evangelio de judas

¿Qué opina sobre el ‘Evangelio de Judas’?

Pregunta:

Padre Miguel Ángel, mucho agradeceré su comentario al tema que ha salido ahora a la luz con lo del ‘Evangelio de Judas’, pues las personas que saben que estamos estudiando la Biblia (yo pertenezco a un grupo de Biblia) nos hacen preguntas y yo pues realmente de esto no sé absolutamente nada. Necesito su comentario para tener armar para seguir defendiendo mi fe en Jesús verdadero Dios y verdadero Hombre. Gracias de antemano y Dios lo bendiga.

Respuesta:

Estimada:

Le respondo con la ‘ Declaración del presidente de la Conferencia Episcopal de Chile sobre el Evangelio de Judas’ (aparecida en Zenit, 13 de abril de 2006).


Acerca del Evangelio de Judas

(Monseñor Alejandro Goic Karmelic, obispo de Rancagua por encargo del Comité Permanente de Chile)

Los medios de comunicación social han dado a conocer en estos días la publicación de un antiguo texto manuscrito encontrado en Suiza en 1983, en idioma copto y que correspondería a un supuesto «Evangelio de Judas». Con la intención de aclarar dudas y responder a muchas interrogantes, resulta interesante y oportuno entregar algunas orientaciones. Nos ayudará una reciente entrevista al P. Thomas D. Williams, Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Regina Apostolorum de Roma ( Zenit, 6 de abril de 2006 ) y un artículo de opinión del sacerdote chileno P. Samuel Fernández, Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Chile ( http://www.iglesia.cl ).

I. Evangelios Apócrifos 

• El texto pareciera estar fechado entre el siglo IV y el siglo V, es decir, unos 300 ó 400 años después de la vida de Jesús. Es imposible, por lo tanto, que sea Judas su autor directo, sino que puede tratarse de una copia del «Evangelio de Judas», citado por San Ireneo de Lyon hacia el año 180.

• Fue redactado por la secta gnóstica de los Cainitas y presenta a Judas Iscariote de una manera positiva, como un personaje que sólo obedeció una supuesta orden divina de entregar a Jesús para que pudiera cumplirse la obra de salvación.

• Siempre se supo de la existencia de Evangelios Apócrifos, es decir, no inspirados porque no contienen la verdad acerca de la Revelación de Dios y su deseo de salvación para la humanidad y desde siempre fueron rechazados por el conjunto de la comunidad cristiana porque son incompatibles con la fe.

• La Iglesia nunca ha ocultado o negado la existencia de estos documentos. Al contrario, estos textos han sido publicados y están editados en muchas editoriales a través del mundo entero, como la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) o la Editorial Ciudad Nueva, entre otras.

• Los Evangelios Apócrifos no son reconocidos como inspirados por Dios porque simplemente buscaban satisfacer la curiosidad de algunos, o contenían leyendas fantasiosas respecto a Jesús, o explicaban opiniones particulares de algunos grupos religiosos acerca de Cristo. No buscaban la verdad más profunda sobre Dios y su obra salvadora.

• Algunos de estos Evangelios Apócrifos pertenecen a sectas gnósticas, como la de los Cainitas, cuyo propósito principal era reivindicar figuras del Antiguo y del Nuevo Testamento que cayeron en la maldad, como Caín (que mató a su hermano Abel) y como Judas (que traicionó a Jesús). Los gnósticos pretendían que la salvación se logra sólo por el conocimiento que tengamos de Dios, no por obra del amor y de la misericordia de Dios, que envió a su Hijo Jesús al mundo.

II. Diferencias entre cristianos y gnósticos 

• La principal diferencia entre los gnósticos y los cristianos radica en su concepción acerca del origen del mal en el mundo. Los cristianos creemos en un Dios bueno que ha creado un mundo bueno. Los gnósticos creen en un Dios que ha creado el mal y ha creado al mundo de manera desordenada.

• Los cristianos creemos que la maldad nace a partir del mal ejercicio de la libertad con la que Dios nos ha creado, porque Dios siempre respeta nuestra libertad. Los gnósticos afirman que Dios quiere el mal en el mundo y por eso se explica la acción de los hombres malos, como Caín o Judas.

• Dios conoce todas nuestras intenciones, incluso los errores, pecados y decisiones equivocadas. A veces se vale de ellas para obtener un bien en su plan providencial para el hombre.

Asumiendo estas orientaciones y aclaraciones, podemos entender de mejor manera lo que puede representar un texto como el que comentamos y cómo ello no afecta en nada la fe y la doctrina católica. Así, podemos responder algunas otras interrogantes.

III. El drama de Judas 

• ¿Cómo podemos entender el papel y la persona de Judas Iscariote? Judas fue, como todos los demás seres humanos, un hombre creado con el atributo de la libertad. No se puede decir que Dios buscó que Judas cayera en el mal y se viera obligado a cumplir un rol histórico ya determinado, como una opción fatalista a la que no podía sustraerse de ninguna manera. No nació con el sello de una condena fatal. Judas usó su libertad para hacer el mal.

• ¿Podemos saber si Judas se salvó o se condenó? La Iglesia, a través de los procesos de beatificación y de canonización de una persona, puede tener la absoluta certeza de la santidad de alguien y de que esa persona goza de la presencia eterna ante Dios, que ha practicado las virtudes cristianas y merece la gloria de Dios y la salvación eterna. Pero no puede tener la certeza absoluta de una condena eterna y de que alguna persona esté en esa condición. Ni siquiera respecto a Judas. Lo que la fe siempre ha manifestado es la inmensa bondad y misericordia de Dios. Sólo Dios conoce el destino de las personas. Cualquier ser humano puede arrepentirse de sus pecados y errores en el último momento de su existencia terrenal. El drama de Judas, más que la gravedad de su pecado en sí, fue su falta de esperanza, el hecho de cerrarse en sí mismo, en vez de reconocer su falta, llorar su pecado y volver al amor de Dios, como lo hizo, por ejemplo, el Apóstol Pedro.

• ¿Por qué despiertan tanto interés temas o libros como el «Evangelio de Judas» u otros similares? La obra musical «Jesucristo Superestrella» y algunos ejemplos de la literatura reciente nos muestran una figura de Judas que podríamos llamar «simpática» o «benevolente» respecto a este personaje. Ello llama la atención y es una invitación a que ese tratamiento de la persona redunde en éxitos mediáticos y comerciales, en una perspectiva sociológica, comunicacional o de la propia psicología humana.

IV. Jesús, Único Salvador de la Historia 

• ¿Cuál es la única fuente segura para conocer la obra, las acciones y la enseñanza de Jesús? Sólo los Evangelios son considerados como obras inspiradas por Dios y se les reconoce una autoridad especial. Nos referimos a los textos de Marcos, Mateo, Lucas y Juan. Son libros canónicos, reconocidos por el mismo pueblo fiel desde los inicios del cristianismo y luego por la autoridad de la Iglesia. Su mérito consiste en su antigüedad, en la autoridad de quienes los redactaron y que sus escritos se basan en el testimonio de testigos directos de su obra; testigos de su enseñanza, sus milagros, la condena, la muerte, la sepultura y la misma resurrección de Jesús. Mientras más tardíos sean algunos escritos, más dudosa se vuelve la autenticidad y fidelidad de la transmisión de estos hechos hasta nuestros días. El Nuevo Testamento en su conjunto refleja la plena seguridad en esta autenticidad y fidelidad.

• ¿Por qué la Obra y la Persona de Jesús resultan tan atrayentes, incluso para los que no creen en El? El sensacionalismo y la supuesta revelación de datos que contradicen lo esencial de la fe en Jesucristo ha sido un tema de todos los tiempos, no sólo de ahora. Hoy se habla del «Evangelio de Judas». Después se hablará de otro texto, de otro descubrimiento o de otras fantasías u opiniones particulares de grupos sectarios. Pero resulta muy significativo y hasta emocionante que la Persona de Jesús, el Redentor y Salvador de la humanidad, sea motivo de una «profunda fascinación», incluso para aquellos que no creen en Él, lo rechazan o tratan de desprestigiar su figura y su mensaje. Jesús a nadie deja indiferente. Para los que tenemos el don de la fe, es el Único – no hay otro – Salvador de la Historia.

• ¿Qué hemos de hacer los discípulos de Cristo? Renovar nuestra fe y nuestro amor a Jesús Redentor de la humanidad. Profundizar el fundamento histórico de nuestra fe cristiana, para no dejarnos sorprender por falsificadores de todo tipo como ya nos advierte la Santa Escritura: «Tengan cuidado de los falsos profetas» (Mt. 7, 15)

+ Alejandro Goic Karmelic 
Obispo de Rancagua
Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile
(Por encargo del Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile) 

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Economía de la Salvación

¿Qué es la ‘Economía de la Salvación’?

Pregunta:

En muchos escritos de la iglesia católica se utiliza el término ‘Economía de la Salvación‘. Soy economista y, sin embargo, no le encuentro sentido al término economía cuando se habla de salvación. Podría explicármelo? Saludos y que Dios lo bendiga.

Respuesta:

Estimado:

Por “economía de la salvación” se entiende un régimen o el conjunto de todo lo dispuesto por Dios en orden a la salvación de los hombres, y la administración que de los bienes espirituales y de la gracia ha confiado en su Iglesia (se habla de “economía sacramental”, que consiste en la dispensación de los sacramentos. “La Tradición común de Oriente y Occidente llama ‘la Economía sacramental’; ésta consiste en la comunicación (o ‘dispensación’) de los frutos del misterio pascual de Cristo en la celebración de la liturgia ‘sacramental’ de la Iglesia.” (CIC, 1076). Es el Plan (Providencia) y la ejecución del mismo, que Dios dispuso para nuestra salvación. “Tal es el Misterio de Cristo, revelado y realizado en la historia según un plan, una ‘disposición’ sabiamente ordenada que san Pablo llama ‘la Economía del Misterio’ y que la tradición patrística llamará ‘la Economía del Verbo encarnado’ o ‘la Economía de la salvación’. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1062). “Economía del Verbo Encarnado”, es la Economía bajo el régimen de la gracia, bajo la administración de Cristo, por decir así. “La Promesa hecha a Abraham inaugura la Economía de la Salvación, al final de la cual el Hijo mismo asumirá ‘la imagen’ y la restaurará en ‘la semejanza’ con el Padre volviéndole a dar la Gloria, el Espíritu ‘que da la Vida’. (Catecismo de la Iglesia Católica, 705).

Así, ‘el fin principal de la economía antigua era preparar la venida de Cristo, redentor universal’ (Catecismo de la Iglesia Católica, 122);  y la Virgen maría participa en la economía del Nuevo Testamento: ‘Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna… Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora’ (CIC, 969). Esta Economía o designio de salvación, será conocida por todos en el Juicio Final: “Entonces El pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.” (CIC, 1041).

Le recomiendo, en general, la Segunda Parte del Catecismo de la Iglesia Católica en la que se desarrolla esta economía en cada uno de los sacramentos de la Iglesia.

P. Jon M. de Arza, IVE

pecadores

¿Es Santa la Iglesia? ¿Cómo se explica que haya tantos cristianos pecadores?

Pregunta:

Estimado Padre, escuchamos muchas veces que la Iglesia es “santa”, pero a decir verdad, yo veo a muchos que son pecadores (y entre estos hay sacerdotes, religiosas y laicos). Incluso, como se dice a veces, algunos de los que van a Misa son peores que muchos que no van. ¿Cómo se entiende esto? ¿No es hipocresía decir que la Iglesia es “santa”?

Respuesta:

Cuántos cristianos se escandalizan de la Iglesia! Señalan, tal vez, con mayor o menor exactitud los pecados de muchos fieles, sacerdotes, consagrados e incluso obispos; pecados y escándalos que harían palidecer de vergüenza a cualquier hombre de bien. Y esto les “escandaliza”, es decir, les hace de piedra de tropiezo en su fe en la Iglesia, en su confianza y en su amor hacia ella.

¿Tienen razón estos tales? ¡No! Ven bien pero razonan mal, e infieren erróneamente.

¡La Iglesia es Santa! Es Santa ¡y santificadora! ¡A pesar de los pecados de sus hijos!

¿Cómo entender la paradoja de esta santidad?

1. La Iglesia es Santa
La Iglesia es santa. No nos permiten dudarlo las palabras de San Pablo: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5,25-27). Si decimos que la palabra de Jesucristo es eficaz y efectiva de cuanto dice (y por eso si dice “esto es mi cuerpo”, ese pan ya no es pan sino que es su cuerpo) ¡cuánto más efectivo no serán sus hechos y su sacrificio!¡Se entregó por ella para santificarla! Por tanto ella es santa pues el sacrificio de Cristo es eficaz.

«La Iglesia es, a los ojos de la fe, indefectiblemente santa. En efecto, Cristo, Hijo de Dios, quien con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado “el único santo” amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef 5,25-26), la unió a sí como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios» 1.
La Iglesia es santa a título doble:

a) En primer lugar, es santa porque ella es Dios mismo santificando a los hombres en Cristo por su Espíritu Santo. «Esta piadosa madre – decía Pío XII – brilla sin mancha alguna en sus sacramentos, con los que alimenta a sus hijos; en la fe, que conserva siempre incontaminada; en las santísimas leyes, con que a todos manda y en los consejos evangélicos con que amonesta; y finalmente, en los celestiales dones y carismas, con los que, inagotable en su fecundidad, da a luz incontables ejércitos de mártires, vírgenes y confesores» 2.

Esta es la santidad “objetiva” de la Iglesia. Ella es un canal inagotable de santidad porque en ella Dios pone a disposición de los hombres los grandes medios de santidad.

– sus tesoros espirituales, los sacramentos, de los cuales el principal es el mismo Jesucristo sacramentado, fuente de toda santidad
– su doctrina santa e inmaculada que hunde sus raíces en el Evangelio
– sus leyes y consejos que son prescripciones e invitaciones a la santidad
– la Sangre de Cristo hecha bebida cotidiana del cristiano
– la misericordia del perdón ofrecido sacramentalmente a los pecadores.

b) En segundo lugar la Iglesia es santa porque ella es la humanidad en vías de santificación por Dios. Este es el aspecto complementario del anterior; la santidad “subjetiva” de la Iglesia.

Los canales de santidad se derraman sobre los hijos de la Iglesia y si no sobre todos, sobre muchos produce verdaderos frutos de santidad. Ella es seno que sin cesar engendra frutos de santidad.

Voltaire, a pesar de su odio a la Iglesia, reconocía: «Ningún sabio tuvo la menor influencia en las costumbres de la calle que habitaba, pero Jesucristo influye sobre el mundo entero». Esa influencia son los santos. ¡Qué diferencia entre los frutos “naturales” del paganismo y los del cristianismo! Cuando la Iglesia engendra hijos en las aguas del bautismo los da a luz con gérmenes de gracia y santidad que, cuando los hombres no ponen obstáculos, crecen y dan al mundo extraordinarias obras de caridad. Por eso la Iglesia, desde sus mismos pañales en la Jerusalén de los Apóstoles empezó a poblar el mundo de:

– jóvenes vírgenes, testigos de la pureza
– mártires de la fe
– ermitaños y penitentes monjes
– misioneros y apóstoles
– incansables obradores de la caridad que consagraron sus vidas a los enfermos, a los pobres, a los hambrientos, a los abandonados…
– sus hijos inventaron los hospitales, los leprosarios, los hogares de discapacitados…

En la antigüedad se contaba la anécdota de Cornelia la madre de los Gracos, hija de Escipión el grande, quien viendo que una de sus amigas hacía ostentación de sus alhajas, con un gesto señaló a sus hijos (futuros héroes de Roma) y le dijo: «Estos son mis ornamentos y mis joyas». ¡Con cuánta más razón la Iglesia puede decir al mundo, señalando a los santos de todos los tiempos: éstos son mis joyas!

Y esto solo habla ya de la santidad de la Iglesia, pues para hacer un solo santo hace falta un poder divino porque solamente la gracia del Espíritu Santo puede santificar un hombre. ¡Y la Iglesia no deja de dar santos ni cuando los horizontes son más sombríos!

Tres signos entre muchos otros – decía Journet – hacen visible esta santidad de la Iglesia:
1º Ella es una voz que no deja de proclamar al mundo las grandezas de Dios. Esa constancia en proclamar y cantar las maravillas de Dios es su razón de ser. Encontramos la Iglesia allí donde escuchamos sin cesar cantar las maravillas de Dios, defender su honor de los errores del mundo, dar testimonio de su grandeza y su misericordia con los hombres.
2º Ella es una sed inextinguible de unirse a Dios. La Iglesia está donde suspiran todos los que esperan la manifestación del Rostro de Dios, los que esperan la venida de Cristo, los que no se afincan a este mundo y suspiran por una patria mejor, los que se sienten desterrados hijos de Eva.
3º Ella es un celo insaciable por dar Dios a los hombres. La encontramos allí donde, con infatigable ardor, hay un verdadero cristiano que trabaja por la conversión de los pecadores, por hacer que los ignorantes conozcan a Dios, por llevar el Evangelio a los que aún no lo han escuchado…

Pero…

2. …No todo es santo en la Iglesia
La Iglesia es santa y santificadora, pero muchos de sus hijos son pecadores, y la Iglesia, consciente de ello, no los excluye de su seno salvo en extremos casos: «Aborrezcan todos el pecado – decía Pío XII -. Pero quien hubiese pecado, y no se hubiese hecho indigno, por su contumacia, de la comunión de los fieles, sea acogido con sumo amor… Pues vale más, como advierte el obispo de Hipona, ‘ser curado permaneciendo en el cuerpo de la Iglesia, que no que sean cortados de él como miembros incurables. Porque no es desesperada la curación de lo que aún está unido al cuerpo, mientras que lo que hubiere sido amputado, no puede ya ser curado ni sanado’» 3.

Los pecadores son miembros de la Iglesia pero no lo son en el mismo grado ni en el mismo modo que el justo y así es rigurosamente exacto lo que dice el Cardenal Journet que cuanto más se peca menos se pertenece a la Iglesia. Por eso la mayoría de los autores es categórica en afirmar que es inconcebible una Iglesia integrada exclusivamente por pecadores.

Si los pecadores son miembros de la Iglesia, lo son no en razón de sus pecados, sino a causa de los valores espirituales que subsisten en ellos y en cuya virtud permanecen de algún modo vivos todavía: valores espirituales personales (fe y esperanza teologales informes, caracteres sacramentales, aceptación de la Jerarquía, etc.), a los que es preciso añadir los impulsos interiores del Espíritu Santo y la influencia de la comunidad cristiana que los envuelve y arrastra en su seno: como una mano paralizada participa – sin poner nada de su parte – en los desplazamientos y traslados de toda la persona humana.

¿Y podemos seguir diciendo que a pesar de los pecadores la Iglesia es santa e inmaculada? Sí. La Iglesia sigue siendo, pese al pecado, e incluso en sus miembros pecadores, la Iglesia de los santos. ¿Cómo es posible esto? Porque, así como la santidad es una realidad de la Iglesia y que, como tal no sólo está en la Iglesia sino que procede de la Iglesia, el pecado no es una realidad “de Iglesia”. Aun cuando el pecado esté en la Iglesia, no procede de ella, precisamente por ser el acto con que uno niega la influencia de la Iglesia.

Más aún, en la medida en que acepta, aunque sea sólo por fe sin caridad, permanecer en la Iglesia santificadora, ésta le ayuda en su lucha contra el pecado. Journet decía por eso: «La Iglesia lleva dentro de su corazón a Cristo luchando contra Belial».

Por esto, el pecado no puede impedir que la Iglesia sea santa, ¡pero puede impedir que sea tan santa como debiera! Decía San Ambrosio: «No en ella, sino en nosotros es herida la Iglesia. Vigilemos, pues, para que nuestra falta no constituya una herida para la Iglesia» 4.

Así pues concluía el Cardenal Journet: «La Iglesia divide en nosotros el bien y el mal. Retiene el bien y deja el mal… (La Iglesia) no está libre de pecadores, pero está sin pecado».

Por eso no es pecadora ni puede pedir perdón por sus pecados. Pide, sí, perdón por los pecados de sus hijos y por eso la «Iglesia (es) santa y a la vez, necesitada de purificación» en sus hijos 5.

Monseñor Tihamer Toth decía: «La Iglesia somos nosotros, yo, tú, nosotros, todos… y cuanto más hermosa es nuestra alma, más».

Y otro autor ha podido escribir: «La Iglesia es un misterio, tiene su cabeza oculta en el cielo, su visibilidad no la manifiesta más que de una manera sumamente inadecuada; si buscáis lo que la representa sin traicionarla, contemplad al Papa y al Episcopado que nos enseñan en cosas de fe y costumbres, contemplad a sus santos en el cielo y en la tierra; no os fijéis en nosotros los pecadores. O más bien, ved cómo cura nuestras llagas la Iglesia, y nos conduce rengueando hasta la vida eterna… La gran gloria de la Iglesia la constituye el hecho de que sea santa con miembros pecadores» 6.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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1 Concilio Vaticano II, Const. Dog. Lumen Gentium, 39.
2 Encíclica Mystici Corporis, 30.
3 Ibid, 10.
De Virginitate, 8,48; PL 16,278 D
Lumen Gentium, 8.
6 J. Maritain, Religion et culture, París 1930, p.60.

absolver

¿Hay que absolver siempre?

Pregunta:

Soy un sacerdote que trabaja en una diócesis del sur de los Estados Unidos. He tenido varios casos en que han venido a confesarse personas que viven en concubinato (algunos habiendo estado casados antes por la Iglesia con otra persona); yo no les he dado absolución, por no estar dispuestos a separarse, y me he limitado a tratarlos con toda la caridad aconsejándoles que traten de arreglar su situación para que puedan estar en comunión plena con la Iglesia. Algo semejante me ha ocurrido con algunas personas que usaban anticonceptivos y no estaban dispuestos a dejar de hacerlo. Pero de visita en una parroquia, un párroco, que había obtenido un doctorado en moral, comentó que el sacerdote que negara una absolución, aunque fuera en una sola confesión, no sabía ni remotamente lo que significaba el sacramento de la confesión. Me dejó perplejo. ¿He obrado mal, acaso? ¿Qué me aconseja usted?

Respuesta:

Estimado Padre:

Negar la absolución sacramental es un acto doloroso para un ministro, pero que a veces no depende de su voluntad sino de la “verdad” del sacramento que está administrando. De modo puntual, cuando el penitente está mal dispuesto y, a pesar de los esfuerzos del confesor por disponerlo para que pueda recibir bien la absolución, persiste en su mala disposición, no puede ser absuelto de sus pecados.

No se puede afirmar lo que sostiene ese sacerdote (incluso si tiene o no un doctorado en moral). Pienso que, tal vez, se ha expresado mal. Es cierto que ha habido santos como San Alfonso que, llegados a su vejez afirmaban no recordar haber despedido a nadie sin darle la absolución; pero otro gran confesor como San Leopoldo Mandic, se encontró con penitentes a los que no pudo absolver, y al final de su vida se dolía pensando que tal vez podría haber hecho algo más por disponer a aquellos penitentes a cambiar de vida (conociendo la santidad y los milagros en confesión de San Leopoldo, no podemos dudar de que hizo todo lo que estuvo de su parte para prepararlos). Es sabido, que el Padre Pío de Pietrelcina y el Santo Cura de Ars negaron muchas veces la absolución, aunque esto les doliera en cada uno de los casos. San José Cafasso, modelo y patrono de todos los confesores, indicaba como norma de oro que mientras no se debe negar la absolución al que cae por debilidad (siempre que tenga la intención de seguir luchando), en cambio, no se puede absolver al que vive en lo que se denomina una “ocasión próxima y libre de pecado”, esto es, a quien vive en una situación que lo hace pecar de modo habitual, y puede cortar con tal situación, aunque sea a costa de grandes sacrificios (por eso se llama “libre”, porque es, en el fondo, aceptada libremente). Precisamente, el ejemplo que suele ponerse de un caso así es el del concubinato; nadie niega que cortar una convivencia (tal vez de varios años) sea algo difícil, pero no puede decirse que sea imposible; en realidad, estas situaciones irregulares admiten tres posibles soluciones, según sea el caso: regularizar la situación contrayendo matrimonio –en el caso de los concubinos que pueden casarse por la Iglesia y no lo hacen por pereza, vergüenza, temor a un compromiso de por vida, o lo que sea–; separarse –en el caso de los que no pueden regularizar su situación por haber una unión sacramental previa, es decir, uno de ellos o los dos han sido ya casados por la Iglesia y el o los cónyuges viven; finalmente, el vivir bajo el mismo techo pero como si fuesen hermanos, evitando todo afecto propiamente conyugal y sobre todo los actos exclusivos de los esposos –solución a la que puede apelarse cuando por razones de salud de uno de los dos, o de pobreza, o por haber hijos pequeños que necesitan de ambos padres, etc., no puede darse la separación sin graves inconvenientes1. De estos casos decía Juan Pablo II: “Aun tratándoles con gran caridad e interesándolos en la vida de las respectivas comunidades, los pastores de la Iglesia no podrán admitirles al uso de los sacramentos” 2; esto incluye la confesión.

Al otro caso que usted menciona –el uso de anticonceptivos– ha hecho alusión expresa el Vademecum para los confesores, del Pontificio Consejo para la Familia, al decir que, si bien “…la reincidencia en los pecados de contracepción no es en sí misma motivo para negar la absolución; en cambio, ésta no se puede impartir si faltan el suficiente arrepentimiento o el propósito de evitar el pecado” 3. Esto significa que si el penitente ha hecho en una confesión firme y sincero propósito de evitar en adelante estos pecados, puede ser absuelto no sólo en esa confesión sino en una siguiente si volviera a confesarse de haber caído nuevamente por debilidad a pesar del propósito hecho; siempre y cuando esté nuevamente arrepentido y nuevamente renueve el propósito (buscando, se supone, medios más efectivos que los puestos anteriormente); pero en cambio no puede ser absuelta la persona que no tiene intención verdadera de cortar con su comportamiento pecaminoso. El motivo es muy simple: si no hay propósito de enmienda no hay tampoco arrepentimiento sincero, pues ambas cosas van indisolublemente unidas 4.

De cualquier modo, todo sacerdote debe examinarse para ver si hace todo lo posible por lograr las debidas disposiciones del penitente en orden a darle la absolución. Puede ocurrir que los recursos con que actúa un confesor para disponer a los pecadores empedernidos no sean suficientes; tal vez le falte oración, mortificación, paciencia, vida ejemplar, etc. Sin embargo, cuando ha hecho todo de su parte y el penitente continúa con el corazón cerrado a la necesaria conversión, no puede sentirse culpable: Jesucristo absolvió al buen ladrón pero no lo hizo con el malo. Porque la gracia no destruye nuestra libertad sino que la supone.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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1 Decía al respecto Juan Pablo II, en la Familiaris consortio, n. 84: “La reconciliación en el sacramento de la penitencia –que les abriría el camino al sacramento eucarístico– puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, –como, por ejemplo, la educación de los hijos– no pueden cumplir la obligación de la separación, asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos”.

Exh. Familiaris consortio, n. 82.

3 Pontificio Consejo para la Familia, Vademecum para los Confesores sobre algunos temas de moral conyugal (12-II-1997), n. 5.

4 “Es evidente por sí mismo que la acusación de los pecados debe incluir el propósito serio de no cometer ninguno más en el futuro. Si faltara esta disposición del alma, en realidad no habría arrepentimiento, pues éste se refiere al mal moral como tal y, por consiguiente, no tomar posición contraria respecto a un mal moral posible sería no detestar el mal, no tener arrepentimiento. Pero al igual que éste debe brotar ante todo del dolor de haber ofendido a Dios, así el propósito de no pecar debe fundarse en la gracia divina, que el Señor no permite que falte nunca a quien hace lo que puede para actuar de forma correcta” (Juan Pablo II, Mensaje al Cardenal Baum, penitenciario mayor, al final del curso anual sobre el fuero interno, 22 de marzo de 1996; L’Osservatore Romano, 5 de abril de 1996, p. 4”.

formar conciencia

¿Que es la conciencia y cómo educarla?

Pregunta:

Muchas personas me han consultado sobre la conciencia. Algunas de ellas explícitamente me han dicho que vivían en una situación de pecado (en concubinato, adulterio y otros vicios) pero que, al mismo tiempo, notaban cierta falta de remordimiento por su estado que los preocupaba; la pregunta en ese caso podría resumirse así: “¿se me ha dormido la conciencia?”. En otros casos el problema rondaba más bien por la conciencia escrupulosa; por ejemplo, una de estas personas decía: “tengo una conciencia algo escrupulosa que me empuja a alejarme de los sacramentos porque así vivo aparentemente más tranquilo (ya llevo más de veinte años sin recibir la comunión ni confesarme porque siempre que lo hacía igualmente me daba la impresión de seguir en pecado); ¿qué me aconseja hacer para formar mi conciencia?”. Finalmente, algunos han hecho preguntas más generales, queriendo informarse mejor sobre este tema tan importante; la más amplia de las consultas proviene de un profesor de religión y reza como sigue: “Quiero saber sobre la conciencia y cómo debe ser educada, también qué papel juega en ella la moral y los valores”.

 

Respuesta:

Tomo pie de todas ellas, para exponer los principios generales de la conciencia moral.

1. Algunos errores sobre la conciencia

Se pueden señalar fundamentalmente dos errores sobre la conciencia, que observamos a veces entre la gente común, pero sobre todo defendidos por algunos filósofos e incluso teólogos.

(a) Sobre la naturaleza de la conciencia

El primer error consiste en entender la conciencia como una especie de facultad autónoma, independientemente de la inteligencia. En realidad la conciencia es un acto y no una facultad. En efecto, para explicar su función no hace falta suponer en el hombre una facultad distinta de la inteligencia. Pablo VI, hablando de la conciencia psicológica ha dicho que “es una especie de vigilancia sobre nosotros mismos; es un mirar en el espejo de la propia fenomenología espiritual, la propia persona­lidad; es conocerse, y, en cierto modo llegar a ser dueño de sí mismo” 1. La conciencia moral es ese mismo conocerse pero respecto de la moralidad de esos actos: del bien y del mal de nuestros actos pasados, presentes y futuros (los que planeamos). Las ideas de la conciencia que divulgan en nuestro tiempo muchas corrientes inspiradas en la New Age, hacen de la conciencia una especie de superfacultad, en algunos casos separada de todo hombre, concebida a modo de “alma del mundo” o “conciencia cósmica” o “universal”, que ni es Dios ni nada que en el fondo pueda definirse. Tampoco es exacta verla como hace Häring, tratando también de hacerse eco de la visión “holistica” en la que tanto insiste la New Age: “Habita tanto en el entendimiento como en la voluntad y es una fuerza dinámica en ambos, ya que la inteligencia y la voluntad pertenecen, juntas, al campo más profundo de nuestra vida psíquica y espiritual” 2.

(b) Conciencia creadora

Un segundo desacierto es atribuir a la conciencia la función de crear los valores morales, es decir, el determinar lo que está bien y lo que está mal. Advertía Juan Pablo II contra este equívoco: “Las tendencias culturales… que contraponen y separan entre sí libertad y ley, y exaltan de modo idolátrico la libertad, llevan a una interpretación «creativa» de la conciencia moral, que se aleja de la posición tradicional de la Iglesia y de su magisterio” 3.

Lamentablemente, el Pontífice no hablaba de corrientes ajenas a la Iglesia sino de posiciones enseñadas por moralistas “católicos”. Por ejemplo, B. Häring habla de la “cualidad creativa de la conciencia”, como algo superior a lo que él llama conocimiento abstracto y sistemático 4. Esto, traducido en lenguaje comprensible para los “no iniciados” significa lisa y llanamente que es el hombre quien en última instancia debe decidir cómo obrar en cada circunstancia concreta, sirviéndose sólo de modo ilustrativo de cuanto enseña la filosofía, la tradición, el magisterio y el mismo evangelio, etc. De este modo, un acto o comportamiento sería bueno si ha sido decidido “en conciencia”; pero la expresión “en conciencia” no significa aquí, como para la sana tradición filosófica, “después de haber visto qué es lo que Dios quiere (lo que muchas veces ya está expresado en sus mandamientos, en la revelación y en el magisterio auténtico de la Iglesia) y la naturaleza de las cosas exige” sino solamente en una especie de “resolución prometeica”: pura determinación de la voluntad del individuo en contra (o al menos, con total independencia) del querer de Dios y de la naturaleza de las cosas. Juan Pablo II ha notado en su encíclicaVeritatis splendor que a esto responde el mismo cambio de lenguaje que se ha operado entre la gente común: a los actos de la conciencia no se los llama ya “juicios” sino “decisiones” 5; en efecto, el juicio implica una comparación respecto de una norma (se juzga si algo está bien o mal, según que se adapte o no con una norma superior); en la decisión, en cambio, soy yo quien sentencia el valor que tendrán las acciones. Esta concepción, lastimosamente, quiebra la función de la inteligencia como “lugar” donde el hombre encuentra la luz de Dios que ilumina su obrar 6.

De aquí se sigue que, cuando se exige “libertad de conciencia”, lo que se pide, con frecuencia, no es respeto por aquello que vemos sinceramente que Dios (a través de las vías que tiene para mostrar su voluntad al hombre: naturaleza, revelación, magisterio) quiere de nosotros, sino el “derecho” de decidir lo que a cada uno le parece bien, y obrar en consecuencia. Muy semejante a la tentación del Paraíso: el pecado de Adán y Eva —a tenor del relato bíblico— consistió en el querer determinar por su propia cuenta el bien y el mal de sus actos, sin importarle la voluntad objetiva de Dios.

(c) La conciencia, último juez absoluto

Un tercer error que podemos señalar es el de quienes hacen de la conciencia el último juez absoluto. Es la consecuencia lógica del error anterior. Si la verdad objetiva (natural o revelada) juega un papel fundamental en la determinación de lo que está bien y de lo que está mal, entonces el último juez es la verdad objetiva, y nuestra conciencia debe, ante todo, buscar y descubrir esa verdad y adecuarse con ella. Pero si no es así; si nuestra conciencia es independiente de la realidad objetiva de las cosas y de las leyes divinas y humanas, entonces, cada uno de nosotros es su propio juez. En filosofía esto se denomina “justificación absoluta de la conciencia errónea”. Lo cual se dice pronto y fácilmente, pero ¿quién es capaz de medir las consecuencias de esta falsificación de las ideas? Recomiendo vivamente la lectura de la novela de Dostoievski “Crimen y castigo” para ver cuáles son los finales de tales principios. Si no se puede acceder a esta obra, puede tenerse una visión aproximada leyendo la crónica policial de cualquiera de los diarios de esta mañana. Después nos quejamos cuando escuchamos al machista que justifica su crimen diciendo “la maté porque era mía”. Este no es más que un caso de “conciencia-juez supremo” (uno de todos los que día a día elaboran las mentes de personas que no pasan por malevos sino por honrados ciudadanos… de este mundo).

Así y todo, esto es lo que enseña, por ejemplo, el ya citado Häring, cuando escribe que, en caso de conflicto entre la razón humana (que es falible, recordamos nosotros) y las leyes divinas (que son infalibles, recordamos nuevamente nosotros) … ¡hay que dar el privilegio a la razón humana! 7

A propósito de una discusión sobre el tema, y ante alguno que defendía posiciones semejantes a la que aquí trascribimos (por supuesto, siempre en el campo abstracto de los principios donde las consecuencias últimas quedan desdibujadas por las nubes de las alturas especulativas), escribió el entonces Cardenal Ratzinger en un hermoso discurso (sugestivamente titulado “Elogio de la conciencia”): “Una persona objetó a esta tesis que, si esto tenía valor universal, entonces quedarían justificados incluso los miembros de las S.S. nazistas, a quienes tendríamos que buscar en el Paraíso. Porque estos, en efecto, realizaron sus atrocidades con fanática convicción y también con una absoluta certeza de conciencia. A esto, el otro respondió con la mayor naturalidad que las cosas eran precisamente así: no hay ninguna duda que Hitler y sus cómplices, que estaban profundamente convencidos de su causa, no hubieran podido obrar de otro modo y que, por tanto, aunque sus acciones hayan sido objetivamente espantosas, ellos, en el plano subjetivo, se comportaron moralmente bien. Desde el momento en que siguieron su conciencia —aun cuando estuviese deformada— se debería reconocer que su comportamiento era para ellos moral y, por tanto, no se podría dudar de su salvación eterna. Después de tal conversación quedé absolutamente seguro que había algo que no cuadraba en esta teoría del poder justificativo de la conciencia subjetiva; en otras palabras: quedé convencido que lo que lleva a tal conclusión debía ser una falsa concepción de la conciencia. Una convicción firme y subjetiva y la consiguiente ausencia de dudas y escrúpulos no justifican para nada al hombre” 8. Por algo Juan Pablo II afirmó que “hablar de la inviolable dignidad de la con­ciencia sin ulteriores especifi­caciones, conlleva el riesgo de graves errores” 9.

2. La auténtica concepción sobre la conciencia

El Concilio Vaticano II describió la conciencia como “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella”10. Decíamos más arriba que por “conciencia” (moral) no designamos otra cosa que el juicio moral de nuestra inteligencia sobre nuestros propios actos (presentes, pasados y futuros). Esto es posible porque se da en nosotros no sólo una conciencia psicológica de nuestro obrar (o sea, autopercepción de nuestros propios actos: yo sé lo que he hecho, lo que estoy haciendo y lo que proyecto hacer en el futuro) sino también un conocimiento de los principios fundamentales del bien y del mal (de la moral): “llevamos dentro de nosotros mismos —ha dicho el Cardenal Ratzinger— nuestra verdad, porque nuestra esencia (nuestra naturaleza) es nuestra verdad” 11. Esto nos permite captar la armonía o el desacuerdo de nuestros actos con esos principios morales que advertimos como universales y superiores a nosotros. San Pablo, al hablar de los paganos, ha escrito:cuando los paganos, que no tienen ley [es decir ley revelada], cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, son para sí mismos ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón (Ro 2,14). Esto explica la percepción de determinados comportamientos como abominables en cualquier cultura, época o nivel de civilización, como la traición a la patria, el filicidio, el homicidio del inocente, etc. Cada vez que obramos percibimos la conformidad o desajuste de nuestros actos con esa ley sobre el bien y el mal escrita en nuestro corazón (como lo atestiguan los remordimientos de los malos y la serenidad de conciencia de los buenos). Por eso, la conciencia moral es la inteligencia cuando descubre esa “ley que él (el hombre) no se da a sí mismo, pero a la cual debe obedecer… Ley inscrita por Dios en su corazón” 12.

De este modo, la conciencia, cumple un triple oficio: es testigo de lo que estamos haciendo o hemos hecho, de la bondad o malicia de lo que obramos o hemos obrado (cf. 2Co 1,12; Ro 9,1); es juez (aunque no supremo), porque nos aprueba cuando lo que obramos es bueno, y nos condena (remordimientos de conciencia) cuando hemos obrado o estamos obrando mal; y es pedagogo al descubrirnos e indicarnos el camino del buen obrar 13. Como decía san Buenaventura: “La conciencia es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar” 14.

3. Dos corolarios fundamentales

Yo señalaría dos temas importantísimos que deben tenerse en cuenta sobre la realidad de la conciencia: su relación con la verdad y el problema del error.

(a) La conciencia y la verdad

Con muy buen tino un teólogo de nuestro tiempo ha hablado de la función mediadora de la conciencia. ¿Qué significa esto? Quiere decir que la conciencia no es la instancia absoluta del bien y del mal en nuestros actos, sino que hay algo que está por encima de ella, y que sí merece el título de referencia moral última. Por eso, los antiguos decían que la conciencia era «regula regulata»: regla reglada; algo así como “regla medida”. Ella debe guiar nuestros actos, pero a condición de que ella misma se deje guiar, se con-forme, con algo que superior a sí misma. Eso superior es la verdad objetiva, que se contiene en Dios, porque es la Verdad Absoluta, y en la misma esencia de las creaturas, como verdad participada.

Ocurre con nuestra conciencia lo mismo que con un árbitro deportivo. Los jugadores deben atenerse a él y a sus decisiones, pero él juzga bien de un partido en la medida que aplique correctamente el reglamento y no distorsione la realidad según sus gustos, intereses o ganancias personales. A veces uno escucha: “es un referí bombero 15; sólo le pedimos que cobre lo que hay que cobrar”. El sentido común entiende que siempre hay un“lo que” (una relación objetiva) con lo que hay que ajustarse para estar en la verdad. Muchos tienen una conciencia bombera, pero como “cobra” a favor de nosotros (y en contra de la verdad) “no levantamos la perdiz” 16.

Así nuestra conciencia es árbitro de nuestros actos, pero sobreentendiendo que hay un Reglamento superior a ella; por tanto ella guía bien en la medida en que es fiel al reglamento de la verdad. La dignidad de la conciencia proviene de que nos hace de puente, intermediario, con esa verdad que, según hemos dicho, se encuentra escrita en lo profundo de nuestra naturaleza y corazón; naturaleza creada por las manos de Dios. Es por eso que la Sagrada Escritura insiste constantemente que busquemos la verdad y juzguemos de acuerdo a la verdad: No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto (Ro 12, 2).

(b) La falibilidad de la conciencia

El segundo tema que hay que tener en cuenta es la realidad de que la conciencia a veces se equivoca, puede fallar. “Ella, dice Juan Pablo II, no es un juez infalible” 17. Es un acto de nuestra inteligencia, la cual es creada, finita, falible, herida e influenciable.

Hay afirmaciones que son puramente abstractas o especulativas y que, por tanto, no nos comprometen en absoluto (mi vida difícilmente se encuentre en una encrucijada por declarar cosas como “hoy es un día pintoresco” o “pi es la decimosexta letra del alfabeto griego”). Pero hay otras que comprometen seriamente nuestra conducta (como reconocer que “nadie puede salvarse si muere en el estado en que yo me encuentro en este momento” o “en un peligro como el que se nos viene encima, un hombre honrado debe jugarse el pellejo”); estos son “juicios prácticos” que exigen de nosotros actitudes correspondientes, sacrificios, heroísmos o simplemente “obrar de modo consecuente”. Y como no todos están dispuestos a cambiar situaciones que hay que cambiar, a afrontar riesgos que hay que afrontar, a mantenerse firmes a pesar de las desventuras que puedan venir cuando la verdad lo exige, ocurre que los gustos, miedos, hábitos, comodidades, oportunismo, cobardía, flaqueza de ánimo o ruindad, interfieren sobre nuestra conciencia para “matizar”, “acomodar”, “ahogar, “amordazar” o “cauterizar” la conciencia. De allí que no siempre ésta pueda juzgar libre de prejuicios e influencias. Y por eso, tantas veces yerra o juzga tuertamente.

Pero cuando la conciencia juzga erróneamente —apartándose de la verdad— pierde su dignidad. Sólo hay un caso en que la conciencia, aún en el error, mantiene accidentalmente cierta dignidad: cuando yerra involuntariamente y es absolutamente incapaz de salir del error porque ni siquiera sospecha que está en el error. Esto es lo que los moralistas llaman “error invencible”. Ocurre cuando buscando decididamente la verdad cree encontrarla donde la verdad no está y la persona no puede percibir su error por ningún medio. En estos casos, la conciencia es subjetivamente inocente y nos desliga de toda responsabilidad. Pero esto no ocurre siempre tan limpiamente. No es el caso de los que no aman la verdad, ni se preocupan de ella; no es tampoco el caso de los que desprecian el consejo de los sabios y prudentes, y, en nuestra condición de católicos, no es el caso de quienes desprecian la enseñanza autorizada del magisterio de la Iglesia. Juan Pablo II, hablando de los teólogos que enseñaron (y enseñan) que se puede seguir la propia conciencia aún después de haberse enterado que el magisterio, en este o aquel punto concreto, enseña lo contrario de nuestro propio parecer, afirma con particular dureza: ¡“esta negación hace vana la cruz de Cristo”! 18; porque precisamente “…el magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo el Señor para iluminar la conciencia”19. El magisterio no es una opinión más sino una de las fuentes donde debemos iluminar la conciencia. De ahí que nos deban interpelar agudamente aquellas palabras de un documento sobre la función del teólogo en la Iglesia: “Oponer al magisterio de la Iglesia un magisterio supremo de la conciencia es ad­mitir el principio del libre examen, incom­patible con la economía de la Revelación y de su transmisión en la Iglesia, así como con una concepción correcta de la teología y de la función del teólogo” 20. O sea: es mala teología y equivale a renovar el error de los reformadores protestantes.

Por eso, citando nuevamente a Juan Pablo II, debemos decir que “no es suficiente decir al hombre ‘sigue siempre tu conciencia’. Es necesario añadir inmediatamente y siempre: ‘pregúntate si tu conciencia dice la verdad o algo falso, y busca incansablemente conocer la verdad’. Si no se hiciera esta necesaria precisión, el hombre arriesgaría encontrar en su conciencia una fuerza destructora de su verdadera humanidad, en vez del lugar santo donde Dios le revela su verdadero bien” 21.

4. La educación de la conciencia

Esto nos lleva al último punto: la necesidad de educar nuestra conciencia para que nuestros juicios sean siempre veraces 22. Para esto son necesarias dos cosas.

Ante todo, vivir virtuosamente y buscar la virtud. Sólo la virtud puede garantizarnos que nuestras pasiones no fuercen nuestra conciencia para “justificar” los comportamientos defectuosos o los pecados que no queremos reconocer.

Y en segundo lugar, debemos iluminar (instruir) nuestra conciencia sobre el bien y sobre la verdad. Y esto se hace mediante la fe, la meditación de la Palabra de Dios y el estudio de la enseñanza del magisterio de la Iglesia. Vale para todos lo que Juan Pablo II mandaba a los Obispos de Francia: “Los Pastores deben formar las conciencias llamando bueno a lo que es bueno y malo a lo que es malo” 23. ¿Se va a exceptuar un laico católico de esta obligación por el hecho de no ser pastor de nadie? Sólo si uno ha puesto todos los medios para que su conciencia sea recta (estudio, búsqueda de la verdad, oración) puede honestamente tener la certeza moral de que es un hombre o una mujer de conciencia y que obra en conciencia. Si se equivoca, después de poner tales medios, no sería culpable. Pero sólo después de poner tales medios y no antes.

*   *   *

El 6 de julio de 1535 quien fuera Canciller del Reino de Inglaterra fue decapitado por orden del Rey. Perpetró el crimen (políticamente) imperdonable de no aceptar la nulidad del matrimonio del monarca con su primera (y única verdadera) esposa, el cual, objetivamente no era nulo. Tuvo en sus manos la llave de la vida: decir lo que el rey quería que dijese. Rechazó una llave que para él exigía un precio impagable. Y por eso Tomás Moro fue decapitado; pero antes de morir pudo escribir a su hija: “Hasta ahora, la gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia”. ¡Cuántas cabezas en nuestros días viajan cómodamente sobre sus hombros, porque dentro de ellas ya no pilotea una conciencia inmaculada!

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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1 Pablo VI, Alocución del 12/II/1969; Cf. Homilía en el I Domingo de Cuaresma, 7/III/1965.
2 B. Häring, Libertad y fidelidad en Cristo (Barcelona 1983), I, 244-245.
3 Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, 54.
4 B. Häring, Libertad y fidelidad en Cristo, I, 249. “Una teología moral que intente afirmar la fidelidad y libertad creadoras como conceptos clave jamás podrá olvidar esta dimensión. Precisamente un consenso creciente del hecho y naturaleza de tal conocimiento empuja a numerosos teólogos a valorar el conocimiento abstracto y sistemático como una forma secundaria y derivada de conocimiento” (Ibídem).
5 Cf. Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, 55.
6 “Durante estos años, como consecuencia de la contestación a la Humanae Vitae, se ha puesto en discusión la misma doctrina cristiana de la conciencia moral, aceptando la idea de conciencia crea­dora de la norma moral. De esta forma se ha roto radicalmente el vínculo de obediencia a la santa voluntad del Creador, en la que se funda la misma dignidad del hombre. La conciencia es, efectivamente, el ‘lugar’ en el que el hombre es iluminado por una luz que no deriva de su razón creada y siempre fali­ble, sino de la Sabidu­ría del Verbo, en la que todo ha sido crea­do…” (Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II Congreso internacional de teología moral, 12 de noviembre de 1988, L’Osservatore Romano, 22/I/1989, p. 9, n. 4).
7 “Ya que las reglas de la prudencia se muestran eficaces en las cuestiones de (…) ley humana positiva (…), no parece que haya inconveniente de aplicarlas también a la ley positiva divina, y aun a las leyes esenciales que dimanan del orden de la naturaleza y de la gracia… En principio la libertad «posee» sobre la ley” (B. Häring, La Ley de Cristo, [Barcelona 1973] I, 224-225). La aplicación de este principio a la ley humana es correcta, porque ésta es falible como también nuestra razón; pero no vale lo mismo para la ley divina ni para la ley natural (que es ley divina) que es infalible y divina (y, por tanto, no se le escapan las excepciones al legislador al formular su ley). Es una cuestión de (sana) lógica: en el conflicto entre una razón falible y una infalible, no puedo pensar que tal vez sea la falible la que tenga razón.
8 J.  Ratzinger, Elogio della coscienza, “Il Sabato”, 16 marzo 1991.
9 Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II Congreso internacional de teología moral, 12 de noviembre de 1988, L’Osservatore Romano, 22/I/1989, p. 9, n. 4.
10 Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 16.
11 Cf. L’Osservatore Romano, 15/X/93, p.22.
12 Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 16.
13 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1777.
14 San Buenaventura, In II Librum Sententiarum, dist. 39, a. 1, q. 3, concl.
15 En lenguaje coloquial de Argentina y Uruguay “bombear” es perjudicar deliberadamente a alguien.
16 Levantar la perdiz = alertar.
17 Juan Pablo II, Enc.Veritatis splendor, 62.
18 El Papa está diciendo en este discurso que la enseñanza de la anticoncepción como gravemente ilícita (contenida en la Humanae vitae) “es una enseñanza constante de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia que el teólogo católico no puede poner en discusión” (Discurso a los participantes en el II Congreso internacional de teología moral, 12 de noviembre de 1988, L’Osservatore Romano, 22/I/1989, p.9, n. 5).
19 Juan Pablo II, Ibídem, n. 4.
20 Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, 24/V/1990, nº 38.
21 Juan Pablo II, Catequesis del 17/VIII/83, nº 3.
22 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1783-1784.
23 Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, 15/III/87, p.9, nº 5.