población sexualmente activa…

Así se comprende que en 1998 la cantidad de personas infectadas haya aumentado un 10% (casi 6 millones de personas más en 1998; un promedio de 11 personas por minuto)[6]; por esto mismo el Dr. Peter Piot, Director de ONUSIDA, informó recientemente que la epidemia del Sida está fuera de control. De acuerdo con las evidencias científicas actuales, no cabe duda que las recomendaciones del ‘sexo seguro’ o ‘de menor riesgo’ ha contribuido a su expansión.

Por tal razón ninguno de los 800 sexólogos que asistían a una conferencia (la National Conference on HIV, Washington DC, 15-18 de Noviembre de 1991) levantó la mano cuando se les preguntó quiénes de ellos le confiarían su vida a un preservativo durante las relaciones sexuales con alguien que ellos supieran que tuviera Sida[7].

2. Desde el punto de vista moral

Desde el punto de vista moral le transcribo esta noticia de ANFA, Servicio Internacional Informativo de Vida Humana Internacional, reproducido en el Boletín ‘Liga por la Decencia’, 134, mayo de 1988: ‘Dando término a una enconada controversia en el episcopado norteamericano, el Diario L’Osservatore Romano dijo que el uso de preservativos como medio para combatir el Sida, ‘es moralmente inaceptable’.

‘La Iglesia Católica, en un comentario titulado ‘Prevención del Sida, aspectos de la ética cristiana’, señaló que ‘buscar la solución al problema del contagio promoviendo el uso de preservativos, significa tomar un rumbo que no sólo no es muy eficaz desde el punto de vista técnico, sino también y por sobre todo, es inaceptable desde el punto de vista moral’.

‘Y agrega: ‘La proposición de que una sexualidad de esta manera es segura, ignora las causas reales del problema, cual es la permisividad que, en la esfera corroe la fibra moral de la gente. La única manera efectiva de prevención es en un 95% de los casos, abstenerse de la práctica sexual fuera del matrimonio y del consumo de drogas’ concluye’.

Veamos los principios que se usan para justificar el uso del preservativo dentro del matrimonio.

1) Principio de intencionalidad: ‘es lícito cuando la intención no es recurrir a su aptitud anticonceptiva sino sólo para evitar el contagio’. Hay que responder que las fuentes de la moralidad son tres, objeto, fin y circunstancias. Por rigor científico la primera que se analiza es el objeto (o sea, la moralidad del acto mismo elegido por la voluntad), y no la intención (es la segunda en el análisis, aunque tal vez no sea la más importante todos y cada uno de los actos). La duda recae precisamente sobre el objeto del acto y no sobre la intención del agente.

2) Principio terapéutico. Se pretende aplicar lo que dice Humanae vitae, 15: ‘La Iglesia, en cambio, no retiene de ningún modo ilícito el uso de los medios terapéuticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese un impedimento, aún previsto, para la procreación, con tal de que ese impedimento no sea, por cualquier motivo, directamente querido’. Este principio no puede aplicarse al caso porque:

a) El uso del preservativo no constituye terapia alguna.

b) Tampoco previene auténticamente.

c) Aun cuando fuese terapéutico no se aplicaría al caso porque el principio terapéutico exige que el medio empleado sea ‘verdaderamente necesario’ (HV,15), y esto en moral se entiende: cuando no hay ninguna otra alternativa más segura para evitar el mal; aquí precisamente hay otra alternativa más segura: la abstinencia sexual[8].

3) Principio de doble efecto: ‘del uso del preservativo se seguirían dos efectos, uno malo (la contracepción) y uno bueno (el amor conyugal sin poner en riesgo la vida del cónyuge)’. No se aplica tampoco porque no cumple la primera de las condiciones para la licita aplicación del principio, a saber: que el acto puesto sea bueno o indiferente; ahora bien, el uso del preservativo no es indiferente, puesto que separa de suyo las dos dimensiones del acto conyugal[9].

4) Principio del mal menor. Algunos dicen que se ‘puede permitir e incluso aconsejar cuando los cónyuges están dispuestos a hacer algo peor (como separarse, recurrir a relaciones extramatrimoniales)’. El principio no se aplica a este caso porque sobre esto hay que tener en cuenta:

a) El principio del mal menor es un principio restringido a un campo particular del obrar humano: el que versa sobre los actos indiferentes y sobre los males puramente físicos (por ejemplo, el obrero que queda con una mano atrapada en un derrumbe y debe elegir entre cortarse la mano o perder la mano y la vida).

b) No vale nunca cuando una de las alternativas es un acto intrínsecamente malo, es decir, un pecado formal. No se aplica, pues, al caso en que haya que elegir entre dos pecados (tomar anticonceptivos o abortar) ya que no se puede elegir ninguno de los dos; o entre un pecado y un mal puramente físico (usar preservativas o tolerar que el marido abandone a su mujer). Porque ante el mal moral rige un principio anterior y superior: ‘hay que hacer el bien y evitar el mal’, y sobre los primeros principios no caben excepciones. Jamás se puede elegir el mal moral, por más que sea el menor de dos males morales: aquello que es inmoral por su objeto, no se hace bueno porque exista la posibilidad de que sucedan males peores, y mientras siga siendo malo jamás podrá ser objeto de elección de un acto bueno y lícito[10].

c) Cuando se trata de actos intrínsecamente malos, el principio del mal menor autoriza a ‘tolerar’ a veces el mal que otros hacen o nos hacen, es decir, no obliga siempre a impedir que otros hagan el mal. Esto no es otra cosa que ‘consentir actué la voluntad del prójimo en una forma determinada, cayendo sobre él toda la responsabilidad de la acción, si es mala'[11]. Esto vale también para la cooperación formal objetiva y material inmediata.

d) Tampoco está bien planteado el caso pues no es cierto que la anticoncepción sea el mal menor de los dos ejemplos dados; en realidad: entre alterar voluntariamente el plan de Dios sobre el acto matrimonial y tolerar el mal de los demás (por ejemplo, que el marido abandone a la familia), el mal mayor siempre es el pecado personal del que plantea el problema (en este caso, el de la esposa que consulta si debe cooperar con el marido).

En cuanto a aconsejar el mal menor:

a) Nunca se puede aconsejar positivamente hacer un mal menor porque además de que se da una mala inteligencia del principio, se incurre en escándalo teológico. ‘Tratándose de un mal, aunque menor, el consejo o la persuasión nunca pueden ser buenos, pues, siendo esencialmente causa motiva de la acción, se cualifica, por necesidad, por el fin objetivo al que se ordena, y éste es malo'[12].

b) A quien está decidido a hacer el mal moral se puede intentar ‘disuadirlo’ de hacer sólo parte del mal ya decidido. Por ejemplo, a quien está decidido a robar y matar a una persona, se lo puede disuadir de matarlo diciéndole: ‘si ya te estás llevando el dinero, al menos perdónale la vida’; en este caso no se aconseja robar sino que, ante el hecho ya consumado o ya decidido, se sugiere que no se haga más mal todavía.

 P. Miguel A. Fuentes, IVE

 


[1] Cf. Family Planning Perspectives, 21, May/June 1989, 103, 105.

[2] C.M. Roland, del United States naval research laboratory, Rubber World, citado por John Kelly, Obstetra consultor y Ginecologista del Birmingham Maternity Hospital (Inglaterra), en The Tablet, 16 de diciembre de 1995, p. 1620.

[3] Cf. todos estos datos en: Nature 335, 1 de Septiembre de 1988; American Journal of Nursing, Octubre de 1987; social Science and Medicine, Vol. 36, nº 113, junio de 1993.

[4] Cf. Dra. María Isabel Pérez de Pío, El preservativo masculino no es seguro para la mujer, en: Boletín de Noticias de la ONU, nº 99, 16/99; Bs. As. 22 de marzo de 1999. Se basa en datos del Prof. Henri Lestradet, miembro de la Academia de Medicina de Francia, cf. Le Figaro, 22, de junio de 1994.

[5] Cf. ONUSIDA, Análisis de la eficacia del costo y VIH/SIDA: Actualización técnica del ONUSIDA, Agosto de 1998, p. 5.

[6] Son datos de ONUSIDA.

[7] Citado por Theresa Crenshaw, In Defense of a Little Virginity, USA Today, April 14, 1992.

[8] Cf. Sgreccia, Manuale di Bioetica, Vita e Pensiero, Milano 1991, Tomo II, p. 265.

[9] Ibid.

[10] Cf. HV,14.

[11] Peinador, Moral Profesional, nº 385.

[12] Ibid., nº 258.

 


Reproducimos a continuación un artículo publicado por la agencia de noticias ACI el 10 de Diciembre de 2002.

SIDA arrasa Sudáfrica pese a masivo consumo de preservativos

ROMA, 10 Dic. 02 (ACI).- Un nuevo estudio reveló que en los últimos cuatro años, Sudáfrica ha atravesado una revolución en el uso masivo de preservativos. Sin embargo, la popularidad de los profilácticos no ha detenido el SIDA y la difusión de la enfermedad ha aumentado hasta convertirse en una epidemia.

La médica Olive Shisana, investigadora principal del estudio, destacó la creciente incidencia del uso de preservativos entre las mujeres. ‘Por ejemplo, para las mujeres entre los 15 y 49 años, el uso de preservativos se ha triplicado de 8 por ciento en 1998 a 28.6 por ciento en este estudio, y entre las mujeres de 20 a 24, su uso subió de 14.4 por ciento a 47 por ciento’, indicó.

A pesar de la difusión de los profilácticos, el estudio estima que ahora el 11.6 por ciento de la población sudafricana está infectada con el VIH. Entre los que tienen de 15 a 49 años, esta cifra sube a 15.6 por ciento. La investigación también encontró que el 5.6 por ciento de los niños entre 2 y 14 por ciento son seropositivos y el 13 por ciento de los menores en este rango ha perdió al menos a uno de sus padres por la enfermedad.

Uganda, en cambio, ha tenido un éxito sin precedentes en la lucha contra el SIDA sin promover los preservativos. Un estudio de Harvard encontró que entre fines de los ’80s y el año 2001, el número de mujeres embarazadas infectadas con el VIH en Uganda cayó de 21.2 por ciento al 6.2 por ciento debido a la promoción de la abstinencia antes del matrimonio y la fidelidad en él.

preservativo

¿Es obligatorio el uso del preservativo cuando uno de los esposos tiene sida?

Pregunta:

Si uno de los dos, padece el Sida, la verdad sea dicha, el uso del preservativo es primordial, pero si no se sabe, lo primordial es hacerse los correspondientes análisis. En cuanto a tener hijos, si es varón el que padece la enfermedad es posible la procreación, mediante la inseminación artificial de la mujer mediante una técnica que permite inseminar a la mujer sin que transmitir a la esposa la enfermedad. Resumiendo: si uno de los esposos tiene el Sida el uso del preservativo es obligatorio…

 

Respuesta:

Estimado:

Con todos mis respetos:

1. No es esta la doctrina moral de la Iglesia. El preservativo siempre es un acto: a) anticonceptivo; b) anticonyugal. La doctrina de la Humanae vitae es definitiva e irreformable y no sujeta a discusión. El uso del matrimonio debe permanecer siempre abierto a la procreación, independientemente de la salud o enfermedad de los cónyuges. Ya indiqué esto en mi artículo anterior.

2. Añado que es también falso el aparente respeto por la salud del otro cónyuge. Un cónyuge sidásico no evita contagiar a su cónyuge sano por el uso del preservativo. Si así lo cree, desde el punto de vista médico, se engaña. Por tanto, si verdaderamente ama a su cónyuge, evitaría exponerlo a una especie de ruleta rusa sexual.

La mejor manera de comprobar la seguridad que ofrecen los preservativos es un estudio sobre la frecuencia de la transmisión del virus entre las parejas heterosexuales ‘HIV-discordantes’, es decir, en las que solo uno de los miembros es cero positivo. ‘Los resultados del único estudio de este tipo realizado hasta la fecha han demostrado que el uso del preservativo reduce solo en un 69% la posibilidad de contraer el SIDA’ (Susan C. Weller, ‘A Meta-Analysis of Condom Effectiveness in reducing sexually transmitted HIV’, 1993). ‘En otras palabras en el 31% de los casos existe un peligro real de contagio del SIDA, … Por ello, la Dra. Helen Singer Kaplan, sexóloga y directora del ‘Programa de Sexualidad Humana’, del Centro Medico de la Universidad de Cornell, en Nueva York, opina que ‘confiar en los preservativos, es coquetear con la muerte’.

‘El doctor Lelkens afirma que la causa del SIDA se encuentra en el ‘Acquired Integrity Deficiency Syndrome’, es decir, en la perdida de la integridad moral que ha comportado la ideología de la libertad sexual. ‘Quien no lo entienda así, o no quiera entenderlo, que sepa al menos que de seguridad, el preservativo ofrece tanta como el tambor de un revolver en la ruleta rusa’ (‘El preservativo no siempre preserva’, en EUROPE TODAY, Bruselas, Bélgica, nº 138, 22-XI-94, pp. 4 y 5).

Por lo que se puede decir que el condón es como un Bungee Jump que falla en 1 de cada 4 que se lanzan. Alguna realidad se indicara cuando se utilizan guantes especiales o doble guante en la atención de enfermos contagiados de este mal. Si esto se realiza con los guantes de cirujano para dar protección al cirujano y al enfermo ¿como se pretenderá ofrecer la misma seguridad en un preservativo que intenta la máxima sensibilidad?

Amar es querer el bien. Querer el bien implica renunciar a muchas cosas.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

conflicto

¿Puede darse conflicto de deberes entre la conciencia de los esposos y la doctrina del Magisterio?¿A quien hay que seguir en esos casos?

Pregunta:

Estimado Padre: ¿Es válido y correcto aplicar en materia de moral conyugal, en la planificación familiar, el conflicto de deber (situación conflictiva) para validar el uso de métodos artificiales? Esta situación podría darse en dos casos: a) que los implicados, después de tratar de formar su conciencia lo más adecuadamente posible, no lo logren, y consideren tener subjetivamente buenas razones para considerar que la doctrina expuesta en la Humanae vitae es errónea. Para el Magisterio Pontificio son ellos los que están en un error. Pero, puesto que han hecho el esfuerzo de salir de él y no lo han logrado, las Conferencias Episcopales, basadas en la doctrina tradicional, dicen que esas personas pueden recurrir al uso de métodos artificiales por el estado de su conciencia, que es invenciblemente errónea, pero cierta. b) que los implicados estén convencidos de la verdad de la doctrina expuesta por HV. Aquí hay que pensar en una doble posibilidad: 1. Que vivan en una situación no-conflictiva, en cuyo caso han de cumplir la encíclica tal cual, es decir, utilizando métodos naturales y no utilizando los artificiales. 2. Pero puede que vivan una situación conflictiva, en la que no pueden realizar todos los valores implicados en la situación. Supón, por ejemplo, que una pareja no está junta más que los días en que la mujer es genésica (a), que tienen buenas razones para controlar la natalidad, no fundadas en egoísmo de ningún tipo (b) y que no creen oportuno interrumpir su vida sexual (c). Esta pareja está en una situación conflictiva, porque si utiliza métodos naturales (a) y ejercita la sexualidad (c), no controlará la natalidad (b). Si no quisiera esta solución y tratara de ejercitar la sexualidad (c) controlando la natalidad (b), no tendría más remedio que utilizar métodos artificiales. Si esta solución tampoco le parece y quiere utilizar métodos naturales (a) y controlar la natalidad (b), entonces no tendría más remedio que abstenerse de la sexualidad (c). Es decir, cualquiera que sea la decisión que tome, siempre deja un valor sin realizar. Por eso, se llama situación conflictiva. Pero la aportación de las Conferencias Episcopales es que, si no puede llegar a hacer el bien total, hay que hacer el mayor bien posible. ¿Cuál es el mayor bien posible? Esto ha de determinarlo la pareja en cuestión. Pero puede ser la segunda solución. El sacerdote usa la frase ‘mayor bien posible’ y menciona que no es lo mismo decir, mal menor que mayor bien posible’ ¿Es correcta esta afirmación?

 

Respuesta:

Estimado:

El sacerdote en cuestión afirma que los esposos pueden recurrir lícitamente a los medios anticonceptivos en dos casos: a) cuando subjetivamente tienen buenas razones para considerar que la doctrina expuesta en la Humanae vitae es errónea; y b) cuando se hallan ante un conflicto de deberes: la obligación de controlar la natalidad y la imposibilidad de hacerlo según los métodos naturales.

Ninguno de los dos casos es moralmente correcto, según mi entender.

1º La primera situación porque, salvo el caso de una conciencia invenciblemente errónea (y por tanto, mala formación cristiana), ningún fiel católico puede decir que su conciencia, sobre un determinado tema, está madura y por tanto puede seguirla lícitamente, mientras no haya hecho lo posible por conocer la enseñanza de la Iglesia y por adecuarse a dicha enseñanza. El Papa Juan Pablo II ha dicho que ‘entre los medios que el amor redentor de Cristo ha dispuesto para evitar este peligro de error (de la conciencia), se encuentra el Magisterio de la Iglesia… Por tanto, no se puede decir que un fiel ha realizado una diligente búsqueda de la verdad, si no tiene en cuenta lo que el Magisterio enseña'[1].

2º La segunda situación, que postula un ‘conflicto de deberes’ tampoco puede aplicarse al caso conyugal presentado. Sólo puede plantearse un auténtico conflicto de deberes (es decir, la alternativa ante dos situaciones a las que una persona está igualmente ‘obligado’) cuando las dos obligaciones en oposición son buenas en sí; el mal, en tal caso, provendría de ‘dejar de cumplir una’ y por tanto, de una ‘omisión’. Así, en el ejemplo clásico, la persona que se ve exigida por el precepto de asistir a la Misa dominical y el precepto de la caridad que le manda cuidar un enfermo o quedarse con una persona que amenaza con hacer una locura. No hay ‘conflicto de deberes’ cuando uno de los dos casos (o los dos) es una acción pecaminosa. En efecto, nadie está ‘obligado’ a realizar un pecado. Si una de las alternativas es un pecado, estamos obligados a hacer la otra; y si las dos son pecado, estamos obligados a no hacer ninguna: antes no hacer nada que cometer un pecado.

En el caso planteado, es evidente que hay situaciones familiares en que es necesario controlar la natalidad. Pero si la única alternativa para hacerlo fuese una acción anticonyugal o anticonceptiva, entonces cesaría la obligación de controlar la natalidad.

El principio del ‘mayor bien posible’ es una forma elegante de presentar el principio del ‘mal menor’: vale lo mismo decir que queremos el 70 por ciento de un pastel, como decir que renunciamos al 30 por ciento del mismo. Ahora bien, sobre este principio hay que decir:

a) Es un principio restringido a un campo particular del obrar humano: el que versa sobre los actos indiferentes y sobre los males puramente físicos (por ejemplo, el obrero que queda con una mano atrapada en un derrumbe y debe elegir entre cortarse la mano o perder la mano y la vida).

b) No vale nunca cuando una de las alternativas es un acto intrínsecamente malo, es decir, un pecado formal. No se aplica, pues, al caso en que haya que elegir entre dos pecados (tomar anticonceptivos o abortar) ya que no se puede elegir ninguno de los dos; o entre un pecado y un mal puramente físico (usar preservativos o tolerar que el marido abandone a su mujer). Porque ante el mal moral rige un principio anterior y superior: ‘hay que hacer el bien y evitar el mal’, y sobre los primeros principios no caben excepciones. Jamás se puede elegir el mal moral, por más que sea el menor de dos males morales: aquello que es inmoral por su objeto, no se hace bueno porque exista la posibilidad de que sucedan males peores, y mientras siga siendo malo jamás podrá ser objeto de elección de un acto bueno y lícito (cf. Humanae vitae, 14).

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Juan Pablo II, Discurso al II Congreso de teología moral, en L’Osservatore Romano, 22/01/89, p. 45, n. 4.