144.000

¿Sólo se salvan 144.000?

Pregunta:

Padre, tengo problemas con algunas creencias de mi esposo, el cual asiste a las reuniones de los Testigos de Jehová. Entre otras cosas, él me insiste mucho en que nadie va al cielo fuera de 144.000 personas que Dios escogerá; incluso me enseñó eso en las Escrituras. Cuando me dijo eso no supe cómo comprobar en la Biblia lo que nosotros creemos. ¿Me puede dar una respuesta?

Respuesta:

Efectivamente es ésta una enseñanza de los Testigos de Jehová, como puede comprobarse en sus libros e incluso en su sitio web oficial. Allí, al hablar de las cosas que creen y su fundamento bíblico, dice: “Sólo un pequeño rebaño de 144.000 personas va al cielo para gobernar con Cristo” (y da como referencia: Lc 12,32; Ap 14,1, 3; 1Co 15,40-53; Ap 5, 9, 10); “Los 144.000 nacen de nuevo como hijos espirituales de Dios” (referencias: 1 Pe 1,23; Jn 3,3; Ap 7, 3, 4)[1].

En su libro “La verdad que lleva a la vida eterna”, se lee explícitamente: “Los que son llamados por Dios para participar en el servicio celestial, son pocos (…) Jesús dio a saber el número exacto en una visión dada al Apóstol Juan, quien escribió: ‘Vi, y, ¡miren! el cordero de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil… que han sido comprados de la tierra’ (Revelación 14,1-3) (…)

De modo que los 144.000 son personas que mueren en la tierra como hermanos y son resucitados a la vida celestial como criaturas espíritus, tal como le sucedió a Jesús (Ro 6,5). Cuando se les compara con los miles de millones de personas que viven en la tierra, son, verdaderamente, un rebaño pequeño”[2]. Es más, Charles Taze Russell dice que de esos 144.000, doce mil pertenecen a su grupo de Testigos de Jehová, y el resto pertenecieron a los siglos pasados: “En la tierra hoy día sólo sobrevive un resto de los 144.000 escogidos quienes son cristianos dedicados, bautizados, engendrados por el espíritu de Jehová Dios para ser coherederos con su Hijo Jesucristo en el reino celestial (Ro 8,14-17). Los informes muestran que ahora hay menos de 12.000 de estos sobrevivientes. No todos los ‘Testigos de Jehová’ esperan ir al cielo. Verdaderamente, sólo una porción pequeña esperan esto (Lc 12,32). El todopoderoso Dios, quien coloca a todos los miembros en su organización como a él le place, ha limitado a 144.000 el número del ‘Cuerpo de Cristo’, cuyos miembros reinarán con Cristo Jesús en el reino celestial de Dios”[3].

La doctrina bíblica no es ésa. San Pablo dice explícitamente que Dios quiere que todos se salven (1Tim 2,4-6) y cuando a Jesús le preguntan si son muchos los que se van a salvar, no responde con números (cf. Lc 13,23-30) sino exhortando a esforzarse todos por entrar por la puerta estrecha. En el libro del Apocalipsis se menciona dos veces el número de 144.000 salvados (Ap 7,4-10 y 4,1-13).

El número no debe ser tomado materialmente, pues pertenece al lenguaje apocalíptico, donde abunda la simbología, tanto numérica como de otros géneros (animales, colores, objetos, castigos, etc.).

El texto de Ap 7, 4-10 es más que elocuente: «Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel: de la tribu de Judá, doce mil marcados, de la tribu de Rubén, doce mil, de la tribu de Gad, doce mil, de la tribu de Aser, doce mil, de la tribu de Neftalí, doce mil, de la tribu de Manasés, doce mil, de la tribu de Simeón, doce mil, de la tribu de Leví, doce mil, de la tribu de Isacar, doce mil, de la tribu de Zabulón, doce mil; de la tribu de José, doce mil; de la tribu de Benjamín, doce mil marcados. Después de esto apareció en la visión una muchedumbre innumerable de toda nación y raza, pueblo y lengua; estaban de pie ante el trono y ante el cordero, vestidos de blanco y con palmas en la mano; aclamaban a gritos: La victoria pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero».

La simbología numérica bíblica es algo que debe entenderse bien si no quiere uno empantanarse en interpretaciones bíblicas disparatadas. Sobre este tema dicen Jean de Fraine y Pierre Grelot en su artículo “Números” del Vocabulario de Teología Bíblica[4], que de los números “redondos” o “aproximativos” se pasa fácilmente en la Biblia a los empleos convencionales, que sería un error entender al pie de la letra. El 2 puede significar “algunos” (cf. Núm 9,22), el doble puede significar una sobreabundancia (cf. Jer 16,18; Is 40,2); el 3 es una aproximación del número (cf. 1Re 7,23); el 4 indica la totalidad del horizonte geográfico (delante, detrás, la derecha, la izquierda): como los 4 vientos (Ez 37,9), los 4 ríos (Gn 2,10); el 5 tiene valor mnemotécnico (dedos de una mano); el 7 sugiere un número bastante considerable (Caín será vengado 7 veces: Gn 4,15; el justo cae 7 veces al día: Prov 24,16; Jesús lanza 7 demonios de la Magdalena: Lc 16,9); también el 10 tiene valor mnemotécnico (los dedos de las dos manos ayudan a recordar), de ahí el resumen de la ley en diez mandamientos, las diez plagas de Egipto, etc. El 12 es el número de las lunaciones del año y sugiere por tanto la idea de un ciclo anual completo: las 12 prefecturas de Salomón (1Re 4,7ss), se eligen 12 tribus de Israel, etc. Lo mismo se diga de otros números como 40 (los años convencionales de una generación: 40 años en el desierto, 40 años de tranquilidad –Jue 3,11.30–, 40 años de reinado de David –2Sa 5,4–; 40 días y 40 noches de diluvio; 40 días de viaje de Elías, etc.); se podrían multiplicar los ejemplos con los números 70, 80, 100 y 1000 (Dios hace misericordia por mil generaciones: Ex 20,6; para Él 1000 años son como un día: Sal 90,4); la miríada (10.000) designa una cantidad fabulosa (Lev 26,8).

También encontramos en la Biblia las gematrías, un procedimiento caro a los antiguos, según el cual una cifra dada designa un hombre o un objeto, porque el valor numérico de las letras que constituyen su nombre corresponde al número en cuestión; es claro en el famoso 666, nombre del Anticristo, del que ya hemos hablado.

De aquí que no siempre podamos dar a las cifras bíblicas un valor estrictamente material, sino, en muchos casos, simbólico, especialmente cuando el mismo contexto lo sugiere. Tal es el caso de los 144.000 salvados; doce mil de cada tribu de Israel (12 x 12 x 1000) que designa una inmensa multitud. Incluso los exegetas discuten de la interpretación de este grupo y de su identidad con los 144.000 de Ap 14,1-5. Dice por ejemplo Salguero: “¿A quiénes representan estos 144.000 sellados? Creemos que la opinión que tiene mayor probabilidad es la que ve en esta multitud de marcados a toda la Iglesia cristiana. Se identificaría con la ingente muchedumbre de que nos va a hablar San Juan en Ap 7,9-17. Pero San Juan presenta a esta inmensa multitud ya en el plano glorioso del cielo. Según Ap 3,9-10, las doce tribus de Israel designan a la Iglesia militante, en cuanto que los cristianos son considerados como formando el verdadero pueblo de Israel, que sucede al antiguo. Y los 144.000 vírgenes de Ap 14,1-5 que siguen al Cordero, pudieran también identificarse con la inmensa multitud de nuestro texto. Sin embargo, es más probable que revistan matices un tanto distintos esos dos grupos de 144.000: el grupo inmenso de sellados de Ap 7,4 representaría a la totalidad de los cristianos; mientras que los 144.000 vírgenes de Ap 14,4 designaría a la totalidad de los elegidos. Orígenes, Primasio, Beda, Beato de Liébana, y autores modernos, como Rénan, Swete y otros, ven en esta cifra, simbolizada la multitud de los fieles de Cristo, que serán liberados de los azotes en el día de la cólera de Dios contra los impíos. Otros escritores, siguiendo a Victorino Pettau y a Andrés de Cesarea, creen más bien que el número 144.000 representa a los cristianos convertidos del judaísmo, desde los días apostólicos hasta la entrada en masa de Israel en la Iglesia. Y, finalmente, ciertos autores, como, por ejemplo, el P. S. Bartina, identifican esa muchedumbre inmensa de 144.000 con un grupo escogido que habría de quedar excluido de las calamidades que se abatirán sobre la tierra, y que sería el que prolongase la Iglesia en la historia”[5].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Ugo Vanni, La struttura letteraria dell’Apocalisse, Herder, Roma 1971;

Alcañiz-Castellani, La Iglesia patrística y la Parusía, Paulinas, Buenos Aires 1962.

Tomado de nuestro libro ¿EN DONDE DICE LA BIBLIA QUE…?, donde respondemos a las principales objeciones de los protestantes.

NOTAS

Los cristianos no católicos no pueden fundamentar el uso que hacen de la Biblia

Las objeciones y dificultades que ponen los no católicos son numerosas, casi todas basadas en malas comprensiones de textos bíblicos o lecturas parciales de la Sagrada Escritura. Trataremos en los siguientes capítulos de responder católicamente a cada una de esas objeciones. Sin embargo, hay un problema fundamental que, para ser honestos, los cristianos no católicos deben resolver primero, y es el problema de los principios fundamentales de su fe cristiana. Ellos presentan muchas dificultades, todas a partir de su lectura personal de la Biblia; pero el hecho fundamental es que, para poder hacer esto, primero deben justificar por qué usan la Biblia y qué derecho tienen para hacerlo, y, segundo, deben justificar con qué derecho ellos se atribuyen el derecho de interpretar privadamente la Biblia. El recurso exclusivo a la Biblia y el derecho de interpretarla privadamente son los dos grandes principios que todo el cristianismo no católico ha heredado de los primeros reformadores. El gran problema del cristianismo no católico es que los dos principios son imposibles de fundamentar y llevan a un círculo vicioso y a un callejón sin salida.

Nota: el mundo del protestantismo abarca un espectro demasiado amplio de denominaciones e iglesias como para intentar una crítica pormenorizada de cada una de ellas; téngase en cuenta, por tanto, que al hablar de Protestantismo abarcamos tanto a las iglesias surgidas inmediatamente de la Reforma (luteranismo, calvinismo, anglicanismo, bautistas, etc.) llamadas a veces “denominaciones tradicionales”, como también a sectas “protestantes” (adventistas del Séptimo día, pentecostales, distintas divisiones del evangelismo, etc.; por extensión englobamos en esta categoría a los Testigos de Jehová y hasta cierto punto a los Mormones, porque también ellos hacen uso de la Biblia, aunque no son propiamente religiones “cristianas” pues no aceptan la divinidad de Jesucristo y el dogma de la Santísima Trinidad, fundamentos del cristianismo tanto católico como no católico). Por tanto, si bien hay diferencias esenciales entre estas denominaciones y sectas, tienen en común la aceptación de los principios fundamentales de la Reforma protestante y las principales objeciones que hacen al catolicismo. En cuanto a las objeciones que son exclusivas de algunas sectas (como los Testigos de Jehová o los Adventistas), lo aclararemos en los casos particulares. En cuanto a la belicosidad contra el Catolicismo, hay que distinguir entre las personas: hay miembros de algunas sectas que son muy respetuosos de las creencias ajenas y hay miembros de denominaciones tradicionales que tienen una gran beligerancia contra la Iglesia católica, como reconocen algunos protestantes convertidos al catolicismo (por ejemplo, ex calvinistas). Hay que reconocer, y éste es en gran medida el propósito de este libro, que muchas de estas personas no están animadas por mala voluntad, sino por una errónea comprensión de la fe católica, que hace comprensible su rechazo activo de nuestra Iglesia. Quisiera que estas páginas también les sirvieran a ellos para despejar algunos equívocos sobre lo que creemos los católicos.

[1] https://www.jw.org/es (sitio oficial de los TJ).

[2] La verdad que lleva a vida eterna, Watchtower Bible and Tract Society of New York, New York 1981, p. 77.

[3] T. Russell, Cosas en las cuales es imposible que Dios mienta, Watchtower Bible and Tract Society of New York, p. 337.

[4] Vocabulario de Teología Bíblica, dirigido por Xavier León Dufour, Herder, Barcelona 1978, pp. 559-602.

[5] Profesores de Salamanca, Biblia comentada, tomo VII, BAC, Madrid 1965, p. 388.

Iglesia Católica

¿La Iglesia Católica fue fundada por Cristo?

Pregunta:

Apreciados amigos: En varias oportunidades en que he discutido con algunos conocidos que no son católicos, me han preguntado cómo puedo saber o probar que la Iglesia católica fue fundada por Jesucristo. Sinceramente, yo no supe hacerlo. ¿Me pueden decir si hay alguna forma de demostrarlo?

 

Respuesta:

Estimado:

Efectivamente, hay manera de probarlo. Una parte de la teología estudia precisamente estas cuestiones, y es llamada “apologética” (más concretamente una parte de ella conocida como “tratado de la verdadera Iglesia” –De vera Ecclesia). Me limito a señalar los pasos claves del proceso que se sigue (su desarrollo implicaría la explanación de todo el tratado, por eso añadiré una nota bibliográfica accesible para quien guste conocer mejor el tema).

Para demostrar el origen divino de la Iglesia se pueden seguir tres vías: la histórica, la de las notas o la de la trascendencia.

La llamada “vía histórica” comienza probando primero la misión divina de Cristo, y luego muestra que Cristo ha confiado la continuación de su obra redentora a una sociedad religiosa que es la Iglesia católica. Toda esta argumentación supone probado ya el valor histórico de los escritos del Nuevo Testamento, en particular los Evangelios; esto se hace en dos estudios previos o paralelos a éste (son los “tratados” sobre la posibilidad y hecho de la revelación -“De Revelatione”- y sobre el valor histórico de los evangelios -“De Sacra Scriptura” o “Introducción a la Escritura”; téngase en cuenta que no se afirma aún que estos textos sean revelados o inspirados por Dios; simplemente se determina que se puede confiar en ellos como documentos históricos). El método seguido, pues, en esta “vía” obliga a remontarse al pasado y si bien es árido, es muy firme y seguro y procede a través de tres pasos:

  • Primero demuestra que Jesucristo tuvo intención de fundar una Iglesia: se pone de manifiesto por la promesa de edificar la Iglesia (cf. Mt 16,18), la elección, instrucción y misión de los Doce Apóstoles (cf. Mc 3,13-19; Lc 6,12-17), la “nueva alianza” realizada en la Última Cena (cf. Mt 26,28 y paralelos), etc.

  • Luego demuestra, usando los textos del Nuevo Testamento sólo como documentos históricos (no en cuanto inspirados por Dios), que Jesucristo fundó efectivamente una Iglesia y le dio una constitución y estructura determinada; la fundó sobre los apóstoles: enviándolos a predicar (Mc 3,14; Lc 9,2, etc.), con autoridad de regir en su nombre a todos los hombres y de administrar los sacramentos (Mc 16,16), particularmente el bautismo, la Eucaristía y el perdón de los pecados. Además prometió y efectivamente dio a un solo apóstol, Simón Pedro, la autoridad suprema para regir a la Iglesia Universal (cf. Mt 16; Jn 21).

  • Finalmente muestra que Jesucristo instituyó esa Iglesia con voluntad de que perdurase hasta el fin del mundo y manteniendo la forma jerárquica con que la dotó en los tiempos apostólicos; esto se ve claramente en el hecho de ordenar a los apóstoles tener perpetuos sucesores en el triple oficio de enseñar, santificar y regir; lo cual, a su vez, se desprende de las promesas de Cristo sobre su Iglesia: las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16), las parábolas del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,39), el encargo a Pedro de confirmar a sus hermanos en el futuro (cf. Lc 22,31). Evidentemente Jesús está refiriéndose a tiempos en que sus apóstoles ya no estarían vivos; por tanto sólo pueden perdurar en sus sucesores. Esta sucesión se verifica en los obispos, sucesores de los apóstoles, y en el Papa, sucesor del Apóstol Pedro.

El segundo método es llamado “vía de las notas”, y consiste en analizar la voluntad de Cristo (nuevamente tal como aparece en los Evangelios en cuanto libros históricos) y ver qué características (o “notas” en el primer sentido que le da el Diccionario de la Real Academia Española: marca o señal que se pone en algo para reconocerlo o para darlo a conocer) quiso que tuviera la Iglesia por Él fundada. Estas notas son cuatro:

  • la unidad de régimen, de fe y de comunión;
  • la santidad de principios, de miembros y de medios de santificación;
  • la catolicidad o universalidad de misión, su permanente y simultánea difusión en todo el orbe, su predicación a toda clase de personas y razas, etc.;
  • finalmente, la apostolicidad, es decir, la continuidad de la misión apostólica (constantes sucesores de los apóstoles) hasta el fin del mundo.

Después de analizar las cuatro notas, se revisan los diversos “pretendientes” al título de “iglesia fundada por Jesucristo” (iglesia católica, diversas ramas de las iglesias ortodoxas, iglesias reformadas) y se ve cómo la única que realiza en plenitud sustancial las cuatro notas es la Iglesia Católica.

La tercera es la vía llamada por algunos “de la trascendencia” y por otros “vía empírica o analítica”. Parte del hecho de la Iglesia (católica), de su actividad y de su acción, tal cual se presenta directamente a todo hombre y el punto clave de este método es la demostración de que en la realidad histórica de la Iglesia se puede constatar la “intervención inmediata de Dios”. Este método se basa en último término en el milagro (el milagro presente en la vida actual de la Iglesia), de modo particular en:

  • la admirable propagación de la Iglesia a pesar de las dificultades, persecuciones y obstáculos;
  • la milagrosa unidad católica;
  • la invicta estabilidad;
  • la eximia santidad y fecundidad de los santos.

Evidentemente, la exposición detallada de cualquiera de estas vías supone un desarrollo que excede las dimensiones de este breve artículo. Por eso sugiero la lectura de alguno de los clásicos estudios de apologética católica que cito a continuación.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Albert Lang, Teología Fundamental, Rialp, Madrid 1977, volumen II (supone en parte la lectura del volumen I sobre la Revelación, donde se habla de la historicidad de los Evangelios);

Hillaire, La religión demostrada, Difusión, Bs.As., 1964;

Vizmanos-Riudor, Teología Fundamental, B.A.C., Madrid 1963.

mejilla

La otra mejilla. Cuando Jesús dice que si alguien nos golpea debemos poner la otra mejilla ¿Cómo debe entenderse esto?

Pregunta:

Estimado Padre Fuentes: Cuando Jesús dice que si alguien nos golpea debemos poner la otra mejilla ¿Cómo debe entenderse esto? Si alguien agrede físicamente a otro, ¿no tiene éste derecho a defenderse? Gracias. Osvaldo

 

Respuesta:

Estimado:

1. Poner la otra mejilla

Ante todo, el sentido de ‘poner la otra mejilla’ debe entenderse en el contexto del discurso de la Montaña en que Jesucristo reforma la ‘ley del talión’ (cf. Mt 5,38-42)

Jesucristo toma por tema la ley del talión, que se hallaba formulada en la ley judía: ‘habéis oído -en las lecturas y explicaciones sinagogales- que se dijo (a los antiguos): ojo por ojo y diente por diente’ (cf. Manuel de Tuya, Biblia comentada, BAC, Madrid 1964, pp. 119-122).

Lo que Cristo enseña, en una forma concreta, extremista y paradójica, es cuál ha de ser el espíritu generoso de caridad que han de tener sus discípulos en la práctica misma de la justicia, en lo que, por hipótesis, se puede reclamar en derecho.

Por eso frente al espíritu estrecho y exigente del individuo ante su prójimo, pone Cristo la anchura y generosidad de su caridad. ¿Cuál ha de ser, pues, la actitud del cristiano ante el hombre enemigo? ‘No resistirle’, no por abulia, sino para ‘vencer el mal con el bien’ (Rom 12, 21).

Pero la doctrina que Cristo enseña va a deducirse y precisarse con cuatro ejemplos tomados de la vida popular y cotidiana y expresados en forma de fuertes contrastes paradójicos, por lo que no se pueden tomar al pie de la letra. Estos casos son los siguientes:

a) Si alguno te abofetea en la mejilla derecha, muéstrale también la otra. La paradoja es clara, pero revela bien lo que lo que debe ser la disposición de ánimo en el discípulo de Cristo para saber perdonar.

b) Al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. Ante esto, se le promete por Cristo ceder también de buen grado su túnica. La crudeza a que llevaría esta realización hacer ver el valor paradójico de la misma. La enseñanza de Cristo es ésta: Si te quisiera quitar una de las dos prendas únicas o necesarias de tu vestido ( de lo necesario o casi necesario a la vida), que no se regatee; que haya también una actitud, en el alma, de generosidad, de perdón, que se manifestaría incluso, como actitud, hasta estar dispuesto a darle también todo lo que se pueda.

c) Si alguno te requisa por una milla, vete con él dos. Esta sentencia de Cristo es propia de Mt. La expresión y contenido de ‘requisar’ es de origen persa. Y se expresa esto con el grafismo del caso concreto. Si se requisa por ‘una milla’ (que es el espacio que los romanos señalaban con la ‘piedra milaria’ = 18000 m.) habrá de responderse generosamente ofreciéndose para una prestación doble. La misma duplicidad en la fórmula hace ver que se trata de cifras convencionales. La idea es que la caridad ha de mostrarse con generosidad, enseñado por Cristo con un término técnico.

d) Da a quién te pida y no rechaces a quien te pide prestado (Lc. 6, 30). Teniéndose en cuenta el tono general de este contexto, en el que se acusan exigencias e insolencia por abuso (la bofetada, el despojo del manto , ‘la requisa’), probablemente este último ha de ser situado en el plano de lo exigente. Puede ser el caso de una petición de préstamo en condiciones de exigencia o insolencia.

El discípulo de Cristo habrá de tener un espíritu de benevolencia y caridad tal, que no niegue su ayuda- limosna o préstamo- a aquel que se lo pide , incluso rabasando los modos de la digna súplica para llevar a los de la exigencia injusta e insolente. El discípulo de Cristo deberá estar tan henchido del espíritu de caridad, que no deberá regatear nada por el prójimo como a sí mismo’.

 ¿Cuál es la doctrina que se desprende de estos cuatro casos en concretos que utiliza para exponerla?

Igualmente en estos cuatro casos hay que distinguir la hipérbole gráfica y oriental de su formulación y el espíritu e intento verdadero de su enseñanza.

Y para esto mismo vale la enseñanza práctica de Jesucristo.

Así cuando el sanedrín lo procesa y cuando un soldado le da una bofetada, no le presenta la otra mejilla, sino que le dice: ‘Si he hablado mal, muéstrame en qué , y si bien ¡, ¿por qué me abofeteas?’ (Jn. 18,22.23).

a enseñanza de Cristo y de Pablo muestran bien a las claras que la enseñanza de Cristo no tiene un sentido material, Si en la hagiografía cristiana llegó el celo a practicar literalmente estos mandatos, fue ello efecto de un ardiente espíritu de caridad que se llegó a desbordar, incluso en el gesto.

2. La legítima defensa

La doctrina católica está expuesta en el Catecismo nn. 2263-2267:

‘La legítima defensa de las personas y las sociedades no es una excepción a la prohibición de la muerte del inocente que constituye el homicidio voluntario. ‘La acción de defenderse puede entrañar un doble efecto: el uno es la conservación de la propia vida; el otro, la muerte del agresor… solamente es querido el uno; el otro, no’ (Santo Tomás de Aquino).

El amor a sí mismo constituye un principio fundamental de la moralidad. Es, por tanto, legítimo hacer respetar el propio derecho a la vida. El que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso cuando se ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal: ‘Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia en forma mesurada, la acción sería lícita… y no es necesario para la salvación que se omita este acto de protección mesurada a fin de evitar matar al otro, pues es mayor la obligación que se tiene de velar por la propia vida que por la de otro’ (Santo Tomás de Aquino).

La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro, del bien común de la familia o de la sociedad’.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

¿Existió el profeta Daniel?

Pregunta:

Estimado, quisiera conocer la autoría del libro de Daniel, si existió él o fue una personaje inventado, muchas gracias.

 

Respuesta:

Estimado:

Le respondo con el artículo sobre el profeta Daniel de www.aciprensa.com

Es el héroe y autor tradicional del libro que lleva su nombre, el cual también es adjudicado a otras dos personas en el Antiguo Testamento (Heb. Dnyal o dnal; Sept, Daniel, cf. I Paral., iii, 1; I Esd., viii, 2, y II Esd. (Nehem), x, 6). El nombre significa ‘Dios es mi juez’ y por tanto encaja en la denominación del libro de Daniel. Allí muchas veces se anuncian los juicios de Dios sobre los poderes de los gentiles.

Casi todo lo que es conocido acerca del Profeta Daniel, se deriva del libro que se le adjudica. Perteneció a la tribu de Judá (i, 6) y fue un noble, o quizá perteneció a descendencia de la realeza (i, 3; cf. Josefo, Antiquities of the Jews, Bk, x, ch, x, § 1). Cuando aún estaba joven, probablemente de unos 14 años de edad, fue llevado cautivo a Babilonia, por Nabucodonosor, en el cuarto año del reinado de Joaquim (605 B.C.). Allí con otros tres jóvenes de igual rango, llamados Ananías, Misael y Azarías, fueron entregados al cuidado de Asfonos, el maestro de los eunucos del rey. Fueron educados en el lenguaje ya las enseñanzas de los caldeos, lo que significaba que aprendieron de profesores versados en adivinación, magia y astrología en Babilonia (i, 3, 4).

A partir de este pasaje, la tradición judía ha inferido que Daniel y sus compañeros fueron eunucos, pero esa no es necesariamente la conclusión que se deriva. El maestro de los eunucos simplemente entrenó a esos jóvenes judíos, entre otras cosas, previendo que los jóvenes podrían ser incorporados al servicio del rey (i, 5). En ese entonces Daniel recibió el nombre de Baltasar (Babil., Balâtsu-usur, ‘Bel protege al rey’) y estando de acuerdo con Ananías, Misael y Azarías -que recibieron los nombres de Sidra, Misa y Abdenago, respectivamente- pidieron que en lugar de alimentarse con los bienes de la mesa real, pudieran tener solamente una dieta vegetariana.

Al final del tercer año, Daniel y sus compañeros comparecieron delante del rey, quien encontró que ellos mostraban mayor excelencia que los otros que se habían educado conjuntamente con ellos y los promovió a otras posiciones dentro de la corte. En cada ocasión en la que el príncipe los ponía a prueba, ellos demostraban ser superiores a ‘todos los adivinos y los sabios que habían en el reino’ (i, 7-20).

Inmediatamente después, que pudo haber sido en el segundo o en el duodécimo año del reinado de Nabucodonosor, Daniel dio una prueba de su maravillosa sabiduría. Dada la falla de otros sabios, él repitió e interpretó, para satisfacción del monarca, los sueños que este tenía. En particular uno, referente a una estatua colosal que estaba hecha de varios materiales y la cual, una vez que fue golpeada con una piedra, fue hecha pedazos. La referida piedra, en cambio, llegó a crecer, transformarse en una montaña y llenar toda la tierra. Con base en esto, Daniel en Babilonia como lo José en el viejo Egipto, llegaron a tener grandes favores del príncipe. El monarca no solamente la dio muchos regalos, sino lo hizo regente de la ‘provincia completa de Babilonia’ y jefe gobernador de ‘todos los sabios’.

A requerimiento de Daniel, también, sus tres amigos recibieron importantes promociones (ii). Otra oportunidad que tuvo Daniel de dar muestras de su sabiduría, fue con ocasión de otro sueño de Nabucodonosor. También en esa oportunidad, él fue el único intérprete. Consistía el sueño en que el rey había visto un árbol de cuyo comando había recibido la orden de que fuera cortado y que ‘siete veces’ fuera destruida la parte que había quedado saliente. La situación, interpretó Daniel, consistía en que, en castigo a su orgullo, el monarca perdería su trono durante un tiempo, imaginándose a si mismo como un buey y viviendo en el campo abierto. Sin embargo, luego de un período, recuperaría su reino, convencido ya de las bondades del Supremo.

Con base en la libertad divina, aunque en vano, el Profeta exhortó al rey a evitar tal castigo mediante arrepentimiento de sus pecados y misericordia, y la predicción de Daniel se cumplió (iv). Para información complementaria sobre esto véase el relato de Abydenus (siglo II a, c.) lo cual es citado por Eusebio (Praep, Evang. IX, xl).

Nada se dice de la suerte de Daniel a la muerte de Nabucodonosor (561 a, c.) simplemente se menciona que perdió su alto cargo en la corte y se vivió una vida de retiro. El incidente que nuevamente lo colocó como noticia pública, ocurrió en el palacio de Baltasar, en las vísperas de la conquista de Babilonia por parte de Cyro (538 a, c.). Mientras Baltasar (Heb. Belshaccar, correspondiente a Babil., Balâtsu-usur, ‘Bel protege al rey’) y su corte tenían banquetes e impíamente bebían vino en los preciosos vasos que habían tomado del Templo de Jerusalén, aparecieron los dedos de un hombre escribiendo en los muros: ‘Mane, Thecel, Fares’.

Eran palabras misteriosas que ninguno de los sabios del rey pudo interpretar. Las mismas fueron explicadas por Daniel y como recompensa se le hizo uno de los tres ministros en jefe del reino. El profeta tenía, para ese entonces, al menos unos ochenta años de edad, y permaneció en esa posición bajo el dominio de Darío, un príncipe que posiblemente se le identifica con Darius Hystaspes (485 a, c.). Darío pensó en colocarlo al frente de todo su reino (vi, 4) sin embargo, al saber de esto, los compañeros funcionarios de Daniel, teniendo miedo de su aumento de poder, buscaron su ruina. Para ello convencieron a Darío de acusaciones de deslealtad a la corona por parte de Daniel.

Esos oficiales se aseguraron que el rey emitiera un decreto mediante le cual se prohibía, bajo pena de ser lanzado a la jaula de leones, a que durante treinta días, ningún hombre hiciera petición alguna frente a otro humano o dios, con excepción del monarca. Tal y como sus enemigos habían anticipado, Daniel oró tres veces al día, desde su ventana abierta hacia Jerusalén. Ellos entonces, lo reportaron al rey y lo forzaron a aplicar las amenazas contenidas en el decreto contra quien lo hubiera violado. Ante la evidencia de que Daniel había salido ileso de la jaula de los leones, como un milagro, Darío publicó un decreto en el cual daba a conocer que veneraría al Dios de Daniel y que lo proclamaba como el ‘Dios viviente y eterno’. Daniel continuó una vida próspera durante el resto del reinado de Darío y de su sucesor Ciro de Persia (vi). Eso en resumen, son los hechos que se pueden extraer de la biografía del Profeta Daniel contenida en la narrativa de su libro (i-vi).

Escasamente se tienen otros datos que puedan contribuir a enriquecer el conocimiento que se posee de su biografía, en la segunda parte del Libro de Daniel, una parte más apocalíptica (vii-xii). Las visiones que allí se presentan, hacen que Daniel sea favorecido con la comunicación divina respecto al castigo que recibirán los poderes de los gentiles y el establecimiento del Reino Mesiánico. Estas misteriosas revelaciones se refieren a los reinos de Darío, Baltasar y Ciro, y en ellas se indica cómo el Ángel Gabriel señala los ‘tiempos del fin’. En el apéndice deuterocanónico de su libro (xiii-xiv), Daniel aparece como el mismo carácter general a que se hace referencia en la primera parte de su trabajo (i-vi). El capítulo xiii se le presenta como un inspirador de la juventud en temas de la sabiduría superior y menciona castigos para los falsos acusadores de la castidad de Susana.

En lo concluyente de capítulo xiv se cuenta la historia de la destrucción de Bel y el dragón. Allí se representa la valentía de Daniel y la caracterización del mismo como campeón del Dios viviente y verdadero. Fuera del Libro de Daniel, las Santas Escrituras tienen pocas referencias al profeta. Ezequiel (xiv, 14) habla de Daniel, junto con Noe y Job, como un patrón de rectitud y, en el capítulo xxviii, 3, como representante de la sabiduría. El escritor del Primer Libro de los Macabeos (ii, 60) se refiere al episodio frente a los leones, y San Mateo (xxiv, 15) a la ‘abominación y la desolación que le fue comunicada a Daniel el Profeta’. Como se podía haber esperado, la tradición judía ha estado ocupada en completar la historia de Daniel en las Sagradas Escrituras. Ya fue hecha una alusión a la tradición judía y que fue aceptada por muchos Padres de la Iglesia, en el sentido de que fue hecho eunuco en Babilonia.

Otras tradiciones judías lo representan rechazando honores que habían sido ofrecidos por Nabucodonosor. Se explica también porque el profeta no fue forzado, junto con sus tres amigos, a la adoración de la estatua del príncipe de Dura (Dan., iii). Se le envió lejos, dado que se sabía que Daniel nunca habría estado de acuerdo en realizar tal acto de idolatría. Se dan también otros muchos datos, como por ejemplo, que fue lo que pasó con Daniel estando dentro de la jaula de los leones. Otras historias dan cuenta de que el profeta no retornó a la tierra de Jehová, el Dios, luego del decreto de restauración que emitió Ciro. Otros al contrario afirman que Daniel regresó a Judea y que allí murió.

Existen leyendas menos conflictivas en relación con el sitio de su tumba que aquellos enunciados respecto a la vida de Daniel. Muchas de las primeras provienen de la literatura árabe, aún cuando su nombre no es mencionado en el Koran. Durante la Edad Media se creyó que Daniel había sido enterrado en Susa, en el moderno Shuster, en la provincia de Khuzistan. En un recuento de su visita a Susa en 1165, el Rabino Benjamín de Tudela, narra que la tumba de Daniel le fue mostrada en la fachada de una de las sinagogas de la ciudad. La festividad de Daniel está contenida en el Martirologio Romano y se asigna el día 21 de julio. En el mismo se considera que el lugar de la tumba se encuentra en Babilonia.

Bibliografía:

VIGOROUX, La Bible et les découvertes modernes (Paris, 1889), IV, Bk. III; DRANE, Daniel, His Life and Times (Londres, 1888). Véanse también los comentarios y las introducciones a la bibliografía del Libro de Daniel.
FRANCIS E. GIGOT
Transcrito por W. G. Kofron
En agradecimientos a la iglesia de Santa María, Akron, Ohio.
Traducido por Giovanni E. Reyes

Biblia Reina Valera

Biblia Reina Valera

Pregunta:

¿Qué valor tiene la Biblia Reina Valera? ¿Qué diferencias doctrinales con la fe católica y cuales son?

 

Respuesta:

Estimado:

Le transcribo sobre el tema de la traducción de la Biblia hecha por Casiodoro de Reina, luego revisada por Cipriano Valera lo que dice el mejor estudioso del tema: Menéndez y Pelayo, en su ‘Historia de los heterodoxos españoles’,Libro IV, capítulo 3 y 6

Capítulo 3: Casiodoro de Reina. -Su vida. -Sus cartas. -Su traducción de la Biblia.

Los trabajos bíblicos, considerados como instrumento de propaganda, han sido en todo tiempo ocupación predilecta de [97] las sectas protestantes. No los desdeñaron nuestros reformistas del siglo XVI: Juan de Valdés puso en hermoso castellano los Salmos y parte de las Epístolas de San Pablo; Francisco de Enzinas, no menor helenista, vertió del original todo el Nuevo Testamento; Juan Pérez aprovechó y corrigió todos estos trabajos. Faltaba, con todo eso, una versión completa de las Escrituras que pudiera sustituir con ventaja a la de los judíos de Ferrara, única que corría impresa, y que por lo sobrado literal y lo demasiado añejo del estilo, lleno de hebraísmos intolerables, ni era popular ni servía para lectores cristianos del siglo XVI. Uno de los protestantes fugitivos de Sevilla se movió a reparar esta falta, emprendió y llevó a cabo, no sin acierto, una traducción de la Biblia y logró introducir en España ejemplares a pesar de las severas prohibiciones del Santo Oficio. Esta Biblia, corregida y enmendada después por Cipriano de Valera, es la misma que hoy difunden, en fabulosa cantidad de ejemplares, las sociedades bíblicas de Londres por todos los países donde se habla la lengua castellana.

El escritor a quien debió nuestro idioma igual servicio que el italiano a Diodati era un morisco granadino llamado Casiodoro de Reina (1852). Nicolás Antonio le tuvo equivocadamente por extremeño, y Pellicer por sevillano. Su verdadera patria y origen constan en las comunicaciones de nuestros embajadores en Inglaterra a Felipe II.

Había sido estudiante en la universidad, luego fraile y a la postre luterano, huido cuando la persecución de 1559. No tengo noticia de él hasta que en 1563 le hallo en Londres convertido en espía de la reina Isabel, asalariado por ella con 60 libras y predicando en una capilla a los pocos españoles allí refugiados (1853), quienes se reunían tres veces por semana en una casa que les facilitó el obispo de Londres. Casiodoro tenía allí a su padre y a su madre, que habían apostatado con él. Al poco tiempo se casó, no sé si con inglesa o con española. En 1564 asistió al famoso coloquio de Poissy con los hugonotes franceses. Para el viaje le facilitaron dineros el conde de Bedford y el embajador inglés en París, Fragmarten.

Casiodoro tuvo que salir de Inglaterra y refugiarse en los Países Bajos por un motivo nefando y vergonzoso; se le acusó de sodomita, y vinieron en pos de él comisionados ingleses para [98] hacer una información judicial sobre el dicho crimen. Parece que se justificó completamente en Amberes (1854).

En 1567 le encuentro en Estrasburgo preparando ya su edición de la Biblia, con los fondos que para ella había dejado Juan Pérez, y en relaciones literarias con el predicador Conrado Hubert y con el rector del Gimnasio, Juan Sturm. Su correspondencia ha sido publicada por Bochmer.

Basilea era el centro de la tipografía protestante. A Basilea se dirigió, pues, Casiodoro, que desde allí escribe, en 28 de octubre, a Hubert pidiendo un certificado del rector Sturm para que los inspectores basilenses Sulzer y Coctio autorizasen la impresión del libro, a la cual oponían algunas dificultades por ignorar la lengua castellana y no conocer al autor.

Aunque Casiodoro residía habitualmente en Basilea, solía hacer viajes a Estrasburgo, donde había dejado a su mujer. De vuelta de una de estas expediciones, cayó gravemente enfermo; estuvo cinco semanas en cama, y al convalecer supo la mala noticia de que había muerto el tipógrafo Juan Oporino, dejándole a deber más de 500 florines, que Reina le había adelantado a cuenta de la impresión. El cobrarlos era difícil empresa, porque Oporino había muerto agobiado de deudas, y no bastaban sus bienes para cubrirlas (1855). Acudió el traductor a sus amigos de Francfort, que giraron sobre Estrasburgo el dinero suficiente para continuar la impresión. No pudo ir a recogerlo Casiodoro por lo débil de su salud y lo riguroso del invierno de 1568, y encargó de este cuidado a sus íntimos Sturm y Hubert.

La salud de Casiodoro era débil; sentía vehementes dolores de cabeza y continuas fiebres. Por eso la impresión adelantaba poco; hasta mayo de 1569 no había llegado a los Actos de los [99] Apóstoles, y faltaba por traducir desde la segunda Epístola a los Corintios hasta el fin. Casiodoro de Reina había tenido esperanza de adquirir algún ejemplar del Nuevo Testamento traducido por Enzinas o Juan Pérez y reimprimirlo con enmiendas; pero tan escasos eran ya, que no logró ninguno, y tuvo que hacer de cosecha propia todo el trabajo. Además, se encontraba sin dinero; necesitaba por lo menos 250 florines para acabar el libro, y no había cobrado ni un céntimo de la herencia de Oporino a pesar de las reclamaciones que hizo al Senado de Basilea.

Cómo salió de este apuro, lo ignoro; lo cierto es que un mes adelante, en 14 de junio, da a sus amigos la buena noticia de haber recibido el último pliego de la Biblia y les pregunta si convendría dedicarla a la reina de Inglaterra. Juan Sturm debía escribir la dedicatoria latina, y así lo hizo; pero prefirió encabezarla a los príncipes de Europa y especialmente a los del Sacro Romano Imperio (1856).

En 6 de agosto, Casiodoro envía ya a Estrasburgo, por medio de Bartolomé Versachio, cuatro grandes toneles de Biblias para que Huber los recoja con el objeto que él sabe (quo nostris consilio); sin duda para introducirlos en Flandes, y desde allí en España.

Aún existe en la Universidad de Basilea el ejemplar regalado por Casiodoro, con una dedicatoria latina autógrafa, que, traducida, dice así: ‘Casiodoro de Reina, español, sevillano, alumno de esta ínclita Academia, autor de esta traducción española de los Sagrados Libros, en la cual trabajó por diez años cumplidos, llegando a imprimirla con auxilio de los piadosos ministros de la Iglesia de Basilea, y por decreto del prudentísimo Senado, en la imprenta del honrado varón Tomás Guerino, ciudadano de Basilea, dedica este libro a la ilustre Universidad, en muestra perenne de su gratitud y respeto’ (1857).

Esta Biblia es rarísima; llámasela comúnmente del Oso por el emblema o alegoría de la portada. Tiene año (1569), pero no lugar de impresión ni nombre del traductor; sólo sus iniciales C. R. al fin del prólogo (1858). [100]

Doce años invirtió Casiodoro en su traslación, aunque como trabajo filológico no es el suyo ninguna maravilla.

Sabía poco hebreo, y se valió de la traducción latina de Santes Pagnino (muy afamada por lo literal), recurriendo a la verdad hebraica sólo en casos dudosos. De la Vulgata hizo poca cuenta, pero mucha de la Farrariense, ‘no tanto por haber acertado más que las otras… quanto por darnos la natural y primera significación de los vocablos hebreos y las diferencias de los tiempos de los verbos’, aunque la tacha de tener grandes yerros,introducidos por los judíos en odio a Cristo, especialmente en las profecías mesiánicas, y de haber dejado muchas cosas ininteligibles o ambiguas.

En cuanto a Casiodoro, aunque él mismo confiesa que ‘la erudición y noticia de las lenguas no ha sido ni es la que quisiéramos’, y le habilitaba sólo para entender y cotejar los diversos pareceres de los intérpretes, procuró ceñirse al texto sin quitar nada, como no fuera algún artículo o repetición de verbo cuya falta no menoscabara la entereza del sentido, ni añadir cosa alguna sin marcarla de distinta letra que el texto común o encerrarla entre vírgulas. Estas ediciones son, ya de una o pocas palabras que aclaran el sentido, ya de variantes, especialmente en Job, en los Salmos, en los libros de Salomón y en las historias de Tobías y Judit. De la versión siríaca del Nuevo Testamento confiesa que no pudo aprovecharse porque salió aquel mismo año, cuando ya estaba impresa la suya(1859). [101]

Conservó en el texto la voz Jehová, aunque nunca la pronuncien los hebreos. Usa los nombres concierto, pacto, alianza, para designar lo que los Setenta y la Vulgata llamanTestamento y se defiende en el prólogo de haber usado por primera vez en castellano los nombres reptil y escultura, que en la Farrariense son removilla y doladizo. Y procuró retener todas las formas hebraicas que conciertan con las españolas. Llenó la obra de notas marginales, que son interpretaciones o declaraciones de palabras. Las anotaciones de doctrina las reservó para imprimirlas aparte o ponerlas en otra edición. Antepuso a cada capítulo largos sumarios, o más bien argumentos, que muestran el orden y conexión de los hechos o de las ideas. Según Ricardo Simón, las notas de Casiodoro están tomadas casi siempre de la Biblia zuingliana, de León de Judá, o de la antiguas de Ginebra. Como hecha en el mejor tiempo de la lengua castellana, excede mucho la versión de Casiodoro, bajo tal aspecto, a la moderna de Torres Amat y a la desdichadísima del P. Scío.

Preceden al libro de Reina la ya citada dedicatoria de Sturm y una Amonestación al lector,en que se defiende la conveniencia de trasladar las Sagradas Escrituras en lengua vulgar(1860); se habla de los trabajos y preparativos de la traducción misma, y el intérprete alega en su favor las reglas tercera y cuarta del concilio de Trento, y manifiesta el poco liberal y tolerante deseo de que los reyes y pastores cristianos, las universidades e iglesias, manden hacer una nueva Vulgata latina para las escuelas, y otra en romance para el vulgo de cada país, e impongan estas traducciones por autoridad pública y bajo gravísimas penas, dando privilegio y monopolio a un solo impresor para estamparlas. Para esto no valía la pena de haber dejado la antigua Vulgata ni de haberse separado del centro de unidad de la Iglesia, proclamando el examen individual de las Escrituras.

Ni el traductor ni el prologuista disimulan su herejía. El primero bendice a los príncipes alemanes por su protección a la Iglesia, ‘que acaba de renacer y está todavía en la cuna’(nuper renatam Ecclesiam et in cunis adhuc vagientem); y cuanto a [102] Casiodoro, aunque es verdad que se apellida católico, quizá para engañar a los lectores españoles, lo hace en términos ambiguos o solapados, que no dejan lugar a duda sobre su verdadero pensamiento (1861).

¿Existió alguna Biblia protestante antes de la de Casiodoro de Reina? Boehmer (1862) ha promovido esta cuestión, citando una carta de Felipe II a su embajador en París, D. Francisco de Álava, fecha 6 de abril de 1568 (Documentos inéditos, t. 27, página 23): ‘Mucho holgaríamos que hubiésedes hallado el original de la Biblia en español, y que ansimismo hubiésedes recogido y quemado lo que della se había imprimido… y de que en todo caso hiciésedes retirar de ahí los dos frailes quien escribís, pues su estada no puede ser de ningún fruto.’ Uno de estos frailes era de fijo Antonio del Corro; el otro quizá Diego de Santa Cruz. Pero de una carta de Casiodoro a Diego López inferimos que se trataba no de una Biblia, sino de un Nuevo Testamento, que debe de ser el mismo condenado por la Facultad de Teología de la Sorbona en 7 de agosto de 1574; como que contenía anotaciones tomadas de las biblias de Ginebra. Y tan rigurosamente fue quemado y destruido, que ni un solo ejemplar ni una sola hoja de esta edición de París ha llegado hasta nosotros (1863). Seguramente no llegó a entrar en circulación. Veremos, además, en el artículo de Antonio del Corro, que él y Casiodoro tuvieron pensamiento de imprimir la Biblia en tierras de la reina de Navarra, que les ofrecía para ello uno de sus castillos; [103] pero todos estos proyectos se frustraron, y los dineros que en su testamento había legado el Dr. Juan Pérez sirvieron para la edición de Basilea.

¿Por qué no se atrevió a dedicar Casiodoro su traducción a la reina de Inglaterra? Una carta de Sturm a esta princesa (Estrasburgo, septiembre de 1569) nos da la clave. Temía que los españoles mirasen con recelo un libro escudado por tan odioso patrocinio y, además, y ésta era la razón principal, había sido expulsado ignominiosamente de Inglaterra, aunque deseaba volver a ella. Valióse como intercesor de Sturm, que en esta epístola pondera la virtud y piedad de su amigo; achaca las desgracias de él a envidia de sus émulos y recomienda eficacísimamente al autor y el libro (1864), todo para que pudieran venderse públicamente los ejemplares en Inglaterra. A esta carta acompañaba otra para el ministro Guillermo Cecil (1865).

Terminada la impresión de los 2.600 ejemplares de la Biblia, Casiodoro pasó de Basilea a Estrasburgo, desde donde escribe a Hubert en 7 de agosto. En aquella ciudad, refugio de los protestantes escapados de Colonia, tenía muchos amigos, y el Senado o Ayuntamiento le hizo ciudadano de Francfort, según él dejó consignado en la dedicatoria de un ejemplar de su libro. Allí hizo gran amistad con el pastor Matías Ritter; y trataron, de acuerdo con Hubert, de hacer una edición completa de las obras de Bucero, que habían de llevar al frente su biografía, escrita por Sturm (1866). Nada de esto pasé de proyecto.

Desde 1574, fecha de la última carta a Hubert, hasta 1578 vuelvo a perder de vista a Casiodoro; pero ese año reaparece en Amberes al frente de una congregación luterana (de martinistas o confesionistas de Ausburgo), que se reunían en el claustro de los Carmelitas, y eran casi todos de lengua francesa (1867).

Tenemos hasta trece cartas suyas de esa época, todas dirigidas a Matías Ritter (1868). Procuraremos aprovecharlas. [104]

Su navegación desde Alemania a Amberes fue larga y difícil. Recibiéronle bien sus correligionarios y le dieron cuenta del estado de aquella iglesia, que adolecía de penuria de ministros y se hallaba combatida a la vez por los católicos y por los calvinistas oreformados. Aun dentro del seno de la misma congregación surgían extrañas divisiones; se disputaba si el pecado original es accidente o es la misma sustancia física del hombre; se preguntaba si era lícito bendecir los matrimonios en domingo.

Para dirigir y poner en orden a los revueltos hermanos traía Casiodoro amplios poderes de la congregación de Francfort, principal asiento de los confesionistas augustanos, pero le perjudicaba su antigua mala fama y el recuerdo de su salida de Inglaterra. Pensó volver allá para justificarse ampliamente antes de tomar el cargo de la naciente iglesia. ¿Llegó a ir? De las cartas no aparece claro (1869).

Lo cierto es que en junio del año siguiente estaba en Colonia, quizá con el propósito de retirarse a Francfort; pero los ruegos, protestas y hasta amenazas de sus correligionarios le hicieron tornar a Amberes. La iglesia se hallaba en un estado desastroso; no había ni aun formulario o libro de preces y administración de sacramentos. Casiodoro tuvo que encargarle a Francfort, donde a toda prisa se tradujo al francés el que allí usaban. Los calvinistas comenzaron a decir que era afrenta y grave herida para aquella iglesia la venida de Casiodoro; no dejaron piedra por mover, y se dieron maña para descubrir en Inglaterra cierta confesión de fe que Reina había hecho en manos [105] del arzobispo de Cantorbery cuando años atrás se le había procesado en materia de fe y costumbres. Parece que en esta confesión se explicaba Casiodoro en términos calvinistas sobre la cena del Señor. Los reformados de Amberes imprimieron triunfalmente este documento nada menos que en tres lenguas y lo divulgaron profusamente, todo para hacer sospechoso al español entre los ministros de la Confesión de Augsburgo (1870).

Casiodoro redactó a toda prisa una apología, en que se declaraba partidario de laConcordia de Wittemberg, ajustada en 1536 por Lutero con Butzer y los suyos, e invitaba a los ministros reformados a adherirse a ella sin embages, como único medido de llegar a una armonía en este punto (1871). Sostenía, además, que su confesión de Inglaterra no era contraria en nada a dicha Concordia y que a nadie podía tacharse de calvinista o zuingliano porque pensara de tal o cual modo en materias libres y opinables.

Los magistrados de Amberes no dejaron imprimir la respuesta de Casiodoro, y sus mismos amigos de Ausburgo, especialmente Ritter, vieron con malos ojos los artículos de Londres y tuvieron por vana empresa la de querer conciliarlos con la ortodoxia witembergense (1872).

A pesar de tales contrariedades, iba logrando Casiodoro organizar la congregación luterana, y tenía dispuestos para la impresión un catecismo y unos Salmos franceses, con la música de los de las iglesias alemanas (1873). Nuevo motivo de discordia [106] fue el haberse pasado a la comunión augustana un ministro expulsado por los calvinistas. Y, añadiéndose a todos estos disgustos el universal terror que produjo entre los rebeldes flamencos la noticia de la próxima llegada de las naves españolas. Casiodoro pensó muy seriamente en volverse a Francfort (1874). No tenía ni la cuarta parte de los ministros necesarios para la predicación de su secta; otros eran inhábiles y de malas costumbres, y la mayor parte de los sublevados ni eran católicos, ni hugonotes, ni luteranos, ni se entendían ya, ni sabían a qué atenerse. Los de laConfesión de Ausburgo y los reformados franceses se insultaban públicamente. Y Casiodoro, sin acertar a poner remedio, clamaba como Job: Taedet me vitae, deplorando la profanación del Evangelio.

Al fin se decidió a quedarse; trajo a su mujer y a sus hijos y dio orden a Ritter de poner en venta los libros que en Francfort tenía, entre ellos una magnífica políglota de la edición de Plantino (1875).

El catecismo que publicó en 1580 (1876) fue nueva manzana de discordia. Salieron a impugnarle un ministro luterano, cuyo nombre está en blanco en la carta, y el célebre teólogo Heshusio (1877).

La última carta de Reina es de 9 de enero de 1582. Desde entonces no tengo ninguna noticia suya. Poco más debió de vivir, a juzgar por el tono lacrimatorio de sus últimas cartas, en que se declara viejo, enfermo y agobiado de mil penalidades y molestias. En cuanto a aquella raquítica y desconcertada iglesia de Amberes, pronto dieron cuenta de ella las armas de Alejandro Farnesio.

Aparte de su traducción de la Biblia, es autor Casiodoro de un libro rarísimo acerca del evangelio de San Mateo impreso en Francfort en 1573 y dedicado a Juan Sturm (1878) a quien llama patrono de su inocencia, consuelo de sus aflicciones y refugio [107] suyo en la tempestad que contra él se había levantado en Estrasburgo.

Boehmer cita, además, una exposición de la primera arte del capítulo 4 de San Mateo, dedicada en 1573 a logos de Basilea; obra para mí desconocida.

Tuvo Casiodoro un hijo llamado Marco, que en 1593 aparece matriculado en la Universidad de Wittemberg, y en 29 de enero de 1594 escribió a Samuel Hubert, de Estrasburgo, antiguo catedrático suyo, una carta de cumplimientos, que Boehmer ha publicado (1879). Hay de este Marco Casiodoro Reinio una traducción latina de la Historia de los reyes de Francia, de Serranus.

Ibid., capítulo 6: Cipriano de Valera. -Sus traducciones bíblicas. -Sus libelos y obras de propaganda.

Se le llamó por excelencia el hereje español (1906). Escribía con donaire y soltura; pero, aparte de esto y de su fecundidad literaria, es un hereje vulgar. En nuestro tiempo hubiera sido periodista de mucho crédito. Me detendré poco en él porque sus méritos son harto inferiores a su fama y, por otra parte, sus obras son más conocidas y han sido más veces reimpresas que las de ninguno de nuestros protestantes.

Era sevillano, y de diversas conjeturas podemos inferir que nació por los años de 1532. En la Exhortación que precede a su Biblia se jacta de haber sido condiscípulo de Arias Montano; poco le aprovechó la comunidad de estudios (1907). Fue monje en San Isidro del Campo y prevaricó, como los restantes, por el trato con el doctor Egidio. Temeroso de los rigores de la Inquisición, buscó asilo en tierra extranjera, y se casó en Londres, siguiendo el evangélico dechado de tanto clérigo y fraile apóstata y lujurioso como vino a aumentar los ejércitos de la Reforma.

En 1588 publicó un inmundo libelo contra el catolicismo, obra a la cual da cierta estimación la rareza bibliográfica. Intitúlase Tratado del papa y de la Misa (1908). Usoz tuvo el mal gusto [120] de reimprimirla. El estilo es más francés que español, pero vivo y animado; volteriano en profecía. La obra es un tejido de groserías del peor género posible y de noticias bebidas sin crítica en las más impuras y desacreditadas fuentes. Los mismos autores católicos de quienes afecta tomar sus vidas de los papas, Platina, Pero Mexía, Fr. Juan de Pineda y Gonzalo de Illescas, pecan o de maldicientes y rencorosos, como el primero, o de crédulos, fabulosos y pueriles, como los últimos. Añádase a todo esto la mala fe, insigne y probada, del bellaco de Valera, y se tendrá idea de este libro absurdo, donde se admiten en serio las más ridículas consejas: las seis mil cabezas de niños, hijos de clérigos, ahogados en un estanque en tiempo de San Gregorio el Magno; la magia de Silvestre II con el libro de conjuros que hurtó a su maestro y el pacto que hizo con el demonio la cabeza encantada; las hechicerías del papa Teofilacto, que llevaba tras de sí con sus encantos a las mujeres; todas las grandes acciones de San Gregorio VII explicadas por arte de brujería y ciencias ocultas; los tratos entre el pontífice y el soldán de Babilorila en daño de Federico Barbarroja; los cuatro mil escoceses castrados por orden de Honorio III; la papisa Juana… Un libro semejante es inferior a toda crítica; el autor no se propuso más que recopilar cuantas injurias contra Roma, cuantas blasfemias de taberna, cuentos verdes y dicharachos soeces le suministraba su memoria. Sólo hay en nuestra literatura otro libro que le sobrepuja y vence, y es el Retrato político de los papas,de Llorente. ¡Y eso que escribió en tiempos de más crítica y menos fanatismo! Y a lo menos Valera tiene cierta gracia desvergonzada y plebeya de estilo, de que Llorente está ayuno por completo.

En su furor propagandista, y desesperanzado, sin duda, de introducir sus libros en España, intentó Cipriano esparcir sus doctrinas entre los infelices españoles que yacían cautivos en las mazmorras de Argel. Tal es el fin ostensible del breve Tratado para confirmar en la fe cristiana a los cautivos de Berbería,por mas que algunos sospechen que Berbería es España, y los cautivos, los protestantes de Sevilla. Pero entonces, ¿a qué vendría confirmar con tantos argumentos, como lo hace Valera, el dogma de la divinidad de Cristo? Compréndese esto en un libro destinado a andar en manos de gentes que convivían con judíos y mahometanos, pero entre cristianos hubiera sido extemporáneo e impertinente. Además, bien claro lo dice el principio de la carta: ‘Siendo vosotros unos pobres y miserables cautivos, ocupados de día y de noche en grandes… trabajos corporales, y además de esto, no siendo vosotros ejercitados en la lección de la Sagrada Escritura antes muy agenos de ella, y, por tanto, cristianos solamente en el nombre.’

Este tratado es la mejor escrita de las obras de Valera; no carece de cierto fervor y elocuencia; se conoce que quiso imitar la Epístola Consolatoria, de Juan Pérez. En la doctrina no hay [121] para qué insistir: Cipriano de Valera era un sectario de reata, y repite enojosamente, como tantos otros, las sabidas doctrinas de justificación, fe sin obras, beneficio de Cristo, etc. (1909) Usoz reimprimió este librillo con un prólogo necio, en que, so pretexto de hablar de los cautivos de Argel, da contra las Órdenes redentoras y las acusa de fomentar la codicia de los piratas argelinos con el cebo de los rescates (! !). Increíble parece que tales cosas anden escritas e impresas.

Valera hacía profesión de calvinista y parece haber residido algún tiempo en Ginebra. Lo cierto es que en 1597 publicó una traducción de las Instituciones o Catecismo, de Calvino(1910) muy inferior al original en elegancia y pureza de dicción.

La impresión de este grueso volumen fue costeada por Marcos Pérez, comerciante español, que vivía en Amberes con su mujer Úrsula López. Y más o menos contribuyeron a ella otros calvinistas españoles allí residentes: Fernando Bernuy y su mujer Ana Carrión, Jerónimo Daza, Martín López (traductor [122] de varios libros heréticos) y Marcos de Palma. Su agente en España era un tal Tilemont, antuerpiense, que tenía tienda en Sevilla y en Medina del Campo. Los gobernadores de los Países Bajos avisaron a España que en naves flamencas iban a la Península treinta mil biblias e instituciones de Calvino. Pero, según una carta de Diodati, citada por M’Crie, no fueron sino tres mil los ejemplares de la Biblia; y esto parece más verosímil, y aún me inclino a creer que el número es excesivo(1911).

Tradujo, además, Cipriano de Valera un libro de Guillermo Perquino intitulado El Cathólico reformado o declaración que muestra quánto nos podemos conformar con la Iglesia Romana en puntos de Religión, y en qué puntos debemos apartarnos de ella. Es cierto que la portada de esta traducción da por intérprete a Guillermo Massan, pero la Epístola al lector está firmada por C. de V.(Cipriano de Valera). Quizá Massan trabajó con él o pagó los gastos de la edición, como afirma la portada, o todo esto y el personaje mismo es fingido (1912).

El jubileo de 1600 y la bula de Clemente VIII en que se anunciaba dio ocasión a Cipriano de Valera para desahogar sus iras contra Roma en un nuevo libelo, rotulado Aviso a los de la Iglesia Romana, última obra suya original de que hay noticia. Sin duda por la pequeñez del volumen ha llegado a hacerse tan rara, que no se conoce más ejemplar que el del Museo Británico. La rareza es el mérito de los librejos que no tienen otro, aunque es la verdad que a éste y a otros muchos, hasta ese mérito les quitó el bueno de Usoz con sus reimpresiones (1913). El opúsculo de Valera es uno de tantospamphlets contra las indulgencias, sin originalidad ni valor alguno.

Pasa generalmente Cipriano de Valera por no vulgar escriturario, y un autor tan católico como D. Jusepe Antonio González de Salas llegó a apellidarle (1914) doctísimo hebraizante,y la Inquisición [123] se lo dejó pasar; pero es lo cierto que Valera ni de docto ni de hebraizante tenía mucho. Los veinte años que dice que empleó en preparar suBiblia (1915)deben ser ponderación e hipérbole andaluza, porque su trabajo en realidad se concretó a tomar la Biblia de Casiodoro de Reina y reimprimirla con algunas enmiendas y notas que ni quitan ni ponen mucho. Tampoco he de negar que, en general, mejoró el trabajo de su predecesor y que su Biblia, considerada como texto de lengua, debe tener entre nosotros la misma autoridad que la de Diodati entre los italianos. Al fin al cabo está hecha en el siglo de oro, por más que no la falten galicismos, nacidos de la familiaridad del traductor con las personas y libros de los calvinistas de Ginebra.

Antes de dar completa la Sagrada Escritura, imprimió en Londres el Nuevo Testamento,con un prólogo que contiene curiosas noticias sobre traductores bíblicos, reproducidas luego con mayor extensión en su Biblia de 1602. Suprimió las notas marginales que Casiodoro había puesto, abrevió los sumarios de los capítulos y no tuvo cuenta con las variantes del texto griego y de la antigua traslación latina (1916).

La Biblia completa no la imprimió ya en Inglaterra, sino en Amsterdam, en casa de Lorenzo Jacobi, en año 1602, con una exhortación al estudio de los sagrados Libros que es a la vez defensa de las traslaciones vulgares. En cuanto a la traducción, el mismo Cipriano confiesa que siguió palabra por palabra la de Casiodoro, cotejándola con otras interpretaciones en diversas lenguas y quitando lo añadido por los Setenta o por la Vulgata que no se halle en el texto hebreo; lo cual principalmente acontece en los Proverbios de Salomón. Y a esto, a alguna que otra nota añadida, que se indica con diversa letra que las del traductor antiguo, y a algún retoque en el lenguaje se reduce toda la labor de Valera, que, sin embargo, pone su nombre, y calla el de Casiodoro, en la portada (1917). [124]

Acabada de imprimir la Biblia, hubo entre Cipriano y el tipógrafo Lorenzo Jacobi cierta trabacuenta, sin duda por cuestión de maravedises. El célebre Jacobo Arminio, padre de la secta de los remonstrantes, procuró ponerlos en paz, y finalmente, dejó el asunto en manos de Juan Witenbogaert, teólogo de Leyden. En la carta que dio a Valera para él decía: ‘Allá pasan Cipriano de Valera y Lorenzo Jacobi a presentar al señor conde (Mauricio de Nassau) y a los Estados generales al unos ejemplares de la Biblia española… hay entre ellos alguna disensión que compondréis, supuesto que los dos se comprometen en vos: es cosa de poco momento, y así con facilidad los pondréis en paz, y más que ambos son amigos, que hasta aquí con suma concordia, y conspirando a un mismo fin, han promovido aquella obra; y están resueltos a no perder esta amistad por cuanto tiene el mundo. Procuraréis de vuestra parte que Valera se restituya a Inglaterra con su mujer, provisto de una buena ayuda de costa. Yo he hecho por él aquí lo que he podido. Y, a la verdad, es acreedor a pasar el poco tiempo que le resta de vida con la menor incomodidad que sea posible’ (1918).

No sabemos si Valera vivía aún en 1625 cuando Enrique Lorenzi reimprimió en Amsterdam el Nuevo Testamento tal como se halla en su Biblia de 1602, sin alteración alguna (1919).