tolkien

Aclaraciones sobre Tolkien: una discusión

Pregunta:

Algunas observaciones y sugerencias que he recibido a raíz de mi artículo ‘Leer a Tolkien en una sociedad gnóstica‘[1] me exigen retomar el argumento en algunos puntos. Vuelvo a insistir sobre el interés puramente pastoral de dicho escrito. Si para dar una respuesta a las consultas recibidas he tenido que meterme en terreno teórico, se ha debido a la necesidad de intentar una explicación de casos precisos. Pero los casos son históricos, reales y concretos. Las explicaciones de los mismos, caen bajo mi responsabilidad y se fundamentan en mis conocimientos que, al ser limitados, son materia totalmente opinable. Evidentemente puedo equivocarme; creo estar en lo cierto, pero si se me demuestra lo contrario retractaré mis afirmaciones, pues, como dijo Lugones: ‘solamente los necios jáctanse de no enmedar sus errores, sean ellos literarios o ideológicos. Quien aprende, rectifica'[2]. Dicho esto quiero aclarar algunas cosas.

Respuesta:

1. Un escape de la realidad

Afirmé que la obra de Tolkien presenta una situación ficticia tan vívida y ensamblada, tan global y exhaustiva que, a mi juicio, produce en el lector una especie de realidad virtual. Se me ha objetado que toda obra literaria crea una cierta realidad virtual. Ciertamente; pero habría que hacer una precisión conceptual. Intenté expresar con tal término algo más fuerte que la simple construcción imaginaria que es propia de toda literatura. He usado con anterioridad este concepto de realidad virtual, tomándolo del uso que se le da en algunos medios de difusión para hablar de una variante moderna de la pornografía informática: ‘La realidad virtual, que se va extendiendo asombrosamente en el mundo de los juegos computarizados, consiste en recrear tridimensionalmente la fantasía elaborada por computación. Gracias a algunos elementos, como son el casco tridimensional, auriculares y algunos accesorios más, el usuario ‘entra’ en otro mundo, el mundo de la fantasía, donde los personajes y paisajes tienen cierta ‘realidad’ para él. Por obra del casco, y eventualmente de sensores, sólo un acto de reflexión puede hacerle tomar conciencia de que todo cuanto lo rodea (ese mundo en el que está ‘sumergido’ y los personajes que giran a su alrededor) no existe en la realidad. Ya no es una escena que aparece en la pantalla de su computadora, sino que es un escenario donde él esta dentro, y su fantasía lo rodea. Pueden colegirse algunos de los efectos que esto puede ocasionar, y ocasiona de hecho, sobre la psicología humana: pérdida del sentido de la realidad, ausencia del sentido de relación, principios de estados paranoicos, disociaciones de la personalidad, ocasionales brotes esquizofrénicos'[3].

Al hablar de Tolkien quise referirme a algo semejante elaborado literariamente. Si el término se presta a equívocos lo llamaré ‘alucinación literaria‘. Sigo insistiendo en el problema psicológico de fondo: creo que este tipo de literatura (no sé si por sí misma o por el ambiente cultural en que se inserta) crea para el lector un ‘espejismo’ que lo aleja de la realidad. Así como hay cultores de ‘La guerra de las galaxias’ o ‘Viaje a las estrellas’ que son capaces de suicidarse para viajar eternamente en la cola de un cometa paradisíaco[4], así los hay que ven la realidad que nos rodea con los ojos de la fantasía exhorbitada por este tipo de literatura.

El profesor Vítor Manuel de Aguiar e Silva escribe: ‘entre el mundo imaginario creado por el lenguaje literario y el mundo real, hay siempre vínculos… El mundo real es la matríz primordial y mediata de la obra literaria; pero el lenguaje literario no se refiere directamente a ese mundo, no lo denota: instituye, efectivamente un heterocosmo, de estructura y dimensiones específicas. No se trata de una deformación del mundo real, pero sí de la creación de una realidad nueva, que mantiene siempre una relación de significado con la realidad objetiva'[5]. Pero, ¿no puede esto agudizarse en algún tipo de literatura, al menos por influencia de factores externos a ella? Esto es precisamente lo que creo sucede con la literatura que tomamos en consideración al ser combinada con el contexto cultural hoy reinante. De hecho el mismo catedrático menciona más adelante como una de las finalidades asignadas con frecuencia a la literatura, la evasión: ‘En términos generales la evasión significa siempre la fuga del yo ante determinadas condiciones y circunstancias de la vida y del mundo, y, correlativamente, implica la búsqueda y la construcción de un mundo nuevo, imaginario, diverso de aquel del cual se huye, y que funciona como sedante, como compensación ideal, como objetivación de sueños y aspiraciones. La evasión, como fenómeno literario, puede comprobarse tanto en el escritor como en el lector'[6]. Después de analizar la evasión en el creador literario, continúa con la evasión en el lector, que es la que me interesa reseñar: ‘Éste llega a la evasión a través del tedio, de la frustración y del proceso psicológico conocido como bovarismo (del nombre de Emma Bovary, personaje central de la novela de Gustave Flaubert, Madame Bovary), es decir, la tendencia a soñar ilusorias felicidades y aventuras, y a creer en el ensueño así tejido. La lectura resulta entonces excitante de un sentimentalismo ávido de quimeras, realización ficticia de deseos inconfesados, forma ilusoria de compensar frustraciones existenciales'[7].

Según mi opinión, aquí está el punto. Las condiciones socioculturales de nuestra época de fin de siglo y milenio son propias de un momento histórico de desencanto; el fenómeno social está signado por una neurosis de decepción y depresión causada por la falta de respuesta adecuada que ofrece al hombre de hoy la cultura de masas, una religión disecada, el materialismo y el hedonismo, la tiranía de la tecnología sobre la actividad del espíritu y, sobre todo, la herencia de la filosofía de la inmanencia. Por eso la mayoría de los fenómenos que caracterizan a las masas son fenómenos de evasión: la droga, el suicidio y la falsa mística. La reacción es la búsqueda de una trascendencia pseudoespiritualista que ofrece devolver el mundo de la ilusión exacerbado sentimental y sensualmente por su concubinato con la ética hedonista y permisiva. En la literatura el fenómeno se presenta en la moda New Age. El estilo de Tolkien y el argumento elegido no son ningún antídoto al problema sino, por el contrario, confunden como una ‘variante catolizante’ Por eso insisto: he hablado del peligro de leer y transmitir a Tolkien en una sociedad gnóstica, es decir, nuestra cultura; tal vez cuando lo escribió y como alegato contra el racionalismo materialista de la primera mitad de siglo, haya tenido otro efecto. Hoy la realidad es otra.

2. Cuentos de hadas sí, cuentos de hadas no

No estoy en contra de la fantasía, sino de algún tipo de fantasía: de la fantasía de evasión.

A principios de siglo Chesterton escribió un trabajo imperecedero en defensa de los cuentos de hadas[8]. Sostengo, sin embargo, que lo que Chesterton defendía allí era algo totalmente diverso de lo que caracteriza a Tolkien.

La relación con el mundo real que guarda el mundo literario puede ser doble: de negación o de simbolismo. De negación o de equívoco es el vínculo que crea la literatura que critico, al menos en el modo en que hoy es leída e interpretada. Ya lo he dicho: como evasión. En este orden de cosas me parece se debe colocar a Tolkien porque crea un mundo alternativo (donde uno puede refugiarse y huir de éste que no es tan romántico como aquél).

La segunda es una relación de simbolismo. Los cuentos de Chesterton (como, por ejemplo, ‘El hombre que fue Jueves’) hacen referencia a la realidad, la interpretan, nos llevan a mirarla incluso con ojos descubridores. Por eso Chesterton dice: ‘el reino de las hadas no es más que el luminoso reino del sentido común'[9]. Pienso que el mensaje que Chesterton ve encerrado en esta literatura es el hacernos percibir aquello que no nos revelan los sentidos y que la filosofía sólo puede exponer en fórmulas abstractas: la posibilidad del milagro, la causalidad de las cosas, el mundo del espíritu, el gobierno de la Providencia, la irrupción constante de lo sobrenatural en lo natural, el mundo tenebroso de la tentación y del diablo, y el brillante reino de la virtud y del ideal.

También Tolkien tiene mucho de eso; y en tal sentido puede dejar esas mismas enseñanzas. Pero se me antoja un sistema cerrado y, por tanto, en conjunto contraproducente. Los cuentos de Chesterton nos hacen tropezar a cada momento con el cockney[10], con el borracho filósofo y el marinero irlandés tomador de ron y devorador de queso, sus héroes nacieron en Irlanda, Escocia o un barrio londinense; sus enemigos encarnan a los filósofos kantianos, hegelianos y nietzcheanos, tienen los rasgos verdeolivos del Islam o los ojos achinados de Buda, son abstemios como los puritanos y fanáticos como predicadores de la sola Scriptura; Chesterton nos obliga a conquistar islas que resultan ser la misma Inglaterra y pelear batallas épicas por los barrios bajos de Londres o a dar la vuelta al mundo para terminar en la torre del Big Ben. Y sus cuentos obligan a bajar a la realidad por la incoherencia que deliberadamente les hace padecer con su espíritu de paradoja; no vaya a suceder lo que aquellos contadores de historias de uno de sus propios cuentos, que se deprimían porque el rey les creía todas las ficciones que inventaban por más absurdas que fuesen[11]. En cambio, Tolkien nos saca da la realidad, nos crea una fantasía y nos da todos los elementos para que en ella no nos falte nada. Son tan diferentes como Santo Tomás y Kant contando cuentos.

 3. Y otras cosas más

Al margen de todo esto sigo sosteniendo que es un descalabro usar a Tolkien como ilustración teológica o como parábola de la lucha entre el bien y el mal en el mundo. Porque es incompatible, al menos en algunas cosas fundamentales, con la realidad histórica y la fe católica. Es incompatible con el pecado original tal como es concebido por la teología católica, pues para nosotros entra por un solo hombre, Adán, y afecta a todos por la solidaridad con él, y es destruido por un solo hombre, Cristo, y somos redimidos por la solidaridad con Él; no puede decirse otro tanto del mundo tolkieniano habitado por una enorme diversidad de especies racionales (elfos, medianos, hombres, enanos, trolls, orcos y ents). Como consecuencia se hace incompatible con el sentido católico de la redención. En cambio, uno y otro fenómeno, tal como los presenta Tolkien, sí son compatibles con el concepto pelagiano (que es una variante del gnosticismo): la transmisión del pecado por influencia extrínseca o ejemplaridad; la redención por la nobleza natural de la creatura que se levanta de sus cenizas y sus miserias hasta el heroísmo individual, y por igual vía lo transmite: la ejemplaridad heróica.

Tal vez estas aclaraciones sirvan más para entender mi posición.

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Cf. Revista Diálogo 17, pp. 143-151. Publicada después también en nuestro sitio, con el título «Leer a Tolkien hoy, ¿supone algún peligro?«.

[2] Leopoldo Lugones, Historia de Sarmiento, Publicaciones de la Comisión Argentina de Fomento Interamericano, Buenos Aires 1945, p.7.

[3] ‘Pornografía y sexualidad’, Diálogo 12, p. 141.

[4] Cf. Revista Diálogo 17, Editorial.

[5] Vítor Manuel de Aguiar e Silva, Teoría de la literatura, Gredos, Madrid 1986, p. 18.

[6] Ibid., p. 61.

[7] Ibid., p. 67.

[8] Chesterton, La ética en tierra de duendes, en: Ortodoxia, Obras completas, Plaza & Janés, Barcelona 1967, T.1, pp. 540-565.

[9] Ibid., p. 544.

[10] El cockney, que es el personaje que encarna muchas veces al sentido común en las obras de Chesterton, es el habitante de los suburbios de Londres, particularmente del ‘East End of London’.

[11] Cf. Chesterton, ‘La prolongada reverencia’, en: ‘Alarmas y disgresiones’, Obras completas, I, p. 1069-1074.

pecados

¿Hay pecados que no ofenden a Dios?

Pregunta:

Quisiera saber si cabe la posibilidad de que una persona que comete un acto desordenado pero sin guiarse para ello por ningún motivo de desprecio, odio, desafío o rebeldía hacia Dios, comete, sin embargo un acto contra Dios. No comprendo por qué deben calificarse nuestros actos por algo que está fuera de su intención.

 

Respuesta:

Hay personas que piensan que no es justo catalogar de ofensa a Dios un acto que es realizado sin intención de ofender a Dios. Muchos pecados -se dice- se cometen por debilidad, por seguir una pasión, sin buscar con ello ofender directamente a Dios; es más, muchas veces tampoco se piensa en Dios en ese momento.

Algunos moralistas -recogiendo esta idea- han propuesto una distinción, según la cual, estos actos podrían ser catalogados en algunos casos como graves, pero no como mortales, es decir, no en cuanto matan la vida espiritual, la vida de la gracia, en nuestras almas[1].

Creo que al respecto debemos hacer las siguientes afirmaciones:

1º El acto que de suyo comporta un grave desorden contra la naturaleza, es también una ofensa grave contra Dios, y es suficiente para separar al hombre de Dios.

Santo Tomás, siguiendo a San Agustín, distingue en todo pecado una doble dimensión:

-por un lado está constituido por una inclinación desordenada hacia una creatura; es, así,‘conversio ad creaturam’, conversión hacia la creatura.

-por otro lado implica una separación de Dios, fin último del hombre; es, así, ‘aversio a Deo’: aversión respecto de Dios.

Es verdad que es posible considerar abstractamente ambos aspectos por separado; pero no es posible pensar, a partir de esto, que pueden darse por separado en la realidad; son las dos caras de una misma realidad: ‘el mismo pecado es en la realidad aversión y conversión, difiriendo según la relación hacia los diversos términos'[2].

La aversión respecto del fin último está implicada en la tendencia desordenada hacia el fin finito.

Esto es lo que expresa el Papa Juan Pablo II en la Exhortación Reconciliatio et paenitencia: ‘El hombre sabe también, por una experiencia dolorosa, que mediante un acto consciente y libre de su voluntad puede volverse atrás, caminar en el sentido opuesto al que Dios quiere y alejarse así de él (aversio a Deo), rechazando la comunión de amor con él, separándose del principio de vida que es él, y eligiendo, por lo tanto, la muerte. Siguiendo la tradición de la Iglesia, llamamos pecado mortal, al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam). Esto puede ocurrir de modo directo y formal, como en los pecados de idolatría, apostasía y ateísmo; o de modo equivalente, como en todos los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en materia grave. El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con su principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa fuerza de destrucción'[3].

Y en la Encíclica Veritatis Splendor: ‘En realidad, el hombre no va a la perdición solamente por la infidelidad a la opción fundamental, según la cual se ha entregado ‘entera y li­bremente a Dios’. Con cualquier pecado mortal cometido deliberadamente, el hombre ofende a Dios que ha dado la ley y, por tanto, se hace culpable frente a toda la ley (cf.Sant 2, 8‑11)…'[4].

2º No obstante lo dicho puede hacerse una consideración abstracta del pecado desde el punto de vista filosófico, con una cierta independencia de su aspecto teológico.

Puede reflexionarse sobre la dimensión puramente natural del pecado. Lo afirma así Santo Tomás: ‘el pecado es considerado por los teólogos principalmente en cuanto es ofensa a Dios; en cambio el filósofo moral lo hace en cuanto es algo contrario a la razón'[5].

Tal visión consideraría de modo particular el pecado en su aspecto de violación u oposición al dictamen de la recta razón. Esto no obsta para que tal consideración sea necesariamente incompleta.

3º Es subjetivamente imposible realizar una acción transgrediendo formalmente el orden de la razón sin ofender al mismo tiempo a Dios, aunque en ese momento no se piense en Dios ni se tenga intención de ofenderlo.

Por una acción que formalmente transgrede el orden de la razón entiendo todo acto que es consciente de violar una norma racional. Distingamos al respecto:

a) En aquél que reconoce la existencia de Dios y la elevación del hombre al orden sobrenatural por obra de la gracia, es imposible que pretenda transgredir el orden natural sin ofender a Dios, como autor del orden sobrenatural, puesto que Dios es autor y legislador de ambos órdenes, y para la creatura el ‘orden de la gracia’ es el orden de la naturaleza sanada, perfeccionada y elevada por la gracia, no un orden independiente. Al pecar contra la ley de su razón se opone al orden que la gracia supone y eleva.

b) En aquél que desconoce la existencia del orden sobrenatural porque nunca recibió ni le fue suficientemente propuesta la fe, al obrar algo contra el orden de la razón, ofende a Dios que es autor y legislador del ordena natural.

Por lo tanto, nadie puede pecar formalmente contra la recta razón sin ofender a Dios, puesto que la conciencia que tiene de transgredir el orden racional le viene porque discierne la obligación absoluta de realizar el bien contenido en una determinada acción o evitar el mal identificado en otra. Y esta advertencia de una obligación absoluta (que se impone sobre nuestros actos internos y no sólo sobre las acciones que se manifiestan al exterior), es advertencia de algo que es superior a nosotros mismos (y por ello no dispensable), es percepción de una Voluntad trascendente, legisladora, y que es la Voluntad de Dios. Por eso afirmaba el Cardenal Newman que Dios mismo se nos revela en la obligación moral a la que nos encontramos sometidos[6].

Por eso, el papa Alejandro VII condenó, con decreto del Santo Oficio, el 24 de Agosto de 1690, la concepción que sostenía la posibilidad de un pecado que sólo violara el orden racional sin implicar una transgresión de la ley divina. Concretamente condenó la afirmación que decía: ‘El pecado filosófico, o sea moral, es un acto humano disconveniente con la naturaleza racional y con la recta razón; el teológico, empero, y mortal es la transgresión libre de la ley divina. El filosófico, por grave que sea, en aquel que no conoce a Dios o no piensa actualmente en Dios, es, en verdad, pecado grave, pero no ofensa a Dios ni pecado mortal que deshaga la amistad con El, ni digno del castigo eterno'[7].

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Una expresión de esta concepción fue doctrina del llamado ‘pecado filosófico’.

[2] ‘Unum peccatum est secundum rem aversio et conversio, differens secundum comparationem ad diversos terminos’ (Santo Tomás de Aquino, In III Sent., d.42, q.2, a.1 ad 7).

[3] Reconciliatio et paenitentia, 17.

[4] Veritatis Splendor, 68.

[5] ‘A theologis consideratur peccatum praecipue secundum quod est offensa contra Deum: a philosopho autem morali, secundum quod contrariatur rationi’ (S.Th., I-II, 71, 6 ad 5).

[6] Cf. J.H.Newman, Grammar of Assent

[7] Dz 1290.

comulgar

¿Puede Comulgar un Homosexual?

Pregunta:

Estimada gente, vi vuestra dirección en Catholic.net y tengo la siguiente inquietud. Podrían aclararme si como homosexual se puede comulgar, ya que es una tendencia desde muy pequeño. Les agradezco todo lo mas que puedan aclarar sobre el tema.

Respuesta:

Estimado:

El Catecismo de la Iglesia Católica establece lo siguiente (nn. 2358-2359):

‘Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.

Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana’.

Esto significa que la tendencia homosexual no consentida interiormente (pensamientos o deseos) ni exteriormente (actos impuros solitarios o acompañado), es compatible con la gracia santificante. Y por tanto, en ese estado de gracia se puede recibir la comunión eucarística.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

televisión

¿Es pecado ver televisión?

Pregunta:

La consulta que me ha sido hecha es un poco más desafiante que el título de este artículo; dice simplemente ‘¿Es pecado ver televisión?’. Es evidente que se debe responder con un ‘depende…’. Una conocida fábula de Esopo terminaba con la moraleja de que la lengua puede ser lo mejor y lo peor. De hecho, podemos servirnos de ella para rezar a Dios o para maldecir al prójimo. Algo análogo podemos decir de la televisión: puede ser algo bueno, algo óptimo o algo muy malo, porque es simplemente un instrumento, y los instrumentos dependen de quienes los usen. No voy a analizar las pautas morales por las que deben regirse quienes hacen televisión, sino quienes ven televisión. Y debo apurarme a decir que tocamos con esto un problema realmente grave, ante el cual la enorme mayoría de los hombres y mujeres parecen sordos y ciegos, o, si no lo son, al menos dan la impresión de haber bajado los brazos en una lucha en la que están comprometidos (y en peligro) valores muy fundamentales.

Respuesta:

Si no se puede decir en forma de principio que el ver televisión sea pecado, podemos entonces preguntarnos: ¿lo es en algún caso? ¡Ciertamente! ¡Y en muchos! ¿Cuándo? Por ejemplo:

1º Cuando se ven cosas que son en sí mismas malas. El pecado toma su especie del objeto moral que se consiente o en el que se deleita. Consintiendo plenamente en ver ciertas imágenes o aceptando plenamente ciertas afirmaciones puede pecarse (al menos internamente) de impureza, de adulterio, de violencia, de calumnia, de difamación, etc. No debemos olvidar que las miradas, los pensamientos y los deseos pecaminosos, consentidos plenamente, son pecado, y pueden ser pecado mortal, y lo son en muchos casos.

2º Algo semejante se diga de aquellas cosas que no son totalmente malas, pero que se miran con malas intenciones. No hace falta que algo sea totalmente malo, pues la imaginación puede ser mucho más desordenada que la misma realidad.

3º Cuando se ven cosas estúpidas (si es algo habitual) se puede pecar por necedad. En el orden alimenticio asimilamos en nuestro organismo lo que comemos; en el orden espiritual y cultural, se puede decir que nosotros nos asimilamos a lo que recibimos. ‘Amas el cielo: eres cielo; amas el barro: eres barro’; esto es de San Agustín. En cuanto a nuestro tema: ¿nos gusta y recibimos en nuestra inteligencia, imágenes, noticias, razonamientos, slogans frívolos, mundanos, insustanciales, etc.?; pues bien: nos hacemos tales y pecamos de frivolidad, mundanidad, superficialidad, fatuidad. La televisión puede fagocitarnos dentro de su espíritu huero.

4º Cuando se pierde demasiado tiempo frente al televisor se peca por pereza, por perdida de tiempo; y nos hacemos responsables de las consecuencias que esto trae para nosotros o para aquellos sobre quienes no ejercemos el control debido, pues la exposición a la televisión durante un tiempo excesivo trastorna la mente y la imaginación, atrofia la vida afectiva (crea personas insociables, solitarios y aislados, violentos o deformes sexuales, etc).

5º Cuando se delega en la televisión las funciones de ‘educador’ de los hijos; o, peor aún, de ‘padre/madre’ de los hijos, haciendo de la televisión una ‘niñera electrónica’, se peca por negligencia grave en los deberes de estado (pienso en los padres, madres, educadores, etc.). Las consecuencias son a veces funestas. Hay que recordar lo que han dicho importantes analistas del fenómeno, como, por ejemplo, Giovanni Sartori, autor deHomo videns: ‘quienes hacen la televisión son analfabetos'[1]; y en otra oportunidad: ‘La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y toda nuestra capacidad de entender'[2]. El famoso cineasta Costantin Costa Gavras, ha dicho, por su parte que la televisión se caracteriza por la vulgaridad. ‘El peor pecado de la televisión: la vulgaridad… Terminamos pareciéndonos a los que miramos. Cuanta más vulgaridad haya en la tele, más vulgares seremos todos'[3].

6º Cuando se descuidan obligaciones más importantes, como compromisos, trabajos, estudio, etc.: se peca alterando el orden de las cosas y contra los deberes de estado u obligaciones profesionales.

7º Cuando se le pide a la televisión que llene el vacío interior que sólo Dios y los valores espirituales pueden colmar, se puede pecar en cierta medida de idolatría; al menos de cierta ‘idolatría’ subrepticia o solapada. No creo que nadie le rece a la televisión o la endiose; pero tampoco puede negarse que en muchos casos se busca en ella valores que están relacionados directamente con Dios: la felicidad, el sentido de la vida, etc. También hay que reconocer que la televisión ha reemplazado para muchos cosas tan elementales para el ser humano como la oración, la lectura, la meditación de las grandes verdades, el estudio, el juego, la conversación, la amistad, la vida de familia (o al menos no deja espacio para estas cosas).

8º Cuando se ve sin criterio y discernimiento se peca haciéndose responsable de los errores que se asimilan. Es bastante notable el porcentaje de información televisiva que adolece de seriedad, ponderación, prudencia y, por el contrario, desborda sensacionalismo; y en muchos casos se caracteriza por una irresponsable falsedad, exageración y adulteración. Cierto tipo de periodismo hoy muy difundido puede caer fácilmente en la calumnia, en la difamación y en la violación de la intimidad familiar del prójimo, con todas las consecuencias sociales destructivas que esto conlleva. Quien acepta sin espíritu ‘altamente’ crítico los ‘trascendidos’ periodísticos, puede hacerse cómplice de ello, o caer en el chismoserío, la vana curiosidad, y la verborrea.

Afirmaciones tan graves como éstas exigen, ciertamente, que las fundamentemos de alguna manera. Digamos que la televisión medida (medida en su objeto, fines, circunstancias -como el tiempo, lugar, compañía….) puede cumplir notables funciones: educativas, informativas, recreativas, evangelizadoras. Esto no puede negarse y ojalá así se emplease. Pero lamentablemente muchas veces no sólo no las cumple sino que se ha convertido en una seria amenaza.

Permítaseme dar aquí una serie de datos tal vez desordenados, pero que cimientan los juicios morales que he hecho más arriba.

Un estudio de comienzos de la década del ’80 en nuestro país, ya concluía que, mientras los niños con buenos vínculos familiares buscan ante todo en la televisión entretenimiento e información, los niños con carencias familiares y grupales utilizan la televisión como mecanismo compensador de estas carencias. Esta compensación se da mediante una proyección o transferencia por la que los niños se identifican con personajes que responden a las características de su problemática personal, y a los que toman como modelos o arquetipos[4].

Vayamos a los resultados de estudios y encuestas más actuales:

-El tiempo de exposición de los chicos argentinos es, en promedio, 4 horas y 20 minutos de televisión por día. De este modo, a los 16 años un adolescente ha dedicado: 46.620 horas a dormir, 22.464 horas a ver televisión y 13.440 al colegio; estudios internacionales han determinado que al terminar los estudios secundarios, un estudiante ha pasado, como mínimo unas 11.000 horas en el colegio, frente a unas 15.000 horas delante de un televisor y unas 10.500 horas oyendo música[5].

-En estas 22.464 horas que ha visto el adolescente a los 16 años, ha sido espectador de 150.508 acciones violentas, 17.520 homicidios y 250.000 anuncios de televisión[6]. Otra fuente nos informa que, en Argentina, teniendo en cuenta sólo 4 horas promedio de televisión que vea por día, un chico pasa aproximadamente 1.460 horas al año (es decir, 60 días enteros). En cuanto al contenido: aparecen 25 escenas de violencia por hora dentro de la franja infantil[7].

-Para algunos estudiosos a la televisión actual se le pueden conceder, ciertamente,aspectos favorables (contribuye a ampliar la visión del mundo; es un medio de difusión de la cultura; es el más influyente medio de comunicación; es un excelente medio para la educación no formal; puede servir para la educación política del ciudadano), pero tambiénaspectos desfavorables (tiende a disminuir el rendimiento escolar; disminuye el tiempo dedicado a la lectura; resta importancia y tiempo al diálogo familiar; estimula la pereza mental y el aburrimiento; infunde falsos valores; fomenta el consumismo; se opone a la vida al aire libre[8]).

-Casi 500.000 niños entre 6 y 12 años mira televisión en Buenos Aires después de las 22 horas, fuera del horario de protección al menor; de estos unos 250.000 permanecen hasta la medianoche[9]. Gran parte de los programas que consumen tienen contenido sexual y pornográfico.

-Una encuesta hecha por socióloga Tatiana Merlo en Capital Federal sobre 420 padres, 60 productores de televisión y 184 chicos de 15 colegios de diferente nivel ha dado por resultado que[10]:

a) En la opinión de los chicos: la familia televisiva modelo son ‘Los Simpsons’; el personaje extranjero con que más se identifican es Go-Ku, la estrella de ‘Dragon Ball Z’ (el 75% de los chicos), y entre los personajes argentinos, dos personajes de la serie ‘Chiquititas’.

b) En la opinión de los padres sobre quiénes tienen más influencia en la conducta de sus hijos, el 46% de los padres encuestados respondió que son los mismo padres; para el 32% es la televisión; para el 6% son los ídolos musicales; y sólo para el 3% son los maestros.

c) Y en cuanto al motivo por el cual ven televisión los niños el 50% respondió que ven para entretenerse o por adicción; el 12% dijo que para tener de qué conversar; el 11% opinó que el motivo es que los padres los alientan; el 6% dijo que lo hacía para no pensar; y sólo el 5% respondió que ven para aprender.

-En EE.UU: al menos dos de cada tres programas de televisión de máxima audiencia contienen violencia. El 67% de las cadenas presenta programas con violencia, en comparación con el 77% de las emisoras independientes, y el 64% del servicio básico de televisión por cable. El servicio completo de televisión por cable suele tener una programación casi exclusivamente violenta, con porcentajes de hasta un 98%[11]. Karen McLaughlin, Directora del Centro Nacional para la Prevención de Crímenes del Odio, que depende de los departamentos de Justicia y de Educación de los Estados Unidos, asesora del presidente norteamericano en la prevención de crímenes escolares, ha sostenido (en su visita a nuestro país) que la televisión potencia la agresividad, en general y en particular la de los niños y adolescentes. Explica ella que ‘un chico ve en televisión 1.000 homicidios por año. Cuando llega a los 18 años, tiene en su mente 18.000 crímenes. Los ataques se convierten en algo normal en la televisión, y se dejan de lado el sufrimiento de las víctimas o la posibilidad de ir a prisión’. No puede resultar extraño que en Estados Unidos, durante 1997, según la misma fuente, 6.000 niños y adolescentes tuviesen que ser expulsados de sus colegios por haber asistido a ellos con armas[12].

-En el período comprendido entre los sábados y domingos, las escenas violentas aumentan entre un 100 y un 150%. La presencia de los chicos frente al televisor también aumenta en ese tiempo[13].

Lamentablemente, la mayor preocupación de los padres, pedagogos, maestros y encuestadores, parece limitarse en gran medida al contenido violento de la televisión. Pero no menos grave es el contenido sexual con que la televisión bombardea a sus espectadores, por ejemplo, con:

-contenidos que promueven una afectividad atrofiada (noviazgos infantiles, amistades peligrosas, besos, tocamientos, malos deseos) que componen el tema casi excluyente de las telenovelas y melodramas de mal gusto que apuntan no sólo al público femenino sino adolescente, e incluso infantil (una encuesta particular, realizada en mayo de 1999, tomando muestra sobre 200 jóvenes de un 7mo. y un 8vo. grado de una escuela mixta pública de buen nivel, y un 8vo. y tres 9nos. grados de una escuela mixta privada, ha manifestado que el 95 % de los encuestados miran las telenovelas);

-contenidos antimatrimoniales y antifamiliares, promocionando la vida ‘en pareja’ (es decir, el vivir juntados en lugar del matrimonio válidamente constituido), las triangulaciones amorosas, los divorcios y separaciones, los rejuntes, los adulterios y las infidelidades (un estudio de este año, basado en tres canales principales de nuestro país, ha revelado que, sólo en estos canales, se transmiten setenta horas semanales de telenovelas y comedias noveladas, durante las cuales se cometen, de manera alternada, no menos de treinta y ocho infidelidades, es decir, cerca de 40 adulterios semanales);

-contenidos de sexo explícito, no sólo en canales codificados sino por los canales de cable y televisión abierta; a toda hora y para todo público;

-contenido ideológicos que en muchos programas de paneles, entrevistas, almuerzos, charlas informales, etc., dan como algo normal, alaban, excusan e incluso promueven comportamientos sexuales desviados, contranaturales, y en algunos casos ligados a psicopatologías, como son el travestismo, la homosexualidad, el transexualismo, el lesbianismo, el voyerismo (y en algunos países también la pederastia y la violencia sexual);

-etc.

La responsabilidad de los padres

Tenemos que reconocer que la educación de los hijos es descargada a menudo en la televisión; ella entretiene a los niños y jóvenes dejando a los mayores tranquilos, sin gritos, sin ruido, sin conversaciones que muchas veces los padres no saben llevar adelante. Es por eso que el Papa Juan Pablo II, en un Mensaje de 1994, ha dicho que ‘los padres que hacen uso regular, prolongado, de la televisión, como una especie de niñera electrónica, abdican de su papel de educadores primarios de los propios hijos’[14].

El Papa no niega los aspectos positivos de la televisión: Ella, dice allí, ‘puede enriquecer la vida familiar. Puede unir más estrechamente a los miembros… Puede acrecentar no solamente su conocimiento general, sino también el religioso, facilitando la escucha de la palabra de Dios…’. Pero no debemos ser ciegos a sus aspectos negativos; y por eso continúa: ‘la televisión puede también perjudicar la vida familiar: al difundir valores y modelos de comportamientos falseados y degradantes, al mandar en onda pornografía e imágenes de brutal violencia; al inculcar el relativismo moral y el escepticismo religioso; al dar a conocer relaciones deformadas, informes manipulados de acontecimientos nuevos y cuestiones actuales; al transmitir publicidad que explota y reclama los bajos instintos y exalta una visión falseada de la vida… Incluso cuando los programas televisivos no son moralmente criticables, la televisión puede tener efectos negativos en la familia. Puede contribuir al aislamiento de los miembros de la familia en sus propios mundos…; puede dividir a la familia, alejando los padres de los hijos y los hijos de los padres’. Un ejemplo tragicómico de los efectos negativos sobre la vida familiar procede del ‘plan de educación familiar para orangutanes’ experimentado en el Jardín Zoológico de San Petersburgo (Rusia). Las autoridades querían estimular los lazos familiares entre una pareja de orangutanes mediante el uso de la televisión. La noticia es sugestiva: ‘Los guardianes colocaron un aparato de televisión fuera de la jaula que ocupan los orangutanes Monika y Rabu, para que los animales viesen videos con documentales que les indicasen cómo ser ‘buenos padres’. El objetivo era ‘educar’ a los primates para que ellos, a su vez, pudieran educar a sus crías. Monika y Rabu recibieron el curso por video después del nacimiento de la cría, Ramón, en noviembre. Desde entonces, ambos orangutanes comenzaron a ser aún más negligentes con la crianza del bebé, al que casi ni le prestan atención. El macho ha engordado, ya que se pasa el día sentado frente al aparato. Desde que conoció la televisión, Rabu ignora olímpicamente a Monika (que no está menos seducida por la televisión que el macho). Iván Korneyev, director del zoológico, declaró al periódico The Moscow Times que, en vista de los cambios que se produjeron en las relaciones entre los orangutanes, las autoridades están pensando reducir el tiempo que les permiten ver televisión, a pesar de que eso los pone nerviosos; ‘queremos reducir el tiempo de televisión para que la familia pueda tener oportunidad de reencontrarse’, dijo. Se refería a los monos'[15]. ¿Y por la raza de los humanos, cómo andamos?

Por eso el Papa indica algunos criterios de educación de los padres respecto del ‘saber mirar televisión’ de los hijos y con los hijos:

-Informar anticipadamente a los hijos del contenido de los programas.

-Hacer una selección concienzuda según el bien que tal o cual programa va a hacer a la familia (el bien que se sigue del mirar o del no mirar).

-Discutir (dialogar) de la televisión con los hijos, poniéndoles en condiciones de regular la cantidad y cualidad de los programas y de darse cuenta y de juzgar los valores éticos que están en la base de determinados programas.

-Saber apagar el televisor cuando hay algo mejor que hacer, ya sea hablar con los padres y hermanos, jugar, o simplemente cuando la visión indiscriminada de la televisión puede ser perjudicial.

Hay que evitar buscar en la televisión una especie de ‘psicoterapia de la soledad’. El año pasado (1998) algunos diarios argentinos relataron el caso de Wolfgang D. (ni siquiera nos han dado su apellido), una víctima más de la soledad de las grandes ciudades. Como muchos otros hombres de nuestro tiempo, también él experimentó los efectos nocivos de una familia en la que su padre, que se emborrachaba, se tornaba luego violento con su hijo; también él, como muchos otros, formó una familia en la que no se preocupó por tener hijos, y que no intentó salvar ante las naturales dificultades e incomprensiones; también él terminó separado y sólo, enfermo, alcohólico y depresivo. También él, se incomunicó del mundo y buscó llenar el vacío de sus días con el continuo pestañear del televisor. Lo encontraron en 1998, cuando el dueño del edificio forzó la puerta de su departamento que creía abandonado desde tiempo atrás. Había muerto en 1993; su esqueleto permanecía sentado en su silla, en sus manos la revista con la programación televisiva, abierta en el día 5 de diciembre de 1993; delante suyo sólo tenía un aparato de televisión que en algún momento de esos cinco años había sufrido una falla dejando de funcionar. Cinco años estuvo su cuerpo solo, velado por esa anónima e indiferente pantalla[16].

En fin, no hay que tener miedo a ver poca y medida televisión. A alguno le parecerá exagerado escuchar que mientras menos televisión se vea es mejor; pero al menos deberá aceptar que lo contrario es una gran verdad: mientras más televisión se ve es peor (peor para la educación, peor para la vida de familia, peor para el equilibrio psicológico y afectivo de la persona). En esto estoy convencido que no hay que abusar ni siquiera de los programas buenos y educativos, ni de los programas con contenido religioso y formativo. También esto es bueno si se usa medida y prudentemente.

Hay que usar la televisión como un valioso instrumento en la construcción de la persona, pero no dejarse usar por ella en la obra (intencional o no) de destrucción de la sociedad, de la familia y de nuestras almas.

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] La Nación, sección 7, 9 de mayo de 1999, p.3. Sartori es autor de: Homo videns. La sociedad teledirigida, Taurus-Alfaguara.

[2] La Nación, 20 de octubre de 1998, p. 12.

[3] La Nación, sección 4, 5 de junio de 1997, p. 3.

[4] Cf. Tatiana Merlo Flores de Ezcurra, Ana María Rey, La televisión ¿forma o deforma? Investigación con 2.000 niños argentinos, Ed. Culturales Argentinas, Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, Buenos Aires 1983.

[5] La televisión dicta el ritmo de las clases, La Nación, 5 de octubre de 1999, p.10. Algunos de estos datos provienen del Total Research Argentina en enero de 1997.

[6] La televisión dicta el ritmo de las clases, La Nación, 5 de octubre de 1999, p.10.

[7] Niñera a toda hora, Cf. Revista Noticias, 30 de mayo de 1993, p. 114.

[8] La televisión dicta el ritmo de las clases, La Nación, 5 de octubre de 1999, p.10. Los datos están tomados de: Jorge Yarce, ‘televisión y familia’, Ed. Palabra, Madrid.

[9] La Nación, sección 4, 27 de junio de 1999, p. 1.

[10] La Nación 3 de agosto de 1999, p.9.

[11] La televisión dicta el ritmo de las clases, La Nación, 5 de octubre de 1999, p.10. La fuente es un estudio realizado por académicos de las universidades de California, Carolina del Norte, Texas y Wisconsin para la Asociación de televisión por Cable de Estados Unidos.

[12] Cf. La Nación, 19 de junio de 1998, p.14.

[13] La televisión dicta el ritmo de las clases, La Nación, 5 de octubre de 1999, p.10. La fuente de estos datos es un estudio realizado por la Universidad Nacional de Quilmes en 1997.

[14] Juan Pablo IItelevisión y Familia: Criterios para saber mirar, Mensaje de Juan Pablo II, para la XXVIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 de enero de 1994.

[15] Clarín, 17 de enero de 1999, Sección: Cultura y Nación, p. 2.

[16] Cf. Clarín, 20 de noviembre de 1998, p. 41

Freud

¿Cuáles son las partes rescatables de las posturas de Freud y que armonizan con la enseñanza y la Psicología que propone la Iglesia?

Pregunta:

Quisiera que en la medida de lo posible se hiciera una separación a modo de síntesis, respecto a la doctrina de Freud, cuáles son las partes rescatables de sus posturas y que armonizan con la enseñanza y la Psicología que propone la Iglesia. Como comentario, quiero decir que he leído sobre distintos temas en vuestra página, con mucho provecho espiritual para mí; que Dios los bendiga.

Respuesta:

Estimado/a:

Le respondo con este artículo de Antonio Orozco.

Sigmund Freud: Un mito creador de mitos

La revista Europe Today (28-XII-1995) da noticia de la protesta de 50 psicólogos, historiadores y feministas, por la celebración de una exposición dedicada a Sigmund Freud en la Biblioteca del Congreso de Washington. Las críticas no han sido atendidas. La exposición no se había organizado en torno a ningún aniversario, pero la Biblioteca del Congreso dispone de la más amplia colección de cartas y objetos del fundador del psicoanálisis y ha parecido lógico que organizase una exposición sobre ese hombre que ha marcado ‘un nuevo rumbo al pensamiento del siglo XX’.

Más de 50 años después de su muerte, la personalidad de Freud (1856-1939) sigue siendo controvertida. El premio Nobel de Medicina Sir Peter Medawar, ha calificado al freudismo como ‘uno de los pasajes más tristes y extraños de la historia del pensamiento del siglo XX’. El mismo Freud sufrió, durante su vida, duras críticas que le acusaban de poco científico, subjetivo y charlatán. Su personalidad autoritaria, la tentación de convertir a sus discípulos en leales miembros de una cuasi religión y sus trabajos especulativos sobre el fenómeno religioso y sobre la civilización, hicieron que se le tomara por un loco. Pero Freud transformó las pautas del pensamiento de su tiempo. Fue una extraña mezcla de racionalista y de profeta, destruyó unos mitos y creó otros.

‘Los científicos y los psicólogos experimentales –dice Europ Today– nunca han tenido mucho tiempo para estudiar a Freud. Ha sido más sugerente en terrenos como la literatura de la mente, o para quienes querían conocer la estructura de la psique humana y todo lo que se esconde al pensamiento cotidiano’. Sea de esto lo que fuere, es difícil no ver en algunos ambientes más o menos intelectuales, que les llegan las nuevas corrientes culturales cuando entre los profesionales más especializados ya carecen de vigencia por haber sido superadas. Pasa incluso –con las necesarias salvedades, por supuesto– en centros de enseñanza de nivel supuestamente elevado y en centros de enseñanza media.

QUÉ APORTA SIGMUND FREUD

La teoría psicoanalítica de Sigmund Freud presupone una antropología de la que podríamos hablar aquí con conocimiento de causa. Pero vamos a limitarnos a transmitir valoraciones de especialistas de reconocida solvencia en antropología y psicopatología. El asunto es relevante, porque no es infrecuente que lo freudiano se encuentre más o menos explícito en clases, tertulias televisivas y radiofónicas, en escaparates de librerías corrientes, etcétera. Se lanzan ideas al aire como si fuesen tesis indiscutibles y los inexpertos en el rigor científico se impregnan de ellas, adquieren un concepto distorsionado del hombre e insensiblemente pierden (si lo tenían) el rumbo vital.

¿No son fascinantes, por ejemplo, algunas películas del genial director cinematográfico católico Alfred Hitkoch (que muchos hemos visto y, si tuviéramos tiempo volveríamos a ver con fruición)? Ahí subyace Freud y su teoría de los sueños tramando el argumento o la clave de un suspense admirable; el análisis de los sueños conduce al descubrimiento del origen de tremendos desequilibrios psíquicos, incluso al criminal de la película.

De otra parte, no pocos católicos –y no me refiero ya a Hitkoch–, con un inexplicable complejo de inferioridad ante todo lo que parece moderno, quedan deslumbrados por el aparato científico con que el freudismo se ha venido presentando desde sus orígenes (lo mismo ha sucedido con el ya obsoleto marxismo), de tal manera que ante él sienten conmoverse los cimientos de su fe. No es que deba afirmarse simplemente que el freudismo es falso por oponerse a la fe, ni que esto no sea cierto. Lo que es de subrayar es que a estas alturas de un nuevo milenio, muchos eminentes psicólogos han demostrado, o al menos mostrado, que la antropología freudiana es insostenible. En el freudismo hay mucho de discutible y mucho de obviamente falso, aunque, como en todo lo que hace furor, algo haya de verdad. Pero lo normal es que la verdad involucrada en un inmenso error pueda hallarse también en otros campos, sin necesidad de tragarse equívocos que pueden resultar estragadores.

Hay cosas, como la energía atómica, que son ambivalentes: pueden utilizarse para el bien o para el mal. Si se utilizan mal, la culpa no es de la teoría que lo ha hecho posible. Hay también teorías que son globalmente un inmenso error, aunque contengan alguna verdad, que les presta credibilidad y fascinación. Cuando se aplican éstas, el balance es siempre letal. Pero, si satisface alguna pasión humana vehemente, es difícil de ver o reconocer. Ciertos materialismos encierran una verdad: la materia es cosa buena; el placer es deseable. Pero su error es incalculable, porque distorsiona el conocimiento de la realidad -la verdad sobre el hombre, la familia, la sociedad–, que posee una dimensión y sentido trascendente a todo lo material. Por otra parte, la verdad que pueda haber en el materialismo se puede encontrar también, y con mucha mayor riqueza, en el cristianismo, que profesa nada menos que la encarnación del Hijo de Dios. El bien que ha hecho el materialismo es exiguo; el mal, inmenso.

¿Qué bien ha hecho la antropología materialista de Freud a la medicina, a la psicología, a la ciencia en general, a los enfermos? Se dice que Freud introdujo una relación más humana con el enfermo. Pero cada día son más los que cuestionan la aportación de Freud a la medicina. El reciente descubrimiento de documentos relacionados con Freud y su círculo, además de la parsimoniosa autorización para publicar otros por parte de sus herederos, han proporcionado crecientes datos sobre el hombre y sus obras. Algunos son inquietantes. El hecho es que las historias publicadas de casos clínicos de Freud registran resultados poco convincentes o lamentables.

UN GENIO DE LA PROPAGANDA

Hans J. Eysenk, profesor de Psicología de la Universidad de Londres, ha escrito un documentado ensayo que lleva por título Decadencia y caída del imperio freudiano. Después de examinar, durante lustros, casos tratados por Freud, concluye que ‘fue, ciertamente, un genio, pero no de la ciencia, sino de la propaganda; no de la prueba rigurosa, sino del arte de persuadir; no del esquema de experimentos, sino del arte literario’. Eysenck dice que aunque parezca un juicio duro, el futuro lo respaldará. Y añade que del psicoanálisis ‘sólo nos queda una interpretación imaginaria de seudo-acontecimientos, fracasos terapéuticos, teorías ilógicas e inconsistentes, plagios disimulados de los predecesores, percepciones erróneas de valor no demostrado y un grupo dictatorial e intolerante de seguidores que no insisten en la verdad, sino en la propaganda’. Eysenck denuncia, además, que los dogmas freudianos han logrado minar valores fundamentales para la civilización, subjetivizar las normas morales y perturbar el sano ejercicio de la sexualidad.

Ante acusaciones tan duras y difíciles de rebatir, algunos de sus seguidores se han defendido: ‘Freud puede no haber sido muy hábil al practicar lo que predicaba, pero ese defecto no invalida en modo alguno sus teorías generales’. Sin embargo, el abrumador número de fracasos prácticos lógicamente ha de poner en tela de juicio la teoría. Muchos son ya los científicos de prestigio que suscribirían el epitafio que el humorista Máximo puso -en una de sus viñetas de humor negro– sobre la tumbra de Freud: ‘Sigmund Freud. Amplió ilimitadamente el desconocimiento del hombre’. Hay una riada de nuevos libros que atacan a Freud y a su invento del psicoanálisis por ‘una extensa serie de errores, duplicidades, pruebas amañadas y pifias científicas’.

LOS SUEÑOS Y LA REPRESIÓN

Su conocida ‘teoría de los sueños’ supone que los sueños son fantasías repletas de deseos. Pero no se puede demostrar científicamente. De ser verdadera, ¿a qué extraños deseos corresponderían esos sueños terribles sobre sufrimientos y desastres que tenemos alguna vez? Lo cierto es que algunos sueños pueden revelar deseos escondidos, otros esconderlos y unos terceros refutar la teoría de Freud.

Para Freud toda represión sería causa de una neurosis. Adolf Grunbaum –eminente filósofo de la ciencia y profesor en la Universidad de Pittsburgh– ha publicado un libro (Validation in the clinical theory of psychoanalysi), en el que examina desapasionadamente una serie de premisas psicoanalíticas claves: la teoría de la represión (lo que Freud denominaba ‘la piedra angular sobre la que descansa toda la estructura del psicoanálisis’). Grunbaum no pretende que la idea de los recuerdos reprimidos, por ejemplo, sea falsa. Simplemente, sostiene que ni Freud ni ninguno de sus sucesores ha demostrado alguna vez la existencia de un vínculo causa-efecto entre un recuerdo reprimido y una neurosis posterior, o entre un recuerdo recuperado y una consecutiva curación. Grunbaum, como es lógico, no se satisface con una retórica más o menos brillante, exige pruebas, y no las encuentra en las teorías freudiana de los sueños y de la represión: ‘Hay que demostrar más’.

Es difícil saber por qué Freud ha dominado de forma tan profunda la imaginación del siglo XX. Existe un difícil equilibrio entre sus pretensiones ‘científicas’ y sus atrevidas especulaciones. El profesor de Cambridge John Casey afirma: ‘Creo que me he librado de la influencia de Freud, y odio la sociología freudiana, que siempre busca motivos sexuales y ‘lapsus freudianos’ en los motivos de actuación de las personas. Pero aún así no me parece posible librarme de la figura de Freud. Creo que el pensamiento de Freud ha deformado el pensamiento occidental, y que su pseudo-ciencia no dice nada nuevo sobre el mundo. Como dijo Wittgenstein, ‘en Freud no hay sabiduría, sólo inteligencia».

SEXUALIDAD Y LIBIDO

Aquilino Polaino-Lorente (Universidad Complutense) ha escrito varios libros sobre el tema y afirma que aunque los partidarios del psicoanálisis consideren a Freud como el liberador de la represión sexual del hombre, el hecho es que no sólo no hizo tal cosa, sino algo bien distinto: ‘intentó comprender la neurosis desde un punto de vista meramente sexual y lo que hizo, en realidad, fue sexualizar la neurosis. Como consecuencia, neurotizó la sexualidad humana. No deja de ser curioso -añade el profesor- que cuanto mayor es el contacto de un cliente con las interpretaciones psicoanalíticas -un contacto siempre comprometido, porque exige creer en ellas-, más frecuentemente aparecen las neurosis sexuales. ¿Puede llamarse a esto liberación sexual?’

Algo hay de verdad en las teorías de Freud, dice el profesor Polaino. Pero añade que, en conjunto, son interpretaciones sin apenas valor científico. Freud no ha liberado a la humanidad, sino que la ha humillado. Ha pretendido que el hombre no se sienta ya dueño de sus actos. Según Freud, nuestros actos responderían siempre a una motivación inconsciente, de tal manera que no quedaría espacio para la libertad: el hombre de la interpretación freudiana no es más que un autómata instintivo al servicio de la pulsión sexual, más o menos latente.

Freud, en efecto, es uno de tantos ‘liberadores’ que niegan la libertad, porque en su antropología materialista la libertad personal que confiere dominio de los propios actos, no puede por menos de naufragar en un piélago de instintos, entre los que se destaca enormemente el sexual. Pretende ‘liberar’ de supuestas represiones, de neurosis más o menos reales y no se da cuenta -no puede desde su antropología materialista- de lo que es el hombre, de lo que es la sexualidad humana, ni siquiera de lo que es la neurosis.

Para Freud y todavía bastantes psiquiatras y psicólogos actuales (cada vez menos), la religión no sería más que el efecto de conflictos reprimidos. Las actividades del yo, el pensamiento, el juicio nacerían de la libido. Freud rechazó siempre la etiqueta de pansexualismo. Pero de hecho, en su obra, la libido está en la génesis de todos los trastornos mentales. Es más, se halla también en el origen de toda la Historia, la Cultura, el Arte y la Religión, siempre productos –estos últimos– de la sublimación de la libido. El mismo desarrollo de la personalidad, desde el nacimiento a la madurez viene explicado según hipotéticas etapas de evolución del instinto sexual, dentro del cual sería normal (!) el complejo de Edipo. Casi todas las relaciones psicológicas del hombre nacerían en esa zona instintiva sexual. De modo que si no es pansexualismo lo de Freud, al menos es una hipertrofia increíble de lo sexual. En ese contexto, la vida religiosa y la moral cristiana aparece como una enajenación o fuente de desequilibrios mentales.

Es bueno, por eso, recordar lo que ya hace lustros escribía Giambattista Torelló, profundo conocedor tanto de la ciencia psquiátrica como del fenómeno religioso : ‘La vida religiosa no engendra neuróticos, sino que es el neurótico quien deforma la vida religiosa, y en determinados casos el enfermo da exclusivos o determinados contenidos religiosos a su neurosis… Sería fácil pensar, juzgando por el contenido religioso de tales neurosis, que son de origen religioso. Lo que sucede es muy distinto: la personalidad neurótica se ha adueñado de la religiosidad para manifestarse, como habría podido, por ejemplo, instalarse en la higiene, en la sexualidad o en los celos’

Especialistas en el tema aseguran que el psicoanálisis freudiano podrá desplazar seguramente el objeto de los escrúpulos de un neurótico, pero nunca curar su neurosis que se centrará, en otros objetos. Se habrá cambiado el objeto de la neurosis, pero no curado la enfermedad. Así, por ejemplo, del escrúpulo en materia sexual, se pasará a la falsa liberación de la entrega sin condiciones (a eso se llamará liberación) al abuso de la genitalidad. El psiquiatra competente, quizá no logre curar ciertas neurosis, pero no las agravará con engaños. Si una determinada neurosis hoy por hoy no es curable, la vida de fe la hará al menos más llevadera; y en modo alguno hay que excluir que la oración obtenga de Dios no sólo el alivio sino incluso la sanación del enfermo.

Vivir la religión cristiana no sólo no altera el equilibrio psíquico de las personas normales. ‘Los ideales religiosos, vividos en intensa vida espiritual, pueden prevenir, y de hecho previenen, algunos trastornos mentales, y a veces alivian e incluso curan estados en los que los medios terapéuticos han resultado ineficaces’ (Moore). C. Jung llega a afirmar que el psicoanalista tendría pocos enfermos si la gente viviera de acuerdo con los Mandamientos. Y Victor Frankl asegura que la religión ‘resulta también psicohigiénica; es más, tiene eficacia en sentido psicoterapéutico, por cuanto recoge y ofrece asilo al hombre y le da una seguridad sin par’.

Antonio OROZCO