Sida

¿Cómo debemos considerar el SIDA desde la moral católica?

Pregunta:

¿Cómo debemos considerar el SIDA desde la moral católica?

Respuesta:

Transcribo a continuación una conferencia que he dado en un congreso sobre el SIDA en San Rafael (27/04/95 ) .

———————————

Quisiera comenzar con una historia, entre fábula y parábola. Hace varios siglos atrás en uno de los tantos minúsculos reinos orientales, el monarca llamó a sus tres principales consejeros, y les puso este problema: «Desde que mis soldados volvieron de conquistar las comarcas vecinas la peste se ha encarnizado en mi reino y cada vez se extiende más, ¿qué debo hacer?». Los tres pensaron un poco y luego, cada uno a su turno dieron su consejo al Rey.

El primero le dijo: «Conviene que llames a los mejores médicos de los reinos vecinos; construye grandes tiendas para albergar a los enfermos y pregunta a nuestros ancianos cuáles son las hierbas y las medicinas más adecuadas para curarlos».

El segundo le dijo: «Encierra a todos los que están enfermos en la isla que tienes al norte del reino, para que no contagien a nadie más; y a todos los que hayan estado en contacto con ellos obsérvalos: si se enferman mándalos también allí, si no que se queden, pero vigilados».

El tercero le dijo: «Haz lo que dice el primero; no hagas lo que te dice el segundo; pero por sobre todo cambia las costumbres morales de tu ejército, de lo contrario te fatigarás en vano, y a la postre también tú y nosotros moriremos apestados».

El Rey nombró al tercero como su único consejero y a los otros dos los mandó a cuidar enfermos.

Dejemos por ahora esta historia…

* * * * *

Si pretendemos hablar del SIDA hemos de tener en cuenta que estamos tratando de una epidemia, o mejor -debido a las dimensiones que ha tomado y que tomará según los más razonables cálculos- de una pandemia . Y como ante cualquier enfermedad de tal envergadura, las preocupaciones de toda persona sensata, con un mínimo de solidaridad, son dos: 1º que no se enfermen los sanos; 2º ayudar cuanto se pueda a los que están enfermos. Lo primero se dice «prevención», lo segundo «asistencia». Como me han pedido que hable de los problemas morales relacionados con el SIDA, me referiré brevemente a las cuestiones morales o éticas implicadas en uno y otro aspecto.

1. La prevención .

Prevenir significa anticiparse a una situación. Cuando se trata de prevenir algo que no deseamos que suceda, será el realizar cuanto sea necesario y verdaderamente eficaz para que tal situación no se dé. Todo ser racional sabe que para prevenir algo desagradable debe buscar aquellos medios que sean eficaces (nadie busca curar el cáncer con té de tilo) y que respeten la dignidad e integridad de la persona (para prevenir que se me encarne una uña podría cortarme todos los dedos, pero eso no respeta mi integridad ni mi dignidad).

Estas dos cosas (la eficacia y el respeto por la dignidad) son esenciales para establecer la moralidad o inmoralidad de todo cuanto se haga para prevenir la enfermedad de la que estamos tratando. Y para conseguir esto, es decir, que los sanos no se enfermen [y eventualmente que los enfermos no se enfermen más] hay sólo dos medios u objetivos que deben procurarse: una correcta información y una recta educación.

a) Los dos objetivos.

-La correcta información. Lo primero debe dirigirse a la inteligencia y es enseñar la verdad. Como dice el Papa: sin miedos infundados, pero también sin falsas esperanzas. Muchas de las causas por las que el SIDA crece en proporciones alarmantes provienen de una información falsa o parcializada sobre el mismo, sobre sus causas, los medios para combatirlo, los medios de prevenirlo.

-La recta educación . Este segundo aspecto se dirige a la voluntad. Para que alguien sea consecuente con lo que se le informa, es decir, para que lleve a la práctica, a su vida, lo que se la dicho (y no quede, por tanto, en puras palabras) tiene que tener fuerza de voluntad, tiene que tener las virtudes que le capaciten para vivir según lo que sabe.

b) Tres enfoques informativo-educativos actuales.

Pues bien, hoy día no todos proponen ni realizan la misma información y educación para prevenir el SIDA. Podemos decir que sobre esto hay tres posturas, tres tipos de información y educación diversos, que responden a tres concepciones diversas de la vida, de la moral, del hombre:

a. Ante todo, tenemos y muy difundida una concepción que algunos llaman ‘medico-epidemiológica’ ; es puramente positivista (apunta a lo que aparentemente tenga más éxito inmediato); esta concepción razona así: allí donde no se pueda obtener la abstinencia de la droga o de las relaciones sexuales riesgosas, se debe insistir en el uso de la jeringa personal y descartable y del preservativo. En consecuencia, ‘informan’ sobre ‘el sexo y la droga seguros’. Reconocen que esto no tiene total seguridad, pero insisten en que reduce en algo los riesgos. El único criterio son los porcentajes. El uso de estos elementos reduce el porcentaje de contagios…. es por tanto, bueno. Ahora bien, suponiendo que esto tiene alguna efectividad, ¿se puede decir que el fin justifica los medios? Desde el punto de vista moral esto es una postura inaceptable. En otro orden de cosas sería la misma concepción que justificó hace medio siglo las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki para poner fin a la guerra con Japón. ¿Por qué esa masacre de inocentes nos parece aberrante, mientras que la aplicación del mismo principio en nuestro caso no nos choca? Si los principios que usamos con tranquilidad de conciencia, cuando son aplicados a otro tema conducen a aberraciones, es señal que son erróneos y que debemos abandonarlos cuanto antes. Entonces, el problema aquí subyacente no es la mayor o menor efectividad, o bien que los fines no sean laudables, sino que el acto mismo que se realiza es inmoral y no puede ser justificado bajo ningún criterio moral.

Por otra parte, aun desde el punto de vista de la efectividad esta posición se caracteriza por una falsedad fundamental, a saber, la de la pretendida eficacia, ya que no es tan efectiva como pretende [1]; si a esto se suma el problema cultural del que luego hablaremos cabe dudar incluso del valor material de esta campaña.

b. En segundo lugar, tenemos la concepción ‘ideológica’ . Es la de los que promulgan la liberación sexual (homo-hetero y bisexual) y la liberación de la droga. Sus portavoces sostienen las campañas de ‘sexo-droga libre’. En general, como se ha visto en algunos lugares (Europa, EEUU), minimizan el peligro del SIDA, afirmando que de trata de un montaje alarmista manipulado por grupos culturales nostálgicos de una moral represiva. Acusan especialmente a la moral católica. No hacen falta palabras para refutarla; lo hacen los hechos y las estadísticas.

c. Por último, está la posición que parte, ante todo, de la visión integral de la persona humana, que busca evitar la infección y el contagio no aisladamente, sino con actos y dentro de un modelo de vida que promuevan el bien integral de la persona humana, y respeten su dignidad y la ley moral que la salvaguarda.

-Ante todo, ésta enseña que no puede intentar salvarse un aspecto humano (la salud o la vida) produciendo el detrimento de otro (como la vida espiritual o la vida psíquica) [2].

-En segundo lugar, parte de la visión integral y completa de la enfermedad que trata de evitar. Esta visión integral nos lleva a considerar, no sólo los efectos, sino también las causas de la enfermedad. Todo efecto tiene una causa, y si no queremos los efectos, debemos prevenir ante todo que no se verifiquen las causas: las goteras no se solucionan poniendo baldes sino arreglando el techo.

Hay que reconocer que muchos casos de transmisión del SIDA no están ligados a ningún comportamiento deshonesto; de hecho, muchos enfermos han contraído la enfermedad por una transfusión con sangre infectada, o en el período de gestación en el seno materno, o contagiados por el cónyuge legítimo ignorante tal vez de la enfermedad que llevaba, o bien -algún caso hay- atendiendo a los enfermos. Sin embargo, estos casos, aún siendo muchos, no son sino un pequeño porcentaje entre las demás causas de la difusión del mal del SIDA. La causa principal ha sido, y sigue siendo (como lo demuestra elocuentemente el estudio de los ambientes en que se difunde), la promiscuidad sexual y la drogadicción y, por consecuencia, el ambiente cultural en que estos dos males de nuestro tiempo se cultivan y que el Papa Juan Pablo II ha denominado «la cultura de muerte».

• En efecto, en muchos casos esta enfermedad se enmarca por un lado en la cultura hedonista que propone como ideal supremo el placer y singularmente el placer del sexo; y que por eso alienta y alimenta la promiscuidad sexual, la sexualidad prematrimonial, extramatrimonial, la homosexualidad, la bisexualidad, la degeneración sexual, la destrucción del ideal del matrimonio monogámico y fiel, y la destrucción de la familia.

• Por otro lado, se cultiva en la cultura cerrada a la vida e incluso antivida . ¿Cuántas de las manifestaciones más características de nuestro tiempo (y por las que nuestra época será tristemente recordada en la historia) no suponen acaso el desprecio y la conculcación de la vida? La sexualidad cerrada a la transmisión de la vida, el aborto, la eutanasia, la manipulación y destrucción de embriones, la guerra, la violencia, el suicidio. Y lo que es peor y el punto más elocuente de la gravedad de nuestra situación, a saber, que muchas de estas cosas que son signo de muerte, nuestra sociedad (nuestros científicos, nuestros literatos, nuestros medios de comunicación, nuestras leyes) no sólo las toleran sino que las justifican. Por eso dice el Papa en su última encíclica: «… Se va delineando y consolidando una nueva situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y -podría decirse- aún más inicuo…: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual» [3]. Junto a esta justificación, el otro hecho gravísimo es la insensibilidad de nuestra conciencia: «… No menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma… le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida humana» [4]. Por eso decía el Papa que junto a la difusión del SIDA se ha ido también difundiendo una especie de inmunodeficiencia en el plano de los valores morales [5].

Desde este ángulo es fácil darse cuenta que es muy infantil pensar que la causa de la transmisión del SIDA podría ser el descuidado uso de las jeringas por parte de los drogadictos, o la práctica del sexo sin preservativo. No es eso, es, más profundamente, el fenómeno cultural de la drogadicción, el fenómeno de una falsa sexualidad, y la mentalidad que está detrás de uno y otro hecho.

De ahí que la campaña del preservativo o de la jeringa descartable no sean sino unclamoroso acto farisaico . Las campañas higiénicas contra el SIDA creen que protegen contra la epidemia repartiendo o aconsejando el uso de preservativos para que realicen ‘sin riesgo’ y libremente los actos sexuales y lo mismo se diga de la gratuita distribución de jeringas descartables. En realidad, con esto se va creando y promoviendo la mentalidad en la cual el SIDA se alimenta y expande. Como indica el actual secretario de la Pontificia Comisión para la Familia, Mons. Sgreccia, en las personas que practican la homosexualidad, la prostitución y la promiscuidad sexual, la ilusión o falsa seguridad del preservativo podría llevar a graves consecuencias en cuanto a la difusión del contagio.

Más aún. Con tales campañas se hacen dos actos más nefastos todavía: primero confunden las inteligencias de los incautos que creen que el sexo ‘seguro’ (?) es lícito sólo con la condición de que sea ‘seguro’. Segundo: con la excusa de ‘informar’ sobre este modo de prevenir el contagio despiertan la curiosidad y la malicia, haciendo perder la inocencia, la pureza, la castidad a muchísimos jóvenes y niños. ¿Cuántas veces, la ‘información’ para prevenir el SIDA no se ha convertido en un incentivo, en una incitación, en una invitación, en un estímulo para el pecado?

Por tanto, hay que atacar las causas, cambiar la mentalidad, cambiar los corazones y, sobre todo, educar en la virtud. Hoy en día, en muchos países se va tomando conciencia de que lo único verdaderamente seguro es la vida conyugal y familiar. Ella puede preservar de la tentación de recurrir a ambientes donde circule la droga y además porque la vida sexual intraconyugal es la única vía segura para evitar los peligros que vienen por el abuso de la sexualidad.

Esto está bien, pero no basta. El vivir de acuerdo con las leyes de la sana moral no es ni debe ser una especie de ‘profiláctico social’, es decir, que sólo hay que vivir moralmente bien para ‘no contagiarse’. No es así. Hay que vivir moralmente bien porque en ello está la perfección humana espiritual y sobrenatural, porque sólo así respetamos nuestra dignidad, sólo así maduramos, sólo así cumplimos la voluntad de nuestro Creador y sólo así alcanzamos el Fin para el que hemos sido creados.

La castidad (absoluta en quien no está casado y conyugal en quien lo está) es el mejor medio, el más seguro y eficaz, para evitar el SIDA, pero no sólo para eso. Se puede ser casto por miedo al SIDA, y eso no es virtud. Y cuando no hay virtud, seguirá latente el riesgo de que en algún momento se tire todo por la borda, especialmente cuando el único móvil es el temor a la infamia, a la enfermedad o a la muerte. Porque como nuestra sociedad va inyectando gérmenes de muerte en nuestro pensamiento, para aquéllos que no encuentran sentido a la vida, la muerte se convierte en un hecho que hay que afrontar tarde o temprano.

Por tanto, la única y la mejor prevención es el educar en las virtudes. La virtud de la fortaleza, de la caridad, de la esperanza, de la castidad… Mientras no trabajemos por este lado estaremos sembrando en un salitral.

2. La asistencia.

El segundo aspecto es la asistencia a los enfermos de SIDA. El enfermo de SIDA es un enfermo más, un ser que sufre. Cómo se contagió es algo que tiene que arreglar entre él y Dios. Moralmente estamos obligados a prestarle toda nuestra ayuda, espiritual, material, psicológica y moral se trate de quien se trate.

Es más, teniendo en cuenta que la gran mayoría de los enfermos provienen o viven en esa cultura que hemos señalado anteriormente, necesitan más que cualquier otro enfermo nuestra atención.

Ellos necesitan de nosotros:

-ante todo, todos nuestros esfuerzos materiales, médicos, económicos, para ayudarlo y tratar de sanarlos si fuese posible…
-que se les explique el sentido del sufrimiento, del dolor y de la muerte
-que se les enseñe que también por ellos murió Jesucristo en la Cruz
-que se les dé consuelo; no nos damos cuenta de cuántos son los que mueren abandonados, en la miseria de la soledad, rechazados y cuántos pueden morir desesperados por causa de nuestra indiferencia o de nuestro rechazo. Jesucristo no obró así; la Iglesia nunca obró así. Nosotros no podemos obrar así.

Si la caridad ha de ser nuestro distintivo, estos enfermos son nuestra oportunidad para vivirla y para que no nos limitemos a pronunciarla con los labios. A los enfermos no los ayudamos con Congresos sino con nuestra caridad operante. Moralmente ¿qué tenemos que hacer? Jesucristo lo dijo con palabras muy sencillas: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, visitar a los enfermos y a los presos.

* * * * *

Volviendo a la parábola con la que empezamos:

-el que aconsejó al rey perfeccionar sus servicios médicos, tenía buenas intenciones, pero una estrategia insuficiente e ineficaz: tal vez podría mejorar momentáneamente la situación, pero si siguen vivas las causas que lo desencadenaron, tarde o temprano lo volverán a desencadenar una vez más;

-el que aconsejó mandarlos a la isla es la figura del hombre cómodo y discriminador, el hombre sin corazón y sin misericordia;

-el tercero es el hombre prudente: curemos a los enfermos y tratemos que los sanos cambien sus costumbres para que el mal no sea sólo ‘contenido’ sino ‘vencido’.

Empecé con una parábola, termino con otra. Un hombre baja de Jerusalén a Jericó y unos ladrones le robaron lo que tenía, lo apalearon y lo dejaron desnudo, y malherido. Pasó por allí un hombre que tenía por oficio hacer misericordia y viéndole pasó de largo porque, creyéndolo enfermo, tuvo miedo de comprometerse, de contagiarse o de arriesgarse; pasó luego otro cuyo oficio era predicar sobre la amistad entre los hombres e hizo lo mismo: no tenía tiempo porque iba ocupado pensando su próximo discurso sobre el amor a los hombres. Pasó finalmente un hombre que todos consideraban enemigo y de trato indigno, pero éste viéndolo se conmovió, limpió y curó sus heridas, y cargándolo sobre su mula lo llevó a una posada y dándole todo su dinero al posadero se lo encargó diciendo: «cuida de él y no repares en gastos; cuando yo vuelva si gastaste algo de más te lo pagaré».

Jesucristo dijo que sólo este último se comportó como prójimo del desgraciado. Jesucristo se estaba describiendo a Sí mismo, y también a nosotros, puesto que poco más tarde diría «obrad según yo os he dado ejemplo».

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] El Dr. Miroli, rector del programa nacional del lucha contra el sida, afirmó a un periodista, después de su ponencia en el Congreso de bioética de Rosario que ’82 de cada 100 preservativos en circulación, no sirven ni para bombitas de agua’ (Cf. Boletín de la Liga por la Decencia, Rosario, marzo de 1993, p.3).

[2] Cf. Donum vitae, Introducción, 3.

[3] Evangelium vitae, nº 4.

[4] Ibid.

[5] Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, 26/11/89, p. 6, nº 4.

estado vegetativo

¿Está muerta una persona que se encuentra en estado vegetativo?

Pregunta:

Una persona que esta en estado vegetativo, con muerte cerebral que tan solo su corazón esta latiendo porque esta conectado a los aparatos, ¿posee todavía su alma?

Respuesta:

Estimado:

El termino ‘estado vegetativo’ es usado hoy de modo ambiguo y confuso. Si la persona está en verdadero estado vegetativo, es decir, está en un estado de inconsciencia irreversible pero son sus potencias vegetativas las que aún actúan moviendo algunos órganos, como el corazón y los pulmones, (ayudados, en todo caso, por aparatos externos, pero no reemplazados por ellos), entonces, la persona está viva y por tanto,  su alma está unida a su cuerpo.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

calmantes

¿Es lícito dar calmantes a un enfermo dejándolo inconsciente?

Pregunta:

Estimado Padre: Nuestra anciana madre está enferma desde hace años, y ha entrado ya en una etapa que los médicos consideran terminal. Sus dolores son realmente enormes y los calmantes que le suministran hace sólo un mínimo efecto; ella no está consciente la mayor parte del tiempo desde hace meses. A nosotros nos causa mucha pena verla sufrir tanto, y los médicos que la atienden nos han sugerido que habría que aumentar la dosis de las drogas que recibe para calmarla y mantener esta medicación hasta que Dios la llame, pero esto la llevaría a perder definitivamente la conciencia y nosotros, sus hijos, estamos perplejos. ¿Es lícito hacer esto? Algunos de mis hermanos dicen que no ven problema; pero yo no estoy seguro. ¿Me podría orientar para tomar una decisión correcta?

Respuesta:

Estimada:

El problema del uso de analgésicos que adormecen la conciencia y la licitud de su uso ya le fue planteada al Papa Pío XII a fines de los años ’50. El dilema se plantea porque, como usted dice, por un lado se produce la mitigación del dolor, pero esto sucede en muchos casos a costa de la duración de la vida, que con ello se abrevia[1].

  1. El dolor y los méritos para la vida eterna

El Papa sentó en aquella oportunidad una respuesta sumamente equilibrada de gran actualidad. Es cierto que los sufrimientos y dolores son un gran motivo de mérito y que los dolores de la enfermedad terminal son los últimos que se pueden ofrecer en esta vida para alcanzar la vida eterna. Pero también es cierto que “el crecimiento en el amor de Dios y en el abandono en su voluntad no procede de los sufrimientos mismos que se aceptan, sino de la intención voluntaria, sostenida por la gracia; esta intención, en muchos moribundos, puede afianzarse y hacerse más viva si se atenúan sus sufrimientos, porque éstos agravan el estado de debilidad y agotamiento físico, estorban el impulso del alma y minan las fuerzas morales, en vez de sostenerlas”.

Por este motivo a veces “la supresión del dolor procura una distensión orgánica y psíquica, facilita la oración y hace posible una entrega de sí más generosa”.

De aquí que “si algunos moribundos consienten en sufrir como medio de expiación, fuente de méritos para progresar en el amor de Dios y el abandono a su voluntad, que no se les imponga la anestesia; ayúdeseles más bien a seguir su propio camino”. Pero “en el caso contrario, no sería oportuno sugerir a los moribundos las consideraciones ascéticas antes enunciadas, y convendrá recordar que en lugar de contribuir a la expiación y al mérito, puede el dolor dar también ocasión a nuevas faltas”.

  1. La supresión del conocimiento cuando no hay motivos clínicos graves

¿Es lícito suprimir la conciencia de un moribundo no para evitarle el dolor sino para que no sufra psicológicamente conociendo la gravedad de su estado? Sobre esto hay que decir, con el mismo Pontífice: “Puesto que el Señor quiso sufrir la muerte con plena conciencia, el cristiano desea imitarle también en esto. La Iglesia, por otra parte, da a los sacerdotes y a los fieles   una serie de oraciones para ayudar a los moribundos a salir de este mundo y entrar en la eternidad. Si esas oraciones conservan su valor y su sentido, aun cuando se digan a un enfermo inconsciente, en cambio normalmente suministran luz, consolación y fuerza a quien puede tomar parte en ellas. De esta manera la Iglesia da a entender que, sin razones graves, no hay que privar de conocimiento al moribundo. Cuando la naturaleza lo hace, los hombres lo deben aceptar; pero no lo han de hacer de propia iniciativa, a no ser que haya para ello serios motivos”.

Añadía Pío XII que tal suele ser el deseo de los mismos interesados: “cuando tienen fe, anhelan la presencia de los suyos, de un amigo, de un sacerdote, para que les ayude a bien morir. Quieren conservar la posibilidad de adoptar sus últimas disposiciones, de decir una oración postrera, una última palabra a los asistentes. Impedírselo repugna al sentimiento cristiano y aun simplemente humano. La anestesia empleada al acercarse la muerte con el único fin de evitar al enfermo un final consciente, sería no ya una conquista notable de la terapéutica moderna, sino una práctica verdaderamente deplorable”.

  1. La supresión de la conciencia cuando hay motivos graves

¿Qué ocurre cuando hay, en cambio, una indicación clínica seria (por ejemplo, dolores violentos, estados morbosos de depresión y de angustia)?

En estos casos “el moribundo no puede permitir, y menos aún pedir al médico, que le procuren la inconsciencia si de ese modo se incapacita para cumplir deberes morales graves, por ejemplo, arreglar asuntos importantes, hacer su testamento, confesarse”.

Pero añadía el Papa: “Para juzgar sobre esta licitud habrá que preguntarse también si la narcosis será relativamente breve (por una noche o por algunas horas) o prolongada (con o sin interrupciones) y considerar si el uso de las facultades superiores volverá en ciertos momentos, durante algunos minutos siquiera o durante algunas horas, de modo que dé al moribundo la posibilidad de hacer lo que su deber le impone (por ejemplo, reconciliarse con Dios). Por lo demás, un médico concienzudo, aun cuando no sea cristiano, jamás cederá a las presiones de quien quisiere, contra la voluntad del moribundo, hacerle perder su lucidez para impedirle que tome ciertas decisiones”.

“Cuando, a pesar de las obligaciones que le incumben, el moribundo pide la narcosis, para la cual hay motivos serios, un médico consciente de su deber no se prestará a ello, sobre todo si es cristiano, sin invitarle antes, bien por sí mismo, o mejor aun, por intermedio de otro, a cumplir previamente sus obligaciones. Si el enfermo se niega obstinadamente a ello y persiste en pedir el narcótico, el médico se lo puede dar sin hacerse culpable de cooperación formal a la falta cometida. Esta, en efecto, no depende de la narcosis, sino de la voluntad inmoral del paciente; se le dé o no la analgesia, su comportamiento será idéntico; no cumplirá su deber. Queda, sí, la posibilidad de arrepentimiento, pero no hay ninguna probabilidad seria de ello y ¿quién sabe si no se endurecerá aun más en el mal? Pero si el moribundo ha cumplido todos sus deberes y recibido los últimos sacramentos, si las indicaciones médicas claras sugieren la anestesia, si en la fijación de las dosis no se pasa de la cantidad permitida, si se mide cuidadosamente su intensidad y duración y el enfermo está conforme, entonces no hay nada que objetar: la anestesia es moralmente lícita”.

  1. Cuando la anestesia acorta la duración de la vida

¿Habría que renunciar al narcótico si su acción acortase la duración de la vida?

Es claro que “toda forma de eutanasia directa, o sea, de administración de narcótico con el fin de provocar o acelerar la muerte, es ilícita, porque entonces se pretende disponer directamente de la vida. Uno de los principios fundamentales de la moral natural y cristiana es que el hombre no es dueño y propietario de su cuerpo y de su existencia, sino únicamente usufructuario. Se arroga un derecho de disposición directa cuantas veces uno pretende abreviar la vida como fin o como medio”.

Distinto es el caso en que “se trata únicamente de evitar al paciente dolores insoportables; por ejemplo, en casos de cáncer inoperable o de enfermedad incurable”. En estos casos “si entre la narcosis y el acortamiento de la vida no existe nexo alguno causal directo, puesto por la voluntad de los interesados o por la naturaleza de las cosas (como sería el caso, si la supresión del dolor no se pudiese obtener sino mediante el acortamiento de la vida), y si, por el contrario, la administración de narcóticos produjese por sí misma dos efectos distintos, por una parte el alivio de los dolores y por otra la abreviación de la vida, entonces es lícita; habría aún que ver si entre esos dos efectos existe una proporción razonable y si las ventajas del uno compensan los inconvenientes del otro. Importa también, ante todo, preguntarse si el estado actual de la ciencia no permite obtener el mismo resultado empleando otros medios, y luego no traspasar en el uso del narcótico los límites de lo prácticamente necesario”.

  1. Conclusión

Por tanto, en resumen, a su pregunta debo responder que: si no hay otros medios y si, dadas las circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales, es lícito darle los calmantes que requiera la gravedad del enfermo, aunque esto conlleve, indirectamente la pérdida de su conciencia.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] Pío XII, Respuestas a tres preguntas religiosas y morales concernientes a la analgesia, formuladas durante el IX Congreso Nacional de la Sociedad Italiana de anestesiología (24/2/1957). Esta es la pregunta y respuesta 3ª. Decía el Papa, precisando la perspectiva de la cuestión: “Que los moribundos tengan más que otros la obligación moral natural o cristiana de aceptar el dolor o de rechazar su mitigación, esto no depende ni de la naturaleza de las cosas ni de las fuentes de la revelación. Mas como, según el espíritu del Evangelio, el sufrimiento contribuye a la expiación de los pecados personales y a la adquisición de más abundantes méritos, aquellos cuya vida está en peligro tienen por cierto un motivo especial para aceptarlo, porque, con la muerte ya cercana, esta posibilidad de obtener nuevos méritos corre el riesgo de desaparecer bien pronto. Pero este motivo interesa directamente al enfermo, no al médico que practica la analgesia, suponiendo que el enfermo consienta en ella o aun la haya pedido expresamente. Sería evidentemente ilícito practicar la anestesia contra la voluntad expresa del moribundo (cuando él es sui iuris)”.

 

muerte y trasplante

¿Cómo establecer el momento de la muerte?

Pregunta:

Padre: 

Le escribo desde México. Soy médico y trabajo en Terapia Intensiva. Frecuentemente los médicos de hoy en día nos vemos ante la necesidad de preparar a un paciente que ya tiene muerte cerebral para que sus órganos se transplanten a otra persona para salvar su vida. Sé perfectamente que la Iglesia ve con buenos ojos esta práctica, pero algunas veces he entrado en discusión con algunos católicos sobre la presencia del alma en estos casos, pues estrictamente si el alma sigue en ese cuerpo cuando ya se ha diagnosticado la muerte cerebral (para mi la muerte llamada «clinica») el alma ya no se encuentra ahí y está gozando ya de la gracia de Dios o bien de su purgatorio. Estríctamente hablando, si el alma permanece ahí todavía, entonces estamos cometiendo un asesinato al quitarle los órganos al donador, pues inmediatamente el paciente «muere» al quitarle ciertos órganos, como el corazón o los pulmonares, por ejemplo. Quisiera una explicación teológica, filosófica, apologética o científica al respecto. Déjeme aclararle que soy un católico ferviente y soy muy estudioso de la apologética, pues me encatan estos temas. Gracias por su tiempo. Atentamente:
DR. JO (MEXICO)

Respuesta:

Estimado Dr.
Me he ocupado en este tema de modo muy breve en la respuesta «¿Está muerta una persona en estado vegetativo?» y más largamente en este otro, con el título: «La muerte, ¿cuándo se produce?». Lo invito a la lectura de ambos artículos, especialmente el segundo.

Aprovecho para enviarle el siguiente artículo-entrevista a la Dra. Chiara Mantovani, presidenta de la Asociación de Médicos Católicos Italianos, que ha publicado Zenit en setiembre de 2008 y que coincide con los principios indicados en los artículos arriba indicados.

¿Cuándo establecer el momento de la muerte?

Responde la doctora Mantovani, de la Asociación de Médicos Católicos Italianos

ROMA, domingo, 28 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Desde las páginas del diario vaticano «Osservatore Romano», un artículo firmado por Lucetta Scaraffia ha reabierto una cuestión que periódicamente suscita discusiones y perplejidad: la declaración de muerte de una persona humana.

Para responder a este interrogante, Zenit ha recogido declaraciones de la doctora Chiara Mantovani, presidenta de la Asociación de Médicos Católicos Italianos (AMCI) de Ferrara, Italia.

En primer lugar, la doctora Mantovani afirma la necesidad de aclarar los términos usados.

Según la experta italiana, el término «muerte cerebral» es «una expresión errada, dañina, desviada» pero lamentablemente demasiado usada como sinónimo de «muerte encefálica» que es otra cuestión. «Para dar una idea aproximada, es como si dijéramos que dormir profundamente es como estar muerto», explica.

En cambio, por «muerte encefálica» se entiende «el silencio eléctrico (la ausencia total, repetidamente registrada, de toda actividad en la corteza cerebral, en el puente y en el bulbo: todo el encéfalo) de toda estructura encargada de generar y coordinar cualquier otra actividad del cuerpo».

Ya de esta definición genérica, explica la doctora Mantovani, se puede comprender que «alguien que parece muerto pero respira por sí solo y su corazón palpita con autonomía no está muerto». Lo que sucede, añade, «es que una parte del encéfalo está dañada pero no todo: lo que regula el corazón y los pulmones funciona».

La doctora prefiere no entrar en el argumento de si la vida de esta persona sea o no digna, inútil, insoportable. «Estas son valoraciones diversas de la simple constatación de que la vida no ha abandonado ese cuerpo», afirma.

¿Cómo establecer la muerte?, se pregunta. «Detectando el cese de las funciones que conocemos necesarias para la vida: respiración y circulación», responde. Y aclara que debe ser un cese, no una interrupción temporal y breve. Esta interrupción puede ser de un cuarto de hora en un adulto y de media hora en un niño. Sin oxígeno, el corazón deja de funcionar y el cerebro (todo el cerebro) se daña y no puede cumplir su función de coordinación de las funciones vitales.

La doctora aclara que los términos «coma» y «estado vegetativo» no son equivalentes a la muerte encefálica, es decir «el estado en el que, por lo que sabemos hasta ahora, la capacidad de realizar los procesos vitales ha desaparecido».

Y afirma que hoy en Italia la ley permite la extracción de órganos sólo en el caso de muerte confirmada con criterios neurológicos que definan un cuadro de muerte encefálica y no cerebral. Es decir, «el electroencefalograma plano no es todavía muerte encefálica, no se extirpan los órganos si los centros profundos bulbares dan aún signo de actividad eléctrica».

En este sentido explica que los cuidados médicos de ayuda a la circulación y respiración para mantener el necesario aporte de oxígeno se hace durante el tiempo necesario «para la constatación rigurosa de los criterios de muerte encefálica. Habría que hacer entender que es precisamente un mecanismo de seguridad para constatar que no nos hemos equivocado, que no ha habido un fallo en un registro dando resultados erróneos».

La experta afirma que no se trata de un problema «católico»: «Los teólogos católicos expresan posturas coherentes con la teología partiendo de los datos de razón proporcionados por otras disciplinas». En el caso de un paciente anencefálico, aclara, «debería ser controlado en aquella parte de encéfalo que conserva y sólo ser declarado muerto cuando llega el silencio eléctrico». Justo en este caso-límite, se aplica toda la prudencia señalada anteriormente.

La doctora comenta otra afirmación muy extendida que califica de «sorprendente», según la cual, el problema de los trasplantes no se resuelve con una definición médico-científica de la muerte sino a través de la elaboración de criterios ética y jurídicamente sostenibles y compartidos.

Una tal afirmación, según la doctora Mantovani, es «una invitación a prescindir de los hechos». Y se pregunta: «¿Qué puede apoyar legítimamente el juicio sino el conocimiento del hecho, en la medida en que es posible a la razón y a la experiencia?».

Si se prescinde de los hechos, se pregunta la experta, «¿la verdad donde apoyar el juicio debería derivar del acuerdo sobre lo que es justo? ¿Sometemos a votación los criterios de constatación de la muerte?».

Tratar de elaborar criterios ética y jurídicamente compartidos es especialmente complicado, explica la doctora Mantovani.

«El problema ético –afirma– tiene una (aparente) simple solución: se dispone con respeto del cadáver, se trata con respeto al viviente. Me parece superfluo detenerme en la diferencia entre ‘disponer’ y ‘tratar'».

«La naturaleza de cosa, aunque noble, del cuerpo muerto corresponde a la sustancia cadavérica; la naturaleza de persona del cuerpo viviente corresponde a la sustancia del ser. La ética respecto a la una y la otra se aplica cuando reciben un tratamiento adecuado a su respectiva naturaleza», puntualiza.

En cambio el problema jurídico –indica– es más complejo porque se trata de traducir a la práctica normas válidas para cada situación: «En un panorama ético y social dividido, y más todavía, fragmentado, como el moderno, esta es una operación cada vez más compleja. Pero si también la legislación se aleja de la concreción del dato conocido y honestamente reconocido, y se cae en la trampa de la concertación, entonces no sé imaginar qué posibilidad puede tener la ética de encontrar un fundamento común», concluye.

Traducido del italiano por Nieves San Martín

P. Miguel A. Fuentes, IVE

adopción

¿Adopción de niños por parte de homosexuales?

Pregunta:

¿Qué dicen los psicólogos y los psiquiatras sobre la adopción de niños por parte de homosexuales?

 

Respuesta:

Estimado:

Le respondo con un sugestivo artículo publicado por Zenit (3 de junio de 2003):

MADRID, 3 junio 2003 (ZENIT.org-VERITAS).- Rafael Simancas, presidente electo de la Comunidad de Madrid, ha afirmado el pasado viernes que una de las primeras actuaciones que llevará a cabo durante su mandato será la de revisar la Ley de Parejas de Hecho para permitir la acogida de niños por parejas homosexuales ‘en función de los criterios de los técnicos’.

Sin embargo, numerosos psiquiatras, psicólogos y profesionales sanitarios consultados por la agencia Veritas han mostrado su oposición a que prospere la iniciativa del dirigente socialista.

‘El fin de la adopción no es tanto dar un hijo a unos padres que no pueden tenerlo como dar unos padres idóneos a un niño que carece de ellos’, ha alegado el psicólogo Luis Riesgo’.

‘Aprobar la adopción de niños por parejas homosexuales implicaría ir contra el séptimo principio de la Declaración Universal de los Derechos del Niño, que estipula que ‘El interés superior del niño debe ser el principio rector de quienes tienen la responsabilidad de su educación y orientación», matiza el psicólogo.

La pediatra, miembro de la Asociación Española de Pediatría y de la ‘European Society for Pediatric Research’ (Asociación Europea para la Investigación Pediátrica), Ana Martín Ancel, coincide con Riesgo al afirmar que ‘la adopción existe para acompañar a un niño que ha sido privado de su familia, y pretende darle un ámbito lo más adecuado posible para su desarrollo’.

‘Un niño es un regalo, no un derecho para la utilidad de nadie’, sentencia en un artículo publicado el pasado marzo en la revista mensual ‘Páginas para el mes’.

Mónica Fontana, profesora de Orientación y Terapia Familiar en la Universidad San Pablo CEU de Madrid y especialista en psicología clínica y terapia familiar abunda en la idea de la necesidad de un padre y una madre, ya que ‘es mejor para el niño adoptivo que su emplazamiento filial sea lo más parecido posible al de su familia biológica’.

La adopción, ‘sin ser la única respuesta a la situación de desamparo del niño, con el tiempo se ha reconocido como la mejor solución, por imitar en la manera más precisa la forma en que ese niño vino al mundo y la realidad que viviría de no haber sido entregado por sus padres en adopción’, subraya.

‘En este sentido, la familia es indispensable para el desarrollo de cualquier ser humano. Esta relación que inicia con la familia será necesaria para el niño no sólo para su desarrollo, sino para llegar a ser él mismo’, prosigue.

‘En el caso de las parejas homosexuales hay un impedimento para poder satisfacer esta necesidad de todo ser humano. Si la relación entre dos mujeres o entre dos hombres es natural –como se argumenta-, ¿por qué hay una imposibilidad biológica para procrear?’, se cuestiona Fontana.

‘A los dos años, un niño ignora conscientemente si es varón o mujer. Esta identidad se aprenderá de los que le rodean en su infancia. Por eso el niño tiene derecho a ser formado en una familia para satisfacer uno de los conocimientos más importantes en la existencia de cualquier ser humano: ¿quién soy yo? Y, por tanto, ¿quién eres tú?’, añade.

Fontana arguye además que ‘está comprobada la mayor promiscuidad de la uniones homosexuales, que se rompen cuatro veces más que las heterosexuales. Imaginemos de nuevo las consecuencias sobre los niños, tan necesitados de seguridad y estabilidad, de un segundo abandono’.

‘Por último, necesariamente surgirán en el niño problemas de socialización. Lo quieran o no, las uniones homosexuales serán siempre minoritarias y los niños adoptados por ellas, por muchos que se les diga, nunca podrán sentirse iguales a los demás. ¿Qué respuesta puede darse a un hijo que pregunta por qué sus amigos tienen un papá y una mamá? O bien, ¿qué es una mamá?’, apostilla.

La Asociación Española de Pediatría también se ha manifestado reiteradamente sobre esta cuestión. Y ha sido contundente: ‘Un núcleo familiar con dos padres o dos madres es, desde el punto de vista pedagógico y pediátrico, claramente perjudicial para el armónico desarrollo de la personalidad y adaptación social del niño’.

En un artículo publicado en el diario ABC el 18 de octubre de 1994, el psicopedagogo Bernabé Tierno afirmaba que ‘a los homosexuales hay que aceptarlos como son y tienen tanta dignidad como el primero. Pero deben darse cuenta de que este experimento se sale mucho de la norma y es arriesgado. Es bastante fácil que esa criatura , educado por homosexuales o lesbianas, se sienta condicionado por el ambiente (el niño es una esponja hasta los siete u ocho años; lo aprende todo). Y por otro lado, distinto en un mundo en que predomina la heterosexualidad. Hay que pensar que decidirán por él unas personas que mediatizarán su vida’, apostilla.

¿Qué dicen los estudios efectuados al respecto? ‘Desgraciadamente, no contamos en la actualidad con estudios, desde el punto de vista empírico, cuyos resultados sean generalizables y aceptados por todos’, asegura Fontana.

‘Hace poco más de un año, la Academia Estadounidense de Pediatría publicó en su revista ‘Pediatrics’ una declaración por la que apoyaba el derecho de homosexuales y lesbianas de adoptar a los hijos de su compañero, alegando que ‘los niños nacidos o adoptados por un miembro de la pareja del mismo sexo, merece la seguridad de dos padres legalmente reconocidos».

Sin embargo, según la especialista, ‘para invalidar los resultados de estos estudios, basta con revisar los errores de la metodología empleada’.

En los análisis realizados después del año 2000, informa, ‘se ha comprobado que la atracción sexual hacia personas del mismo sexo al llegar la adolescencia es del 60% más en los niños adoptados por padres homosexuales o lesbianas’.

P. Miguel A. Fuentes, IVE