Hijo del hombre

El “Hijo del hombre”

Pregunta:

Querido hermano en Cristo, soy un asiduo lector de la Biblia, pero reconozco que en ella encuentro cosas que no puedo explicar. Una de ésas es la expresión “El Hijo del Hombre”. Jesús dice que él es el Hijo del Hombre. ¿Quiere decir eso que es hombre nada más y que su padre fue un hombre? ¿Está negando su divinidad? Me tiene confundido.

Respuesta:

El título “Hijo del hombre” procede del Antiguo Testamento, en concreto del libro del Profeta Daniel, de la visión que tuvo el Profeta: Seguía yo mirando en la visión nocturna, y vi venir sobre las nubes del cielo a uno como hijo de hombre, que se llegó al anciano de muchos días y fue presentado ante éste. Le fue dado el señorío, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron, y su dominio es dominio eterno que no acabará, y su imperio, imperio que nunca desaparecerá (Dan 7,13-14).  Cuando el Profeta pide la explicación de esta visión, obtiene la siguiente respuesta: Después recibirán el reino los santos del Altísimo y lo poseerán por siglos, por los siglos de los siglos… Entonces le darán el reino, el dominio y la majestad de todos los reinos de debajo del cielo al pueblo de los santos del Altísimo (Dan 7, 18. 27). El texto de Daniel, contempla a una persona individual y al pueblo. Señalemos que lo que se refiere a la persona del Hijo del hombre, se vuelve a encontrar en las palabras del Ángel en la anunciación a María: Reinará… por los siglos y su reino no tendrá fin (Lc 1,33).

Por eso, cuando Jesús utiliza el título “Hijo del hombre” para hablar de Sí mismo, recurre a una expresión proveniente de la tradición canónica del Antiguo Testamento, presente también en los libros apócrifos del judaísmo. Pero conviene notar, sin embargo, que la expresión “hijo de hombre” (ben-adam) se había convertido, en el arameo de la época de Jesús, en una expresión que indicaba simplemente “hombre” (bar enas). Por eso, al referirse a Sí mismo como “Hijo del hombre”, Jesús logró casi esconder, tras el velo del significado común, el significado mesiánico que tenía la palabra en la enseñanza profética.  Por tanto, Jesús usa este término para referirse a Sí como Mesías, aunque sus oyentes pensaban que sólo decía que era verdaderamente “hombre”. Jesús decía, pues, algo más de lo que algunos de ellos creían entender, aunque estaba al alcance de los letrados que debían identificarlo como Mesías, a quienes principalmente iba dirigida su enseñanza.

espíritu santo

¿Cómo hago para escuchar la voz del Espíritu Santo?

Pregunta:

Querido Padre: Vengo de una familia muy religiosa, y mis padres siempre me han dicho que debo escuchar la voz del Espíritu Santo antes de tomar decisiones importantes. Estoy, en estos momentos, en circunstancias difíciles en que muchas cosas se me tambalean en la vida; me han venido a la memoria aquellas palabras de mis padres, pero también cierta duda de cómo debo entenderlas. ¡Yo quiero escuchar al Espíritu Santo, pero no estoy segura de qué quiere decir esto! ¿Me puede ayudar?

Repuesta:

Estimada:

El Espíritu Santo habla en el interior del corazón humano. San Bernardo decía que para el Espíritu no hay puerta cerrada, ni estorbo que pueda impedir su entrada, ya que es el dueño y señor absoluto de nuestro espíritu.

Y cuando habita dentro, el efecto que se sigue es que se escucha su voz. Nosotros identificamos a las personas que nos hablan por el timbre de la voz. También el Espíritu Santo tiene su timbre propio; y por el timbre lo conocemos. Ese timbre son sus efectos interiores.

El Espíritu cuando obra en el alma produce: óptimo consuelo, dulce refrigerio, descanso en los trabajos, frescura en el estío, bálsamo en el dolor; Él lava y purifica la inmundicia, riega nuestra sequedad, fecunda la aridez, sana y cura las heridas, flexibiliza lo que se ha endurecido, templa lo que se ha enfriado, endereza lo que se ha torcido. Estos son los efectos que la liturgia de la Iglesia le atribuye en uno de sus más bellos himnos, el Veni, Sancte Spiritus.

En pocas palabras, produce frutos:

1º de penitencia por el pecado propio,

2º de misericordia hacia los defectos ajenos,

3º de alegría y consuelo por los bienes del prójimo,

4º deseos de santidad. Cuando nos sentimos inclinados, pues, a fructificar de este modo, estamos oyendo su voz en el interior del alma.

En cambio el mal espíritu, ya sea el demonio como nuestra misma naturaleza herida por el pecado, obra lo contrario:

1º empuja a la desesperación y a la impenitencia por los pecados propios,

2º nos endurece ante las miserias ajenas;

3º nos entristece y llena de envidia ante los bienes del prójimo,

4º nos hace tibios frente a la santidad. Cuando nos sentimos, entonces, arrastrados a estas cosas, no es la voz de Dios la que resuena en nuestro corazón sino la de nuestro enemigo espiritual.

De ahí que debamos siempre pedir oír la voz del Espíritu, pero también reconocerla una vez oída, y seguirla prontamente y solícitamente cuando se la ha reconocido; de lo contrario, cuando desoímos su voz ésta deja de sonar en nuestro corazón.

Puede ver como bibliografía las Reglas de discernimiento de espíritus que trae San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales (nn. 313-336).

rapto

¿Es verdad eso del Rapto?

Pregunta:

Yo soy católica, pero nunca había oído hablar del famoso rapto del que tanto hablan los protestantes. Ellos me lo sustentan con citas bíblicas, pero me interesa saber cuál es la posición de la Iglesia, y, si es aceptado, ¿cómo es que nadie predica acerca de eso?

Otro:

Durante dos años fui miembro de la Iglesia Nueva Apostólica en Buenos Aires. Finalmente me aparté. Mi consulta se debe a la cuestión del “arrebatamiento”. ¿Me podría explicar de qué se trata y si es válido?

Respuesta:

El tema del rapto o arrebatamiento (rapture en inglés), es una enseñanza puesta de moda por algunos libros novelados de los autores Tim LaHaye y Jerry B. Jenkins, conocidos en inglés como Left Behind (“dejado atrás”, literalmente)[1]. En estas novelas de ficción apocalíptica, se describe lo que sus autores creen que ocurrirá en el futuro (por otra parte muy próximo según ellos), a saber: una venida secreta de Jesucristo, en la cual arrebatará a los verdaderos cristianos de la tierra, dejando atrás a todos los demás; inmediatamente después del rapto, comenzaría un período de siete años de tribulación en que Dios desencadenaría su ira. LaHaye sostiene que los acontecimientos allí narrados se encuentran en la Biblia (aunque los personajes de sus novelas sean ficticios).

LaHaye es un escritor protestante profundamente anticatólico, consagrado a la literatura apocalíptica, que ha expandido sus doctrinas con la ayuda de Jenkins, aprovechando el género novelesco, poco serio pero de fácil divulgación.

Esta doctrina del “arrebato” se popularizó en Estados Unidos a raíz del movimiento fundamentalista conocido como “dispensacionalismo” (que incluye a personajes como LaHaye, Jenkins, Billy Graham, Jerry Falwell y otros). Los dispensacionalistas creen: (a) en el milenarismo craso: en el futuro habrá un reinado de mil años de Cristo sobre la tierra; (b) en el arrebatismo: los “auténticos creyentes” en Cristo serán arrebatados o llevados hasta el cielo, justo antes de un período de siete años de tribulación mundial; (c) la historia ha sido dividida en siete diferentes dispensaciones o eras, en cada una de las cuales, Dios pone a prueba a personas concretas, éstas caen y luego Él las juzga. De estas enseñanzas, la que más se divulga es la del arrebato. Hoy en día no todos los arrebatistas son dispensacionalistas, pues la doctrina del arrebato es aceptada por protestantes de otras denominaciones.

Hay que tener en cuenta que este presunto arrebato no se identificaría con la Segunda Venida de Cristo. Según ellos, es un acontecimiento anterior, en el cual los verdaderos creyentes son silenciosamente arrebatados por Cristo y regresan con Cristo en la Segunda Venida para derrotar al Anticristo, establecer el reino milenario y reorganizar los sacrificios de animales en el templo de Jerusalén reconstruido. El arrebato sería una venida exclusiva para su Iglesia; la Segunda Venida es para todo el mundo.

Los arrebatistas admiten que la palabra “arrebato” no aparece en la Biblia, pero explican que está tomada de la palabra latina rapiemur, con la que San Jerónimo tradujo el pasaje de 1Tes 4,16: Porque el mismo Señor, a la señal dada por la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán los primeros; después nosotros, los vivos, los que quedemos, junto con ellos seremos arrebatados entre nubes por los aires al encuentro del Señor; y así estaremos siempre con el Señor (1 Tes 4,16-17). San Pablo usa allí harpagesómetha, que viene del verbo harpázo, que significa tomado por fuerza, llevado, arrastrado, raptado.

También entienden en este sentido las palabras de la Primera Carta a los Corintios: Mirad, os voy a enseñar un misterio: no todos moriremos, aunque sí seremos todos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, con la última trompeta; pues sonará, y los muertos resucitarán incorruptos, y nosotros seremos transformados (1Co 15,51-52).

Evidentemente no cuajan estos textos completamente con la doctrina del arrebato, pues ese “silencioso rapto de los elegidos” no parece ser muy silencioso si debe intervenir el arcángel dando señales y trompetazos, como lo entiende el Apóstol en los dos lugares que ellos mismos citan. Todo parecería indicar que se llama la atención de todos los pueblos para el fausto acontecimiento. Los arrebatistas solucionan el problema diciendo que, a pesar de los estridentes llamados angélicos, sólo lo oirán los que serán arrebatados. La salida es ingeniosa, pero no lo dice el Apóstol, por lo que es un simple invento de los arrebatistas.

En la Sagrada Escritura no se distingue (ni lo ha distinguido la tradición cristiana) entre el suceso narrado aquí por San Pablo y la Segunda Venida. Los arrebatistas son los primeros en afirmar que se trata de acontecimientos distintos. Una de sus “pruebas” es que a menudo se usan tres palabras distintas para hablar de la vuelta de Cristo a la tierra: parousia, apokalypsis y epiphaneia. Los arrebatistas dicen que se refieren a sucesos diversos. Sin embargo, no sólo no pueden probarlo, sino que después deben “arreglar” las cosas para que la misma palabra (y no ya términos distintos) indique cosas diversas. Así, por ejemplo, se ven obligados a afirmar que “parousia” en 1Tes 4,15 se refiere al arrebato, pero la misma palabra “parousia” en 1Tes 3,13 describe la Segunda Venida.

LaHaye sostiene que su versión del arrebato proviene de la Biblia, era enseñada por algunos cristianos en la Iglesia primitiva y es un distintivo de auténtica cristiandad; sin embargo, no se encuentra como tal ni en la Biblia ni en los escritores antiguos. Algo semejante (sobre una venida secreta e invisible de Cristo) se puede encontrar en el libro de Lacunza “La venida del Mesías en gloria y majestad”[2], pero él creía que sería un arrebato de los católicos que recibían la Sagrada Comunión con regularidad, y que éstos regresarían a la tierra cuarenta y cinco días después; y la Iglesia no aprobó nunca tal enseñanza. También se encuentra algo entre algunos predicadores protestantes en los tiempos de la fundación de los Estados Unidos. Pero en la forma moderna recién ganó terreno en Estados Unidos y Gran Bretaña en el siglo XIX. Quien promovió esta doctrina fue el ex sacerdote anglicano, profundamente anticatólico, John Nelson Darby (1800-1882), quien dedicó su vida a la predicación de esta doctrina y condenó a todos aquellos que no estaban de acuerdo con él. Sus predicaciones fueron reconocidas cuando uno de sus discípulos, Cyrus I. Scofield, publicó la Biblia de Referencia de Scofield en 1909; allí se mostraban cuadros y notas a pie de página de aspecto riguroso, en las que se explicaban “científicamente” (según se decía) las verdades proféticas de la Escritura. Pocas décadas después había vendido unos diez millones de ejemplares, convirtiéndose en el libro fundamentalista americano más influyente de todos los tiempos. En los primeros años del siglo XX, el sistema dispensacional logró avances significativos entre los grupos baptistas, presbiterianos y metodistas, así como en docenas de congregaciones “no sectarias”. Las facultades bíblicas dispensacionales florecieron por todo el país. La mayoría de los famosos revivalistas protestantes posteriores de América, tales como Dwight Moody, Billy Sunday y Billy Graham fueron dispensacionalistas formales.

Cuando Israel se convirtió en nación en 1948, los dispensacionalistas vieron en ese acontecimiento una señal clave de los tiempos. Con Israel restaurada como nación, el tiempo en que la Iglesia sería arrebatada de la tierra tenía que estar próximo. El conflicto de 1967 entre Israel y Egipto elevó la expectación. En 1970 un ministro fundamentalista llamado Hal Lindsey publicó The Late Great Planet Earth (El último gran planeta Tierra), con el que se propagó popularmente el dispensacionalismo. Otros lo siguieron en la publicación de libros del mismo estilo (como Jack van Impe, John Walvoord, John Hagee y Grant Jeffrey); pero perdió el liderazgo publicitario (sobre este tema) con la aparición de los libros de LaHaye y Jenkins, que pasaron a ser los más famosos en el tema.

Estamos pues ante una doctrina que no es bíblica, que contradice los mismos textos bíblicos (que hablan de la Segunda Venida de Cristo pero no de una venida previa) y que no ha sido reconocida ni en la tradición, ni por los mismos reformadores protestantes del siglo XVI.

[1] Por ejemplo: Left Behind: A Novel of the Earth’s Last Days [Dejado atrás: novela de los últimos días de la Tierra] (Tyndale, 1995); The Mark: The Beast Rules the World [La marca: la Bestia gobierna el mundo]; The Indwelling: The Beast Takes Possession [La llegada: la Bestia toma posesión]; Desecration [Profanación]; Rapture Under Attack: Will You Escape the Tribulation? [El arrebato atacado: ¿escaparás a la tribulación?] (Multnomah Press, 1998); también es suyo el libro más teórico: Are We Living in The End Times? [¿Estamos viviendo en los últimos tiempos?] (Tyndale, 1999), etc.

[2] Véase una interesante reseña del libro y de la ortodoxia del autor en Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, tomo VI, ¿Puede contarse entre los heterodoxos españoles al Padre Lacunza?, Emecé, Buenos Aires 1945, pp. 525-530.

gracia

¿Qué significa “gracia propia del matrimonio”?

Pregunta:

Estimado Padre: He leído en el Catecismo de la Iglesia que el matrimonio da la gracia; y también que esa gracia es una “gracia propia del matrimonio”. ¿Cómo debo entender esto? ¿Qué es esa gracia propia?; ¿no es la misma gracia de Cristo?

Respuesta:

Estimada:

Quiere decir que el matrimonio cristiano, al ser un sacramento, confiere de suyo la gracia a quienes lo reciben dignamente (o sea, sin poner el obstáculo del pecado; si alguien lo recibe en pecado el matrimonio es válido y produce el efecto del vínculo indisoluble, pero no da la gracia santificante). Esta doctrina está afirmada de modo constante por el Magisterio de la Iglesia[1].

Cuando se habla de “gracia propia de un sacramento” nos referimos a un aspecto particular de la multiforme gracia divina, que cada sacramento da de modo diverso (según la naturaleza de ese sacramento). En el caso de la gracia que da el matrimonio sacramental, hay que decir que éste otorga de modo inmediato a los contrayentes una gracia inicial que comprende: 1º el aumento de la gracia santificante y de las virtudes y dones que la acompañan; 2º una gracia sacramental habitual, que es, por lo menos según la sentencia tomista, una cualidad estable de la gracia santificante, que orienta sus energías hacia los fines del matrimonio; 3º gracias actuales abundantes.

Además de esta gracia inicial (o sea desde el momento en que se realiza el matrimonio sin que los cónyuges estén en pecado), el sacramento del matrimonio da derecho a recibir en el futuro, a su debido tiempo, aquellas gracias actuales especiales que necesitan los esposos cristianos para cumplir los deberes de su estado. Estos auxilios sobrenaturales particulares les ayudarán a amarse mutuamente, a educar a sus hijos, a superar las dificultades que presenta la castidad conyugal, etc. Esto es así porque a lo largo de su vida matrimonial tendrán que hacer frente a tareas muy altas, sobrenaturales, que exigen, por ende, fuerzas sobrenaturales; por otra parte, no les faltarán tentaciones y peligros espirituales que piden remedios específicos[2].  La condición para que reciban la gracia los que contraen matrimonio, es que no pongan impedimento substancial a la gracia del sacramento, como sería el pecado mortal. De todos modos, el sacramento del matrimonio es susceptible de reviviscencia, una vez quitado el óbice; esto quiere decir que, si han contraído matrimonio en pecado mortal, pueden recibir la gracia al reconciliarse con Dios por medio de la confesión (al menos, así opinan muchos teólogos).

Al no conferir “por sí mismo” más que un aumento de la gracia santificante (a diferencia del bautismo y de la confesión o reconciliación), el matrimonio no es un sacramento de muertos (o sea no es para las personas que están espiritualmente muertas por el pecado, haciéndolos resucitar a la vida de la gracia) sino sacramento de vivos (para personas que están en gracia). De todos modos, al menos de un modo “accidental” (per accidens) podría producir la gracia santificante, como ocurre en el caso de ser recibido por un pecador de buena fe (o sea, sin saber que primero debería confesarse) y que tiene además suficiente dolor de sus pecados.  Aclaremos que es doctrina de fe definida que el sacramento del matrimonio confiere la gracia (en general)[3]; en cambio, sólo es doctrina común y cierta el decir que confiere un particular aumento de la gracia santificante y da derecho a gracias actuales proporcionadas a los deberes conyugales y familiares que se les presentarán a los esposos.

Gracias a esta gracia propia, como dice Schmaus, “aunque los esposos no piensen conscientemente en ello, su amor recíproco está configurado por el amor de Cristo; de Él sale y a Él vuelve. Toda relación de amor, respeto, sacrificio, dulzura y paciencia entre los esposos es aceptada, perfeccionada y sellada por Cristo, de modo que lleve los rasgos de su amor a la Iglesia. En el amor recíproco de los esposos es Cristo quien ama, aunque ellos no se den cuenta; su amor es una voz del amor de Cristo a la Iglesia y en definitiva el eco del amor con que el Padre envió a su hijo al mundo y con el que el Padre y el Hijo engendran y envían al Espíritu Santo”[4].

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

Bibliografía: la citada en el caso anterior. Además: Michael Schmaus, Teología dogmática. VI. Sacramentos, Rialp, Madrid 1963,  nn. 285-292, pp. 700-759.

[1]  Cf. DS 1801; Arcanum divinae sapientiae, de León XIII (DS 3142-3144), Casti Connubii, de Pío XI (DS 3713-3715).

[2] “Ligados a la Iglesia, es decir, al hontanar de la gracia, los esposos están en disposición de recibir las gracias de su función particular, las cuales los harán dignos miembros del cuerpo místico como esposos y como padres. Gracias que los santificarán por los deberes de su vida familiar, y para esos deberes: gracias de tolerancia mutua, de ayuda y edificación mutua, gracias de fuerza, de perspicacia y adaptación para la educación de los hijos, gracias que los santificarán en sus horas de dicha, y también en las cargas y tribulaciones que no faltarán. Conviene no olvidar, en efecto, que la gracia que constituye el esplendor de su estado y la belleza de su amor, fue merecida por la pasión de Cristo y que las inserta como casados en una redención dolorosa. Es lo que expresa el concilio de Trento (DS 1799)” (E. Mersch, La théologie du Corps mystique, t. 2, p. 310-311).

[3]  DS 1801

[4] Michael Schmaus, Teología dogmática. VI. Sacramentos, Rialp, Madrid 1963, n. 291, p. 743.

confesion

¿Por qué pretenden confesar los pecados los sacerdotes si ellos son simples hombres?

Pregunta:

Mi inquietud es ¿por qué debemos confesar nuestros pecados a un sacerdote, en vez de hacerlo directamente con Dios? No hay referencia bíblica que asevere que debemos confesarnos como lo vengo haciendo. ¿En qué se fundamentó la Iglesia? Disculpe mi ignorancia, pero me encuentro en esta disyuntiva; esto viene a raíz de que he estado hablando con una persona cristiana protestante; ellos dicen que uno debe pedirle perdón a la persona que uno ofendió directamente, y me preguntó sobre qué se basó la Iglesia para este Sacramento.

Respuesta:

La objeción es frecuente, y no sólo viene de protestantes, sino en algunos casos, también de católicos reacios a la confesión. Escribía un convertido, hablando de su vida pasada cuando era protestante: “La creencia católica en el sacramento de la confesión y su práctica de confesar los pecados a un sacerdote, siempre me fastidiaron. Desafiándolos, yo les decía: ‘Sólo Dios puede perdonar los pecados. Nadie tiene que ir a un hombre pecador para ser perdonado. ¡Nos dirigimos directamente a Dios!”[1].

Es cierto, y los protestantes serios no dudan de ello, de que Jesucristo tiene el poder de perdonar los pecados y de hecho, en los Evangelios lo hace en repetidas ocasiones, como al perdonar a la adúltera (Jn 8), al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados (Mc 2,5), a la pecadora en casa de Simón el fariseo: Sus pecados, sus numerosos pecados le quedan perdonados, por el mucho amor que mostró (Lc 7,47), al buen ladrón: En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,43). Y no sólo eso, sino que Jesucristo reivindica el derecho de hacerlo: El Hijo del Hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra (Mc 2,10).

Pero la misma Biblia testimonia que este poder de perdonar los pecados es comunicado a sus apóstoles, y se trata en este caso de un acto absolutorio de los pecados en nombre del mismo Dios. Esto hay que tenerlo en cuenta. El mandato de perdonarnos unos a otros las ofensas es universal (Mt 6,14-15: si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas; Col 3,13: Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros). Pero en este mandato se nos manda que nosotros perdonemos las ofensas hechas contra nosotros mismos; este perdón no implica que el ofensor sea perdonado también por Dios; esto es otra cosa que debe arreglarse entre el pecador y Dios. Precisamente, este asunto Jesucristo lo encarga a sus apóstoles.

La promesa de este poder la encontramos en el texto de Mt 16, dirigida a Pedro bajo la metáfora de las llaves y de “atar-desatar”: A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16,19). Ya hemos explicado el significado de la parábola más arriba, al hablar del primado de Pedro. Pero la entrega efectiva de ese poder, tiene lugar después de la Resurrección de Cristo y va dirigida a todos los apóstoles (a diferencia del primado, que sólo se dirige a Pedro, tanto en Mt 16 como en Jn 21): Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados y a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos (Jn 20,22-23). Los apóstoles fueron concientes de este poder, como señala San Pablo en la segunda carta a los Corintios: Todo eso es la obra de Dios, que nos reconcilió con Él en Cristo, y que a mí me encargó la obra de la reconciliación (2Co 5,18).

Los apóstoles, por su parte, al asegurar la continuidad de su ministerio por medio de la ordenación de sus sucesores (obispos y sacerdotes), les confiaron el poder recibido del mismo Cristo, como le hace notar san Pablo a Timoteo: Te recomiendo que avives el fuego de Dios que está en ti por la imposición de mis manos (2Tim 1,6). De esta manera, se cumple la promesa del Señor hecha a los apóstoles de que “estaría con ellos hasta el fin del mundo” (cf. Mt 28,20); evidentemente se refería a sus sucesores, puesto que los apóstoles murieron y ellos no están ya en el mundo; por tanto, la promesa de Cristo se refería al ministerio desarrollado por los apóstoles.

No impide, este poder, que el mismo sacerdote sea pecador, porque su poder no está condicionado a su santidad. Él puede perdonar los pecados por el poder recibido en su ordenación, pero al mismo tiempo él necesita del perdón de sus pecados, y por eso debe confesarse con otro sacerdote; y esta necesidad afecta a todo hombre, sea sacerdote, obispo o el mismo Papa.

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

Bibliografía sobre sacerdocio en general:

Antonio Royo Marín, El sacramento del orden, en: Teología moral para seglares, BAC, Madrid 1984, tomo II, pp. 521-559;

Pablo VI, Enc. Sacerdotalis coelibatus (1967);

Michael Schmaus, Teología dogmática, tomo VI (Los sacramentos), Rialp, Madrid 1963, pp. 658-699.

Sobre la confesión:

Antonio Royo Marín, La penitencia, en: Teología moral para seglares, BAC, Madrid 1984, tomo II, pp. 254-502;

P. Adnès, La penitencia, BAC, Madrid 1981;

J. Ramos Regidor, El sacramento de la penitencia, Salamanca 1975;

Juan Pablo II, Exh. Reconciliatio et paenitentia;

Miguel Ángel Fuentes, Revestíos de entrañas de misericordia. Manual de preparación para el sacramento de la penitencia, Ed. Verbo Encarnado, San Rafael 1999;

Id., A quienes perdonéis, Ed. Verbo Encarnado, San Rafael 2002;

B. Häring, Shalom: paz. El sacramento de la reconciliación, Herder, Barcelona 1970;

M. Nicolau, La reconciliación con Dios y con la Iglesia, Madrid 1977;

de orden más histórico es el artículo de Hubert Jedin, La necessité de la confession privée selón le Concile de Trente, en: “La Maison-Dieu” 104 (1970), p. 115.

[1] Cf. Tim Staples, La Biblia me convenció, en: Patrick Madrid, Asombrado por la verdad, p. 255-256.