domingo día del Señor

¿El sábado o el domingo?

 Algunas de las consultas al respecto:

El motivo de que le escriba es porque últimamente he estado leyendo la Biblia con una amiga y su familia, pero ellos pertenecen a la (religión) Adventista. Yo me he confundido, pues ellos dicen es la religión verdadera porque siguen los mandamientos de Dios, de los cuales mencionaré uno: Guardan sábados, pues en la misma Biblia dice que el sábado fue santificado y bendecido por Dios; y no sé por qué la católica guarda los domingos

Otro:

Agradeceré si me pueden responder ante una duda que no logro canalizar por los carriles adecuados: En el Éxodo 20,8-10 dice: “Acuérdate del día sábado para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas; pero el séptimo día de descanso en honor del Señor, tu Dios, en él no harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo Pregunto: ¿por qué el catolicismo modificó este día (del sábado al domingo)? ¿En qué época fue? ¿Quién/quiénes lo llevaron a cabo? Agradeceré alguna explicación o algún texto específico sobre este tema.

Respuesta:

El tema de la observancia “dominical” (descanso del día domingo) entre los católicos (y muchos cristianos no católicos), ha sido objeto de críticas y ataques por parte de algunas sectas, en particular los Adventistas del Séptimo Día, quienes hacen fuerza en la observancia del descanso sabático.

Al respecto también he recibido otro tipo de consultas, de las que quiero destacar sólo una por el sofisma que encierra; en efecto, me escribía un lector: “¿Puede usted decirme, sin usar patrística, dónde aparece en las Sagradas Escrituras la palabra ‘día de la Resurrección’ o (domingo)? Si usted lo hace, bíblicamente, vuelvo a la Iglesia de Roma”. Esta persona jamás podrá volver a la Iglesia católica por esta vía; si opone la Tradición (patrística, en sus palabras, aunque no se reduce en realidad a los escritos de los Padres de la Iglesia) a la Sagrada Escritura, ni siquiera tiene sentido probar bíblicamente cualquier verdad cristiana, salvo por curiosidad histórica, puesto que del hecho de que algo esté contenido en la Biblia no se sigue que sea revelado por Dios; para probar esto hace falta el paso fundamental: probar que la Biblia es Palabra de Dios y para este paso ¡hace falta la garantía de la Iglesia con su tradición y magisterio (como ya hemos explicado hasta el cansancio desde el primer capítulo)! Y si la Tradición puede probar que la Biblia es Palabra de Dios, al mismo tiempo demuestra su autoridad para determinar la interpretación de determinadas afirmaciones bíblicas o usos bíblicos y sus cambios litúrgicos posteriores. Perdonen los lectores (si este escrito tiene alguno) la reiteración de estos conceptos, pero son claves para no dejarnos engañar.

Para responder a esta cuestión del descanso sabático hebreo y la posterior práctica cristiana del descanso dominical, quiero dejar sentado una verdad de constatación muy simple, pero que es dejada de lado por los acérrimos defensores del estricto descanso sabático (y por el mismo motivo de que esto es dejado de lado, siendo tan notorio, me animo a pensar con un poco de malicia, que la defensa del sábado no es sino una excusa para atacar a la Iglesia católica golpeando una de sus prácticas religiosas): se trata del hecho de que son muchos más que el sábado los mandatos de Dios del Antiguo Testamento que no practicaron los primeros cristianos y que fueron reemplazados por otros ritos. Por ejemplo, la circuncisión (del latín circumcido, “corto alrededor”; en hebreo müláh; es la ablación total o parcial del prepucio en los varones, y el corte del clítoris en las mujeres) prescrita por Dios a Abraham y a toda su descendencia masculina -entre los hebreos es desconocida la circuncisión femenina, practicada en cambio en otros pueblos- como puede leerse en Gn 17,10-14: Ésta es mi alianza que habéis de guardar entre yo y vosotros y también tu posteridad: Todos vuestros varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio, y eso será la señal de la alianza entre yo y vosotros. Este rito tuvo una importancia fundamental para el pueblo judío, al punto tal que “el sábado y la circuncisión fueron los dos principales distintivos del judaísmo durante la cautividad de Babilonia y la época helénico-romana, cuando la circuncisión se convirtió en argumento de escarnio por parte de los paganos”[1]. Si tomamos las palabras de Dios en este texto, el precepto no parecería destinado a prescribir y fue practicada en el mismo Juan Bautista y en Jesús (cf. Lc 1,58 ss; 2,21 ss), y sin embargo el Concilio de Jerusalén fue terminante en no obligar a los convertidos de la gentilidad (cf. Hch 15,1 y ss), y San Pablo en varias ocasiones demostró la inutilidad del rito después de la muerte redentora de Cristo (cf. Gal 5,2; 6,12; Col 2,11). A partir de entonces, se entiende la circuncisión verdadera como la circuncisión espiritual, la liberación del pecado y la sumisión a Dios (cf. Ro 2,28; Col 2,11). Hay que señalar que, a pesar de estos testimonios apostólicos, los judeocristianos siguieron practicándola y para no desairarlos los apóstoles en algunas ocasiones se conformaron con este uso (cf. Hch 16,3). Lo mismo se diga de las prácticas religiosas judías (fiestas religiosas como la Pascua Judía, los Tabernáculos, sacrificios de animales, oblaciones, etc.). Por tanto, el cambio del descanso sabático no es un hecho aislado o único en los cambios introducidos por los primeros cristianos.

Es muy importante señalar que los apóstoles, en la discusión sobre la circuncisión de los gentiles (cf. Hch 15,1 y ss), no hablan de una nueva revelación de Dios sino que deducen la no obligatoriedad de la intención profunda de Dios en la vocación de los gentiles; igualmente San Pablo en sus cartas, no aduce una nueva revelación de Dios sino que él ve cumplido en la Redención obrada por Cristo lo que aquél rito significaba, por eso lo ve transportado espiritualmente a otros símbolos, como el bautismo y la fe. Es cierto que de estos ejemplos que estoy dando, la misma Escritura da testimonio (es decir, de la caducidad de este rito concreto) y alguno podrá decir que esto sí está revelado por Dios en la Biblia. Pero en esto la Biblia no hace más que darnos el ejemplo de la actitud que tomaron los apóstoles para “entender” el designio divino. Y cuidado con extremar este argumento, pues deberían concluir que a sus conversos provenientes del judaísmo deberían circuncidarlos, pues la Biblia dice que Pablo hizo esto con Timoteo para evitar discusiones con los demás judíos (cf. Hch 16,3).

Históricamente hablando, los primeros cristianos siguieron en un principio observando el sábado y aprovechaban las reuniones sabáticas para anunciar el Evangelio en el ambiente judío (cf. Hch 13,14). Sin embargo, al poco tiempo, en la primitiva Iglesia se empezó a usar como día de culto el primer día de la semana (nuestro Domingo). Y tenemos testimonio de esto en los mismos escritos bíblicos (¡esto va para el que me pedía un testimonio bíblico!): El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para partir el pan… (Hch 20,7). Entre los primeros cristianos no era llamado “domingo” todavía. El “Partir el pan” del que habla aquí Lucas, designaba entre los primeros cristianos la celebración de la Eucaristía. Es, entonces, muy claro que los primeros cristianos tenían su reunión litúrgica -la Santa Misa- en el día Domingo, tal como se hace hoy. En 1Co 16,2 recomienda Pablo a los corintios que depositen “el día primero de la semana” su contribución a la colecta para Jerusalén; el pasaje parece atribuir a este día una importancia especial en la vida litúrgica de la ciudad. La primera vez que aparece la expresión “día del Señor” es por obra de Juan, en el libro Apocalipsis: Sucedió que, un día del Señor, quedé bajo el poder del Espíritu Santo (Ap 1,10). Recordemos que de esta expresión “día del Señor” (no necesariamente de este texto joánico) viene nuestro término “domingo”: día del Señor, dies-domini o dominica dies. El primero que usa el término “domingo” es Justino[2]; pero hay otros escritos antiquísimos que señalan la costumbre que se tomó en los primeros tiempos, aún en vida de los apóstoles. Así, por ejemplo, la Didajé o Doctrina de los Doce Apóstoles afirma: “Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro” (este escrito, descubierto íntegro en 1875 en Constantinopla, pues se conocían antes sólo citas fragmentarias en obras de otros autores como Clemente y Orígenes, Eusebio de Cesarea, etc., es el escrito cristiano más antiguo no canónico, es decir, el más antiguo de los libros que no son aceptados por la Iglesia como inspirados por Dios y por tanto pertenecientes al canon bíblico pero de indudable ortodoxia; es anterior al año 140, pues ya es citado en esta fecha por Hermas en su Pastor?[3]). Y más explícitamente, San Ignacio de Antioquia, en su carta a los Magnesios (anterior al 107, fecha de su martirio) escribía de los conversos al cristianismo, que vivían en “la novedad de la esperanza, no guardando ya el sábado, sino viviendo según el domingo, día en que también amaneció nuestra vida por gracia del Señor y mérito de su muerte”[4].

El argumento fundamental que determinó la consagración del “primer día de la semana” como “día del Señor” (domingo), fue la resurrección de Cristo. Los cuatro evangelistas concuerdan en que la resurrección de Cristo tuvo lugar en “el primer día de la semana”, que corresponde al día que ahora llamamos Domingo. (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1; Jn 20,1 y 19). El hecho de la resurrección de Cristo en el día Domingo, para los discípulos era altamente significativo y será desde entonces el centro de la fe cristiana. El domingo, los católicos nos reunimos para celebrar el memorial de la muerte y resurrección del Señor.

Los Adventistas del Séptimo Día y otras sectas que defienden la celebración del sábado en lugar del domingo, interpretan la Biblia no en forma literal (no hay que concederles esta expresión como muchas veces quieren, pues no son verdaderamente literales sino cuando les conviene) sino parcial, y olvidan que Jesús completó y perfeccionó el Antiguo Testamento e instituyó una Nueva Alianza. No se puede estudiar la Biblia en base a textos aislados, ya que en algunos temas, la Revelación Divina sigue en la Sagrada Escritura una evolución progresiva; y, sin seguir esa evolución en los diversos libros inspirados, es prácticamente imposible comprender el verdadero sentido de una enseñanza bíblica. Tampoco se puede entender la Escritura (¡ya lo hemos dicho tantas veces que pedimos disculpas!) sin la tradición que nace de los apóstoles[5].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Budde, The Sabbath and the Week, “The Journal of Theological Studies” 30 (1928), pp. 1-15;

North. The Derivation of Sabbath, “Bíblica” 36 (1955), pp. 182-201;

Celada, Dos importantes investigaciones acerca de la semana y el sábado, “Sefarad” 12 (1952), PP- 31-58.

Pueden verse también los artículos “Sábado” en los distintos Diccionarios de la Biblia.

[1] Se puede ver al respecto la voz Circuncisión en el Diccionario de Spadafora, ya citado (pp. 113-115).

[2] Justino, Apología, I, 67.

[3] Se puede ver un buen estudio sobre la Didajé en: Daniel Ruíz Bueno, Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1965, pp. 3-75.

[4] El texto está en Carta a los Magnesios, IX, 1; Se puede leer esta carta en: Padres Apostólicos, op. cit., pp. 460-467.

[5] Para quien interese, transcribo las palabras con las que Juan Pablo II explica el sentido teológico profundo de este cambio del sábado al domingo (cf. Carta Apostólica “Dies Domini”, n. 18): “Dado que el tercer mandamiento depende esencialmente del recuerdo de las obras salvíficas de Dios, los cristianos, percibiendo la originalidad del tiempo nuevo y definitivo inaugurado por Cristo, han asumido como festivo el primer día después del sábado, porque en él tuvo lugar la resurrección del Señor. En efecto, el misterio pascual de Cristo es la revelación plena del misterio de los orígenes, el vértice de la historia de la salvación y la anticipación del fin escatológico del mundo. Lo que Dios obró en la creación y lo que hizo por su pueblo en el Éxodo encontró en la muerte y resurrección de Cristo su cumplimiento, aunque la realización definitiva se descubrirá sólo en la parusía con su venida gloriosa. En él se realiza plenamente el sentido “espiritual” del sábado, como subraya san Gregorio Magno: “Nosotros consideramos como verdadero sábado la persona de nuestro Redentor, Nuestro Señor Jesucristo”. Por esto, el gozo con el que Dios contempla la creación, hecha de la nada en el primer sábado de la humanidad, está ya expresado por el gozo con el que Cristo, el domingo de Pascua, se apareció a los suyos llevándoles el don de la paz y del Espíritu (cf. Jn 20,19-23). En efecto, en el misterio pascual la condición humana y con ella toda la creación, “que gime y sufre hasta hoy los dolores de parto” (Rm 8,22), ha conocido su nuevo “éxodo” hacia la libertad de los hijos de Dios que pueden exclamar, con Cristo, “¡Ábbá, Padre!” (Rm 8,15; Ga 4,6). A la luz de este misterio, el sentido del precepto veterotestamentario sobre el día del Señor es recuperado, integrado y revelado plenamente en la gloria que brilla en el rostro de Cristo resucitado (cf. 2C0 4,6). Del “sábado” se pasa al “primer día después del sábado”; del séptimo día al primer día: el dies Domini se convierte en el dies Christi!”

pecado original

¿Adónde dice la Biblia que María fue subida al cielo o que fue concebida sin pecado original?

Pregunta:

¿Adónde dice la Biblia que María fue subida al cielo o que fue concebida sin pecado original y los demás dogmas católicos?

Respuesta:

Ya he dicho reiteradamente, que sostenemos, los católicos, con fundamento, que las fuentes de la Revelación son dos: la Palabra de Dios escrita y oral; Biblia y Tradición. Ya lo hemos probado. Me remito a los argumentos sentados más arriba. En base a ellos, el magisterio, según las necesidades de los tiempos, (en muchos casos las diversas herejías que fueron surgiendo) y la maduración teológica, ha proclamado de modo solemne que tal o cual verdad ha sido revelada por Dios y se encuentra contenida en ciertas afirmaciones bíblicas, y han sido siempre entendidas en este sentido por la Iglesia (la tradición).

Teniendo esto en cuenta, podemos decir que el fundamento para sostener las verdades que en este punto se consideran, ha sido expuesto por los Papas en los documentos en que se han proclamado los referidos dogmas.

En cuanto a la inmunidad de pecado original (inmaculada concepción de María), existen dos puntos de apoyo en la Sagrada Escritura.

El primer texto, es el pasaje clásico de Gn 3,15, (Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: …Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar); si se entiende el pasaje de Cristo –el linaje de la mujer contra el cual se alzará el linaje de la serpiente– entonces hay que ver en la mujer de la cual procede este linaje no sólo a Eva, sino de modo inmediato a María, madre de Jesús. Si la enemistad es total, debe excluir (así lo ha entendido la tradición) toda connivencia con el pecado, puesto que “quien comete pecado es esclavo”, como dice Jesús (cf. Jn 8,34); por tanto, no sólo el linaje de la mujer sino la misma mujer que es madre de ese linaje, debe estar exenta de todo pecado. Esto no lo puede cumplir Eva, pero sí María.

En el Nuevo Testamento, el fundamento es el pasaje de la Anunciación, en la que el ángel llama a María con la palabra griega “kejaritôménê” (Lc 1,28). Esta palabra significa, como indica C. Pozo[1], que María tiene, de modo estable, la gracia que corresponde a su dignidad de Madre de Dios. La reflexión de la fe, sigue diciendo el mismo teólogo, descubrió que esa gracia es una “plenitud de gracia”. Más aun, que la única plenitud que verdaderamente corresponde a la dignidad de Madre de Dios, es aquélla que se tiene desde el primer instante de la existencia, es decir, una santidad total que abarque toda la existencia de María.

Éstos son los fundamentos; evidentemente no bastan por sí solos, ni la Iglesia pretende que así sea; está además la interpretación de toda la tradición de la Iglesia y del magisterio en particular.

Ya desde el siglo II aparecen fórmulas que indican la íntima asociación de María y Cristo, el Redentor, en la lucha contra el diablo. La idea se expresa en el paralelismo Eva-María, asociada al nuevo Adán (que ningún protestante piense que, si el paralelismo es entre Eva y María/Nueva Eva, entonces se está insinuando su pecado por cuanto Eva pecó, pues el mismo paralelismo pone en el otro término a Adán-Cristo; por tanto si Adán es figura de Cristo, pero no en cuanto a su pecado sino en cuanto a ser principio, lo mismo vale para Eva como figura de María, en cuanto madre de los vivientes “en la gracia”). Tenemos textos al respecto ya en el siglo II, de san Justino, san Ireneo, etc. En el siglo IV se cultiva más el tema de la plenitud de gracia en María, con hermosos textos de San Ambrosio, San Agustín, San Máximo de Turín (quien dice, por ejemplo, “María, habitación plenamente idónea para Cristo, no por la cualidad del cuerpo sino por la gracia original”), etc. A medida que pasan los siglos, la conciencia se va haciendo más clara al respecto. Los textos pueden verse en las obras especializadas[2]. Algo digno de consideración, es que hay testimonios de una fiesta consagrada a la Concepción de María a fines del siglo VII o comienzos del VIII.

Es muy importante la controversia entre los teólogos católicos sobre este tema, surgida en torno a los siglos XII-XIV, a raíz de teorías que consideran que la afirmación de la inmaculada concepción de María, implicaría que Nuestra Señora no habría sido redimida. Una inmaculada concepción que se oponga a la redención universal de Cristo no puede ser aceptada por la verdad católica; en razón de esto, algunos teólogos, pensando que ambas verdades eran incompatibles –a menos que el magisterio auténtico declarase el modo misterioso de esta compatibilidad– se inclinaron por negar esta verdad, diciendo que María habría sido concebida con pecado original, pero inmediatamente, en el primer instante, habría sido limpiada del mismo por el Espíritu Santo. Debemos recordar que, paralelamente a esta controversia, el pueblo sencillo, intuyendo el misterio, siguió profesando esta verdad, ajeno a las difíciles especulaciones teológicas. Desde el siglo XV en adelante, volvió a profesarse con serenidad esta verdad, incluso muchas universidades (como las de París, Colonia, Maguncia, etc.) impusieron el juramento de defender la inmaculada concepción antes de la colación de grados académicos. Destacable es también que el concilio cismático de Basiela (año 1439) definió como dogma de fe la doctrina de la Inmaculada Concepción. El Concilio de Trento manifiesta explícitamente, que su decreto admirable sobre el pecado original no intenta tocar el tema particular de María[3]. Finalmente, llega la definición dogmática por parte de Pío IX, aclarando que María es inmaculada y la primera redimida (redimida por anticipación; por aplicación anticipada de los méritos de Cristo, y que tal doctrina está revelada por Dios)[4].

En cuanto a la asunción de María, es decir, la doctrina que dice que María, después de su vida terrestre fue llevada en cuerpo y alma al cielo (sin definir si pasando por la muerte –a lo que se inclinan la mayoría de los teólogos– o por un estado de dormición), encuentra sus fundamentos bíblicos también en el texto de Gn 3,15, ya citado, pues se basa en la asociación perfectísima de María a Cristo en todos sus misterios (la encarnación, donde se pide su consentimiento; el nacimiento; su acompañamiento en la vida pública; el comienzo de sus obras en las bodas de Caná; su presencia al pie de la Cruz; su presencia en Pentecostés, etc.), que invitan a considerar su asociación al misterio de la muerte de su Hijo (para muchos teólogos, como he dicho), su posterior resurrección y ascensión a los cielos y su coronación. También suele aducirse el texto de Apocalipsis 12,1 (Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza), aunque este texto se aplica también a la Iglesia y al Israel de Dios.

Pío XII, en la Constitución Apostólica “Munificentissimus Deus” procedió de modo mixto, por medio de una argumentación que apelaba a: (a) que los Padres desde el siglo II afirman una especial unión de María, la Nueva Eva, con Cristo, el Nuevo Adán, en la lucha contra el diablo; (b) en Gn 3,15 la lucha de Cristo contra el diablo había de terminar en la victoria total sobre el demonio; (c) según san Pablo (cf. Ro 5-6; 1Co 15,21-26; 54-57), la victoria de Cristo contra el diablo fue victoria sobre el pecado y la muerte; (d) por tanto, hay que afirmar una especial participación de María –que debería ser plena, si su asociación con Cristo fue plena– que termine con su propia resurrección y triunfo sobre la muerte.

Esto está corroborado con testimonios de la tradición más antigua, tanto de los Padres como de la liturgia de la Iglesia (la fiesta de la Dormición se celebra en Jerusalén desde el siglo VI y hacia el 600 en Constantinopla), etc. Véase para todos estos testimonios, los textos indicados más arriba.

Los protestantes pueden estar en desacuerdo con estas enseñanzas, pero deberán reconocer que sus negaciones sistemáticas son más recientes en el tiempo que los testimonios de la misma tradición. Por eso, los primeros apologistas los llamaron “novadores”: los innovadores o inventores de doctrinas.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Pozo, María en la obra de la salvación, BAC, Madrid 1974;

José de Aldama, María en la patrística de los siglos I y II, BAC, Madrid 1970;

Gregorio Alastruey, Tratado de la Virgen Santísima, BAC, Madrid 1947;

B. Carrol, Mariología, BAC, Madrid 1964;

Ignace de la Potterie, La anunciación del ángel a María en la narración de San Lucas, en: “Biblia y Hermenéutica”, Actas de las Jornadas Bíblicas, San Rafael 1998, Ed. Verbo Encarnado 1998, pp. 141-166.

[1] Cf. Cándido Pozo, op. cit., p. 298.

[2] Pueden verse las citadas más arriba; por ejemplo, Pozo, pp. 298 ss. Este autor trae también muchas indicaciones bibliográficas.

[3] Cf. DS 1516.

[4] Cf. DS 2803.

María en la obra de la Salvación

El lugar de María en la obra de la Salvación

He recibido varias objeciones sobre este tema que apuntan contra esta verdad; por ejemplo:

Lee el nuevo testamento, ¿dónde dice el papel de María?, ¿desde cuándo es mediadora? En una revista católica leo que “si con razón podemos decir que Jesús es camino que nos lleva al Padre, también es el camino que nos lleva a María”. Confieso que esta afirmación me ha llenado de estupor. Uno está acostumbrado a que en el seno del catolicismo se ensalce, sin fundamento bíblico, la figura de María y de los Santos. Así, pues, uno ha oído muchas veces que es Mediadora (aunque Jesús dijo “Yo soy el Camino… nadie va al Padre si no es por Mí”), Corredentora (como si la Sangre de Cristo no fuera de valor infinito, y suficiente para redimirnos). Pero uno no había leído todavía que Cristo quedara rebajado a mediador entre nosotros y la Virgen. Tantas connotaciones idolátricas en la Iglesia Católica, hacen que uno a veces empiece a no entender nada. Entre el Papa, la Virgen, los Santos, ¿queda algún lugar para Jesús? Francamente, leyendo las Escrituras, uno llega antes a Lutero que al Vaticano.

No entiendo por qué en la Iglesia Católica, se insiste en poner a María como mediadora de los hombres y mujeres con Dios, cuando Jesús mismo nos dice que él es el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre sino es por él. Este mensaje es claro.

Respuesta:

Junto al de su perpetua virginidad, el más difícil para los protestantes es el “lugar” que ocupa María en la doctrina católica de la salvación, es decir, su función mediadora o intercesora. Algo de esto hemos insinuado al hablar del “culto a los santos”. Hemos ya dejado sentado que no se trata de adoración, acto que, en caso de dirigirse a una criatura distinta de Dios, está condenado por la doctrina católica como pecado gravísimo.

Esto lo han reconocido convertidos al catolicismo: “la doctrina católica que más me costó aceptar era el papel de María en la Iglesia (…) Siempre había creído que pedirle a María que intercediera por nosotros, era contrario a la enseñanza de la Biblia de que Cristo es el ‘solo mediador entre Dios y los hombres’ (cf. 1Tim 2,5)”, dice por ejemplo Tim Staples[1].

El papel mediador de María Santísima está atestiguado por su actitud en el Evangelio, particularmente en las Bodas de Caná, como se puede leer en el evangelio de San Juan (2,1-11). Allí, y nadie puede negarlo, María intercede, es decir, pide a su Hijo Jesucristo que ayude a los novios que están en una situación muy comprometida en su fiesta de bodas. Y Jesucristo, comenzando con una misteriosa frase que pareciera insinuar una especie de resistencia inicial, hace finalmente su primer milagro a pedido de María.

En pocos otros episodios del Evangelio aparece tan magnífico el papel mediador de la Virgen junto a su relación intrínseca con Jesucristo. Ella misma dice a los sirvientes de la fiesta: haced lo que él [Jesús] os dirá. Con su mediación Ella no desplaza a Jesús, sino que lleva a los hombres a Jesús. En una oportunidad, una persona me escribió unas líneas contra esta interpretación del episodio, diciendo que “En la boda de Caná, no fue intercesión, fue una preocupación de María hacia sus amigos que se estaban casando. Y no se puede hacer doctrina de un solo pasaje Bíblico. Los hermanos separados, como usted les llama, están en lo cierto, pues la única base de la fe es la Biblia y allí es poco lo que se dice de María, ¿no es cierto? Sólo aparece en algunos pasajes, y los católicos (hermanos sin Cristo) le dan mucha importancia a María, y la Biblia no. Ustedes son mariólogos no cristianos; y creen más en la tradición que en la Biblia”. A esta persona habría que decirle unas cuantas cosas respecto de su doctrina, como por ejemplo, ¿en qué lugar de la Biblia (que es, según ella “la única base de la fe”) dice la Biblia que “no se puede hacer doctrina de un solo pasaje Bíblico”? O simplemente, ¿dónde dice que haya una distinción entre intercesión y preocupación, o que la preocupación no sea parte de la intercesión? ¡Todo esto es doctrina no-bíblica, sin fundamento bíblico! ¿Por qué tengo que creerlo, si la Biblia no lo dice? Pero, ya hemos hablado de esto. Cito la carta para que se vea la debilidad de los argumentos. Lo que esta persona llama “preocupación” no es otra cosa que intercesión; además, en el evangelio de San Juan, éste no dice que María solamente se haya preocupado, sino que dice que habló a Jesús, pidió a Jesús y mandó a los sirvientes que actuasen según las indicaciones de su Hijo. Que un solo pasaje no baste para hacer doctrina, ¿qué fundamento teológico tiene? ¿Acaso no dice en un solo lugar de toda la Escritura: Y el Verbo se hizo carne (Jn 1,14)? ¿Habría que quitar el valor a todos los textos bíblicos que no tienen paralelos? Evidentemente, la persona que me escribió eso no lo cree ni ella misma. Escribe por hacer perder el tiempo a los demás.

En la Cruz, Jesús encomendó a María el cuidado de Juan, así como encomendó el cuidado de María a Juan (cf. Jn 19). Nosotros vemos en este pasaje la “proclamación” de la maternidad espiritual de María sobre todos los hombres (no el comienzo de su maternidad espiritual sino su declaración, pues el comienzo coincide con el de su maternidad divina, ya que al comenzar a ser madre de la Cabeza del cuerpo de Cristo, como llama San Pablo a la Iglesia, empezó a ser madre de todo el cuerpo). Tal vez, muchos protestantes no acepten esta verdad, pero no podrán negar el encargo. El encargo de cuidar a Juan, de velar por él y de protegerlo… eso es lo que consideramos parte de esta intercesión. Jesús sobre la Cruz, seguía siendo Dios, y en la muerte, su divinidad no se separa ni de su cuerpo ni de su alma (sólo se separan el cuerpo y el alma entre sí). ¿Por qué este encargo? ¿Acaso no podía ya Jesús encargarse de este cuidado? La muerte ¿lo privaba de su poder? ¿Disminuyó su poder sobre los discípulos porque María comenzase a hacerse cargo de Juan (y con Juan, también de los demás apóstoles y discípulos, como vemos que dice San Lucas en los Hechos 1,14)?

El Apóstol Santiago, hablando sobre la intercesión, dice: La oración del justo tiene mucho poder (St 5,16). ¿Por qué se ha de negar este poder a la oración de María? Y si no se niega, entonces ¿por qué se niega su poder intercesor? Si no es para interceder pidiendo y obteniendo algo para sí mismo o para otros, ¿para qué tiene poder la oración? Y San Pablo, en Ef 6,18 nos manda: Orad unos por otros intercediendo por todos los santos (la traducción de Reina-Valera no altera la idea: “orando en todo tiempo con toda deprecación y súplica… por todos los santos”). Si todos podemos y debemos orar unos por otros, ¿por qué María no puede orar por nosotros? Y si San Pablo manda que recemos, es porque la oración tiene eficacia; pero si nuestra oración es eficaz ante Dios, ¿no es eso “interceder”? En 2Tes 3,1, San Pablo pide a los tesalonicenses: Finalmente, hermanos, orad por nosotros para que la Palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria, como entre vosotros, y para que nos veamos libres de los hombres perversos y malignos; si Pablo puede esperar en la oración de los hombres, para ser librado de los perversos y para que la Palabra de Dios se propague, ¿por qué no puede hacer esto la oración de María? Y si María lo hizo durante su vida terrena en este mundo, ¿por qué no puede hacerlo ahora que está en el cielo? Hay una incoherencia en la doctrina protestante, que se debe a un prejuicio doctrinal y no a un sereno estudio de los mismos textos bíblicos.

El texto más fuerte que aducen los protestantes contra la mediación de María (y de cualquier santo), es el pasaje de 1Tim 2,5: hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también. Pero el pasaje no está bien interpretado, si se lo entiende como una exclusión de otros intercesores. San Pablo dice allí que la salvación nos viene sólo por medio de Cristo: de Dios a todos los hombres –sin excepción– la salvación viene por Cristo, por su humanidad, es decir, por su encarnación, por ser verdadero hombre y verdadero Dios al mismo tiempo, Pontífice supremo. Esto significa que no hay salvación que pueda obtenerse fuera de Cristo. Pero no quiere decir que, en la obtención de esa salvación, no haya lugar para las oraciones de los justos, las penitencias que unos hacemos por otros, y en particular las oraciones de María. María no es autora de la gracia que salva sino intercesora, para que el corazón de Dios nos mire benévolamente y se apiade de nosotros.

Una sola palabra para la interlocutora que se escandalizaba de la expresión “Jesús nos lleva a María”. Nosotros, los católicos, no entendemos esto –cuando usamos esta expresión– como una subordinación de Jesús a María; significa simplemente que Él quiere que acudamos a su Mediación (la de Jesús) por medio de María. Esto no lo inventó un católico piadoso sino el mismo Cristo. Él fue quien dijo a Juan: He ahí a tu madre; ¿no es eso llevar a los hombres (al menos a Juan) a María? Todo cuanto hemos dicho, puede aplicarse también a la llamada corredención mariana y a los dogmas católicos que asocian a María en la obra de nuestra salvación.

Creo que puede ser ilustrativa la doctrina de uno de los santos más devotos de María, en una de las obras que más ha influido en la piedad mariana: San Luis María Grignion de Montfort y su Tratado de la verdadera devoción a María. Allí el santo, al mismo tiempo que defiende con energía la mediación (subordinada, entiéndase) de María y su rol en la obra de la salvación, dice con toda claridad, hablando de “la necesidad del culto a María”: “Confieso con toda la Iglesia que, siendo María una simple criatura salida de las manos del Altísimo, comparada a la infinita Majestad de Dios, es menos que un átomo, o mejor, es nada, porque sólo Él es El que es (Ex 3,14). Por consiguiente, este gran Señor, siempre independiente y suficiente a sí mismo, no tiene ni ha tenido absoluta necesidad de la Santísima Virgen para realizar su voluntad y manifestar su gloria. Le basta querer para hacerlo todo. Afirmo, sin embargo, que dadas las cosas como son, habiendo querido Dios comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder; es Dios, y no cambia ni en sus sentimientos ni en su manera de obrar (Ml 3,6; Rm 11,29; Hb 1,12)”[2]. Más adelante, el santo llamará a esta necesidad de María: “necesidad hipotética”, es decir, fundada no en una necesidad absoluta o de naturaleza sino en los insondables designios de Dios, que así ha querido realizar su obra. ¿Se lo objetaremos nosotros a Dios? Si nosotros mismos no somos absolutamente necesarios y sin embargo existimos y Dios quiere obrar en nosotros y por nosotros, ¿osará alguien objetarle que haya elegido a María y le haya dado el lugar que le dio?

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] Tim Staples, La Biblia me convenció, en: Patrick Madrid, Asombrado por la verdad, op. cit., pp. 267.

[2] San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a María, nn. 14 y 39.

la Gran Ramera del Apocalipsis

La Iglesia católica ¿no es la Gran Ramera del Apocalipsis? ¿Cómo explica los pecados de la Iglesia?

Preguntas:

He recibido varias veces consultas o bien acusaciones contra la Iglesia católica, intentando identificarla con la gran ramera de la que habla el Apocalipsis de san Juan. Van dos como muestra:

Algunos amigos protestantes me han dicho que nosotros, los católicos, somos “la ramera” o “la babilonia la grande” de la Biblia. Me gustaría que me dijera por qué eso no es cierto, pues no supe cómo responder.

Tengo una duda, y más que una duda creo que es angustia. Entre protestantes, incluso entre católicos “Renovados” cuando hablan de la Gran Ramera del Apocalipsis se refiere al Vaticano (iglesia católica). He estado hablando con sacerdotes y ninguno me da una razón o me explica qué es.

Respuesta:

El tema de la gran ramera aparece en el Apocalipsis en diversas partes:

17,1-2: Ven, yo te mostraré la condenación de la gran ramera que está sentada sobre las muchas aguas, con la que se han prostituido los reyes de la tierra, con la que se han embriagado del vino de su prostitución los habitantes de la tierra.

17,2-3: ha juzgado a la Gran Ramera que corrompía la tierra con su prostitución, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos. Y por segunda vez dijeron: ¡Aleluya! La humareda de la Ramera se eleva por los siglos de los siglos.

La expresión aparece en total cinco veces en el Apocalipsis (además de las dos veces citadas vuelve en 17,5-15 y 16).

San Juan describe la ciudad del mundo, llamándola Gran Ramera, Prostituta Grande (“he pórené he megálé”) con rasgos inspirados en las descripciones proféticas de la Babilonia histórica y de Tiro. No es difícil encontrar detrás de las palabras del autor del Apocalipsis el eco de Jeremías (cf. 51,7; 51,12-13), Isaías (cf. 23,15-17; cf. también Nah 3,4). En tiempos de Juan, el imperio de Babilonia había ya caído, pero su imagen fue utilizada entre los primeros cristianos para aplicarla a la Roma imperial, particularmente a partir de la persecución de Nerón. Es San Pedro quien nos da esta aplicación en su primera carta (1Pe 5,13). La metáfora destaca el poder de seducción que la capital del mundo en los tiempos en que se escribe el Nuevo Testamento, ejercía sobre los gobernantes de los pequeños estados a ella sometidos y sobre toda la población del imperio.

La expresión sentada sobre muchas aguas, se remonta a la profecía de Jeremías, que la aplica a la Babilonia histórica asentada sobre el río Eúfrates y sus canales, o también a Ezequiel cuando habla de Tiro, que tenía su morada junto al mar. La imagen sirve a los escritores del Nuevo Testamento para aplicar la imagen a la Roma imperial, aunque como Roma no está junto al mar y sólo está atravesada por un río (el Tiber), no es más que una aplicación simbólica. Además, es claro que se refiere a la Roma política considerada como imagen del poder mundano, de la fuerza mundana creada o alimentada por el demonio y por el Anticristo, para oponerse a Dios, es decir de Roma, no en cuanto guardiana del orden (a la cual san Pablo manda someterse: cf. Ro 13,1; Tito 3,1), sino a la autoridad imperial en cuanto abusa de su poder para perseguir a los fieles de Cristo.

La aplicación a la Iglesia católica (como hacen algunas sectas) por el hecho de que el Papa resida en Roma, es tan abusiva como pretender que los profetas condenaban a los judíos deportados en Babilonia, quienes tenían una organización religiosa en esa ciudad, por residir allí, o a los primeros cristianos residentes en Roma por el hecho de residir en la misma ciudad que el emperador perseguidor.

La expresión por tanto es tipológica, como es común en el lenguaje bíblico y sobre todo en la literatura apocalíptica y profética. Es un “typos”, una imagen que se aplica al poder mundano perseguidor de los justos, no a la Iglesia católica. Usarla contra el papado o la Iglesia católica, no es sólo una idea peregrina y alocada de quienes usan la Escritura para acomodarla a sus propios intereses y no para buscar en ella la verdad revelada por Dios, sino además un signo de animosidad sectaria. Para quienes desean ampliar la interesante exégesis de este texto, remito a los comentarios más autorizados sobre el tema[1].

De todos modos, el hecho de que San Juan no se refiera a la Iglesia católica en su imagen de la Gran Ramera, no quiere decir que los católicos no tengan pecados. La Iglesia fundada por Jesucristo es santa, pero esta santidad de la Iglesia no se identifica con la santidad de “todos los hijos” de la Iglesia. Aclaremos esto para quienes no llegan a entender la diferencia.

La Iglesia es santa. No nos permiten dudarlo las palabras de San Pablo: Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada (Ef 5, 25-27). Si decimos que la palabra de Jesucristo es eficaz y efectiva de cuanto dice (y por eso si dice “ve” los ciegos ven; “camina”, los paralíticos se levantan) ¡cuánto más efectivo no serán sus hechos y su sacrificio! ¡Se entregó por ella para santificarla! Por tanto, ella es santa, pues el sacrificio de Cristo es eficaz. “La Iglesia es, a los ojos de la fe, indefectiblemente santa. En efecto, Cristo, Hijo de Dios, quien con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado el único santo, amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef 5,25-26), la unió a sí como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios”[2]. La Iglesia es santa a título doble:

  • En primer lugar, es santa porque ella no es otra cosa que Dios mismo santificando a los hombres en Cristo por su Espíritu Santo. Ella brilla sin mancha alguna en sus sacramentos, con los que alimenta a sus hijos; en la fe, que conserva siempre incontaminada; en las santísimas leyes, con que a todos manda y en los consejos evangélicos que propone, y en los celestiales dones y carismas, con los que, inagotable en su fecundidad, da a luz incontables ejércitos de mártires, vírgenes y confesores. Ésta es la santidad “objetiva” de la Iglesia. Ella es un canal inagotable de santidad, porque en ella Dios pone a disposición de los hombres los grandes medios de santidad: sus tesoros espirituales, los sacramentos, de los cuales el principal es el mismo Jesucristo sacramentado, fuente de toda santidad; su doctrina santa e inmaculada que hunde sus raíces en el Evangelio; sus leyes y consejos que son prescripciones e invitaciones a la santidad; la Sangre de Cristo hecha bebida cotidiana del cristiano; la misericordia del perdón ofrecido sacramentalmente a los pecadores.
  • En segundo, lugar es santa porque ella es la humanidad en vías de santificación por Dios. Este aspecto es complementario del anterior; la santidad “subjetiva” de la Iglesia. Los canales de santidad se derraman sobre los hijos de la Iglesia y si no sobre todos, sobre muchos produce verdaderos frutos de santidad. Ella es seno que sin cesar engendra frutos de santidad. Voltaire, a pesar de su encono hacia la Iglesia, reconocía: “Ningún sabio tuvo la menor influencia en las costumbres de la calle que habitaba, pero Jesucristo influye sobre el mundo entero”. Esa influencia son los santos. ¡Qué diferencia entre los frutos “naturales” del paganismo y los del cristianismo! Cuando la Iglesia engendra hijos en las aguas del bautismo, los da a luz con gérmenes de gracia y santidad que, si aquéllos no ponen obstáculos, crecen y dan al mundo extraordinarias obras de caridad. Por eso la Iglesia, desde sus mismos pañales en la Jerusalén de los Apóstoles, empezó a poblar el mundo de jóvenes vírgenes, testigos de la pureza, mártires de la fe, ermitaños y penitentes monjes, misioneros y apóstoles, incansables obradores de la caridad que consagraron sus vidas a los enfermos, a los pobres, a los hambrientos, a los abandonados; sus hijos inventaron los hospitales, los leprosarios, los hogares de discapacitados.

Tres signos entre muchos otros – decía Journet – hacen visible esta santidad de la Iglesia:

1° Ella es una voz que no deja de proclamar al mundo las grandezas de Dios. Esa constancia en proclamar y cantar las maravillas de Dios es su razón de ser. Encontramos la Iglesia allí donde escuchamos sin cesar cantar las maravillas de Dios, defender su honor de los errores del mundo, dar testimonio de su grandeza y su misericordia con los hombres.

2o Ella es una sed inextinguible de unirse a Dios. La Iglesia está donde suspiran todos los que esperan la manifestación del Rostro de Dios, los que esperan la venida de Cristo, los que no se afincan a este mundo y suspiran por una patria mejor, los que se sienten desterrados hijos de Eva.

3o Ella es un celo insaciable por dar Dios a los hombres. La encontramos allí donde, con infatigable ardor, hay un verdadero cristiano que trabaja por la conversión de los pecadores, por hacer que los ignorantes conozcan a Dios, por llevar el Evangelio a los que aún no lo han escuchado…

Pero… no todo es santo en la Iglesia.

La Iglesia es santa y santificadora, pero muchos de sus hijos son pecadores, y la Iglesia, consciente de ello, no los excluye de su seno salvo en extremos casos: “Aborrezcan todos el pecado -decía Pío XII-. Pero quien hubiese pecado, y no se hubiese hecho indigno, por su contumacia, de la comunión de los fieles, sea acogido con sumo amor… Pues vale más, como advierte el obispo de Hipona, ‘ser curado permaneciendo en el cuerpo de la Iglesia, que no que sean cortados de él como miembros incurables. Porque no es desesperada la curación de lo que aún está unido al cuerpo, mientras que lo que hubiere sido amputado, no puede ya ser curado ni sanado’”[3].

Los pecadores son miembros de la Iglesia, pero no lo son en el mismo grado ni en el mismo modo que el justo, y así es rigurosamente exacto lo que dice el Cardenal Journet: que cuanto más se peca, menos se pertenece a la Iglesia. Por eso la mayoría de los autores es categórica en afirmar que es inconcebible una Iglesia integrada exclusivamente por pecadores.

Si los pecadores son miembros de la Iglesia, lo son no en razón de sus pecados, sino a causa de los valores espirituales que subsisten en ellos y en cuya virtud permanecen de algún modo vivos todavía: valores espirituales personales (fe y esperanza teologales informes, caracteres sacramentales, aceptación de la Jerarquía, etc.), a los que es preciso añadir los impulsos interiores del Espíritu Santo y la influencia de la comunidad cristiana que los envuelve y arrastra en su seno: como una mano paralizada participa -sin poner nada de su parte- en los desplazamientos y traslados de toda la persona a la que está unida.

¿Y podemos seguir diciendo que, a pesar de los pecadores, la Iglesia es santa e inmaculada? Sí. La Iglesia sigue siendo, pese al pecado, e incluso en sus miembros pecadores, la Iglesia de los santos. ¿Cómo es posible esto? Porque, así como la santidad es una realidad “de la” Iglesia y que, como tal no sólo está en la Iglesia sino que procede de la Iglesia, el pecado no es una realidad “de Iglesia”. Aun cuando el pecado esté en la Iglesia, no procede de ella, precisamente por ser el acto con que uno niega la influencia de la Iglesia.

Más aún, en la medida en que acepta, aunque sea sólo por fe sin caridad, permanecer en la Iglesia santificadora, ésta le ayuda en su lucha contra el pecado. Journet decía por eso: “La Iglesia lleva dentro de su corazón a Cristo luchando contra Belial”. Por esto, el pecado no puede impedir que la Iglesia sea santa, ¡pero puede impedir que sea tan santa como debiera! Decía San Ambrosio: “No en ella, sino en nosotros es herida la Iglesia. Vigilemos, pues, para que nuestra falta no constituya una herida para la Iglesia”[4]? Así pues concluía Journet: “La Iglesia divide en nosotros el bien y el mal. Retiene el bien y arroja el mal… (La Iglesia) no está libre de pecadores, pero está sin pecado”.

Por eso no es pecadora ni puede pedir perdón por sus pecados. Pide, sí, perdón por los pecados de sus hijos y por eso la “Iglesia (es) santa y a la vez, necesitada de purificación” en sus hijos[5].

Vale la pena meditar este admirable texto de un protestante convertido: “Para algunos, el estudio del comportamiento cristiano a través de los siglos, con todos sus horrores, ha terminado en la duda, cinismo y aun en ateísmo. Ven en los concilios eclesiásticos riñas celosas, papas que se enriquecen, obispos que tienen hijos, monjes disolutos y, al contemplar este cuadro miserable, pierden la fe. Pero para mí, la historia eclesiástica es una larga afirmación de dos realidades: la universalidad del pecado y la soberanía de la gracia.

Las piedras con las que tropezaba en mi camino [hacia la conversión al catolicismo], eran fallas evidentes del catolicismo contemporáneo. Algunos teólogos católicos modernos que he leído, tenían más en común con Marx o Freud que con San Agustín y Santo Tomás de Aquino. Me encontré con monjes que hablaban como budistas y monjas que asumían su ‘poder innato’ a través del culto a diosas paganas.

Pero dejé de escandalizarme cuando finalmente reconocí que ninguna comunidad cristiana había sido perfecta. De hecho, comprobé que los problemas de la Iglesia Católica se repetían en la historia de todos los grupos que la rechazaron y que hicieron votos que nunca serían como ella. Me hicieron recordar a la hija adolescente que jura que nunca será como la madre con la que está resentida pero acaba por ser exactamente como ella no obstante su promesa.

Era simplemente una comprobación del juicio paulino que a mis mentores protestantes les encantaba citar: Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios (Ro 3,23). Reconocí que cada nuevo grupo inexorablemente volvía a recorrer en cierto grado los pasos equivocados de la tradición católica, porque cualquier problema que tiene la Iglesia Romana no es exclusivo sino universalmente humano”[6].

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

Bibliografía:

José Salguero, Biblia Comentada. VII Epístolas católicas. Apocalipsis, BAC, Madrid, 1965.

Leonardo Castellani, El Apokalypsis de San Juan, Dictio, Buenos Aires 1977 (hay ediciones posteriores de Vórtice).

Alfred Wikenhauser, El Apocalipsis de San Juan, Herder, Barcelna 1969.

Cerfaux y Cambier, El Apocalipsis de San Juan leído a los cristianos, Actualidad Bíblica, Fax, Madrid 1968.

Charles Journet, Teología de la Iglesia, Desclée de Brouwer, Bilbao 1966.

H. de Lubac, Meditaciones sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1984.

G. Philips, La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Herder, Barcelona 1968-1969 (dos tomos).

 

[1] Ver la bibliografía citada al final del capítulo.

[2] Concilio Vaticano II, Lumen gentium 39.

[3] Pío XII, Mystici corporis, 10.

[4] De Virginitate, 8,48; PL 16,278 D.

[5] Concilio Vaticano II, Lumen gentium 8.

[6] Paul Thigpen, en: Patrick Madrid, Asombrado por la verdad, op.cit., pp. 30-31.

fe

La fe y las obras

Pregunta:

Parece ser que una de las principales diferencias entre católicos y protestantes, está en el hecho de que los primeros creen en el poder de las obras para alcanzar la salvación, mientras que los segundos no creen que el hombre, pecador por naturaleza, pueda hacer obras con valor salvífico, siendo la Sangre derramada por Jesús la única que puede salvarle, y ello de forma gratuita, aceptando por la sola fe que Él es su Salvador. Parece una opinión bastante coherente, pues se podría ver en la actitud católica una minusvaloración del valor salvador del Sacrificio de Jesús. La Iglesia católica pide una colaboración activa en la salvación, hace co-redentora a María y mediadores a los Santos… ¿No es suficiente la Sangre del Hijo de Dios por sí sola para reconciliarnos con el Padre?

Respuesta:

La doctrina católica sostiene –como doctrina revelada– que no basta la fe para la salvación, ya que sólo por la caridad la fe tiene la perfección de unirnos a Cristo y ser vida del alma, siendo meritoria de vida eterna. El Concilio de Trento expresamente enseña que “la fe, si no se le añade la esperanza y la caridad, ni une perfectamente con Cristo, ni hace miembro vivo de su Cuerpo. Por cuya razón se dice, con toda verdad, que la fe sin las obras está muerta (St 2,17ss) y ociosa” [1]. Y expresamente condenó el concepto de “sola fe”, tal como lo entendió el luteranismo primitivo: “Si alguno dijere que el impío se justifica por la sola fe, de modo que entienda no requerirse nada más con que coopere a conseguir la gracia de la justificación y que por parte alguna es necesario que se prepare y disponga por el movimiento de su voluntad, sea anatema”[2].

Esta doctrina está expresamente enseñada en la Sagrada Escritura, pues si bien es cierto que hay muchos textos –especialmente paulinos– que hablan de un papel fundamental de la fe en la justificación[3], también es claro que hay muchos otros textos, tanto del mismo Pablo como de otros autores inspirados, que hablan de la ineficacia de la fe sin las obras, y en particular sin la caridad: la fe sin obras es muerta (St 2,17); el que no tiene caridad –se entiende que está hablando de quien tiene fe– permanece en la muerte (1Jn 3,14); si tuviere tanta fe que trasladase los montes, si no tengo caridad, no soy nada (1Co 13,2); en Cristo ni vale la circuncisión ni vale el prepucio, sino la fe, que actúa por la caridad (Gal 5,6; cf. 4,15).

Por tanto, es necesario armonizar las afirmaciones en que se atribuyen los efectos salvíficos a la fe, con aquéllos en que los mismos efectos son, no sólo atribuidos a la caridad, sino que se niega que puedan ser alcanzados por la fe sin la caridad y las obras de la caridad (pues al hablar de caridad se sobreentienden sus obras, como queda patente por las palabras del Señor en el Evangelio de San Juan (cf. Jn 15,10): el que me ama guardará mis palabras [= mandamientos]). Mala práctica exegética es negar los textos que crean dificultad, tanto por una parte (negando el papel clave que juega la fe en la justificación y la doctrina paulina de la exclusión de las obras de la Ley; sea negando el papel de las obras de la caridad). De aquí que haya que afirmar que los textos en que se habla de la fe, deben ser entendidos de la fe “perfeccionada” por la caridad (porque mientras los textos referidos a la fe salvífica, si fuesen entendidos de la fe al margen de la caridad, quedarían en oposición a los textos que hablan de la necesidad de la caridad para salvarse, por el contrario, entendidos de la fe perfeccionada por la caridad, se entienden tanto unos como otros).

Teológicamente, esta relación perfectiva de la caridad –llamada bíblicamente: perfección, vínculo, vida o alma– ha sido expresada con el concepto de “forma”: la caridad es la forma de todas las virtudes[4]. No debe entenderse en el sentido de forma intrínseca o sustancial, pues la fe y las demás virtudes tienen su propia especificación intrínseca que les viene de su objeto, la cual no muda al recibir la caridad sino como referida a una forma accidental y extrínseca (de orden operativo): en el sentido de que la caridad mueve e impera los actos de fe y de las demás virtudes al fin último (Dios), imprimiendo en ellos la cualidad de actos meritorios; de este modo eleva los actos de la fe al orden virtuoso y perfecto. En este sentido, la fe recibe de la caridad especificación sobrenatural, es decir, la orientación al fin último (el bien divino, que es objeto de la caridad): “la caridad, en cuanto tiene por objeto el último fin, mueve las otras virtudes a obrar”[5].

En referencia a cuanto decían las objeciones expuestas más arriba, debemos decir que de ninguna manera puede decirse que la Iglesia católica quite valor al sacrificio de Jesús. Su valor es infinito y una gota de sangre puede salvar el universo, como cantamos en el Adorote devote (himno atribuido a Santo Tomás). Lo que enseña la Iglesia, siguiendo al mismo Jesucristo, es que Dios no nos salvará (nos salva Dios, no nosotros) sin nosotros, es decir, sin que su sangre se convierta en fruto en nosotros. Y esto se pone de manifiesto en las obras (que si bien las hace Dios en nosotros, se hacen, existen). Por eso, Jesucristo al joven rico que quería salvarse le dice que haga obras: ¿Qué tengo que hacer para salvarme? Cumple los mandamientos, y le nombra los principales. Eso es lo mismo que enseña la Iglesia. Las obras son totalmente nuestras y totalmente de Dios que las hace en nosotros.

Lutero tergiversó esta doctrina, considerando inútil toda obra humana. Pero no es eso lo que enseña San Pablo cuando en 1Co 3,9 dice que somos colaboradores de Dios. Algunos protestantes, para evitar el sentido evidente del valor de las obras que tiene este texto, traducen “trabajadores de Dios”, pero no es ése el sentido verdadero de la expresión (¿dónde dejan estos biblistas el sentido literal cuando se torna comprometedor para sus doctrinas?). El texto griego dice “sunergoí” (“sunergós”): colaboradores, “adiutores” como dice la Neo Vulgata; el prefijo griego “sun” equivale al latino “cum”, con (como puede verse en palabras que han pasado a nuestra lengua: “síntesis”, “sincrónico”, “sinestesia”, etc.). Lo reconocen algunas versiones protestantes como la American Standard Version y la New King James Version, que traducen como “fellow-workers”, y la Reina-Valera que dice “colaboradores”. También San Pablo exclama con toda fuerza: De él (Dios) somos hechura, creados en Cristo Jesús a base de obras buenas, que de antemano dispuso Dios para que nos ejercitemos en ellas (Ef 2,10). “Epì érgois agathois” son obras, hechos buenos; y dice San Pablo que Dios ha querido que en ellas “peripatêsômen”: caminemos. No puede pensarse nada más lejos de una fe desencarnada del obrar. Y por el mismo motivo, Nuestro Señor nos recuerda que no basta el conocimiento para la salvación, cuando, tras lavar los pies de sus discípulos y recordarles la necesidad de “obrar” según su ejemplo (Jn 13,15: para que así como yo hice con vosotros, vosotros también hagáis: “húmeis poiête”), añade (Jn 13,17): Si sabéis esto, bienaventurados seréis si lo hiciérais (“ei tauta oidate, makárioí este eàn poiête autá). No basta saber; es necesario hacer, obrar (“poieô” en griego).

A una persona que me preguntaba: “si la salvación ya está dada por Jesús y en Jesús, ¿por qué tenemos que ‘trabajar’ para conseguirla?”, le respondí, en su momento, diciendo que si a alguien le comunican que el gobierno le ha adjudicado una casa pero tiene que ir a retirar el título, esa persona se daría cuenta de que la casa le pertenecerá desde el momento en que retire efectivamente el título; antes no puede entrar en esa casa. Del mismo modo, Jesús ha ganado los méritos para nuestra salvación, pero cada uno de nosotros debe hacer el trabajo de “aplicárselos” a sí mismo, mediante la santificación diaria y los sacramentos (aun así, los católicos sabemos y profesamos que esta misma aplicación no es sólo obra nuestra, sino al mismo tiempo toda nuestra y toda de Dios). Jesús murió por todos los hombres, pero el buen ladrón aceptó a Cristo y el mal ladrón murió blasfemando. Eso quiere decir que la salvación no es algo automático. Y las consecuencias a las que se puede llegar por la doctrina de la fe sola, sin obras, escandalizaría a todo buen protestante. Baste de prueba las palabras de Lutero en carta a Melanchton el 1 de agosto de 1521[6]: “Si pide gracia, entonces pida una gracia verdadera y no una falsa; si la gracia existe, entonces debes cometer un pecado real, no ficticio. Dios no salva falsos pecadores. Sé un pecador y peca fuertemente, pero cree más y alégrate en Cristo más fuertemente aún (…) Si estamos aquí [en este mundo] debemos pecar (…) Ningún pecado nos separará del Cordero, ni siquiera fornicando y asesinando millares de veces cada día”. El autor protestante De Wette, quien se dedicó a coleccionar frases célebres de Lutero, decía (atribuyéndolo a Lutero): “Debes quitar el decálogo de los ojos y del corazón”[7]

Me parece, así, muy equilibrado cuanto escribía un convertido: “muchos protestantes acusan a la Iglesia Católica de enseñar un sistema de salvación basado en obras humanas, independientemente de la gracia de Dios. Pero esto no es cierto. La Iglesia enseña la necesidad de las obras, pero también lo enseñan las Escrituras. La Iglesia rechaza la noción de que la salvación se puede alcanzar ‘sólo por las obras’. Nada nos puede salvar, ni la fe ni las obras, sin la gracia de Dios. Las acciones meritorias que llevamos a cabo son obras inspiradas por la gracia de Dios”[8].

En ésta, como en otras cuestiones, creo que hay una incomprensión de parte de muchos protestantes respecto de la doctrina católica. Lo que ellos critican a los católicos, los católicos no lo enseñan de ese modo; es una mala imagen que no responde a la realidad, y para demostrarlo podemos invitar a cualquier protestante que nos diga dónde y en qué documento oficial, aprobado por el magisterio, la Iglesia enseña que alguien puede justificarse sólo por las obras.

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

Bibliografía:

M. Bover, Las epístolas de San Pablo, Balmes, Barcelona 1959;

Idem, Teología de San Pablo, BAC, Madrid 1956;

Ferdinand Prat, La teología de San Pablo, Jus, México 1947 (2 volúmenes);

Settimio Cipriani, Le lettere di Paolo, Cittadella Ed., Assisi 1991.

En inglés puede encontrarse una importante bibliografía sobre la doctrina protestante y católica de la justificación en el artículo de Joseph Pohle, Justification, “The Catholic Encyclopedia”, vol. VIII, Robert Appleton Company, 1910.

[1] DS 1531.

[2] DS 1559; cf. 1532; 1538; 1465; 1460s.

[3] Por ejemplo: Le respondieron: Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa (Hch 16,31); el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley (Rom 3,28); Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación (Rom 5,1); otras citas semejantes: Hch 26,18; Rom 10,9; Ef 2,8-9; Gal 2,16; 2,21; 3,1-3. 9-14. 21-25.

[4] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1827; 1844; 2346.

[5] Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, 64,5.

[6] Esta carta puede leerse en la “American Edition Luther’s Works”, vol. 48, pp. 281-282, ed. H. Lehman, Fortress 1963.

[7] Citado por P. F. O’Hare, The Facts about Luther, Rockford 1987, p. 311.

[8] Cf. Tim Staples, op. cit., p. 269-270.