valtorta

¿Qué debemos pensar de las revelaciones privadas o escritos de visionarias como María Valtorta o Ana Catalina Emerich?

Pregunta:

P. Miguel, he leído la obra de María Valtorta. San Juan nos dice que no todo fue escrito en la Biblia, y es una gran verdad, que nadie, absolutamente nadie puede refutar. Nosotros como católicos, sabemos que tenemos la palabra de Dios escrita, y también sabemos que tenemos la gran tradición de nuestra Iglesia católica. Ahora, apócrifo, no quiere decir que no sea verdad, sino que, simplemente nuestra Iglesia no lo reconoce como verdad , pero que puede ser verdad. En esta obra de María Valtorta, yo en lo personal he aprendido mucho sobre la Biblia. Me ha orientado demasiado… Todo esto padre Miguel, yo lo comento con los hermanos de los grupos en los cuales tengo mis apostolados. Pero ¿sabe qué? Se burlan de mí, y me dicen que eso no está escrito en la Biblia. Yo me enojo y les digo que parecen protestantes, ya que ellos nada más creen en la Biblia, y no creen también en la gran tradición de nuestra Iglesia católica. …Nuestro señor dijo: ‘ gracias padre por haberles dado la luz a los necios de este mundo para confundir a los sabios . Como usted sabe, padre, no se trata de saber, sino de practicar, y dar testimonio. Perdone lo largo de este e-mail. Gracias por leerlo. R.L. Mexico.

Respuesta:

Estimado:

Las revelaciones privadas son dadas (cuando son auténticas) para consuelo de los fieles. Por tanto, si en algo le sirven a usted los escritos de María Valtorta, puede aprovecharse legítimamente de ellos. Sin embargo, en honor a la Palabra de Dios debemos siempre saber distinguir el valor único de los escritos del Nuevo Testamento, en particular los Evangelios, de cualquier otro escrito. Los libros como los de Valtorta o Ana Catalina Emerich no deben ser utilizados ni para argumentar ni para predicar, porque aún cuando éstas hayan tenido visiones auténticas sobre la vida de Jesucristo, sin embargo no nos consta que hayan gozado del carisma de la profecía (sólo la Iglesia puede declarar a alguien profeta auténtico) y en este sentido les puede haber faltado el ‘lumen profeticum’ que es el carisma que les ayuda a discernir lo que verdaderamente Dios les está revelando de todo aquello que puede ser fruto de la propia imaginación y piedad.

Por otra parte, nadie está obligado a creer con fe sobrenatural las revelaciones privadas, por lo cual no podemos enojarnos con quienes se rehúsan a aceptarlas. Lo que Dios y la Iglesia no exige para la salvación tampoco podemos exigirlo nosotros.

Por tanto, consuélese si quiere usted con estos escritos en el plano privado, pero luego limítese a hablar, predicar y comentar sobre nuestra fe exclusivamente con lo que está revelado o cuanto dice el Magisterio y los Santos canonizados.

Dios lo bendiga.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

mal

¿Es inocente Dios del mal en el mundo?

Pregunta:

¿Es inocente Dios del mal en el mundo?

Respuesta:

Estimado:

El drama de la existencia del mal ha sido usado desde muy antiguo para poner objeciones a la existencia de Dios o al menos a su actuación en el mundo. Lo reconoce el mismo Catecismo de la Iglesia Católica: ‘Si el mundo procede de la sabiduría y de la bondad de Dios, ¿por qué existe el mal?, ¿de dónde viene?, ¿quién es responsable de él?, ¿dónde está la posibilidad de liberarse del mal?’ (Catecismo, n. 284). Y también en otro lugar: ‘La fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento. A veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal’ (Catecismo, n. 272).

Para muchos, pues, el escándalo del mal pone a prueba su fe en la providencia divina. ‘Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal?’ (Catecismo, n. 309). ‘A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa -responde el Catecismo- no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal’ (Catecismo, n. 309).

Algunos se preguntan: ‘¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal?’ (Catecismo, n. 310). Es cierto que ‘en su poder infinito, Dios podría siempre crear algo mejor’ (ibid). Sin embargo, ‘en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo ‘en estado de vía’ hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección’ (Ibid).

‘Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral. Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien: ‘Porque el Dios Todopoderoso… por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si El no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal’ (San Agustín)’ (Catecismo, n. 311).

Hay cosas que no podemos explicar ni entender sino desde una perspectiva que trascienda los tiempos y las expectativas demasiado apresuradas de los hombres: ‘Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas’ (Catecismo, n. 312).

Recordemos el episodio de José vendido por sus hermanos como esclavo. Con el tiempo, y debido a esa misteriosa decisión pecaminosa de sus hermanos, José se convierte en el salvador de su pueblo. ‘No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios…, aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir… un pueblo numeroso’ (Gn 45,8; 50,20).

Y mucho más se ve en la Muerte del Hijo de Dios hecho hombre: ‘Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien’ (Catecismo, n. 312).

San Pablo expresa este misterio con una expresión que debe guiar a los cristianos en medio de sus pruebas: ‘Todo coopera al bien de los que aman a Dios’ (Rm 8,28).

El Catecismo recuerda el testimonio de los santos confirmando esta verdad (Catecismo, n. 313):

Así santa Catalina de Siena dice a ‘los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede’: ‘Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin’.

Y santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: ‘Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que El quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor’.

Y Juliana de Norwich: ‘Yo comprendí, pues, por la gracia de Dios, que era preciso mantenerme firmemente en la fe y creer con no menos firmeza que todas las cosas serán para bien… Tú verás que todas las cosas serán para bien’ (‘Thou shalt see thyself that all manner of thing shall be well’).

Como cristianos debemos profesar nuestra visión de fe en este misterio de la existencia del mal diciendo con el Catecismo: ‘Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios ‘cara a cara’ (1 Co 13,12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra’ (Catecismo, n. 314).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

sufrimiento

¿Por qué el dolor? ¿Cuál es el sentido del sufrimiento?

Pregunta:

Estimado Padre: Mi duda concreta es la siguiente: ¿deseo saber el por qué de la injusticia, del dolor, de la enfermedad? Entiendo que debemos ser pacientes y aceptar la voluntad de Dios, ya que Él es el único que tiene las respuestas, no obstante al ver la realidad que enfrentamos en la vida diaria ¿cómo no perder el camino? De antemano le agradezco el tiempo que se sirva dedicarme para aclarar estas dudas. ¡Que Dios lo Bendiga! Atentamente

 

Respuesta:

Estimado:

La respuesta definitiva al interrogante del hombre sobre el dolor viene solamente a través de Jesucristo. Y se encuentra en una frase en la que aparentemente no se hace referencia al dolor: Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3,16). Por eso se ha dicho con justeza: Jamás resolverás bien el problema del dolor si lo plantas mal; jamás plantearás bien el problema del dolor si prescindes de estos dos factores: amor de Dios al hombre y libertad humana.

Vemos algunas consideraciones sobre el dolor y su respuesta:

1º El mal y el dolor no pueden ser situados sólo en una dimensión temporal. Hay un mal y un sufrimiento que son temporales; pero también hay un mal y un sufrimiento que es definitivo: es la condenación y la separación definitiva de Dios. Entender, pues, el sufrimiento sólo del plano temporal es un error. Hay un dolor que es ‘mal’ en sentido absoluto y hay un dolor que no es ‘mal’ en sentido absoluto, sino relativo.

2º El origen del mal es el pecado, pero no el pecado personal de cada uno sino ‘principalmente’ el pecado de Adán: Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte… Por el delito de uno solo murieron todos… Por el delito de uno solo reinó la muerte por un solo hombre… Así pues… el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación (Rom 5,12-15.18).

3º En Cristo, Dios Padre, en lugar de destruir el sufrimiento, el pecado que lo introdujo y la humanidad entera que quedó hecha pecadora, dejó el dolor y lo usó para hacer brillar su gloria: Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?. Respondió Jesús: Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios (Jn 9,1-3). Ante el pecado del mundo y el sufrimiento que éste ha introducido, Dios podía hacer tres cosas:

a) previendo que sus criaturas caerían, podría no haberlas creado;

b) podría, después que pecaron, haberlas borrado de un plumazo y empezar de nuevo;

c) podía, y fue lo que hizo, tomar la mala nota desafinada por Adán y sacar de ella una nueva sinfonía, mejor que la anterior. Así lo hizo. Y es mejor, pues es la sinfonía de la Redención.

Alguno podrá decir en su escepticismo: ‘la tercera no es la mejor de las tres opciones’. ‘¡Sí lo es!’, tengo que contestarle, pero basado sólo en que es la que eligió la Sabiduría infinita de Dios. Los demás argumentos no valen, o al menos no pueden convencer un corazón que se rebela contra la Inteligencia de Dios. Entenderlo en este mundo significa el final del ‘misterio’ de la existencia humana: todo sería claridad. Y no es así: mientras estamos aquí abajo caminamos en el claroscuro de la fe.

4º Jesucristo, pues, transfigura el dolor temporal transformándolo en instrumento de redención del dolor eterno (de la separación definitiva de Dios) y en gesto de amor con el que podemos pagar el amor con que Dios nos ha amado. Entendámonos: no es que el sufrimiento o el dolor deje de ser en sí un mal. Es un mal y por eso sigue siendo humano y legítimo luchar contra él (especialmente cuando afecta al prójimo), pero recibe un carácter que podemos calificar de ‘ambivalente’, es decir, puede convertirse en fuente de bien. En el orden natural, pues, debemos luchar contra él; pero en el orden sobrenatural -sin dejar de ser un mal- podemos servirnos de él y transformarlo en fuente de santificación. Por eso el dolor temporal se hace ‘salvífico’: redentor y caritativo; y por este motivo, capaz de madurar a las personas, de elevarlas, purificarlas y divinizarlas.

El hombre sin fe se condena a la desesperación porque no tiene vía de conocer esta división introducida por Cristo. Para él el dolor temporal no es más que preludio del eterno: la vida es sufrimiento que va a parar a la aniquilación o a la tierra de sombras. De ahí la rebelión -comprensible- ante el dolor. No le encuentra ‘sentido’, ‘dirección’. ‘¿De qué vale? ¿Para qué aprovecha?’: su pregunta queda sin respuesta.

No podemos, pues, leer y entender el sufrimiento desde coordenadas puramente temporales. Hay que mirar hacia arriba para entenderlo.

Los santos frente al sufrimiento han abierto sus brazos, como abrazando lo que el mismo Cristo abrazó en la Pasión para redimirnos. Así, por ejemplo, el padre Pío de Pietrelcina, estigmatizado, manifestaba en una de sus cartas cuánto le pedía a Dios que le quitase las llagas externas por las que era venerado de tantos, pero dejándole sus dolores. Dice maravillosamente: ‘Alzaré fuerte mi voz a Él [a Dios] y no desistiré de conjurarlo, para que por su misericordia retire de mí no el sufrimiento, no el dolor, porque esto lo veo imposible y siento que me quiero embriagar de dolor, sino estos signos externos que me son de una confusión y de una humillación indescriptible e insoportable'[1].

En síntesis: el dolor tiene su secreto, y es que sólo da a conocer su sentido a quien lo acepta y une a Cristo. Por eso dice el Papa: ‘Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo. La respuesta que llega mediante esta participación es… una llamada: Sígueme,Ventoma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz. Por eso, ante el enigma del dolor, los cristianos podemos decir un decidido ‘hágase, Señor, tu voluntad’ y repetir con Jesús: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero sino como quieres Tú (Mt 26,39)'[2].

A todos los que nos preguntan: ‘¿Por qué; por qué sufrir? ¿Qué sentido tiene?’, no podemos darle otra respuesta que invitarlos a que abran sus corazones a la cruz de Cristo y que recibiéndola con paciencia la ‘escuchen’; junto a ella no hay sordo que no haya escuchado la respuesta, ni ciego que no la haya vislumbrado con toda claridad. A esta pregunta Dios quita toda palabra de los hombres y se reserva Él la respuesta última.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 


[1] Pío de Pietrelcina, Carta 1094, 22 de octubre de 1918.

[2] Juan Pablo II, Mensaje a los enfermos, México, 24 de enero de 1999.

libertad humana

¿Cómo conciliar la Libertad humana con la gracia de Dios? ¿Destruye la gracia divina la libertad del hombre?¿Es Dios el responsable de la condenación del hombre?

Pregunta:

Si, cómo dicen los teólogos, hasta el primer impulso hacia la conversión y el bien es obra de la gracia, ¿dónde quedan la libertad y la responsabilidad humanas? Si, como dicen los teólogos, todo lo bueno en nosotros lo pone Dios, ¿no somos meros sujetos pacientes de su gracia, unos poseídos, títeres en sus manos? Si, como dicen los teólogos, sólo por la gracia podemos ser buenos y salvarnos, ¿no sería Dios el único responsable de nuestra condenación?

Respuesta:

Estimado:

Todas las preguntas hacen referencia, en definitiva, al mismo tema: la dificultad de comprender el modo en el la acción divina influye sobre la actividad humana sin destruirla. Evidentemente, estamos ante el marco del misterio; tal vez de los misterios más difíciles de entender para el hombre.

Usted habla repetidamente de ‘los teólogos’; debe quedar en claro que ‘los teólogos’ deben reflexionar sobre el dato revelado. A partir de lo que dice la Revelación, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, la teología trata de ‘entender’ el sentido que pueden tener las afirmaciones divinas.

1. Naturaleza y gracia: el misterio

La Escritura, el Magisterio y la Tradición mencionan de manera clara ambos ‘polos’ del misterio:

1º Por un lado, la acción de Dios sobre el hombre como Causa Primera. Es de fe que en la obra de la conversión Dios es el que toma la iniciativa, Él es la causa total de la gracia sin que ésta dependa de mérito alguno en la creatura, y Él es el que da la perseverancia en la gracia.

Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae (Jn 15,5). De este modo, el mismo deseo de la conversión y la misma inquietud de la conversión deben ser atribuidas a la acción de Dios. El Magisterio, en el IIº Concilio Arausicano (Orange, año 529), condenó el semipelagianismo que pretendía atribuir al hombre los primeros movimientos hacia la fe (deseo de salir del pecado, nostalgia de Dios, petición de la ayuda divina, etc. ). Los semipelagianos, en efecto, no podían explicar cómo puede seguirse un efecto estrictamente sobrenatural (la conversión, justificación y salvación) de un acto en definitiva humano: entre una y otra hay una distancia infinitas. El Concilio Arausicano afirmó que la misma petición de la gracia proviene de la gracia y afirma que decir algo distinto a esto contradice cuanto dice el Profeta Isaías: He sido encontrado por los que no me buscaban; me aparecí a quienes no preguntaban por mí (Is 65,1)[1]. Asimismo, añade que ‘aun el querer ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo'[2]. Sigue diciendo que ‘si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe y hasta el afecto de credulidad por el que creemos en Aquel que justifica al impío y que llegamos a la regeneración del sagrado bautismo, no por don de la gracia -es decir, por inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la fe, de la impiedad a la piedad-, se muestra enemigo de los dogmas apostólicos, como quiera que el bienaventurado Pablo dice: Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús (Fil 1,6)'[3]. También se lee en el mismo Concilio: ‘Si alguno dice que se nos confiere divinamente misericordia cuando sin la gracia de Dios creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos, buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas y no consiente en que es don de la gracia misma que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol que dice: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? (1 Cor 4,7); y: Por la gracia de Dios soy lo que soy (1 Cor 15,10)'[4].

2º En segundo lugar, también la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio hablan de una auténtica actividad por parte del hombre: Todo el que oye a mi Padre y recibe su enseñanza, viene a mí (Jn 6,45). El Concilio de Trento afirma: ‘…La justificación… no es sólo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación interior, por la voluntaria recepción de la gracia y de los dones…'[5]. Esto es lo que enseña San Agustín: ‘Quien te creó sin ti, no te justificará sin ti'[6]. El Catecismo, por su parte, resume la doctrina del Magisterio diciendo: ‘La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre'[7]. Es más, tanto la Revelación cuanto la teología especifican cuáles son esos actos que debe realizar el hombre en proceso de la conversión: se trata de los actos de fe, caridad y arrepentimiento de los pecados[8].

Estos son los ‘polos’ del misterio. Están revelados ambos elementos. Nuestros conceptos quedan cortos al momento de intentar una explicación de tal coordinación. La teología tradicionalmente ha hablado de la ‘suavidad’ de la divina Providencia que provee a cada cosa según su modo propio y, por consiguiente, a las causas libres, las mueve respetando su libertad. Así dice Santo Tomás: ‘Dios mueve a todos los seres según el modo particular de cada uno de ellos, y así vemos que en las cosas naturales mueve de una manera a las cosas pesadas y de otra a las ligeras, debido a la diversa naturaleza de cada una. De aquí que mueve también a los hombres a la justicia conforme a la condición de su naturaleza. Ahora bien, el hombre es libre por su propia naturaleza. Por consiguiente, en aquel que tiene el uso de su libertad no se da la moción divina a la justicia sin un acto de libertad, sino que de tal manera infunde el don de la gracia justificante, que, al mismo tiempo que lo infunde, mueve la libertad a aceptar el don de la gracia en aquellos que son capaces de esta moción'[9].

Ya San Agustín, a quien ponía en tela de juicio la conciliación entre libertad y gracia, le demostraba con una larga serie de textos bíblicos que libertad y gracia pertenecen a la divina Revelación y que hay que defender firmemente ambas verdades[10]. Llegar a ver a fondo su conciliación es cuestión sumamente difícil, que pocos llegan a comprender[11] y que puede incluso crear angustia para muchos[12], porque al defender la libertad se puede dar la impresión de negar la gracia, y viceversa[13]. Pero es preciso creer en su conciliabilidad como en la conciliabilidad de dos prerrogativas esenciales de Cristo, de las que una y otra dependen respectivamente. Efectivamente, Cristo es al mismo tiempo salvador y juez. Pues bien, ‘si no existe la gracia, ¿cómo salva al mundo? Y si no existe el libre albedrío, ¿cómo juzga al mundo?'[14].

2. La responsabilidad de la condenación

Aplicando esto a la cuestión de nuestra responsabilidad en la condenación, lo expongo con dos principios deSanto Tomás en la Suma Contra Gentiles.

1º El primero es que ‘de modo razonable se imputa al hombre el no convertirse a Dios’ y no a Dios, aunque no pueda haber conversión sin la gracia.

Explica el Angélico: ‘Hay que tener en cuenta que, aunque uno no pueda merecer la gracia divina por impulso de su libre albedrío, puede, no obstante, impedirse a sí mismo de recibirla; pues en Job 21,14 se dice de algunos: Decía a Dios: Apártate de nosotros; no queremos conocer tus caminos. Y en Job 24,13: Fueron rebeldes a la luz. Y como quiera que está al alcance del libre albedrío el impedir o no impedir la recepción de la gracia, no sin razón se le imputa como culpa a quien obstaculiza la recepción de la gracia, pues Dios, en lo que de Él depende, está dispuesto a dar la gracia a todos, como se dice en 1 Tim 2,4: Quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Y sólo son privados de la gracia quienes ofrecen en sí mismos obstáculos a la gracia; tal como se culpa al que cierra los ojos, cuando el sol ilumina al mundo, si de cerrar los ojos se sigue algún mal, aunque él no pueda ver sin contar con la luz del sol'[15].

2º El segundo principio es que no puede pensarse en injusticia alguna si Dios libra a algunos del pecado y a otros abandona en él[16]. Lo explica en la Contra Gentiles: ‘Aunque el que peca ofrece un obstáculo a la gracia y, en cuanto lo exige el orden de las cosas, no debiera recibir la gracia, sin embargo, como Dios puede obrar fuera del orden aplicado a las cosas, del mismo modo que da vista al ciego o resucita al muerto, algunas veces, como exceso de su bondad, se les anticipa con su auxilio a quienes ofrecen impedimento a la gracia, desviándolos del mal y convirtiéndolos al bien. Y del mismo modo que no da vista a todos los ciegos ni cura a todos los enfermos, para que en los que cura aparezca el efecto de su poder y los otros se guarde el orden natural, así también no a todos los que resisten a la gracia los previene con su auxilio para que se desvíen del mal y se conviertan al bien, sino sólo a algunos, en los cuales quiere que aparezca su misericordia, así como en otros se manifiesta el orden de la justicia. De aquí que el Apóstol diga a los Romanos 9,22: Pues para mostrar Dios su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha longanimidad a los vasos de ira, maduros para la perdición, para hacer ostentación de la riqueza de su gloria sobre los vasos de su misericordia, que Él preparó para la gloria. Mas como quiera que Dios, entre los hombres que persisten en los mismos pecados, a unos los convierta previniéndolos y a otros los soporte o permita que procedan naturalmente, no se ha de investigar la razón por qué convierte a éstos y no a los otros, pues esto depende de su simple voluntad, del mismo modo que dependió de su voluntad el que, al hacer todas las cosas de la nada, unas fueran más excelentes que otras; tal como de la simple voluntad del artífice nace el formar de una misma materia, dispuesta de idéntico modo, unos vasos para usos nobles y otros para usos bajos. Con este motivo dice el Apóstol en la carta a los Romanos 9,21: ¿O es que no puede el alfarero hacer del mismo barro un vaso de honor y un vaso indecoroso?‘[17].

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Cf. Concilio II de Orange, canon 3; Dz 176.

[2] Ibid., canon 4; Dz 177.

[3] Ibid., canon 5; Dz 178.

[4] Ibid., canon 6; Dz 179. Siguen afirmaciones semejantes en los demás cánones.

[5] Dz 799.

[6] Sermón 169, 2, 13; ML 38, 923.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1993.

[8] Sobre la fe: Hb 11,6; Mc 16,16; Dz 798; Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1993; Santo Tomás: I-II,114,4. Sobre la caridad: St 2,14; Dz 819; Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1993; Santo Tomás: I-II, 113,4 ad 1. Sobre el arrepentimiento de los pecados: Sal 50,19; Ez 18, 21-23; Lc 18, 13-14; Act 2,38; Dz 798, 813; Santo Tomás: I-II,113,5.

[9] I-II, 113, 3.

[10] Cf. De gratia et lib. arb.; 2, 2-11, 23: PL 44, 882-895. Puede ver todos estos textos en la hermosa Carta Apostólica Agustinum Hipponensem, en el XVI centenario de la conversión de San Agustín, 28 de agosto de 1986.

[11] Cf. Ep., 214, 6: PL 33, 970.

[12] Cf. De pecc. mer. et rem., 2, 18, 28; PL 44, 124-125.

[13] Cf. De gratia Christi et de pecc. orig., 47, 52: PL 44, 383-384.

[14] Ep., 214, 2: PL 33, 969.

[15] CG, III, 159.

[16] Cf. I-II,106,3 ad 3.

[17]

¿Por qué tantos sacerdotes critican o se oponen al Papa?

Pregunta:

Muy queridos míos: No termino de comprender por qué una gran cantidad de sacerdotes en México y Latinoamérica se oponen tan radicalmente al Papa y lo critican tanto. Algunos argumentan que el Papa no está realmente en favor de los pobres, sino que defiende a los grandes capitalistas y, signo de ello, es que siempre está rodeado de personal del Opus Dei y de los Legionarios de Cristo. Yo he leído las encíclicas del Papa en materia social y me parece todo lo contrario; es decir, que el Papa se orienta hacia el pobre y crea conciencia sobre el destino universal de los bienes, entre otros consejos muy claramente comprometidos. ¿Me podrían aclarar el fondo de este conflicto o boicot contra el Papa? Dios los bendiga. J. O. T.K.

 

Respuesta:

Estimado:

Lamentablemente los sacerdotes que se oponen y critican al Papa son muchos, aunque no tantos como algunos exageradamente piensan. Son herederos de una mala formación teológica y de un flojo ‘sentir con la Iglesia’.

No entienden, en el fondo, que ‘allí donde está Pedro, allí está la Iglesia’ (San Ambrosio) y ‘Pedro habla por la boca de León’ (aclamación de los Padres conciliares de Calcedonia, en el 451, al concluirse la lectura de la carta de San León Magno, Papa). El Sucesor de Pedro ‘es principio y fundamento perpetuo y visible’ (Lumen gentium, 23) de la unidad de la Iglesia universal y de la unidad del Episcopado. De ahí que el ministerio petrino no es un servicio que alcanza a las Iglesias particulares ‘desde afuera’, sino ‘perteneciente ya a la esencia de cada Iglesia particular desde dentro’ (Juan Pablo II). El ministerio del Primado comporta una potestad episcopal, o sea, como Obispo universal y de la diócesis de Roma, no es una mera dignidad, de tal modo, que todo lo que un Obispo puede hacer en sus parroquias lo puede hacer el Papa en todas y cada una de las Iglesias particulares del mundo; es potestad suprema, ningún otro posee igual o mayor poder; es potestad plena, no sólo la parte principal; es inmediata, puede ejercerla sobre los Obispos y fieles; es universal, sobre todos sin excluir ninguno; es ordinaria, derivada directamente de Jesucristo; y ‘puede ejercerla siempre y libremente’ (Lumen gentium, 22).

La tarea primordial del Romano Pontífice para toda la Iglesia es la promoción de la unidad, que no repugna de la promoción de la diversificación propia de la comunión.

Todo cristiano debería hacer suya la enseñanza de San Ignacio de Loyola: ‘Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia Jerárquica así lo determina’ (Ejercicios Espirituales, 365). Por tanto, seguros de que esa es la voluntad de Jesucristo, digamos como Don Orione: ‘permanezcamos sordos cuando alguien nos hable prescindiendo del Papa, o no explícitamente en favor del Papa y de la sana y exacta doctrina de la Iglesia: los tales no son plantación del Padre Celestial, sino malignos retoños de herejías que producen fruto mortífero’. Recordemos siempre que, como dice también Don Orione, ‘al Papa se le debe amar en cruz; y quien no lo ama en cruz, no lo ama de veras. Estar en todo con el Papa quiere decir estar en todo con Dios; amar a Jesucristo y amar al Papa es el mismo amor’, ya que ‘… amar al Papa, amar a la Iglesia, es amar a Jesucristo’ (Don Orione).

Recemos, pues, para que el Papa sea realmente amado por todos los fieles, sacerdotes y laicos.

P. Miguel A. Fuentes, IVE