Iglesia Copta

¿Qué es la Iglesia Copta?

Pregunta:

¿Qué es la Iglesia Copta?

Respuesta:

El nombre copto proviene de la corrupción árabe del termino griego aigyptios, o sea, egipcio, transformado en gipt y después en qibt. Los coptos son, en efecto, por sus características étnicas e historia, los descendientes legítimos de los egipcios del tiempo de los faraones. La actual lengua copta hunde sus raíces en la escritura jeroglífica y su liturgia en la del patriarcado de Alejandría, primer centro intelectual de la cristiandad.

Los inicios del cristianismo en Egipto

El cristianismo llegó a Egipto en tiempos apostólicos. La tradición atribuye a San Marcos la predicación del Evangelio en el Valle del Nilo, donde fue martirizado. La nueva religión se distinguió desde sus comienzos por una intensa actividad intelectual y rápida difusión entre la población urbana de Alejandría, la ciudad más cosmopolita del Imperio Romano después de Roma. En este ambiente nació en el siglo II la escuela teológica alejandrina, la Didascalea, con representantes tan ilustres como Pantera, Clemente de Alejandría, Orígenes, San Atanasio de Alejandría, Dídimo el Ciego y San Cirilo. Sus escritos pertenecen al patrimonio de toda la cristiandad.

La persecución de Dioclesano, del 303 al 305, fue especialmente cruel para los cristianos egipcios. Las fuentes históricas nos hablan de ‘innumerables fieles con sus mujeres e hijos‘ que sufrieron el martirio por la fe. El trauma ocasionado por la ‘Gran Persecución’ quedó tan vivo en la conciencia cristiana que dio origen, en el calendario litúrgico, a la Era de los Mártires, que comienza el año 284, fecha del acceso al trono de Dioclesiano.

Época de esplendor de la Iglesia copta

En el año 325 se celebra el concilio de Nicea que otorgaba a la Iglesia alejandrina la primacía de honor después de la Iglesia romana. Su jurisdicción se extendía en este tiempo sobre las 100 diócesis del Valle del Nilo, señal de la vitalidad de esta Iglesia. En el año 381 el concilio de Constantinopla, concedía la primacía de honor, después de la Iglesia de Roma, a la de Constantinopla, decisión que suscitó la indignación de los alejandrinos y de su ‘Faraón eclesiástico’, como llamaba Isidoro de Pelusa el patriarca de Alejandría.

Años después la controversia nestoriana dio ocasión al patriarca de Alejandría de reaccionar contra la sede patriarcal constantinopolitana, centro asimismo del poder político bizantino que dominaba toda la parte oriental del imperio romano, Egipto incluido.

La ruptura con la iglesia católica

Sin embargo, la ocasión para manifestar la Iglesia alejandrina su particularismo y su resistencia al poder imperial encarnado por Constantinopla, se puso de manifiesto en el concilio de Calcedonia, año 451, donde los Padres conciliares proclamaron la doctrina católica de las dos naturalezas en Cristo: la divina y la humana. La Iglesia copta, junto con la siria y después la armenia, se adhirieron, por el contrario, a la doctrina de una sola naturaleza en Cristo, de ahí que recibieran el nombre griego de monofisitas. Este rechazo está considerado como el acto de fundación de la Iglesia copta independiente, separada de la Iglesia católica. Desde entonces coexisten en Egipto dos patriarcados rivales: el católico o calcedoniano, seguido por los funcionarios bizantinos, los comerciantes de las ciudades y las personas impregnadas de cultura griega, y el copto-ortodoxo seguido por la masa del pueblo. El acierto de los monofisitas se basó en la capacidad de movilizar, por medio del influyente colectivo de los monjes, el sentimiento nacional y tachar a sus oponentes de extranjeros.

Esto demuestra que el elemento teológico tuvo una importancia secundaria en las polémicas cristológicas. De todos modos, las controversias religioso-políticas del siglo V absorbieron las fuerzas vivas del monacato egipcio, empobrecieron el cristianismo y desconcertaron a los fieles, preparando el declive de la Iglesia en Egipto.

La conquista musulmana

La conquista árabe, años 639-642, garantizó por unos años la libertad religiosa de los monofisitas, favoreciéndoles ostensiblemente en detrimento de la Iglesia calcedoniana. Este período duró medio siglo, o sea, el tiempo que permitió a los conquistadores consolidarse en el Valle del Nilo. Pasado este plazo los musulmanes instauraron un régimen de discriminación, comportando medidas vejatorias para los cristianos, además de gravosos impuestos de capitación, la famosa jizia, sin excluir persecuciones endémicas a lo largo de los siglos VII-XIII. Un cronista copto describía en estos términos la persecución del 850: ‘La Iglesia sufrió tanto que las imágenes de la Virgen y de los santos lloraron y derramaron sangre en todo Egipto‘. Las revueltas de los campesinos cristianos fueron cruelmente sofocadas. La primera en el 725 y la última, la más sangrienta, del 829 al 831.

La persecución más devastadora llegó, sin embargo, bajo el califa fatimita al-Hakim (996-1020), llamado el ‘Nerón egipcio’, que intentó erradicar el cristianismo egipcio. Habría destruido, según los escritores musulmanes, entre los años 1014-1016, unas 30.000 iglesias en Egipto, Palestina y Siria, entre ellas el Santo Sepulcro de Jerusalén.

Siglos de decadencia

Tales agresiones, unidas a la dura presión fiscal, ocasionaron la conversión en masa de la población cristiana al Islam. En efecto, un gobernador egipcio escribía al califa Hishan (724-743): ‘Me han informado que no es el corazón el que hace las conversiones (al islam) sino el miedo de la jizia‘. Por otra parte, las autoridades religiosas, sin prestigio social, se presentaron resignadas a todos los compromisos con las autoridades musulmanas. Signo de esta decadencia y de la integración cultural de la Iglesia copta en el islam es el traspaso de la sede patriarcal de Alejandría al Cairo, centro del poder político, llevado a cabo bajo el patriarca Cristódulo (1046-1077), así como el origen de la separación de hombres y mujeres en las iglesias y la costumbre de descalzarse a la entrada en los lugares de culto. Cerrados, asimismo, los seminarios y las escuelas teológicas, el clero copto se hundió en la ignorancia. De hecho, los últimos destellos de literatura cristiana aparecen en el siglo XIII en la obra enciclopédica ‘Colección de dogmas de la religión’ de los tres hermanos al-‘Asal.

Después de esta fecha hasta el siglo XIX no se encuentra una sola obra de importancia en Egipto. Los coptos habían perdido su lengua y su cultura.

Bajo la dominación mameluca (1254-1517) y después la turco-otomana (1517-1811) el cristianismo copto se refugio en el ámbito rural de Alto y Medio Egipto y al borde del desierto, lejos de la presión musulmana que se manifestaba con mas virulencia en las ciudades. Fue allí donde se mantuvo la ‘reserva’ cristiana. No contando con medios económicos, ni influencia social, los coptos fueron más o menos olvidados por el poder musulmán de estas épocas. Su marginación fue precisamente lo que les permitió sobrevivir. Hacia mediados del siglo XIX la Iglesia copta contaba solo con 12 obispos, unos 100 lugares de culto y siete monasterios con apenas 50 monjes.

El renacimiento de la Iglesia

Fue a principios del siglo pasado cuando la Iglesia copta comenzó a salir de su aislamiento y letargo, aprovechándose de las leyes liberales de Muhammad Ali que abrió Egipto a Occidente y decretó medidas de emancipación de los cristianos.

Fue el tiempo en el que los misioneros europeos, católicos y protestantes, fundaban escuelas, abrían hospitales e instalaban imprentas, dando una imagen de modernidad y seducción. Este dinamismo impulsó a la jerarquía copta a moverse, abriendo una red de escuelas primarias en los pueblos donde no habían llegado los misioneros, creando ‘escuelas dominicales’ para la enseñanza del catecismo y editando libros de literatura sagrada.

En 1893 se abrió el primer seminario copto-ortodoxo. Un trabajo altamente meritorio para una Iglesia sin apoyos gubernamentales ni estructuras exteriores. El espíritu renovador llegó también a los monasterios, canteras de obispos, que habían decaído en el nivel más bajo durante el período turco-otomano. Se fue formando una nueva generación de monjes salidos de las ‘escuelas dominicales’ y de las aulas universitarias. El monje Matta el-Miskín es el más representativo de esta generación de religiosos emprendedores que renovaron la vida monástica.

El monacato, la espina dorsal de la Iglesia

En efecto, el monacato copto constituye hoy, como en los primeros siglos, la rama más vigorosa de la Iglesia. Para darnos una idea de la importancia que tuvo el antiguo monacato, recordemos que la Iglesia egipcia contaba a finales del siglo VI con unos 50.000 monjes. Hoy son unos 700, repartidos en 15 monasterios masculinos y cinco femeninos. Son faros de irradiación espiritual, cultural y agrícola, sin olvidar que son centros de peregrinación muy frecuentados por los cristianos egipcios. Los más conocidos son los cuatro de Wadi en-Natrún, al oeste del Delta del Nilo: Deir Baramos, Deir es-Surian, Deir Anba Bishoi y Deir Makar (San Macario); y los dos de la orilla occidental del Mar Rojo: San Pablo y San Antonio Abad. Tres nuevos monasterios han sido reconstruidos y repoblados últimamente: el famoso de San Menas, al oeste de Alejandría, San Pacomio de Edfu, y Abu Sefein, cerca de Luxor. Todos fundados entre los siglos IV-VI. Los prestigiosos monasterios de la Tebaida, entre ellos Deir el-Abiad (Monasterio Blanco) y Deir el-Ahmar (Monasterio Rojo) están abandonados, aunque siguen siendo meta de peregrinaciones. El monasterio de Deir el-Malak (Monasterio del Ángel), al sur de Sohag, ha comenzado a revivir. Los cinco monasterios femeninos se hallan en centros urbanos del Delta, en el Cairo y en el alto Egipto.

Una Iglesia de estructura patriarcal

La Iglesia copta, al igual que las otras Iglesias orientales, es de estructura patriarcal. Su máxima autoridad tiene el título de ‘Su Santidad Papa de Alejandría y de todo Egipto, de Nubia, de Etiopía y de la Pentápolis y Patriarca de todo el país evangelizado por San Marcos‘. La sede patriarcal, establecida originariamente en Alejandría, fue trasladada en el siglo XI al Cairo donde sigue hasta el día de hoy. El Patriarca es elegido por los obispos y delegados laicos de la ‘nación’. A este respecto cada diócesis designa sus delegados.

Entre ellos se constituye el cuerpo electoral diocesano cuyo número total se eleva hoy a 800 delgados. Estos eligen a tres candidatos de nacionalidad egipcia, que hayan cumplido los 40 años y pertenezcan a una orden monástica. La originalidad de la elección reside en el modo de escoger uno de los tres candidatos. Un niño, que representa la mano de Dios, se adelanta y saca de la caja, al azar, una de las tres paletas con el nombre del candidato. El elegido es aclamado Patriarca y a la elección sigue inmediatamente la imposición de las manos de los obispos presentes. El elegido debe ser reconocido por el presidente (musulmán) de la República.

El actual Patriarca, Shenuda III, 116 sucesor de la sede de S. Marcos, elegido en 1971, es un monje de Wadi en-Natrún. El 10 de noviembre de 1996 celebró el XXV aniversario de su ordenación patriarcal.

30 obispos diocesanos

La Iglesia copta cuenta con 27 diócesis en Egipto, dos en Sudán y una en Jerusalén, a las cuales hay que añadir algunas eparquías en países de emigración copta: 47 parroquias en los EE.UU., 12 en Australia, 9 en Canadá, 6 en Inglaterra, etc.

Los laicos juegan un papel importante en la Iglesia. Participan en los asuntos eclesiásticos a través del majles milli, constituido por 22 notables ‘píos instruidos’ y dos sacerdotes. Este consejo comunitario se ocupa de cuestiones relacionadas con la Iglesia y la comunidad de fieles: administración de bienes, asuntos canónicos, patrimonio copto, etc. No siempre las relaciones entre patriarcado y majles milli han sido lo cordiales que se hubieran deseado.

La liturgia copta, marcada en sus orígenes por el monacato, se celebra en copto y árabe. El copto, hablado corrientemente en Egipto hasta el siglo XII, es la lengua de los faraones en su última transformación, a la cual se ha añadido un buen número de términos eclesiásticos griegos.

La rama copta-católica

La Iglesia copta, a partir de la ruptura en el siglo V con la iglesia católica, quedó sobre sí misma e impermeable a la idea de unión con Roma. Hubo un intento de reconciliación en el concilio de Florencia, año 1442, preparado por el franciscano Alberto de Sarteano, enviado a Egipto en 1939 como delegado papal. Posteriormente, a partir del siglo XVI, las tentativas de los Papas en vista a contactos con el patriarcado copto no encontraron eco. Fue entonces cuando roma eligió la política de las conversiones individuales de la ortodoxia al catolicismo por medio de los misioneros franciscanos y jesuitas, vista la imposibilidad de una reconciliación entre jefes. De este modo fueron formando en Egipto pequeñas comunidades copto-católicas. En 1742 el Papa nombraba el primer Vicario Apostólico para los copto-católicos en la persona de Anba Atanasios, obispo copto de Jerusalén, que dos años antes había pasado al catolicismo.

Sin abandonar sus funciones de obispo copto-ortodoxo de Jerusalén, Atanasios ordenó a varios sacerdotes de rito copto-católico, creando así un embrión de estructuras eclesiástica. Tres años después Roma nombraba un prefecto para los coptos convertidos al catolicismo de rito latino en la persona de un franciscano. De esta manera crearon dos estructuras paralelas, y pronto rivales, para una pequeña comunidad. En 1758 el Papa reconocía la primacía del Prefecto copto-católico. Esta situación duró poco tiempo, pues 22 años después la Santa Sede elegía la orientación inversa.

A finales del siglo pasado León XIII alentó una política más activa de conversiones al catolicismo. El resultado fue la apertura del primer seminario copto-católico dirigido por los jesuitas, además de la creación de un patriarcado copto-católico y tres diócesis en Egipto. Pero el Patriarca sería nombrado cuatro años después en la persona de Cirilo Macarios. Quedaba pendiente la rivalidad entre la Prefectura franciscana y el Vicariato Apostólico que terminó en 1893 cuando los franciscanos cedieron al clero copto-católico las 10 parroquias coptas de rito latino establecidas por ellos en el alto Egipto. El nuevo patriarcado contaba en el momento de su creación con 6.000 fieles. Diez años después su número se elevaba a 15.000. En 1908 el Patriarca presentó su dimisión y la sede quedó vacante durante 39 años, lo entorpeció el natural desarrollo de la Iglesia. Sólo en 1947 Pío XII restableció la dignidad patriarcal en la persona de Marcos II. Su sucesor, Stephanos I Sidaros, elegido en 1958, fue elevado en 1965 a la dignidad cardenalicia en vista a la promoción de la joven Iglesia.

Al igual que la Iglesia copto-ortodoxa, la católica es de estructura patriarcal. Actualmente ocupa esta dignidad Stephanos II Gattas, elegido en 1986. Gobierna con la ayuda de un Sínodo de seis obispos. La Iglesia copto-católica cuenta con seis diócesis: Beni Suef, Minia, Asiut, Sohag, Luxor e Ismailía-Port Said, además de la diócesis patriarcal del Cairo-Alejandría. Los obispos son elegidos por el Sínodo y confirmados por la Santa Sede.

Unos 60 sacerdotes diocesanos aseguran la vida parroquial. El clero goza de un buen nivel de formación, superior al de sus hermanos de la Iglesia ortodoxa.

Desde 1959 existe una congregación religiosa de rito copto-católico, los Hermanos de la Predicación de S. Marcos, cuya regla está inspirada en la dominica. Una congregación femenina, las Religiosas del Sagrado Corazón, había sido fundada en 1912.

Las Iglesias coptas hoy

Tanto la Iglesia copto-ortodoxa como la católica y la protestante se enfrentan hoy a los mismos problemas: el fundamentalismo islámico y la emigración, los dos fuertemente entrelazados. Los coptos insisten en su identidad egipcia y árabe y en la solidaridad con los musulmanes. Un comportamiento difícil de practicar sobre todo a partir de los años setenta con el auge del fundamentalismo que tiende a aplicar a toda la sociedad la shari’acoránica, lo que significaría reducir a los cristianos a súbditos de segunda categoría, a simples dimmi o protegidos. Es bien sabido que los islamistas provocan incidentes confesionales con el fin de movilizar a las masas musulmanas contra la minoría cristiana. A partir de la muerte de Abdel Naser se han producido graves tensiones interconfesionales en Alejandría (1972), Minia (1978), El Cairo, Alejandría y Asiut (1980), Alejandría y El Cairo (1981), el-Fayum (1984), Abu Korkas y Alto Egipto (1990), El Cairo (1991), Asiut (1992), y se prosiguen en forma endémica hasta nuestros días. Como resultado de estas tensiones, la comunidad cristiana abandona el país.

En una entrevista concedida por el Patriarca copto ortodoxo a los medios de comunicación el 27 de octubre de 1996 en Alejandría, Shenuda III declaraba: ‘Los fundamentalistas practican dos géneros de actividades. La primera es la agresión, la violencia, la discriminación y el incendio de iglesias‘. La segunda es ‘crear un ambiente de tensión entre la población… Nosotros no podemos cambiar esta situación con lamentos y conflictos. La solución está en buscar el modo de mejorar la posición de los coptos por medio del diálogo y el amor‘. Y a continuación precisaba: ‘Uno de mis mejores amigos es Muhammad Sabed Tantawi, jeque de el-Azhar (la universidad islámica del Cairo)… No podemos usar la violencia contra la violencia ni el odio contra el odio

Por el P. Ignacio Peña

Este artículo es gentileza de la Revista Tierra Santa.

episcopalianos

¿Cuáles son las características de los episcopalianos?

Pregunta:

¿Cuáles son las características de los episcopalianos?

 

Respuesta:

El término se usa principalmente para designar a los miembros de la Comunión Anglicana (v. ANGLICANISMO) en los Estados Unidos de Norteamérica y en Escocia. Ambas comunidades están históricamente ligadas, pues la llamada Iglesia Episcopal Protestante de América debe su primer obispo a la llamada Iglesia Episcopal Escocesa. Extensión. La Iglesia Episcopal Escocesa, de unos 100.000 fieles repartidos en una sola provincia de siete diócesis, constituye únicamente una pequeña minoría de los cristianos de la nación escocesa, pues la confesión nacional establecida por la ley es la Iglesia de Escocia, de organización y doctrina presbiteriana (v. PRESBITERIANOS). La Iglesia Protestante Episcopal de América, la única parte de la Comunión Anglicana que se titula protestante, ocupa, en cambio, el segundo lugar en importancia dentro de la Comunión anglicana, después de la Iglesia de Inglaterra. Con unos tres millones de miembros no es la más grande de las denominaciones religiosas de los Estados Unidos -la superan los baptistas (v.) y los metodistas (v.)-, pero goza sin duda de mucha influencia, porque, entre sus fieles, cuenta con una proporción elevada de miembros de las clases dirigentes de la nación. Tiene ocho provincias y 104 diócesis, y por el peso del número de sus obispos participantes, su influencia en la Lambeth Conference (v.) es evidente. Así como el crecimiento del anglicanismo acompañó a la expansión colonial inglesa, el episcopalianismo norteamericano se ha difundido por los países en los que los Estados Unidos han ejercido su influencia, p. ej., en Cuba y Filipinas. También se ha extendido por diversas naciones de Iberoamérica. A diferencia de los anglicanos, los e. nunca se han preocupado mucho por cuestiones de jurisdicción territorial eclesiástica. Eso hace que en Sudamérica se presenten a veces problemas por coexistir hasta una triple jurisdicción: una de origen norteamericano; otra de origen inglés, y una tercera indígena.

Historia

Los primeros colonos ingleses llegaron a Virginia en 1607. Llevaron consigo la religión oficial de Inglaterra. Mientras estas regiones fueron colonia inglesa, el anglicanismo no prosperó mucho, pues la autoridad oficial de entonces no tenía gran interés en obras misioneras, y además muchos colonos eran precisamente ingleses puritanos, o católicos romanos, que no habían aceptado la religión oficial establecida. En 1701 comenzó en serio la obra misionera anglicana con la fundación de la Society for the Propagation of the Gospel (Sociedad para la Propagación del Evangelio), con la intención explícita de fomentar la religión en las colonias allende el mar. Durante toda esta época nunca se pensó en crear diócesis de la Iglesia de Inglaterra fuera de la isla misma, y todos los anglicanos de afuera quedaron bajo la jurisdicción del obispo de Londres. La revolución americana de 1775 introdujo una situación completamente nueva, pues con la separación de las trece colonias de la Madre Patria, los anglicanos de la nueva república tuvieron que regularizar su situación eclesiástica independientemente de la Iglesia de Inglaterra. Bien pronto, en 1783, el clero de la colonia de Connecticut eligió a Samuel Seabury, sacerdote misionero procedente de la diócesis de Lincoln en Inglaterra, como obispo. Según la ley inglesa de entonces, la consagración de un obispo por los obispos ingleses no era posible ni concebible sin un juramento de lealtad a la corona inglesa, lo que el ciudadano norteamericano Seabury no podía hacer. La dificultad fue resuelta en el año siguiente con la consagración de Seabury en Aberdeen por tres obispos de la Iglesia Episcopal de Escocia que, por no haber sido establecida por la ley inglesa, no exigía juramento de lealtad a la corona. En 1787 quedaron resueltas las dificultades legales en Inglaterra, y el arzobispo de Canterbury pudo consagrar dos obispos norteamericanos más. Así se agregó la sucesión inglesa a la escocesa, y existieron desde entonces los tres obispos necesarios para asegurar la continuación de la jerarquía episcopal. La Iglesia Episcopal de Escocia ocupa una situación muy distinta de la de la Iglesia de Inglaterra, a pesar de ser la representante del anglicanismo en aquel país. Ello se explica por razones históricas. En Escocia la separación de Roma se produjo no como consecuencia del acto de poder que dio origen a la llamada Iglesia de Inglaterra, sino al movimiento, de inspiración calvinista, que desarrolló John Knox (v.) y que dio origen a los presbiterianos (v.). Dichos presbiterianos escoceses detestaron siempre la vía media de la Iglesia de Inglaterra en la que veían sólo un disfraz de la papistería, de modo que las tentativas de los reyes estuardos para imponer el anglicanismo en Escocia fracasaron totalmente. Los reyes tuvieron por fin que reconocer a la Iglesia Presbiteriana como la religión establecida en Escocia, donde cuenta hasta hoy con el apoyo de la inmensa mayoría de la nación. La minoría que aceptó el anglicanismo forma la Iglesia Episcopal Escocesa, que reclama para sí la continuidad con la Iglesia medieval en Escocia, y que acusa fuertes tendencias católicas a las cuales puede dar libre desarrollo, pues no sufre las trabas del control estatal (v. ANGLICANISMO, 5). Una vez asegurada la sucesión de los obispos con la ayuda de los escoceses, los norteamericanos anglicanos pudieron constituirse en provincias y diócesis normales. Adoptaron como título The Protestant Episcopal Church of América. Si se tiene en cuenta que la mayoría de los anglicanos, especialmente los instruidos, no han querido nunca autocalificarse de protestantes, para marcar así las distancias con las comunidades luteranas y calvinistas, llama la atención el uso de ese término por los norteamericanos. De hecho ha habido propuestas para su eliminación, pero se ha mantenido diciendo que tiene un sentido más bien histórico que doctrinal, y que en el s. XVIII equivalía a no-papal, simplemente, sin implicar las doctrinas de Lutero (v.) y Calvino (v.). El origen inglés del anglicanismo motivó cierto recelo por los ciudadanos de la república hacia la Iglesia Episcopal, que quizá por eso ha sido siempre una confesión minoritaria. La conexión con el pasado colonial de los Estados Unidos tiende a conferir a la Iglesia Episcopal cierto prestigio social en el ambiente democrático de la república. Es notable la participación de los laicos en el sostenimiento y el gobierno de la misma; su autoridad suprema es la General Convention que se reúne cada tres años. Otra característica es que no tiene arzobispos: el que preside una provincia se llama Presiding Bishop (Obispo Presidente). En el caso de la Iglesia Episcopal Escocesa, el presidente de la provincia única se titula el Primus (Primado).

Doctrina

La situación doctrinal de los e. es la de la Comunión Anglicana en general, es decir, no tiene escritos confesionales propios, sino que acata las actitudes y prácticas recibidas de la Iglesia de Inglaterra y expresadas en el Conmrnon Prayer Book (v.) y declara profesar la fe de la Iglesia primitiva y de los Concilios Ecuménicos. A distinción de la Iglesia de Inglaterra, está organizada a base de congregaciones locales. No reclama para sí una jurisdicción territorial. Los XXXIX Artículos no se usan. Tiene las mismas diferencias de énfasis que la Iglesia de Inglaterra con respecto a los aspectos católicos o evangélicos de la fe, con un desarrollo, eso sí, más libre vista la ausencia de control estatal. Se explica que, al lado de parroquias completamente protestantes, y de teólogos muy radicales, se encuentran otras parroquias de doctrina y práctica casi completamente católicas. Además hay algunas comunidades religiosas de hombres y mujeres (V. t. ANGLICANISMO, 6).

Liturgia

La liturgia de los e. escoceses y norteamericanos es una versión propia del Libro de Oración Común. El Libro de Oración Común escocés fue preparado en 1637 bajo la dirección del arzobispo de Canterbury Laud, y revisado recientemente en 1929. Está considerada como la mejor versión existente de la liturgia anglicana, pues aun en la primera versión de 1637, restaura mucho del canon en su orden tradicional. Al hacerse consagrar por los obispos escoceses en 1784, Seabury, el primer obispo norteamericano, firmó un concordato con la Iglesia Episcopal Escocesa prometiendo esforzarse por introducir la liturgia escocesa en los Estados Unidos. En 1798 la General Convention aprobó un Prayer Book más o menos sobre el modelo escocés. Este libro permaneció en vigencia hasta 1892, cuando la General Convention inició una serie de cambios leves que por fin se convirtieron, en 1929, en un Libro de Oración Común nuevo. La liturgia de los e. escoceses es, quizá con excepción de la de la Iglesia de Sudáfrica, la más similar a la católica de todas las liturgias anglicanas. La de los e. norteamericanos tiene la característica curiosa de incorporar la liturgia eucarística muy tradicional de tipo escocés, con variaciones en los otros oficios que representan un extraño alejamiento de las usanzas tradicionales que han sobrevivido en el anglicanismo. Por ej., no se impone al clero la obligación del rezo del Oficio Divino (v.), y los oficios mismos tuvieron una forma que debía poco al Breviario. En 1929, no obstante, se restauraron, permisivamente, los elementos tradicionales, aunque sin obligación del rezo diario (V. t. COMMON PRAYER BOOK).

Situación actual

El episcopalianismo acusa las mismas tendencias y se halla ante los mismos problemas que el resto de la Comunión Anglicana, es decir, las mismas presiones ecuménicas en direcciones opuestas. En los Estados Unidos los e. se ven envueltos actualmente en discusiones interminables con un grupo de diez confesiones. Sin embargo, las negociaciones acusan un progreso muy lento y prudente. En las discusiones con los presbiterianos escoceses toman parte los e. de aquel país. Las conversaciones con la Iglesia Católica Romana son asunto de toda la Comunión Anglicana, y la delegación anglicana representa también a los e. norteamericanos (v. t. ECUMENISMO). V. t.: ANGLICANISMO; PRESBITERIANOS.

Por Ronald Baron

Tomado de la gran Enciclopedia Rialp

BIBL.: K. ALGERMISSEN, Iglesia Católica y confesiones cristianas, Madrid 1963; L. ROSTEN, The Religions of America, Londres 1957; E. MOLLAND, Christendom, Londres 1959; F. L. CROss, The Oxford Dictionary of the Christian Church, Londres 1957; W. K. LOWTHER, CLARKE, Liturgy and Worship, Londres 1932; W. W. MANROSS, A History of the American Episcopal Church, 3 ed. Nueva York 1959; R. MATZERATH, Episcopal Church, U.S., en New Catholic Encyclopedia, 5, Nueva York 1967, 487-491; 1. 1. ADDISON, The Episcopal Church in the United States, Nueva York 1951.

Iglesia de Etiopía

¿Cuáles son las características de la Iglesia de Etiopía?

Pregunta:

¿Cuáles son las características de la Iglesia de Etiopía?

 

Respuesta:

‘Etiopía’ es un término griego con el significado literal de el-que tiene-cara-tostada. Designaba antiguamente a los habitantes negroides establecidos al sur de la segunda catarata del Nilo. La región corresponde a la bíblica tierra de Cush, nombre del hijo de Cam y nieto de Noé (Gn 10,6- 8; Is 11,11). A estos habitantes autóctonos se fueron agregando, en época más reciente, elementos semitas procedentes del sur de la península arábiga, los habashat, de donde deriva el nombre de Abisinia. Conviene notar que a los etíopes de hoy no les gusta ser llamados abisinios, por el sentido peyorativo que tiene este nombre.

Las etapas de la evangelización

Etiopía, aunque no pertenezca al mundo árabe ni al Oriente Medio, entra a formar parte, desde el punto de vista religioso, de las Iglesias orientales por haber sido evangelizada por misioneros orientales y su rito es tributario de la familia copta de Alejandría. Los orígenes del cristianismo en el país se remontan al bautismo del eunuco de la reina de Candace en el camino de Jerusalén a Gaza (Hch 8,27-40). La tradición etíope asegura que la evangelización verdaderamente tal comenzó en el siglo IV por parte de dos monjes sirios: Frumencio – el Fremonatos de los etíopes – y Edesio, los cuales, volviendo de un viaje a India, fueron apresados por los piratas y vendidos al rey de Aksum, reino etíope fundado en el siglo I de nuestra era. Aquí predicaron libremente la fe cristiana y Frumencio fue ordenado obispo del país por San Atanasio de Alejandría. Este hecho explica por qué la Iglesia etíope ha estado hasta época reciente bajo la jurisdicción directa del patriarcado copto de Alejandría. La implantación masiva del cristianismo fue obra, sin embargo, de nueve monjes sirios, monofisitas, ‘Los Nueve Santos‘, que llegaron a Etiopía en el siglo V, huyendo de la reacción bizantina contra los monofisitas sirios. A estos Nueve deben los etíopes la transmisión de la cristología monofisita y la traducción del Nuevo Testamento en gueez, la antigua lengua del país.

La lucha por la supervivencia

La conquista musulmana de Egipto, años 640-642, perturbó las relaciones fluidas entre las dos Iglesias hermanas, de tal manera que quedó vacante durante largas temporadas la sede de la Iglesia etíope. Esto creó un ambiente de aislamiento de lucha por la supervivencia religiosa y nacional del pueblo cristiano, amenazado por el Islam que atacaba del norte y del este. En el siglo IX cayó en poder de los musulmanes el reino cristiano de Aksum, cuyo rey ostentaba el título de negus neguesti, rey de reyes. Tres siglos después, en 1270, vemos subir al trono la dinastía salomónica, cuyos reyes se dicen descendientes del rey Salomón y de la reina de Saba, restauradora del reino de Aksum. La dinastía permanecerá en el poder hasta 1974. Es la época en la que florece en el país un respetable movimiento artístico y literario, además de evangelizador hacia los paganos, que marcará para siempre la identidad cristiana de la nación.

La llegada providencial de los portugueses

La llegada de los portugueses a finales del siglo XV fue providencial para los cristianos etíopes, en situación desesperada ante el Islam. A partir de 1514 los portugueses llevan a cabo intercambios diplomáticos con los reyes de Etiopía. Éstos reclaman ayuda militar contra los emires de Harar ayudados por los turcos. Las embajadas portuguesas habían identificado el país con el fabuloso reino del Preste Juan. Una expedición de 400 voluntarios portugueses mandados por Cristóbal de Gama logran alejar el peligro musulmán y salvan el cristianismo.

Con los portugueses llegaron también los jesuitas, que trataron de llevar la Iglesia local a la obediencia a Roma y de latinizar las instituciones eclesiásticas. Los excesos de la latinización provocaron la expulsión de los jesuitas. El país se cerró a Occidente. De la herencia jesuita quedó el gusto, entre los monjes etíopes, por las discusiones cristológicas que desgraciadamente dividieron, por un cierto tiempo, el cristianismo etíope en dos partidos rivales. La vuelta, tres siglos después, de un poder central fuerte, bajo el mando del emperador Menelik (1889-1913) puso las bases de un estado moderno y fin a estas divisiones. Respaldados por el poder, los medios eclesiásticos se aplicaron a la emancipación de la Iglesia etíope de la tutela de Alejandría. El negus Heile Silasie 1930-l974 consiguió del patriarcado copto el nombramiento de obispos etíopes. Conviene notar que hasta entonces el único obispo de la Iglesia etíope era el Abuna o monje de nacionalidad egipcia nombrado directamente por el Patriarca de Alejandría. Sus poderes eran muy limitados. No podía nombrar obispos.

La Iglesia etíope llega a la plena emancipación

La conquista italiana marcó una nueva etapa en la emancipación de la Iglesia etíope. El Sínodo nacional de 1937 depuso a Abuna Cirilo, egipcio, y designó como sucesor a Abraham, monje etíope. El Patriarca copto, como respuesta, excomulgó a los responsables del cambio, reclamando la vuelta al statu quo ante. En 1948 se produjo un compromiso entre ambas partes, según el cual Abuna Cirilo, refugiado en El Cairo después de su deposición, volvería a ocupar sus funciones hasta su muerte. Su sucesor sería un etíope con facultad para consagrar obispos. El Patriarca etíope recibiría la consagración del Patriarca Copto. Las dos partes aceptaron este acuerdo y en 1959 fue elegido el primer Patriarca de la Iglesia autocéfala de Etiopía, el archimandrita Basilio. Pero la revolución marxista que siguió a la caída del Negus en 1974, no aceptó la cláusula de la consagración por el Patriarca copto. De esta forma poco diplomática se consumó la plena emancipación de la Iglesia etíope. Como símbolo de esta emancipación el patriarca Basilio ha prescindido del título de Abuna y se ha autoproclamado ‘Patriarca Catholicós‘, en el sentido de ‘Universal‘ para la Iglesia etíope. El actual patriarca Paulos ha sido elegido en 1992. En 1991, a raíz de la caída de la dictadura marxista y sobre todo a partir de la independencia de Eritrea en 1993, la Iglesia de este país, hasta entonces simple diócesis de Adis Abeba, ha cortado los lazos con la Iglesia Madre y se ha proclamado independiente.

Organización de la Iglesia etíope

La Iglesia está organizada en diócesis. Etiopía cuenta con 12 diócesis, más una en Yibuti y otra en Jerusalén. No existen seminarios para la formación del clero. El obispo de cada diócesis ordena colectivamente en fechas señaladas a cuantos fieles lo desean. La costumbre fija, como sola condición, gratificar al obispo con una ofrenda – hasta hace unos años eran dos bloques de sal -. La Iglesia cuenta con unos 60.000 sacerdotes diocesanos, de escaso nivel teológico. En cambio, el nivel de los monjes – unos 12.000 repartidos en 800 monasterios – es netamente superior. Los monjes gozan en la vida religiosa y civil de un gran prestigio. Los más sabios tienen el titulo dedaptaras. Elesheguie, o superior general de los monjes, tiene tanta autoridad como el patriarca. En cuanto a los fieles – unos 18 millones en Etiopía – muestran gran apego a la Iglesia y a sus instituciones.

La vida litúrgica

La liturgia etíope ha recibido influencias de las tradiciones judía y siria, así como de la copta alejandrina. A estos elementos venidos del exterior hay que añadir numerosos factores autóctonos, propios de la piedad popular e imaginativa de los etíopes: ceremonias folclóricas de cantos y danzas de ritmo africano acompañadas por instrumentos musicales de percusión. El calendario litúrgico conoce ocho grandes festividades vinculadas a las etapas más importantes de la vida del Señor, y 33 en honor de la Virgen María, así como numerosas fiestas de santos del Antiguo Testamento: Melquisedec, Sansón, etc. – influencia del judaísmo junto con la circuncisión – y fiestas de los ángeles – San Miguel cuenta con 12 festividades anuales – además de los mártires locales. El ayuno ocupa un lugar de honor en la vida de la Iglesia. Los etíopes ayunan durante largos períodos, además de los miércoles y viernes de cada semana. Se cuentan 286 días de ayuno para los monjes y 186 para los simples fieles.

La Iglesia etíope en Tierra Santa

Ya en los comienzos del cristianismo existían relaciones entre Etiopía y Tierra Santa. El bautismo del eunuco de la reina de Candace no fue caso único. Los Hechos nos dicen que ‘había ido a Jerusalén a cumplir sus deberes religiosos‘ (Hch 8,27). Siglos más tarde los documentos nos hablan de contactos regulares con Jerusalén. En el siglo IV San Jerónimo nos asegura: ‘Recibimos a diario multitudes de monjes de India, Persia y Etiopía‘. En el período cruzado el monje Teodorico, 1172, encuentra nubianos, o sea, etíopes, celebrando los oficios religiosos en la basílica del Santo Sepulcro. En 1332 Guillermo de Bondelsele anota en Jerusalén una iglesia etíope y 15 años después el franciscano Nicolás de Poggibonsi habla de los indios – coptos y etíopes – oficiando detrás de la tumba del Señor. Otro peregrino señala en 1333 un altar reservado a los etíopes en la tumba de la Virgen en el valle del Cedrón.

Hoy la presencia etíope está formada esencialmente por monjes establecidos en seis monasterios: tres en Jerusalén y el resto en Betania, Belén y Jericó. Deir es-Sultán es el principal monasterio, situado detrás de la basílica del Santo Sepulcro. Tiene 25 monjes, regidos por el obispo Mons. Absade. Tanto el obispo como los monjes viven en chozas individuales hechas por ellos mismos, según una antiquísima tradición monástica. El arzobispo Matios es el representante de la comunidad etíope en Tierra Santa.

Los etíopes de Jerusalén están en buenas relaciones con las otras comunidades religiosas. A veces recurren a los buenos oficios de la Custodia de Tierra Santa para resolver algún problema complicado. De sus hermanos los coptos ortodoxos les separa un punto de discordia. Se trata de la posesión del corredor que une Deir es-Sultán con el patio situado delante de la fachada del Santo Sepulcro. Los hechos vienen de lejos. En la noche del 25 de abril de 1970 los etíopes se apoderaron de dicho corredor y de las dos capillas adjuntas. Según ellos les pertenece desde tiempo inmemorial. Lo perdieron en 1838 cuando murieron de peste todos los monjes de Deir es-Sultán. A raíz de esta desgracia la Iglesia copta se atribuyó la propiedad. Téngase en cuenta que en aquella época gobernaba en Palestina Ibrahim Pacha, egipcio. Los coptos, por su parte, se consideran los legítimos propietarios, y su arzobispo acudió al Tribunal Supremo israelí. Los jueces replicaron que era el gobierno quien debía dirimir la cuestión. El gobierno, en aquellos años en excelentes relaciones con el negus de Etiopía, se negó a intervenir y ha dejado hasta el día de hoy las cosas en suspenso. Como reacción a este despojo el patriarca copto-ortodoxo de Alejandría publicaba un comunicado por el que prohibía a todos los coptos peregrinar a los Santos Lugares de Jerusalén hasta que no se solucionase el problema en su favor.

La Iglesia etíope católica

El catolicismo llegó a Etiopía con los portugueses. Los misioneros latinos consagraron todos sus esfuerzos a la unión de las dos Iglesias. El jesuita Pedro Páez llegó a convertir al emperador Sisinios (1607-1632). El Papa Urbano VIII creyó venido el momento de crear un patriarcado católico y lo hizo en la persona del jesuita Alfonso Méndez. Pero la política de latinización rápida provocó la reacción del clero local, de tal manera que el sucesor de Sisinios, Fasilades, expulsó del país a los jesuitas, sustituidos por los agustinos que permanecieron en el país en estado de semi-clandestinidad hasta 1797.

Hay que esperar medio siglo para ver de nuevo misioneros católicos en Etiopía. En efecto, los paúles franceses consiguieron instalarse en 1839 y convertir, con muchas dificultades, un pequeño número de etíopes. Poco tiempo después Roma creaba para ellos el Vicariato apostólico de ‘Abisinia’, nombrando como titular a Mons. Justino de Jacobis.

La colonización italiana de Eritrea en 1890 y después la conquista de Etiopía (1935-1936) crearon condiciones favorables para la implantación del catolicismo, pero imprimieron una imagen de religión extranjera, la llamada ‘religión de los italianos’. En ese tiempo los capuchinos italianos habían suplantado ya a los paúles franceses.

Los católicos etíopes – unos 150.000- están repartidos hoy en dos grupos casi iguales en número de fieles: uno sigue el tradicional rito etíope, el otro el rito latino. Los fieles católicos viven esencialmente en tres zonas: Adis Abeba – con 20 iglesias y 40 sacerdotes -, Asmarra (Eritrea) – con un centenar de iglesias – y las tres provincias meridionales de Etiopía, las solas abiertas a la evangelización católica.

Por el P. Ignacio Peña

Este artículo es gentileza de la Revista Tierra Santa

Hugonotes

¿Que son los Hugonotes?

Pregunta:

¿Que son los Hugonotes?

 

Respuesta:

Término de etimología incierta y discutida (cfr. P. Bourguet, Huguenots, le sobriquet mystérieux, París 1959) usado en el s. xvi para designar a los protestantes franceses adictos al calvinismo (v.). El protestantismo se había introducido en Francia a la sombra de algunos discípulos de Lefévre d’Etaples reunidos en el círculo de Meaux, entre los que destacó por su actividad Guillermo Farel; más tarde fueron las ideas de Calvino (v.) las que se impusieron en los ambientes reformistas franceses. Las primeras medidas antiprotestantes adoptadas procedieron de la Sorbona (que publicó en 1521 su Determinatio, condenando el luteranismo), del Parlamento (que el 13 jun. 1521 prohibió la publicación y venta de libros sobre la S. E. y el dogma sin la aprobación de la Facultad de Teología de París) y, por último, aunque menos decidida, del mismo rey, Francisco I (v.) que, aun siendo buen católico, se mantuvo fluctuante en numerosas ocasiones. Esta actitud ambigua permitió que los calvinistas fuesen poco a poco, a pesar de las intermitentes persecuciones, penetrando en el país y tomando una actitud beligerante (affaire des placards, 18 oct. 1534). A pesar de la postura de clara y decidida hostilidad tomada por Enrique II desde el comienzo de su reinado, y de las sucesivas legislaciones represivas, el calvinismo siguió ganando terreno: aumentó cada vez más la propaganda; se organizaron campañas contra el culto de la Virgen y las más arraigadas devociones cristianas; y, finalmente, los h. llegaron a celebrar en 1559, en París, su primer sínodo general, en el que se reunieron los delegados de 11 comunidades bajo la presidencia del pastor de la de París, Francisco Morel, se publicó una confesión de fe y un Código de la Iglesia reformada. De este modo llegaron a constituir una poderosa fuerza política a la que se acercaron, con afán de utilizarla en su provecho, algunos elementos de la oposición al partido de la regente, Catalina de Médicis (v.) y de la influyente familia de los Guisa (v.); entre ellos destacan los príncipes de Borbón y de Condé, y el almirante Coligny. Belicosos y atrevidos, los h. comenzaron una acción en pro de su causa. Se organizaron militarmente y ocuparon numerosas iglesias católicas instaurando en ellas los cultos calvinistas. Planearon la conjuración de Amboise contra el rey Francisco II y los Guisa, que fue descubierta en 1560 y provocó nuevos edictos de persecución. Durante la minoría de Carlos IX se intentó una solución pacífica en el coloquio de Poissy (1561) promovido por la regente. Catalina firmó el 17 en. 1562 un edicto de tolerancia por el que se concedía a los h. libertad de culto, excepto en las ciudades, a cambio de devolver a los católicos las iglesias que se les habían tomado. No aceptaron estas condiciones sino que iniciaron una nueva campaña de violencias llegando a matar a algunos sacerdotes junto a París y, sobre todo, cometiendo enormes crueldades en el sur de Francia. La potente reacción católica dio ocasión a la primera de las ocho guerras de religión que durante cerca de 40 años (1562-98) ensangrentaron el suelo francés (V. FRANCIA V y VI; NOCHE DE SAN BARTOLOMÉ), y durante los que la posición de los h. se fue afianzando cada vez más. Enrique IV (v.), antiguo h. convertido al catolicismo, publicó el 13 abr. 1598 el célebre edicto de Nantes que concedía a los calvinistas libertad de religión en todo el reino, con ligeras limitaciones; asimismo les permitía el acceso a los cargos públicos y hacía otras concesiones, pero les imponía la obligación de observar exteriormente las fiestas y culto católicos y atenerse a la legislación católica del reino. Esta actitud oficial de tolerancia se mantuvo hasta la revolución que los h. provocaron en el Lanquedoc con motivo del matrimonio de Luis XIII (v.) con la princesa española Ana de Austria; se produjo otra guerra religiosa que finalizó con el tratado de Montpellier (18 oct. 1622). La influencia política de los h. acabó definitivamente por medio de la acción del cardenal Richelieu (v.) quien, convencido que constituían un Estado dentro del Estado, se propuso con toda energía someterlos. Firme, pues, en este plan y con la indomable energía que lo caracteriza, después de vencerlos en 1625 los trató con suavidad; pero habiéndose ellos rebelado de nuevo en 1627 con el apoyo de los ingleses, acometió la principal fortaleza h., la Rochela, que al fin tuvo que rendirse (1628). En el edicto de Nimes (1629) se renovaba sustancialmente el de Nantes, pero únicamente en los puntos religiosos. Mazarino (v.) siguió la política de Richelieu. Luis XIV (v.) procedió todavía con más decisión tratando de devolver a Francia la unidad religiosa. Las primeras tentativas de conversión fracasaron y muchos hugonotes emigraron. Entonces el rey trató de apoderarse de sus bienes, aunque más tarde, en 1681, aceptó el plan de su ministro Louvois, de forzar a los h. mediante las ‘dragonadas’, es decir, alojando los soldados en las casas de los h. El sistema provocó numerosas rebeliones de calvinistas sofocadas por la fuerza. De hecho se consiguió la desaparición (por conversión forzada o emigración) de la mayoría de los h. Entonces, Luis XIV, pretextando que el calvinismo había desaparecido, suprimió el edicto de Nantes (1685). Como fruto de esta política emigraron de Francia unos 70.000 h. Inocencio XI (v.), con todos los buenos católicos del mundo y de Francia, no pudo menos de desaprobar la violencia empleada por Luis XIV y sus agentes. Desde entonces, enormemente reducidos en número, vivieron clandestinamente, aunque en 1702-04 provocaron otra rebelión (la de los camisards o de las Cévennes), cuya represión acabó con la resistencia de los h. En 1787, un edicto de Tolerancia devolvía a los h. una existencia legal, aunque con numerosas restricciones. En 1789, la Revolución (v.) les dio una libertad completa, codificada en 1802 por el Imperio. En el curso del s. xix surgieron divisiones teológicas que dieron origen a diversas sectas (‘liberales’, ‘ortodoxas’, ‘libres’, ‘metodistas’, etc.). En 1938, la mayor parte de estas sectas se fundieron de nuevo (450.000 miembros y cerca de 600 pastores). V. t.: FRANCIA V y VI.

Por Josemaría Revuelta

Tomado de la gran Enciclopedia Rialp

BIBL.: B. LLORCA, R. GARCÍA VILLOSLADA, F. J. MONTALBÁN, Historia de la Iglesia católica, III, 2 ed. Madrid 1967, 749-755, 928-938; IV, 3 ed. ib. 1963, 80 ss. (con abundante bibl. bien clasificada); A. EHRHARD, W. NEuss, Historia de la Iglesia, 4 vol., Madrid 1961 ss.; IV, 231 ss.; L. ROMIER, Les origines politiques des guerres de religion, d’aprés des documents originaux inédits, 2 vol., París 1913-14; íD, Le Royaume de Catherine de Médicis, 2 vol., 2 ed. París 1922; íD, Catholiques et huguenots á la cour de Charles IX, 2 ed. París 1924; fD, Guerres de religion, 6 vol., París 1914 ss.; J. VIÉNOT, Histoire de la reforme franpaise des origines á l’Edit de Nantes, París 1926; íD, Histoire de la reforme franpaise de 1’Edit de Nantes á sa revocation, París 1934; F. ROCQUAIN, La France et Rome pendant les guerres de religion, París 1924; A. LEVIS-MIREPOIX, Les Guerres de religion, París 1950; O. ZOFF, Die Hugenotten, Constanza 1948; K. MANOURY, Die Geschichte der Hugenottenkirche, 2 vol., Berlín 1940-41; J. ORCIBAL, Louis XIV et les protestants, París 1951; A. DuCASSE, La guerre des camisards: la resistente huguenote sous Louis XIV, París 1946.

Antiguas Iglesias Orientales

¿A qué se denomina ‘Antiguas Iglesias Orientales’?

Pregunta:

¿A qué se denomina ‘Antiguas Iglesias Orientales’?

Respuesta:

Se llama así a las Iglesias locales que contestaron las fórmulas dogmáticas de los Concilios de Éfeso y Calcedonia.

Diferencias teológicas y lingüísticas movieron a los nestorianos a rechazar las verdades definidas en el Concilio de Éfeso. En efecto ellos afirmaban la tesis de la doble persona, humana y divina, de Cristo, unidas por un vínculo moral. Y por lo mismo rechazaban el título de ‘Madre de Dios’ dado a la Virgen. Ambas doctrinas fueron condenadas en el Concilio de Éfeso. Las iglesias que rechazaron este concilio son las llamadas Iglesias Asirias.

Por su parte, como doctrina anti nestoriana se levantó la tesis monofisita que rechazaba la doble naturaleza de Cristo, divina y humana, en su única Persona. Como esta verdad fue definida en el Concilio de Calcedonia, los monofisitas lo rechazaron. En este grupo se encuentra la Iglesia Apostólica Armenia, la Iglesia Copta de Egipto, la Iglesia Etiópica y la Iglesia Siro-Jacobita.

Como en su momento, fieles de estas iglesias permanecieron fieles a Roma o posteriormente se volvieron a unir a ella, cada una de ellas tiene su correspondiente católica. Así tenemos católicos asirios (caldeos), católicos armenios, coptos, etíopes y sirios (llamados así no meramente por su pertenencia a esos lugares sino por haber conservado también el rito propio).

Con todas estas iglesias separadas, ha reanudado la Iglesia Católica, aunque con modalidades distintas, las relaciones fraternas. Todas estas iglesias enviaron observadores delegados al Concilio Vaticano II, sus patriarcas han intercambiado visitas con el Papa, y -con expresión de Juan Pablo II- ‘con ellos el Obispo de Roma ha podido hablar como con unos hermanos que, después de mucho tiempo, se reencuentran con alegría’.

Dice el Papa en la Encíclica Ut Unum Sint:

‘La reanudación de las relaciones fraternas con las antiguas Iglesias de Oriente, testigos de la fe cristiana en situaciones con frecuencia hostiles y trágicas, es un signo concreto de cómo Cristo nos une a pesar de las barreras históricas, políticas, sociales y culturales. Precisamente en relación al tema cristológico, hemos podido declarar junto con los Patriarcas de algunas de estas Iglesias nuestra fe común en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre‘.

Y destaca:

1-La declaración que firmó Pablo VI con Shenouda III, Papa de Alejandría y Patriarca Copto Ortodoxo en 1973

2-La declaración común firmada por Pablo VI con el Patriarca siro ortodoxo de Antioquía, Su Santidad Jacoub III e 1971.

3-La ratificación de estos acuerdos, con consecuencias para el desarrollo del diálogo con el Papa Shenouda y para la colaboración pastoral con el Patriarca siro de Antioquía Mar Ignacio Zakka I Iwas, en 1979 y 1984 respectivamente.

4-La visita del Patriarca de la Iglesia de Etiopía, Abuna Paulos, a Roma el 11 de junio de 1993, ‘compartimos la fe transmitida por los Apóstoles, así como los mismos sacramentos y el mismo ministerio, que se remontan a la sucesión apostólica […]. Hoy, además, podemos afirmar que profesamos la misma fe en Cristo, a pesar de que durante mucho tiempo esto fue causa de división entre nosotros’.

5-La Declaración Cristológica con el Patriarca Asirio de Oriente, Su Santidad Mar Dinkha IV en noviembre de 1994.

Recientemente es de destacar la Declaración Común de Su Santidad Juan Pablo II y Su Santidad Karekin II, Katholicós para los armenios el 27 de setiembre de 2001. Y también la decisión de permitir en algunos casos la recepción mutua de los sacramentos entre los fieles de la Iglesia Asiria y la Iglesia Católica.

Las diferencias teológicas que produjeron el cisma eran diferencias cristológicas, y como se puede ver, algunas de ellas han desaparecido totalmente, pues se trataba de diferencias de expresión, más que de concepto. Esto nos alienta a pensar que la total unión de estas iglesias con Roma no está en un futuro muy lejano.