embriones

¿Qué hacer con los embriones congelados? ¿Se pueden implantar en un matrimonio voluntario?

Pregunta:

¿Qué hacer con los embriones congelados? ¿Se pueden implantar con una operación que, como es lógico, prescinde del acto conyugal?

Respuesta:

  Es una pregunta muy difícil, pues las dos alternativas (implantarlos o dejarlos congelados hasta morir) tienen sus contras morales. Esta encrucijada sin salida es un signo de la inmoralidad de la fecundación in vitro del posterior congelamiento embrional. Se plantea la implantación como ‘extrema ratio’. Este tema fue tocado por el P. Maurizio Faggioni, o.f.m., en ‘L’Osservatore Romano’, edición española del 30 de agosto de 1996, p. 9 y 11 (‘La cuestión de los embriones congelados’. A continuación le transcribo lo que él responde a la pregunta ‘¿Qué hacer?’.

  ‘Las actividades de manipulación de embriones y las aberrantes disposiciones legislativas que las consienten se inscriben en la mentalidad distorsionada que preside muchas prácticas de reproducción artificial. En particular, la fertilización in vitro, violando la inseparable conexión entre los gestos del amor encarnado de los esposos y la transmisión de la vida, oscurece el significado profundo del generar humano. No es, por tanto, lícito producir embriones in vitro y muchos menos producirlos voluntariamente en número excesivo, de modo que sea necesaria la crio-conservación. Ésta parece ser la única respuesta razonable a la cuestión de la congelación embrional y en tal sentido el Santo Padre ha interpelado a los hombres de ciencia. Sin embargo, el modo antinatural en que estos embriones han sido concebidos y la antinaturales condiciones en que se encuentran, no pueden hacernos olvidar que se trata de criaturas humanas dones vivientes de la Bondad divina, creados a imagen del mismo Hijo de Dios. Se nos pide entonces cómo intervenir para salvar estas criaturas, resolviendo de modo éticamente aceptable el desagradable dilema.

  Una vez que los embriones son concebidos in vitro, existe por cierto la obligación de transferirlos a la madre y solamente ante la imposibilidad de una transferencia inmediata se podrían congelar, siempre con la intención de transferirlos apenas se hayan presentado las condiciones. En efecto, el seno materno es el único lugar digno de la persona, donde el embrión puede tener alguna esperanza de sobrevivir, reanudando espontáneamente los procesos evolutivos artificialmente interrumpidos. También aquellos que -en contraste con la moral católica- considerasen justo recurrir a métodos extra-corpóreos no podrían eximirse de respetar ese mínimo ético que está constituido por la tutela de la vida inocente. Ni siquiera en caso de divorcio el marido podría oponerse a la petición de la esposa de recibir los embriones ya concebidos pues, una vez que la vida humana ha comenzado, el progenitor no tiene ningún derecho de oponerse a su existencia y desarrollo. El embrión, de hecho, no obtiene su derecho a existir de la común acogida de sus progenitores, de la aceptación de la madre o de una determinación legal, sino de su condición de ser humano. Hay que poner de relieve, por otra parte, que en un embarazo diferido, el significado de la procreación, en su compleja dinámica antropológica, es ulteriormente turbado y trastornado: la escisión artificiosa entre unión sexual (cuando ha tenido lugar) y concepción, ya drástica e inaceptable en las técnicas extra-corpóreas, se hace máxima en el caso de la implantación de un embrión crio-conservado.

  Si no se puede encontrar a la madre, o ésta rechaza la transfer, algunos autores, incluso católicos, han considerado la posibilidad de transferir los embriones a otra mujer. Se trataría de una adopción prenatal diferente de la maternidad sucedánea y de la fecundación heteróloga con donación de ovocitos: aquí no se daría una lesión de la unidad matrimonial ni un desequilibrio de las relaciones de parentesco pues el embrión se encontraría, desde el punto de vista genético, en una misma relación con ambos padres adoptivos. Los vínculos más intensos y profundos establecidos entre quien es adoptado antes de nacer y los padres adoptivos, tendrían que atenuar algunos problemas psicológicos que se observan en las adopciones tradicionales, mientras se exaltaría el sentido de la adopción como expresión de la fecundidad del amor conyugal y fruto de una generosa apertura a la vida, que lleva a la acogida en el seno de una familia de hijos privados de padres o abandonados, y sobre todo de los abandonados a causa de minusvalía o enfermedad.

  La solución, sugerida como extrema ratio para salvar los embriones abandonados a una muerte segura, tiene el mérito de tomar en serio el valor de la vida, si bien frágil, de los embriones y de aceptar con valentía el desafío de la crio-conservación buscando limitar los nefastos efectos de una situación desordenada. Sin embargo, el desorden dentro del cual discurre la razón ética marca profundamente las tentativas mismas de solución. En efecto, no se pueden silenciar los graves interrogantes que provoca está solución y, de modo particular, el temor a que esta singular adopción no logre substraerse a los criterios eficientistas y deshumanizantes que regulan la técnica de la reproducción artificial: ¿será posible excluir toda forma de selección, o evitar que se produzcan embriones en vista de la adopción? ¿Es imaginable una relación transparente entre los Centros que producen ilícitamente embriones y los Centros donde éstos serían y los Centros donde éstos serían lícitamente transferidos a madres adoptivas? ¿No se corre el riesgo de legitimar e incluso promover, inconsciente y paradójicamente, una nueva forma de cosificación y manipulación del embrión y, más en general, de la persona humana?

  En el caso de los embriones congelados tenemos un ejemplo impresionante de los inextricables laberintos en los que se aprisiona una ciencia cuando se pone la servicio de intereses particulares y no del bien auténtico del hombre, únicamente al servicio del deseo y no de la razón. Por ello, frente al alcance de las cuestiones en juego -cuestiones de vida o de muerte- el pueblo cristiano siente con más fuerza que nunca la misión, que el Señor le confió, de anunciar el evangelio de la vida y se compromete, junto con todos los hombres de buena voluntad, a responder a las problemáticas emergentes con soluciones incluso audaces, pero siempre respetuosas de los valores de las personas y de sus derechos nativos, sobre todo cuando se trata de los derechos de los débiles y de los últimos’.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

fecundación

¿Hasta qué límite es lícito ayudar a la fecundación?

Pregunta:

Estimados señores: El motivo e la presente es para darles las gracias por tan instructiva y necesaria oportunidad de responder a las inquietudes que se puedan tener de parte del pueblo católico. Quisiera preguntarles algo: mi esposa y yo tenemos seis años de casados y no hemos tenido la dicha de concebir un hijo. Hablamos con un medico para que nos dijera si teníamos algún problema; al parecer fisiológicamente no hay problema; él nos propuso lo siguiente, que es mi pregunta: Tomar una muestra de semen mía, elegir los mejores espermas y luego mediante una cánula, dejarlos en el útero de mi esposa, para que existan mayores posibilidades de fecundación ¿es esto en contra de lo que manda la Iglesia? Nuevamente muchas gracias.

Respuesta:

Estimado:

  En lo que Usted me plantea hay que resolver dos cosas donde pueden presentarse objeciones morales:

  a) el modo de obtención del esperma;

  b) la relación entre el acto del médico y el acto conyugal que han de realizar Ustedes los esposos.

  Ambas cosas han sido respondidas ya en otras consultas que se encuentran en nuestra página web; pero le resumo lo más importante y especifico de su problema.

I. CON RELACIÓN A LA OBTENCIÓN DEL ESPERMA

Las técnicas de obtención del semen masculino pueden darse en tres contextos distintos:

1º En conexión con la relación sexual:

  a) A continuación de una ‘relación interrumpida’

  b) Con el uso de preservativo

2º Después de una relación conyugal

  a) Con el uso de preservativo perforado

  b) Recogiendo el semen en el fondo de la vagina

  c) Recogiendo el semen residual en la uretra masculina

3º Separadamente de la relación conyugal

  a) Mediante masturbación

  b) Recogiendo el semen en la uretra tras polución involuntaria

  c) Con electroeyaculación

  d) Exprimiendo la próstata y vesículas seminales

  e) Con puntura del epididimo y del conducto deferente

  f) Mediante biopsia testicular

En cuanto a la moralidad, hay que distinguir:

  1º Cuando la obtención del semen es independiente del ejercicio voluntario del órgano sexual lo métodos empleados no ofrecen problema moral (pueden ofrecer deficiencias técnicas en cuanto el semen no es el semen capaz de fecundar, por lo cual sirve para determinar algunas enfermedades, pero tal vez no para identificar las causas de la esterilidad masculina). Hay que colocar aquí tanto las técnicas de obtención exprimiendo la próstata y vesículas seminales, la puntura del epididimo y del conducto deferente, la biopsia testicular; asimismo, el recoger el semen después de una polución involuntaria.

  2º En cambio cuando la obtención del semen se relaciona con el ejercicio voluntario del órgano sexual, el acto de obtención debe respetar las dimensiones fundamentales del acto conyugal, es decir: tanto su dimensión unitiva y cuanto su dimensión procreativa. Esto implica:

  a) Que es ilícita la obtención por: masturbación, relación interrumpida, relación condomada (con preservativo).

  b) Que es lícita la obtención: recogiendo el semen en el fondo de la vagina de la mujer tras el acto conyugal; o recogiendo el semen residual en la uretra masculina después del acto.

  c) Discuten los moralistas sobre la licitud sobre el uso del preservativo perforado. A. Peinador (Tratado de Moral Profesional, BAC, Madrid 1962, p. 351) piensa que no es lícito porque pervertiría el acto conyugal. Pero Mons. E. Sgreccia (Manuale di Bioetica, Vita e Pensiero, Milano 1988, p.299) Director del Centro de Bioética de la Universidad Católica del Sacro Cuore en Roma, sostiene que en sí mismo no es objetable mientras se respete integralmente el acto conyugal.

II. SUPUESTA LA OBTENCIÓN LÍCITA DEL ESPERMA: QUEDA EL QUE EL ACTO MÉDICO SE ENCUADRE COMO UNA ‘AYUDA’

Cuando se trata, como el caso que Usted me plantea, de un matrimonio bien constituido y realizándose la fecundación en el cuerpo de la esposa (fecundación ‘in corpore’), la obra del médico puede encuadrarse de dos maneras diversas, una lícita y otra ilícita: (El Magisterio de la Iglesia ha analizado el problema en varios lugares; el más importante es, sin duda, el documento de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, ‘Instrucción sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación’ –Donum vitae-, 22 de febrero de 1987; también, en la Carta a los Agentes de Salud, del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes de la Salud, nnº 21-34; y el Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 2373-2379):

1º Como un acto de inseminación artificial homóloga propiamente dicha

Esta es aquella en la que la mujer recibe el semen del esposo legítimo y la fecundación tiene lugar ‘en el mismo cuerpo’, pero se realiza separando el acto conyugal de la inseminación. En este caso es ilícita e inmoral.

2º Como una simple ayuda a la procreación (fecundación artificial homóloga impropiamente dicha)

 ‘La inseminación artificial homóloga dentro del matrimonio no se puede admitir -dice la Instrucción Donum vitae-, salvo en el caso en que el medio técnico no sustituya al acto conyugal, sino que sea una facilitación y una ayuda para que aquél alcance su finalidad natural’ (Donum vitae, II,6).Y más adelante explicita la razón: ‘El acto conyugal, por su estructura natural, es una acción personal, una cooperación simultánea e inmediata entre los cónyuges, la cual, por la misma naturaleza de los agentes y por la propiedad del acto, es la expresión del don recíproco que, según las palabras de la Sagrada Escritura, efectúa la unión ‘en una sola carne’. Por eso, la conciencia moral ‘no prohíbe necesariamente el uso de algunos medios artificiales destinados exclusivamente sea a facilitar el acto natural, sea a procurar que el acto natural realizado de modo normal alcance el propio fin’ (Pío XII). Si el medio técnico facilita el acto conyugal o le ayuda a alcanzar sus objetivos naturales puede ser moralmente aceptado. Cuando, por el contrario, la intervención técnica sustituya al acto conyugal, será moralmente ilícita’ (ibid).

¿Cuándo puede considerarse la acción de un técnico como propiamente adyuvante y sólo tal? En términos generales, cuando la acción es tal que respeta la relación inmediata de ‘causa y efecto’ entre el acto conyugal y la consecuente fecundación; ésta última debe ser efecto directo de la unión sexual entre los esposos; debe haber cierta ‘continuidad’ entre uno y otro acto: el de las personas (opus personarum) y el de la naturaleza (opus naturae). ¿Qué tipo de continuidad? Tiene que ser una continuidad a la vez temporal, real y lógica: es decir, que entre la causa que da origen al proceso (acto conyugal) y el efecto final (fecundación), debe darse un tiempo de algún modo continuo, a lo largo del cual van sucediéndose ciertas fases que son consecuencia de la causa original. Puede ocurrir que el proceso se detenga aparentemente, pero en realidad sigan latentes las tendencias naturales de los procesos biológicos y esas mismas tendencias vuelvan a poner en movimiento el proceso fecundador (por ejemplo, cuando después del acto conyugal, el semen queda en reposo un tiempo determinado en la vagina para luego retomar su tendencia natural de buscar el óvulo). No debe darse, en cambio, un hiato temporal completo entre el comienzo del proceso y el último efecto, es decir, una detención total del proceso y una posterior puesta en movimiento por un agente exterior (el médico o técnico); si así fuera, la fecundación habría que atribuirla no al acto sexual sino al que después de suspendido el proceso volvió a ponerlo en marcha desde cero (el médico o técnico).

Hay intervenciones técnicas que se limitan a aportar tal tipo de ayuda: facilitando a los gametos masculinos el sobrepasar obstrucciones en el aparato genital femenino; o, por el contrario, haciendo pasar el óvulo determinados obstáculos en las trompas de Falopio, etc. En estos casos, se encuadra dentro del concepto de ayuda, pues no sustituye la obra propia de los cónyuges y ésta es la causa inmediata de la fecundación; se corrige, simplemente, los defectos de la naturaleza.

Estos son los principios. Para hacer una valoración de un método concreto utilizado por un médico o un equipo, hace falta conocer en detalle el ‘protocolo médico’, es decir, la descripción del método y de los pasos que se siguen en el mismo (cómo se obtiene el esperma, cuánto tiempo se lo retiene fuera del cuerpo de la mujer, qué procedimientos se realizan sobre él, en qué lugar del cuerpo de la mujer es colocado, etc.). Sólo así podría valorarse moralmente un método.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

¿Podría usted decirme cómo está la situación respecto al tema de la Fecundación in Vitro?

Pregunta:

Querido Padre Miguel Angel Fuentes:

Con mi futuro esposo, asistimos a una de las charlas que en nuestra diócesis se exige a toda pareja que se quiera casar por Iglesia. Son obligatorias.

Si bien no estábamos totalmente contentos con el contenido que habían tenido las anteriores charlas, la que hemos escuchado en el día de ayer nos dejó totalmente perplejos, pues el sacerdote, hablando de la fecundación artificial, afirmó que si los embriones se cuidan y los médicos tienen cierta ética, la Iglesia permite la fecundación fuera del vientre de la madre . Yo intervine diciéndole que la Iglesia no estaba de acuerdo con la fecundación in vitro porque va contra la ley natural. Obviamente me cortó e insistió que si se hacía con cuidado la Iglesia lo permitía porque ha ido evolucionando su posición frente al avance científico.

Tanto yo como mi futuro esposo somos profesionales, y por ese motivo pudimos darnos cuenta de que hay algo extraño en estas afirmaciones, pero no sé qué pensarán los demás asistentes.

¿Podría usted decirme cómo está la situación respecto de este tema? Un sacerdote amigo a quien consultamos me dio a leer la ‘Donum Vitae’; quisiéramos saber si existe alguno más reciente, ya que el argumento del sacerdote que dio la charla se funda en que la Iglesia ha ido evolucionando con el tiempo.
Desde ya muchísimas gracias.

Respuesta:

Estimada:

Lo que ha afirmado ese sacerdote sobre la fecundación ‘in vitro’ o ‘extra corporal’ no tiene ningún fundamento magisterial (si es que él se ha referido a este procedimiento que no hay que confundir con las técnicas de ‘ayuda a la procreación’: vea la nota que pongo al final ). Más bien contradice explícitamente el magisterio de la Iglesia. La Instrucción ‘Donum vitae’ (de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe), que usted ya posee según me dice, es clarísima al respecto y no necesita de nuevos documentos porque su dictamen es definitivo al respecto. Por eso dicha Instrucción no se limita a analizar técnicas del pasado o contemporáneas a ella, sino lo que se denomina en ética un ‘caso simple’ (del inglés ‘simple case’). Textualmente dice lo siguiente: ‘Por las mismas razones, el así llamado ‘caso simple’, esto es, un procedimiento de FIVET homóloga libre de toda relación con la praxis abortiva de la destrucción de embriones y con la masturbación, sigue siendo una técnica moralmente ilícita, porque priva a la procreación humana de la dignidad que le es propia y connatural’ . El ‘simple case’ es el caso ideal, que de hecho no ha sido logrado todavía científicamente, en el cual se reunirían todas las condiciones ‘óptimas’: sólo se usan gametos de los esposos legítimamente casados, no se recurre a la masturbación, sólo se usa un óvulo para evitar fertilizaciones múltiples, se descarta cualquier práctica abortiva incluso en el caso de que se detecten malformaciones en el bebé, no se recurre al congelamiento del embrión, etc. Este caso (al que la técnica no ha llegado ni tal vez llegue en un futuro más o menos próximo), sigue siendo ‘moralmente ilícito’ porque persiste el problema moral esencial: la disociación de la dimensión unitiva (acto conyugal normal) y la procreativa y la degradación de la dignidad del concepturo sobre el que se aplica un acto propio de la técnica (el ‘fabricar’; actos con los que tratamos las cosas materiales) y no de la moral (el ‘obrar’: únicos actos con que se trata dignamente una persona humana).

La misma doctrina puede leerse en el Catecismo de la Iglesia Católica n. 2377: ‘Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales homólogas) son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables ‘.

Una afirmación del mismo tenor, pero menos explicada está en la Encíclica Veritatis splendor 47.

Si ese sacerdote tiene a su favor algún documento autoritativo de la Iglesia que diga lo contrario a estos textos, yo tendría suma curiosidad en conocerlo.

En Cristo y María

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

Nota: evidentemente mi juicio se refiere a la fecundación in vitro, según dice usted en su mail. Parto de la base de que usted ha entendido bien al sacerdote y de que él no ha confundido los términos con la llamada ‘ayuda a la procreación’, mal llamada (o ambiguamente llamada) ‘inseminación artificial impropiamente dicha’ (de la que ya habla como lícita en algunos casos, Pío XII y la misma Instrucción Donum vitae). Vea sobre esto en mi artículo y el excelente artículo de Mons. Caffarra

fecundación artificial

La fecundación artificial, ¿deja consecuencias psicológicas en los esposos?

Pregunta:

Estoy felizmente casada, pero lamentablemente no hemos podido tener hijos. Algunos médicos nos han hablando de recurrir a la fecundación artificial, y estamos indecisos ante la situación. En estos momentos estamos estudiando el tema con mi esposo y por eso recurro a usted para consultar puntualmente una cosa: ¿es posible que el recurso a la fecundación artificial puede tener alguna consecuencia en el orden psicológico (de hecho una psicóloga nos advirtió de esto, pero no fue muy explícita)?

Respuesta:

Estimada:

Sobre este tema el Doctor Gianfrancesco Zuanazzi ha hecho un importante estudio que le recomiendo leer (1). Este médico psiquiatra analiza los problemas psicológicos de cada una de las técnicas y de cada una de las personas implicadas (me refiero aquí a las técnicas que caen de modo pleno bajo el concepto de “fecundación artificial” y no a los métodos que se limitan a ayudar a la fecundación de los esposos(2)). El trabajo, si bien se maneja en gran parte –como señala el mismo Zuanazzi– en el campo de las hipótesis, es muy valioso. Sólo resalto algunas observaciones:

1º Se mezclan también otros motivos: el hijo que se busca de modos extraños a la fecundación natural significa muchas veces, para la mujer, la búsqueda de la coronación de la propia feminidad, la satisfacción de ambiciones egocéntricas o el intento de colmar un vacío. El hijo, de este modo, es un objeto: un objeto que viene a reparar un luto, una dificultad conyugal o una ambición frustrada. En este sentido, la fecundación artificial responde las más de las veces a la confusión entre “ser padres” y “tener un hijo”, identificándose con la segunda, la cual conlleva una mentalidad posesiva: el hijo se convierte en “un objeto de posesión”, como indica E. Fromm, y no ya un inmerecido don de Dios.

2º En la inseminación artificial, la disociación entre sexualidad unitiva y procreativa coloca la psicología de la paternidad en el plano de la “producción” o “fabricación” de un hijo, desplazando el auténtico plano de la “aceptación” del hijo como “don” y “misterio”. En este ámbito de la fecundación como “fabricación” los roles de los cónyuges cambian:

a) el hombre, cuando es fecundo, pasa a ser considerado como “el macho reproductor” del cual se solicita el semen para “hacer fabricar” a la “partner” un niño por medio de otra persona (el médico); se señalan reacciones neuróticas y depresivas en algunos hombres que, ya dudosos de su propia virilidad, se ven obligados a masturbarse dos veces al mes por un tiempo más o menos largo en condiciones no muy confortables; en cuanto a la obtención del semen con técnicas postcoitales coloca a menudo a la pareja en una situación vergonzosa;

b) la mujer pasa a no ser otra cosa que un vientre ordenado a la producción de óvulos y su máximo empeño consiste en vigilar su propio ciclo menstrual en la espera de eventuales signos de embarazo;

Todo esto implica una despersonalización de la sexualidad.

3º Otra consecuencia psicológica (de la que no se habla mucho) viene por el lado de los fracasos. Estas técnicas tienen un alto índice de fracasos. Cuando esto adviene tiene lugar, en la pareja, una gran desilusión, tristeza, sentimiento de pérdida y de luto (sin el sostén por parte del ambiente como ocurre en un luto real). Algunas personas insisten de modo casi maníaco con la fecundación in vitro y posterior implantación embrional, corriendo el riesgo de comprometer el equilibrio psíquico y dañar su salud física.

4º Más importantes son las consecuencias en la fecundación artificial heteróloga (es decir, cuando se usa algún gameto de una persona que no es ninguno de los dos cónyuges, ya sea óvulos donados o esperma donado), pues a la disociación entre sexualidad y reproducción se añade la disociación entre reproducción y filiación: el hijo que se produce no es de uno. Se dan aquí fantasmas y miedos numerosos: miedo a cómo será el hijo, a futuros males o taras heredados del padre/madre desconocido. En la mente de la mujer el donador es muchas veces magnificado, imaginándolo superior al propio marido, estéril. Aparecen también los fantasmas del adulterio; miedos a que el marido termine rechazando al hijo que no es suyo. Miedos en el marido que se siente inferior a la mujer e inferior al padre biológico de su hijo. A veces hay rechazo al ejercicio de la sexualidad después de obtener un hijo por estos medios.

5º Graves son también las consecuencias psicológicas en el caso del útero alquilado (es decir, cuando se recurre a una mujer que por dinero o por otras razones “alquila” su útero para llevar adelante la gestación, sea porque la madre verdadera no quiere llevar el trabajo del embarazo o porque no puede físicamente): durante todo el tiempo del embarazo se establecen lazos importantes entre el niño y su gestante, a la que reconoce como madre en la voz, en el modo de ser, en sus gestos; el nacimiento y la entrega a la madre “auténtica” implica para la creatura un “desarraigo” de quien lo ha gestado. Debe empezar a conocer nuevamente a quien lo llevará como madre; desconoce su voz, sus gestos, su psicología… Algo equivalente ocurre en la misma madre sustituta.

6º Notables reacciones psicológicas recaen en el mismo niño concebido por fecundación artificial por medio de donador/a a quien muchas leyes imponen el derecho de conocer su origen “adoptivo”, lo que se limita, en general a conocer el “modo” en que fue concebido, pero no la identidad de su padre o madre donadores anónimos.

Estos son algunos de los problemas analizados más profundamente y en detalle por Zuanazzi; creo que son suficientes para que las cuestiones psicológicas también influyan en el juicio moralmente negativo de la fecundación artificial.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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(1) Cf. Gianfrancesco Zuanazzi, Relazioni personali e procreazione artificiale, Anthropotes 1[1998], 81-96.

(2) Se considera simplemente una “ayuda” y no una “sustitución” del acto conyugal cuando se realiza lo que se denomina “inseminación artificial impropiamente dicha”. Dice la Instrucción Donum vitae: “La inseminación artificial homóloga dentro del matrimonio no se puede admitir, salvo en el caso en que el medio técnico no sustituya al acto conyugal, sino que sea una facilitación y una ayuda para que aquél alcance su finalidad natural” (Instrucción Donum vitae, II,6). Y más adelante expresa la razón de este juicio: “La conciencia moral ‘no prohíbe necesariamente el uso de algunos medios artificiales destinados exclusivamente sea a facilitar el acto natural, sea a procurar que el acto natural realizado de modo normal alcance el propio fin’ (Pío XII). Si el medio técnico facilita el acto conyugal o le ayuda a alcanzar sus objetivos naturales puede ser moralmente aceptado. Cuando, por el contrario, la intervención técnica sustituya al acto conyugal, será moralmente ilícita” (ibid). Sobre este tema puede consultar más ampliamente el artículo que ya he publicado en: Miguel Ángel Fuentes, El Teólogo Responde, vol. 1 (caso 16), ed. del Verbo Encarnado, San Rafael 2001, pp. 63-68.

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