salvación

¿Hay salvación fuera de la Iglesia? ¿Se salvan las personas de otras religiones?

Pregunta:

¿Se pueden salvar los que no pertenecen a la Iglesia? Respecto de la Salvación, que implica estar en comunión con Dios, que pasa con nuestros hermanos de otras religiones, sectas y demás; como ser musulmanes, judíos, budistas, hinduistas, protestantes, Testigos de Jehová, etc. Si no reconocen a Jesucristo como Dios, ¿podrán estar en comunión con El y compartir la vida eterna? ¿Quien se va a condenar? Esteban

¿Hay salvación fuera de la Iglesia? Elena

Los que no conocen a Dios o nunca les predicaron; ¿se condenan? ¿no hay salvación para ellos? Julián.

 

Respuesta:

Estimados:

La enseñanza de la Iglesia es que ‘fuera de la Iglesia no hay salvación’. Pero debemos entender muy bien esta afirmación para no darle un sentido equívoco.

Podemos resumir la enseñanza de la Iglesia diciendo lo siguiente: ‘Así como Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres, así también la Iglesia es el medio universal y único de salvación. Ningún hombre puede pues salvarse sin pertenecer a ella, ya sea con toda realidad, ya sea cuando menos por su dispo­sición profunda’.

La doctrina de la Iglesia debe unificar al mismo tiempo varias verdades, que son:

a) que Dios quiere realmente la salvación de todos los hombres;

b) que la Iglesia es el único sacramento de salvación, y que es necesario pertenecer a ella para poder salvarse;

c) que no hay sin embargo dos Iglesias, universal pero invisi­ble una, y visible pero limitada la otra, sino que en la tierra existe solamente una misma y única Iglesia, a la vez visible e invisible. mística e institucional.

Intentemos explicar este misterio:

1. La Iglesia, único sacramento de la salvación

‘Así como Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres, así también la Iglesia es el medio universal y único de salvación. Ningún hombre puede pues salvarse sin pertenecer a ella, ya sea con toda realidad, ya sea cuando menos por su disposición profunda (‘reapse vel voto’)’.

Esta tésis es de fe, según el magisterio ordinario y universal de la Iglesia confirmado por varias declaraciones, solemnes, en particu­lar la del IV concilio de Letrán (1215): ‘existe una sola Iglesia, la Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual absolutamente nadie (nullus omnino) se salva’ (Dz 430). Y la del concilio de Flo­rencia (Dz 714). Véanse asimismo los textos de Inocencio III (Dz 423), de Bonifacio VIII en la bula Unam Sanctam (Dz 468), de Clemente VI (Dz 570 b), de Benedicto XIV (Dz 1473), de Pío IX (Dz 1647, 1677), de León XIII (Dz 1955), de Pío XII en su encíclica Mystici corporis (Dz 2286-2288), del Santo Oficio en su carta de 8 de agosto de 1949 al arzobispo de Boston a propósito del asunto Feeney (Dz 3866-3872). Resumiendo y recogiendo toda esta doctrina tradicional, el concilio Vaticano II reafirma, a su vez, ‘que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. En efecto, sólo Cristo es mediador y camino de salvación. y se hace presente a todos nosotros en su cuerpo que es la Iglesia’ (L. Gent., 14).

La fe de la Iglesia tocante a la necesidad del papel por ella desempeñado, le llega de la Escritura a través de la tradición.

a) El fundamento de la Sagrada Escritura

Una doble serie de afirmaciones jalona todo el Nuevo Testa­mento:

a. Cristo es la única fuente de salvación, el único lugar de encuentro entre Dios y los hombres. Así, bajo formas diversas: Act 4, 11-12; Rom 10, 1-14; Lc 12, 8-10; Jn 14, 1-6, etc.

b. En la comunicación de la salvación a los hombres, Cristo y la Iglesia forman una sola cosa: la negativa a seguir a la Iglesia equivale a una negativa a seguir a Cristo, del mismo modo que rechazar a Cristo equivale a rechazar al Padre (Lc 10, 16: ‘Quien a vosotros escucha, a mi me escucha; y quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia; pero quien me desprecia a mí, desprecia a aquel que me envió’; o también: Jn 3, 5; 13, 20: Mt 18, 17; Mc 16, 16; Gál 1. 8; Tit 3, 10; 2 Jn 10, 11, etc..).

O bien todos estos textos nada quieren decir, o bien significan claramente que, fuera de Cristo y de su Iglesia, no existe salvación posible para el hombre. Así, pues, aun cuando no figure en ellos bajo su formulación explícita, el axioma ‘fuera de la Iglesia, no hay salvación’ se remonta en su sustancia al Evangelio mismo. El concilio Vaticano II lo advierte con exactitud: ‘Al enseñarnos explícitamente la necesidad de la fe y del bautismo (Mc 16, 16; Jn 3, 5), confirmó (Cristo) al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia misma’ (L. Gent., 14).

b) El axioma ‘fuera de la Iglesia no hay salvación’

La fórmula ‘fuera de la Iglesia, no hay salvación’ aparece por primera vez en san Cipriano y en Orígenes en torno al año 250. La encontramos ininterrumpidamente en los padres, tal cual, o con lige­ras variantes, o traducida también en imágenes como la del arca de Noé u otras equivalentes. La encontramos también en los teólogos y en los documentos oficiales del magisterio, los más importantes de los cuales han sido ya indicados antes.

Por poco que se reflexione, se advertirá claramente que es esen­cial a la Iglesia ser única. En caso contrario, no sería ya la esposa del único Mediador y su cuerpo, el sacramento de la comunión universal entre Dios y los hombres. Cuando la Iglesia afirma esta unicidad como una exigencia de su fe, no reivindica pues celosa­mente unos derechos y unos privilegios cediendo a una tentación de imperialismo espiritual, sino que da testimonio de la misión que ella ha recibido con respecto a la humanidad. Su exclusivismo es sencillamente otro nombre de su fidelidad y de su caridad uni­versal. Admitir una pluralidad de Iglesias equivaldría a no admitir ninguna, a rechazar la noción misma de Iglesia.

2. El sentido y el alcance del axioma ‘fuera de la Iglesia no hay salvación’

¿Cómo, pues, inter­pretar correctamente este axioma? Para responder a la cuestión así planteada, examinaremos bre­vemente lo que a este respecto nos dicen el Nuevo Testamento y la tradición de la Iglesia.

a) El Nuevo Testamento

a. Lo que el Nuevo Testamento condena es, esencialmente, la negación de la verdad, y no la ignorancia pura y simple. Véase, en particular: Jn 3, 19; Mt 22, 8-9; cf. 1 Jn 4, 7.

b. Nunca afirma que sea suficiente invocar a Cristo o afiliarse a su Iglesia para poder salvarse. Hasta dice explí­citamente lo contrario: Mt 13, 41-42; 22, 12-14; 25, 41; 1 Cor 13, 2; Gál 5, 6; Sant 2, 14; Lc 13, 9.

c. No excluye en parte alguna una pertenencia a Cristo y a la Iglesia simplemente latente, pero ya salvífica. Varios indicios, sin ser absolutamente perentorios, orientan incluso en este sentido. Así, por ejemplo, las palabras de Cristo a propósito de Abraham, que ‘ha visto su día’ (Jn 8,56). O aquellas que trans­cribe Mc 9,38-40: ‘quien no está contra nosotros, está con nosotros’, palabras que equilibran que de algún modo el ‘quien no está conmigo, está contra mí’. Véase asimismo: Jn 1, 9; Mt 2, 1; 8, 10; 15, 28; 25, 34s; 1 Jn 4. 7.

b) La Tradición de la Iglesia

Algunos Padres tuvieron una posición muy estricta; como San Fulgencio de Ruspe (siglo VI): ‘No cabe la menor duda de que no sólo todos los paganos, sino también todos los judíos, todos los herejes y cismáticos que mueren fuera de la Iglesia católica, irán al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles’.

Pero otros, sin embargo, matizan más las cosas y admiten la idea de una posible buena fe; así san Agustín, quien, siquiera de un modo disperso, distingue entre lo que un día se llamará el hereje de buena fe o hereje simplemente material, y el hereje formal. ‘Aquel, escribe, que defiende su opinión, aunque sea errónea y perversa, sin animosidad pertinaz, sobre todo cuando dicha opinión no es fruto de su audaz presunción, sino herencia de unos progenitores seducidos y arrastrados por el error; si busca la verdad escrupulosamente, pronto a abrazarla en cuanto la conozca, no debe ser clasificado entre los herejes’ (Epistola 43,1). San Ambrosio se había manifestado más explícitamente aún a propósito del emperador Valentiniano II, asesinado antes de haber recibido el bautismo que tanto deseaba: Ambrosio no puede imaginar que no haya recibido la gracia. Escribe: ‘¿No habrá, pues, recibido la gracia que deseaba, que él había pedido? Evidentemente, si la ha pedido, la ha recibido’ (De obitu Valentiniani, 51; PL 16, 1374; Rouët de Journel, 1328).

A partir de santo Tomás, la distinción entre las diferentes clases de ignorancia se hará clásica: voluntaria e involuntaria, vencible e invencible.

El tema de la necesidad de la Iglesia para la salvación se planteó de nuevo con los grandes descubrimientos. Las discusiones entre teólogos fueron muy enconadas.

Finalizado el siglo XVIII, el ‘liberalismo’ y el indiferentismo religioso provocaron una viva oposición a nuestro axioma. Son conocidas las brutales palabras de Rousseau: ‘Todo el que se atreve a decir que ‘fuera de la Iglesia, no hay salvación’, debe ser expulsado del Estado’ (Contrato social, IV, 8). El moralismo pietista de Kant y ‘la religión de la conciencia’ influyeron en idéntico sentido.

La reacción de la Iglesia ha sido clara y muy significativa. Es doble:

-Por una parte, rechaza categóricamente todo indiferentismo cuyo principio entrañe la negación del misterio de salvación del que es ella servidora. Véase, en este sentido: la encíclica Mirari vos de Gregorio XVI (Dz l613ss), la alocución de Pío IX de 9 de diciem­bre de 1854 (Dz 1646ss), la encíclica Quanto conficiamur moerore (10 de agosto de 1863; Dz 1677) de este mismo papa, el Syllabus (Prop. 16 y 17; Dz 1716-1717), etc. Se mantiene, pues, con firmeza el principio tradicional: ‘Fuera de la Iglesia, no hay salvación’

-Por otra parte, la condenación implicada en este axio­ma no apunta jamás a las personas mismas. Aun cuando el prin­cipio se formule de un modo absoluto en los textos relativos a las demás sociedades religiosas, abunda sin embargo en precisiones y en crecientes matices cuando se trata de textos referentes a la salvación efectiva de las personas que no están en contacto visible e institucional con la Iglesia. Pío IX es el primero que introduce explícitamente la consideración de la buena fe en su exposición de una doctrina tradicional ‘fuera de la Iglesia, no hay salvacion’ (Singulari quadam, 9 de diciembre de 1854, Dz 1646-1647, véase también Quanto conficiamur, 10 de agosto de 1863, Dz l677). Idéntico espíritu encontramos en León XIII (Satis cognitum) 17 y en Pío X (E Supremi Apostolatus).

El concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium, matiza la aplicación de este principio a las diferentes categorías humanas sobre la base de una distinción mucho más clara de los diversos casos posibles: cristianos no católicos, judíos, musulmanes y adoradores del Dios único, y aquellos, en fin, que ‘buscan todavía en sombras e imágenes al Dios que desconocen’ (L.G., 16).

Ya la encíclica Mystici corporis había preparado este progreso al mencionar explícitamente a ‘quienes por cierto deseo o aspiración inconsciente están ordenados al cuerpo místico’ (Dz 3821 y CEDP, t. I. p. 1057), idea recogida y precisada por la carta del Santo Oficio (8 de agosto de 1949) relativa al asunto Feeney (Dz 3866-3873 [32 ed.]).

c) Conclusión

A la luz de estos últimos documentos, cabe resumir así la tra­dición de la Iglesia:

1º Es de fe que ‘la Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación’ (L. Gent.. 14).

2º ‘No podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, se negasen sin embargo a entrar o a perseverar en ella’ (L.G., 14).

3º En razón del vínculo que une a Cristo con la Iglesia, nadie puede salvarse, es decir, vivir con Cristo, sin estar de un modo u otro en comunión con la Iglesia.

4º En la aplicación de este principio a las diferentes personas, hay que tener en cuenta las circunstancias y posibilidades efectivas de cada uno. ‘Por esto, para que una persona alcance su salvación eterna, no siempre se requiere que esté de hecho incorporada a la Iglesia a título de miembro, pero si debe estar unido a ella siquiera un deseo o aspiración’ (carta del Santo Oficio al arzobispo de Boston, 8 de agosto de 1949. DS 3870).

5º ‘Incluso no siempre es necesario que esta aspiración sea explicita. En caso de ignorancia invencible, una simple aspiración implícita’ (ibid.) o inconsciente puede ser suficiente, si traduce ‘la disposición de una voluntad que quiere conformarse a la de Dios’ (ibid.). O, dicho de otro modo, esa aspiración debe expresar realmente la oposición de la vida de uno, por cuanto no puede tratarse de una especie de salvación de segunda categoría. Ese deseo debe estar asimismo animado por la caridad perfecta, implicando pues un acto de fe sobrenatural.

¿Cómo concebir psicológicamente este deseo implícito? El concilio Vaticano II habla de ‘aquellos que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo la influencia de la gracia, en cumplir con obras su voluntad conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden alcanzar la salvación eterna’. Y con más audacia aún: ‘Incluso a aquellos que sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios, y se esfuerzan, no sin la gracia divina, en llevar una vida recta, tampoco a ellos niega la divina Providencia los auxilios necesarios para la salvación’ (L.G., 16; cf. Gaudium et spes, 22, 5).

En todos estos textos se advierte una insistencia en los dos puntos siguientes:

-Se hace referencia a la orientación global de una vida: ‘hay que esforzarse en cumplir con obras su voluntad’; ‘hay que esfor­zarse en llevar una vida recta’.

-Todo esto no puede llevarse a cabo y tener un efecto ‘sal­vífico’ como no sea bajo la influencia de la gracia. Y sabemos pre­cisamente que, aun cuando algunos hombres puedan dar la impre­sión de que están lejos – o quizá lo estén de hecho – de Dios, él en cambio no está lejos de nadie. ‘puesto que él da a todos la vida, la inspiración y todas las cosas (Act 17, 25-28), y quiere, como Salvador, que todos los hombres se salven (1 Tim 2, 5)’ (L. Gen t., 16).

3. Consecuencia: la mediación universal de la Iglesia y los grados de pertenencia a la Iglesia

a) La mediación universal de la Iglesia

Por ser la iglesia en el mundo el sacramento universal de la salvación, toda gracia llega a través de ella y toda gracia tiende hacia ella.

a. Toda gracia llega a través de la iglesia: No solamente el camino normal previsto por Cristo para comu­nicar su vida es el canal de los sacramentos, sino que además, siendo como es la Iglesia ‘Jesucristo difundido y comunicado’, según palabras de Bossuet, toda participación en la vida de Cristo será eclesial, aun en el caso de que sus beneficiarios no tengan conciencia de ello, ya que no existen dos especies de una misma vida cristiana, supuestamente distintas en razón de la pertenencia o no pertenencia a la Iglesia. Concreta­mente, dicha mediación se ejerce de dos maneras sobre todo:

-En virtud de los sacramentos, y de la eucaristía en particu­lar. En la economía de la salvación, la misa y la cruz son dos mis­terios inseparables: ‘Sin la cruz, la misa sería una ceremonia va­cía. Pero, sin la misa, la cruz sería una fuente sellada’ (Montcheuil).

-En virtud de las restantes plegarias y sacrificios ofrecidos por la iglesia. La encíclica Mystici corporis insiste varias veces en el papel maternal que la Iglesia desempeña con respecto al conjunto de la humanidad.

b. Toda gracia tiende hacia la Iglesia: Más cierto aún es que toda gracia ordena necesariamente a quien la recibe hacia la Iglesia, para que pertenezca a ella cada vez más y mejor. Cristo, escribía Isaac de Stella, ‘es un esposo humilde y fiel’, todo lo que hace, lo hace pues para su esposa. Esta fide­lidad forma parte de su misterio. ‘Adondequiera que vaya ahora, a la derecha del Padre o al fondo de las almas, sigue siendo siempre el Cristo de su Iglesia y de Pedro, y los primeros momentos de su entrada en no importa qué corazón, las primeras acometidas de su gracia, que no descansa nunca y en parte alguna, serán asi­mismo los primeros pasos de su venida a la Iglesia’ (Mersch).

b) Los grados de pertenencia a la Iglesia

La cuestión de la pertenencia a la Iglesia no es más que una aplicación de todo lo que acaba de decirse. Dos grandes principios deben tomarse aquí en cuenta:

a. ‘Están plenamente incorporados a la sociedad de la iglesia quienes, poseyendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella. y en su cuerpo visible están unidos con Cristo, el cual la rige por medio del soberano pontífice y los obispos, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y comunión ecle­siástica’ (Lumen gentium, 14). El mismo documento añade a continuación:

-esta ‘incorporación’ a la Iglesia no asegura la sal­vación a quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia sólo en cuerpo, y no en corazón;

-esta situación sobrenatural de los hijos de la Iglesia ‘debe atribuirse no a sus méritos, sino a una gracia singular de Cristo’.

También añade: ‘los catecúmenos que, movidos por el Espíritu Santo, solicitan con voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia, por este mismo deseo ya están vinculados a ella y la madre Iglesia los abraza con amor y solicitud como suyos’ (L.G., 14).

b. Aun sin estar plenamente incorporado a la iglesia, es po­sible, sin embargo, estar unido a ella y, en este sentido, pertenecer a ella de algún modo. El concilio Vaticano II habla explícitamente de un vínculo por el que están unidos a la Iglesia todos aquellos que, aun sin estar plenamente incorporados a ella, pertenecen sin embargo a ella de algún modo (L.G., 15-16; Decreto sobre el ecume­nismo, 3 y 4). Hay, pues, una pertenencia en sentido amplio (en esta última, es preciso establecer una dis­tinción entre aquellos que admiten el Evangelio y ‘se honran con el bello nombre de cristianos’, algunos de los cuales están unidos a la Iglesia por vínculos sacramentales muy fuertes -cf. L.G. 15-, y aquellos otros que, no habiendo recibido todavía el Evangelio, están simplemente ‘ordenados al pueblo de Dios’ -ibid., 16-). Tal es la razón de que, para mejor definir y caracterizar estos diferentes casos, procedan algunos teólogos a enumerar las tres categorías siguientes:

-la incorporación plena (o pertenencia en sentido fuerte), in­corporación que supone las tres condiciones clásicas recogidas por el Concilio (profesión de fe cristiana, vida sacramental, comunión con la jerarquía de la Iglesia);

-una pertenencia en sentido amplio o incompleta, caso de faltar uno o dos de los elementos antes citados;

-un cierto vinculo con la Iglesia, que ni siquiera cabe cali­ficarlo como pertenencia, cuando no se da ninguna de las tres condiciones.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

-P. Faynel, La Iglesia, Herder, Barcelona 1974, pp. 51-68

Juicio Final

¿Existirá el día del Juicio Final?

Pregunta:

Tengo una pregunta: Que es el día del juicio y como va ser el día del juicio? Me podría explicar sobre el día del juicio.

Respuesta:

¿Existirá el día del Juicio Final?

Dios ha puesto en nosotros el deseo de vivir eternamente y por eso oímos hablar del Fin del mundo y lo vemos como el peor de todos los males del hombre. Nuestra naturaleza se rebela al pensar que el mundo tendrá un final, que nuestra vida misma tendrá un final, pues lo relacionamos con la separación de todo lo que amamos en esta tierra.

Sin embargo, sabemos por la fe, que la muerte no es el final de todo, sino el principio de una nueva vida, en la cual viviremos eternamente felices o eternamente desgraciados de acuerdo con lo que hayamos hecho en nuestra vida temporal.

El juicio particular 

Al morir tendremos un juicio particular. Nos encontraremos ese día ante Jesucristo y ante nuestra vida: todos nuestros actos, palabras, pensamientos y omisiones estarán al descubierto. Suena dramático pero es real. Si te encuentras en gracia, tu eternidad feliz empezará en ese momento. Si mueres en una actitud de rechazo total y voluntario a Dios, en pecado mortal, entonces empezará para ti el castigo eterno, el infierno.

El juicio final 

El juicio particular es diferente al Juicio final, que también existirá y que está descrito con exactitud por Jesucristo en Mt 23, 31-46. El Juicio Final se realizará al final de los tiempos, cuando venga Jesús por segunda vez a la Tierra, pero ahora de manera gloriosa, como Rey del mundo. Ese día, todos los hombres resucitaremos y seremos juzgados de acuerdo con nuestras obras. Hay muchos otros textos en la Biblia que nos hablan de esto: Dn 7, 10; Mt 3, 7-12;

Lo que sucederá ese día, de acuerdo con la narración de Jesucristo, será como un examen de aquello que nos caracteriza como personas humanas: nuestra capacidad de amar.

En ese día saldrán a la luz todas nuestras acciones y se verá el amor hacia los demás que pusimos en cada una de ellas.

Este amor será el que nos juzgará:

‘Venid benditos de mi Padre. porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber.’

‘Id malditos al fuego eterno. porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber.’

Pensar en el fin del mundo y en el juicio final es algo que a simple vista no nos gusta, pues… eso de que se vayan a descubrir nuestros secretos enfrente de toda la humanidad, como que más bien nos asusta. Sin embargo, si reflexionamos un poco, descubriremos que no es tan terrible como parece:

En primer lugar, hay que darnos cuenta de que, en el Juicio Final, no sólo se sabrá lo malo, sino que también todos nuestros méritos que sólo Dios y nosotros mismos conocemos, serán mostrados a todos.

En segundo lugar, debemos pensar en la cantidad e veces que nos hemos quejado con razón, de que hay muchas injusticias en el mundo: personas que se enriquecen a costa del trabajo de otros, personas que mienten para destruir la vida de otros, culpables que permanecen sin castigo alguno. ¿Cómo pueden existir estas situaciones si Dios es justo? Dios conoce estas injusticias, pero las permite porque respeta la libertad del hombre.

Pero, cuando se cumpla el tiempo, llegará el momento del Juicio y Dios nos dará a cada uno lo que justamente merecemos. Ese día se acabarán todas las injusticias.

El juicio final es la prueba de que Dios es infinitamente justo y ha dispuesto todo con sabiduría para que la verdad se conozca y se aplique la justicia en cada hombre con el destino eterno que él mismo se haya merecido.

¿Cuándo será el juicio final? 

El mismo Jesucristo nos aclaró que ni siquiera Él conoce el día ni la hora en que se llevará a cabo este acontecimiento, sino sólo Dios Padre. Así que no debemos dejarnos engañar por personas que pretenden conocer la fecha del fin del mundo. No debemos preocuparnos por intentar conocer esa fecha, sino sólo por estar siempre bien preparados, pues no sabemos en qué momento sucederá.

Para profundizar, puedes leer el Catecismo de la Iglesia Católica núm. 668 – 682, 1021-1023, 1038-1042, 2831

Carlos Espinosa

(Tomado de www.es.catholic.net)

¿Por qué sufren los niños y los inocentes?

Pregunta:

Estimado Padre:
Algo que nunca he podido entender es el tema del dolor de los niños y de las personas inocentes. ¿Por qué Dios lo permite? ¿Acaso no es Dios? ¿Acaso no puede impedirlo? Estas preguntas a veces me quitan el sueño… y a veces parece que me pueden quitar incluso la fe. Ayúdeme.

Respuesta:

En nuestra página El Teólogo Responde encontrará un par de respuestas relacionadas con el tema del ‘la existencia del mal y del dolor’ y del misterio que encierra. Pero creo que para su pregunta puntual este artículo de Sebastián Sánchez puede representar la respuesta más precisa y magnífica. Resume el autor el pensamiento del Venerable Don Carlo Gnocchi y de una pequeña joya de la teología católica, su obrita: ‘Pedagogía del dolor inocente’. Léalo; no tiene desperdicio.

P. Miguel Ángel Fuentes

El título original de este artículo es: ‘Breve semblanza de la figura y pensamiento del padre de los niños mutilados‘, pero supera la pura semblanza y responde al tema del dolor del niño y del inocente.

Tomado de la Revista Arbil nº 87 

por Sebastián Sánchez

Según la acertada expresión de S.S. Juan Pablo II, Don Carlo Gnocchi, un desconocido para las generaciones hodiernas, fue uno de los más eminentes apóstoles de la Caridad del siglo XX dedicado especialmente al auxilio, espiritual primero y físico después, de los niños sufrientes. Su figura debe ser justipreciada en estás épocas de diabólica inquina contra la niñez

Vida y obra

Nació Don Carlo Gnocchi en San Colombano al Lambro el 25 de Octubre de 1902. Siendo muy pequeño, apenas cinco años, Carlo perdió a su padre y se trasladó a Milán con su madre y sus dos hermanos, Andrea y Mario, quienes poco después murieron víctimas de la tuberculosis. Apenas unos años más tarde ingresó al seminario del Cardenal Andrea Ferrari y en 1925 fue ordenado sacerdote del Arzobispo de Milán, Eugenio Tosi. El 6 de junio de ese año celebró su primera misa en Montesiro.

En 1936 el Cardenal Ildefonso Schuster lo nombró director espiritual de la escuela del prestigioso Instituto Gonzaga de los Fratelli delle Scuole Crist iane. Allí, Don Carlo se dedicó profundamente a estudiar y escribir sobre pedagogía, una de sus más grandes preocupaciones. Hacia fines de esa década, el Cardenal Schuster le encomendó la asistencia espiritual de los estudiantes de la Universidad Católica de Milán y en ese puesto lo encontró el inicio de la II Guerra Mundial, hacia la que partieron muchos de sus jóvenes universitarios. Por ello, sin dubitaciones, el P. Gnocchi se enroló como capellán voluntario del batallón alpino Val Tagliamento con el que fue destinado al frente greco albanés. Una vez terminada la Campaña de los Balcanes, y luego de un breve interregno en Milán, Don Carlo partió nuevamente al frente, esta vez a la Rusia desangrada por los rojos, junto a los alpinos de la División Tridentina . Allí comenzó su peregrinar por el dolor y el horror y, al mismo tiempo, su más grande aventura evangélica.

Una oscura y helada noche de enero de 1943 encontró a Don Carlo marchando junto a sus soldados en la dramática retirada del contingente italiano, poco después de ser derrotados por los comunistas. Mientras marchaba daba ánimo a los heridos y ateridos milites hasta que, extenuado por el dolor y vencido por el frío, se dejó caer junto a un grupo de agotados soldados a la vera del helado camino ruso. Poco después, un médico amigo pretendió recogerlo pero él, casi agonizante, se negó a dejar a sus soldados. Mas éstos le dijeron una y otra vez: ‘Id, Capellán, ayudad a nuestros hijos, amparad a nuestros huérfanos’. Estremecido por el pedido, Don Carlo aceptó ser trasladado a un hospital de campaña en el que se recuperó de las heridas del cuerpo. Allí terminó la guerra para él.

Una vez retornado a Italia, el P. Gnocchi comenzó su peregrinación por el Valle Alpino buscando a los huérfanos, en cumplimiento de la palabra empeñada a sus alpinos en Rusia.

En 1945 fue nombrado director del Istituto Grandi Invalidi de Arosio donde acogió a los primeros huérfanos de guerra y niños mutilados. De ahí en más una maravillosa obra coronaría los esfuerzos de nuestro sacerdote. En 1949 obtuvo su primer reconocimiento: el permiso para la fundación de la Federazione Pro Infanzia Mutilata. A partir de ese momento comenzó a fundar colegios para los niños mutilados y para los acuciados por una terrible enfermedad: la poliomielitis. Así nacieron los colegios de Parma (1949), Pessano (1949), Turín (1950), Inverigo (1950), Roma (1950), Salerno (1950) y Pozzolatico (1951).

Víctima de un tumor maligno incurable, Don Carlo Gnocchi partió a la Casa del Padre el 28 de febrero de 1956 en Milán. Italia entera se dispuso entonces a darle el último adiós al ‘padre dei mutilatini’.

Treinta años después de su muerte, el Cardenal Carlo María Martini instituyó el Proceso de Beatificación, cuya fase diocesana concluyó en 1991. El 20 de diciembre de 2002 el Papa Juan Pablo II lo declaró Venerable.

La Teología del dolor

Sin duda la obra del P. Gnocchi ha sido impresionante pero de poco habría de estimarse si no se comprende el sentido último que le impuso desde un primer momento. No fue filantropía la que lo movió a ocuparse de los niños sufrientes pues para ello hubiese bastado con la acción de las muchas logias masónicas que asolaban, y asolan, a Italia. Nuestro sacerdote no padeció la tara ideológica del progresismo eclesial que considera a la Iglesia una ‘agencia social’ y, justamente por ello, pudo dar testimonio del valor del dolor de los niños. Testimonio indeleble unido a la Tradición de la Iglesia para ejemplo del mundo.

Para que no hubiese confusiones respecto de su obra el P. Gnocchi escribió un libro precioso en el que magistralmente conjuga sus dos amores primeros: la enseñanza y la atención de los niños dolientes. De ese modo, el breve ‘Pedagogía del dolor inocente’ resulta ser su obra magna, en la que retoma la Tradición inefable y el Magisterio Auténtico para presentar las razones que deben mover a respetar y, en cierta medida, venerar el carácter salvífico del dolor de los niños. En ese sentido, esta pequeña gran obra es un antecedente de la magnífica Carta Apostólica Salvifici Doloris de Juan Pablo II, en tanto magnífica exposición de la ‘teología del dolor’.

Don Gnocchi señala que la comprensión del dolor de los pequeños es la clave para comprender cualquier dolor y, puesto en esa tarea aprehensiva, concibe el sufrimiento humano en general como parte de una arcana solidaridad que ‘actúa en sentido vertical y en sentido horizontal, vincula a los miembros con la Cabeza y a todos los miembros entre sí’. Del mismo modo, el Santo Padre, en la Carta citada dice que ‘aunque el mundo del sufrimiento exista en la dispersión (en forma individual), contiene en sí un singular desafío a la comunión y a la solidaridad'(Salvifici Doloris, N°8).

Dos fuentes tiene entonces el dolor de niño: sufre en primer término por su condición de hombre, responsable en esencia del pecado original y ‘por consiguiente implicado en su secular expiación’. He allí su solidaridad vertical.

Pero el niño sufre también, y esta es la base de la solidaridad horizontal, por los pecados y abominaciones cometidas por todos los hombres. Razón ésta, dice Don Carlo, que ‘debería servir de freno al hombre cada vez que se siente tentado a pecar’.

Para el primer caso, el ‘remedio’ es el óleo y el crisma del Santísimo Sacramento del Bautismo. Para el segundo, vale la reiteración, que los hombres se guarden de pecar convirtiéndose al Bien, la Verdad y la Belleza en tanto aceptación del llamado de Cristo.

Sin embargo, y pese a esta explicación, el hombre se pregunta: ‘¿Por qué sufre este inocente? ¿Por qué se abaten sobre él las iniquidades de los esbirros del Mal?’ ¿Por qué, Señor, no he de ser yo, pecador miserable, quien sufra en vez de esta criatura pura? En la base de estos interrogantes se encuentra el argumento que, como dijera en su día Gilson, más conquistas ha propiciado al ateísmo: ‘Si Dios existe, ¿por qué el mal?’.

La respuesta a esta cuestión nos la ha dado el Apóstol de los Gentiles cuando dice: ‘Cumplo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo’ (Col 1, 24). La comprensión del dolor inocente se completa y plenifica al advertir que el Cordero de Dios es el arquetipo del sufriente puro e inocentísimo. Alzando nuestra mirada al Varón de Dolores, como proféticamente lo llamara Isaías, nos acercamos al misterio inefable que permite aprehender el porqué del dolor de los niños.

En efecto, para la remisión total de los pecados del mundo era necesaria tal pureza en la víctima que sólo Dios podía poseerla y por ello envió a su propio Hijo sobre la tierra a morir en la Cruz. Pero para completar el sufrir del Ungido, como enseña San Pablo, es necesaria la más alta contribución que el hombre puede brindar: el ofrecimiento de las almas que sufren sin el peso de las propias culpas personales, al modo de Nuestro Señor.

‘El niño doliente – dice el P. Gnocchi – es un pequeño cordero que purifica y redime’. Es por ello, como dijera Pío XII en su hora, ‘un sacrificio viviente de la humanidad inocente por la humanidad pecadora’. Cada niño mancillado es, en virtud del Misterio, un precioso intercesor y mediador de gracias.

La Pedagogía del dolor inocente

El P. Gnocchi llega al núcleo de su obra cuando advierte que los educadores cristianos, es decir los padres, los sacerdotes y los maestros, deben conocer y aplicar los principios de la ‘pedagogía sobrenatural del dolor’. Tienen el deber de procurar, en cada niño sufriente, la conciencia y el sentido del valor de su dolor. El pequeño ha de reconocer así que el fin último de su pesar es Cristo crucificado que sufre con él y por él por la remisión de los pecados del mundo.

Sin esta conciencia debidamente inspirada por los educadores cristianos se produce un ‘enloquecedor derroche’ pues el niño no sabe porqué sufre (una razón más, vale agregar, para resistir el avance destructivo del laicismo anticristiano en nuestras escuelas). Si los pequeños no alcanzan esta conciencia, nos dice Don Carlo, ‘se priva a Cristo y a la Iglesia del tesoro insustituible y precioso del dolor infantil’.

En efecto, la casi siempre impertérrita desatención hacia las ‘cosas del Cielo’ suele impedir a los hombres advertir el enorme valor de tesoros espirituales como éste, escondido en las almas de los inocentes.

Es cierto que Don Gnocchi, testigo inmediato de la orfandad, enfermedad y mutilación de los niños, dedica poca atención al sufrimiento moral de los mismos. Pero es verdad también que vivió en una época signada por la guerra y en la que todavía no se vislumbraban los oscuros contornos de la Cultura de la Muerte. Hoy, el ‘dolor del alma’ de los pequeños es cosa cotidiana, asediados como están por quienes con escarnio e irrisión los hacen objeto de las más terribles atrocidades. Don Gnocchi no llegó a conocer la prostitución infantil institucionalizada, el aborto considerado como derecho humano, la ideología de género embebiendo toda perversa educación sexual. No alcanzó a ver, ¡feliz de él!, la retorcida pretensión destructiva de la niñez de los ‘defensores de los derechos de los niños’ que ocupan sitiales de honor en los organismos internacionales ni escuchó los argumentos a favor de la eutanasia de los niños enfermos, bajo pretexto de ‘no hacerlos sufrir’. Valga esto de excusa suficiente para algunas omisiones, que hoy en día resultarían del todo inadmisibles.

El Buen Combate por los niños dolientes

Grande yerro se comete si se cree que de lo antedicho se colige la pasividad ante el sufrimiento de los niños. La necesidad de adquirir el sentido de la sublime teología del dolor y su consecuente pedagogía, no invalida en absoluto el hecho de combatir la iniquidad del ‘mundo’ hacia los que sufren, especialmente contra los débiles e inocentes.

Lo sostiene con vigor el Santo Padre al advertir que ‘el Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento’ (S.D., N° 29) Nada puede, ni debe, abolir nuestra pena cuando asistimos a la visión de un niño mancillado en su pureza, vulnerado en su inocencia.

Lo ha dicho el Señor a los justos que piadosamente acunaron a los párvulos: ‘Todo lo que hiciereis a uno de mis pequeños, a Mi me lo hacéis’ (Mt 10,42). Pero también sentenció a los impíos que los avasallaron: ‘En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo’ (Mt 25,45)

Apremia el derecho y la obligación del combate contra los que propalan el dolor físico y moral a niños. Son sus enemigos y por ello lo son de la Iglesia y de Cristo mismo.

El Buen Combate que ha de librarse es ante todo interior, para evitar que los párvulos sufran por la remisión de nuestras miserias. Pero es también exterior pues se trata, como dice Juan Pablo II, de ‘la terrible batalla entre las fuerzas del bien y del mal que nos presenta el mundo contemporáneo’ (S.D, N° 31)

Por ello, y se nos disculpará lo atrevido de la afirmación, restaurar los verdaderos derechos (naturales y sobrenaturales) de los niños es restaurar de los derechos de Cristo Rey. Es, en definitiva, iniciar el tránsito por el largo y providencial camino hacia la Restauración de Cristo en todas las cosas.

¿Cómo comenzar? Hagamos lo que nos ordena el P. Gnocchi: todas las mañanas besemos el corazón de nuestros pequeños para reconocer allí la Santísima Trinidad presente y operante.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

¿Cómo pueden pecar los ángeles teniendo una inteligencia superior a la del hombre? ¿Fue Dios injusto con los demonios?

Pregunta:

Hay algo que no entiendo en lo que se refiere a la rebelión de Satanás y los demonios.
Se dice que Satanás y sus demonios fueron creados ángeles. Y por lo mismo, provistos de una inteligencia superior y de todas las cualidades angélicas.
Si verdaderamente esto es cierto, su inteligencia indudablemente tuvo que llevarlo a concluir todas las consecuencias de su proceder, es decir su ruina y su fracaso.
¿Por qué entonces emprendió una guerra que -si es cierto que él está superiormente dotado- está en condiciones más que suficientes para prever su final?
Es como si estos ángeles, seguramente capaces de elaborar las 5 vías de Santo Tomás y 220 como esas (o tal vez una sola pura y simple que las reúna a todas) hubieran deliberado de una forma que en palabras humanas podría ser así:
‘El recto razonamiento nos lleva a concluir que Dios es nuestro Creador y nuestro Señor y que su razón debe ser la norma de nuestros actos y aún así no serviremos.
Sabemos que somos simples criaturas que debemos a Dios el existir y todo lo bueno que tenemos, y aún así no serviremos.
Sabemos que al obrar así vamos en contra de nuestra propia naturaleza, y aún así no serviremos.
Sabemos que esta negativa es necia y sin sentido, y aún así no serviremos.
Sabemos que la consecuencia de nuestra decisión será un castigo tremendo, eterno, incancelable, inevitable, y aún así no serviremos.
Sabemos que el anteponernos a Dios es una ilusión y un espejismo, y aún así no serviremos.
Sabemos que es absolutamente imposible que ganemos la guerra, y aún así, la emprenderemos.
Sabemos que el tentar a los humanos y arrastrarlos hacia nuestro destino no disminuirá nuestro sufrimiento y aún así lo haremos.
Sabemos que nuestra empresa está condenada de antemano al fracaso total y rotundo y aún así lo intentaremos.
Etc, etc.’
¿qué clase de decisión ha sido ésta, que cualquier tonto se daría cuenta de su necedad?
Un amigo mío sintetizó mi duda en un “Parecería…” de esos de santo Tomás: ‘Parecería que siendo los ángeles seres inteligentes y siendo que su inteligencia les permite conocer la verdad de la omnipotencia divina, es imposible la rebelión ya que es contraria a la misma razón.’ También la caracterizó de esta forma, que me pareció exacta: “Me parece que tu pregunta apunta más no a la posibilidad metafísica y moral de la apostasía angélica (causa formal), que desde el punto de vista de la razón es absolutamente posible, como estuvimos viendo; sino a la causa psicológica (eficiente), si vale el término, que determinó la rebelión”.
Bueno Padre, simplemente quería precisar un poco más mi inquietud para cuando se pueda ocupar de ella. Faltaría añadir algo, que si he de ser honesto conmigo mismo, con usted, y con Dios, no puedo omitir: es el temor que subyace en esta duda de que Dios haya sido injusto con Satanás y los diablos…

Respuesta:

Estimado:

1. Lo primero que hay que tener en cuenta, desde el punto de vista teológico-especulativo, es el principio de la analogia fidei , la ‘analogía de la fe’, por la cual se ve que, además y junto a la armonía, hay un orden y una jerarquía de verdades de fe. Por eso mismo, unadificultad que se nos pueda plantear de orden o nivel menor no puede nunca convertirse en algo que ponga en duda una verdad de orden mayor; antes bien, es a la luz de la verdad de orden mayor que se tienen que resolver las dificultades de orden menor. Dios es la suma bondad, benignidad y justicia: no puede hacer más que el bien y hacer justicia; de tal manera que la culpa de la condenación eterna es toda y exclusivamente del condenado, ‘Dios no crea el mal, no causa el mal, no quiere el mal’. Es decir, que una dificultad en un ‘Tratado’ secundario y acerca de un tema de libre discusión como el modo de la elección del mal por parte de los ángeles caídos, no puede ser objeción seria a una verdad de fe definida, como lo es la infinita bondad de Dios.

2. Por otra parte, es necesario tener en cuenta que, en el orden ontológico y metafísico, uno es el plano del verum (lo verdadero) y otro el del bonum (lo bueno), uno el plano de la inteligencia y otro el de la voluntad. Ciertamente, para que la voluntad se arroje a un objeto, hace falta que le sea presentado bajo algún aspecto de bondad, y esto corresponde a la inteligencia. Pero la voluntad no es una simple ‘prolongación’ o ‘rémora’ o ‘función segunda’ de la inteligencia, sino que tiene un propio círculo de acción, con una manera propia y específica de actuarse: la activación de la voluntad no es una simple consecuencia de la presentación de la bondad del objeto.

Santo Tomás toca esto muy bien en la Cuestión VI De Malo, donde llega a decir que lo que mueve a la voluntad no es la simple bondad del objeto, el bonum , sino el bonum ut conveniens (lo bueno como conveniente). En consecuencia, por más que el espíritu caído esté intelectualmente convencido de que Dios es el sumo bien, y de que le debemos todo, etc., sin embargo, no llega a evaluar existencialmente esta situación como conveniens , como buena para él en concreto, ya que le exige una sumisión. Esto toca ya el aspecto moral-existencial.

3. La posibilidad de rechazar así al Sumo Bien en una inteligencia y en una voluntad como la angélica, implica ante todo la distinción real de ambas facultades: por eso es que el actuarse de la una no es reductible al actuarse de la otra. De ahí que también la voluntad pueda tener un dominio de ejercicio sobre la inteligencia, en virtud del cual aplica y dirige la inteligencia a ejecutar su acto: ‘intelligo enim quia volo’ (entiendo porque quiero), dice santo Tomás en la cuestión que recién citamos. En razón de este dominio de ejercicio la voluntad tiene el poder de volcar el acto intelectual sobre un objeto u otro, sobre un aspecto u otro, etc. Esto en cuanto al aspecto psicológico.

En cuanto a la ‘mecánica’ -el término es inexacto, habría que decir ‘proceso’, ‘dinamismo’- psicológica de la producción del acto, la actuación de dicha posibilidad es expresada por santo Tomás en términos de ‘no consideración’: la voluntad angélica ‘tuerce’ y ‘pliega’ a la inteligencia para que no le muestre toda la bondad del objeto, y para que le muestre la conveniencia en concreto, para ella, de no someterse a Dios como norma superior, y guiarse solamente bajo la luz de su inteligencia natural excluyendo la regulación por una norma superior. Por eso es que el pecado angélico, como cualquier pecado, no tiene una explicación racional, en el sentido de que no tiene una razón : antes bien, consiste en la decisión lúcida de obrar al margen de la norma de una razón (superior), es decir, de no aceptar someter su inteligencia natural (y su voluntad) a una luz superior. No es que el ángel caído caiga a pesar de ver las razones para no caer , sino que cae porque no quiere ver razones . Es, en el orden del espíritu puro, algo análogo a lo que ocurre con la persona apasionada. La causa psicológica ‘eficiente’ (deficiente) es, por lo tanto, la voluntad misma del ángel que se curva sobre sí y arrastra consigo a la inteligencia misma:‘Esta manera de pecar no implica ignorancia, sino sólo la ausencia de consideración de lo que hay que considerar. Y es de esta manera que el ángel pecó, convirtiéndose por su libre albedrío al propio bien, sin ordenación a la norma de la voluntad divina’ (S. Tomás, S. Th., I, 63, 1 ad 3). Más preciso aún en la Q. XVI De Malo, a. 1: ‘En los ángeles hay un conocimiento, el intelectual, que debe ser dirigido según la norma de la sabiduría divina. Por eso en su voluntad puede haber pecado, por el hecho de no querer seguir el orden de una norma superior, la sabiduría divina. Y es de esta manera que los demonios se han hecho malos por su voluntad’. 

4. La posibilidad teológico-existencial, entonces, está en que el ángel conoce sólo vagamente ( indeterminate ) y no detalladamente ( determinate ) el fin últimosobrenatural . Y como este fin excede la capacidad natural de comprensión de su inteligencia, hay un margen para la decisión, para aceptarlo o rechazarlo ( S. Th., I, 62, 1 y 2).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

mujeres apóstoles

¿Por qué Cristo no eligió Mujeres Apóstoles?

Pregunta:

Hola! Soy Trinidad M., desde Argentina. Le pregunto … ¿por qué Cristo eligió 12 apóstoles varones Y POR QUÉ NO ELIGIÓ MUJERES? Desde ya muchas Gracias!
Trini

Respuesta:

Estimada Trini:

Jesucristo era totalmente libre de elegir a quien quisiera, y no tenemos forma de comprender los últimos motivos de sus decisiones, salvo las razones de conveniencia, la cuales en este caso vienen porque los apóstoles, siendo varones, eran signo más próximo de Cristo-varón.

De todos modos, hay que tener cuidado de presentar las cosas así, porque parece que Dios hubiese elegido sólo hombres para sus más importantes misiones, y no es así. La persona más importante en la historia de la redención, después de Jesús, es la Virgen María, que es reina de los apóstoles; y además junto a los apóstoles seguían a Jesús un grupo de mujeres muy valientes que fueron quienes lo acompañaron en la cruz y quienes fueron a su sepulcro la mañana del domingo. Las mujeres, sin haber sido elegidas por Dios para el sacerdocio (porque el sacerdocio es participación del sacerdocio de Jesús y Jesús fue varón) han tenido una misión muy importante, y la siguen teniendo.

Puedes ampliar este tema en los artículos que he escrito en El Teólogo Responde sobre ‘el sacerdocio femenino‘.

En Cristo y María.

P. Miguel A. Fuentes, IVE