José

¿Fue verdadero el matrimonio de la Virgen María y San José?

Pregunta:

Escribo desde Paraguay, y pregunto lo siguiente: según la Revelación, Dios crea al hombre a su imagen y a la mujer para que lo acompañe, y luego les dice que se multipliquen, llenen la tierra. Entonces: ¿en qué tipo de familia creció Jesús? Si la Iglesia enseña que María es siempre virgen, ¿qué tipo de matrimonio era el que tenía José y María?

 

Respuesta:

La sentencia comúnmente aceptada por los teólogos es que María contrajo verdadero matrimonio con San José. Para algunos es incluso verdad de fe (como Seldmayr), para otros próxima a la fe (Lepicier). Según el Papa Benedicto XIV la sentencia contraria (es decir, que no hubo matrimonio verdadero) es ‘temeraria’.

Los textos bíblicos siempre hablan de ‘desposorio’, ‘matrimonio’:

-Lc 1,26-38: ‘una virgen desposada con un varón de nombre José’;

-Lc 2,5: José fue a Belén, ‘con María su esposa’;

-Mt 1,18-25: ‘Estando desposada María… con José…’; ‘…José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa…’; ‘recibiendo en su casa a su esposa’…

Estos textos indican claramente:

1. En el momento de la Anunciación, María estaba ciertamente desposada con José.

2. Era virgen (lo dice expresamente San Lucas).

3. Tenía intención de permanecer virgen, aún estando, como ya estaba, desposada: lo expresa claramente su pregunta al ángel: ‘¿cómo podrá suceder esto, si no yo conozco varón?’; esta pregunta carece de todo sentido y es ininteligible en una mujer que está a punto de convivir con un hombre, pues en tal caso debería haber supuesto que concebiría del modo más natural del mundo, una vez que empezase a convivir con José. Distinto es el caso en que Ella tuviese intención, compartida con su esposo, de permanecer virgen; en este caso: o el ángel está hablando de un cambio de planes por parte de Dios…. o de un milagro inaudito.

4. La encarnación tuvo lugar antes de que María fuese llevada a casa de José.

5. Revelado a José el misterio de la concepción virginal, José llevó a María a su casa, celebrándose las nupcias (Mt 2,24). El matrimonio se realizó según el ceremonial hebreo que incluía: primero los esponsales o promesa de unión (en este estado de vida estaba María en la Anunciación) y luego las nupcias o solemne introducción de la esposa en casa del marido.

En cuanto a la naturaleza del matrimonio hay que decir que:

1. San José y la Virgen María contrajeron verdadero matrimonio en cuanto a su esencia (o como se dice en teología: en cuanto a su primera y esencial perfección) porque lo formal del matrimonio (lo que constituye propiamente a un hombre y una mujer en esposos) es el consentimiento para la unión conyugal, es decir en la unión indivisible de los ánimos.

2. En cuanto a la segunda perfección (que es el uso del matrimonio o unión carnal de los esposos) José y María renunciaron voluntariamente antes ya de que María fuese introducida en casa de José. ¿Esto implica imperfección del matrimonio? Hay que distinguir:

a) En cuanto a la unión carnal, no fue matrimonio perfecto.

b) Pero sí fue perfecto en cuanto a la educación de la prole: el niño Jesús.

3. ¿Cuáles fueron los motivos de conveniencia para que María se desposase con San José, si no iban a tener vida matrimonial (en cuanto a la unión carnal)? Los motivos más importantes que señalan los santos Padres son:

a) Para que Jesús no fuera tenido por hijo ilegítimo por los impíos.

b) Para escribir su genealogía dentro del uso corriente, por medio del varón.

c) Para ocultar al diablo el parto de la Virgen.

d) Para que José tuviera el oficio de alimentarlo.

e) Para librar a la Virgen de toda infamia (calumnia).

f) Para que no fuera apedreada como adúltera por quienes no aceptasen el milagro de la Encarnación virginal.

g) Para que tuviese el auxilio de José a lo largo de su vida.

h) Para simbolizar a la Iglesia desposada con Jesucristo.

i) Para honrar a la virginidad y al matrimonio, y presentar tanto a las vírgenes como a las esposas un ejemplo vivo.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

condenados

¿Se puede amar a los demonios y a los condenados? ¿Podemos rezar por ellos?

Pregunta:

Estimado Padre: Desde hace un par de años me hago la siguiente pregunta: Jesús nos enseña a amar a nuestros enemigos; ¿esto es válido aplicarlo con los Ángeles caídos?; ¿Sufre Dios por sus ángeles caídos?; ¿Se aplica a ellos la parábola del hijo prodigo, en el sentido que puedan ser ellos hijos pródigos alejados de la voluntad del padre? ¿Por otro lado es válido rezar por quienes se han portado tan mal que la historia humana ya los ha condenado?; Por ejemplo, yo incluyo a Judas el Iscariote (Hitler y Nerón, entre otros) porque siento compasión y además porque ¿no tenemos todos algo de Judas? Gracias!!! Desde Maracay, Venezuela.

 

Respuesta:

Santo Tomás estudia este tema en su tratado de la Caridad (Suma Teológica, II-II, cuestión 25). Allí, después de preguntarse por el amor a Dios, al prójimo y a sí mismo, también se pregunta si se puede amar a los pecadores y a los enemigos. Le resumo sus enseñanzas:

1) La caridad respecto de los pecadores

Si bien la caridad es debida a los hombres, hay algunos que parecen excluidos de la amistad caritativa como enemigos de Dios, que son los pecadores, y otros, además, como enemigos nuestros.

Sin embargo, Santo Tomás recuerda el razonamiento de San Agustín diciendo: ‘Dice San Agustín que ‘amarás a tu prójimo’, vale lo mismo que ‘a todo hombre hay que tener por prójimo’. Los pecadores no dejan de ser hombres, porque el pecado no destruye la naturaleza. Por tanto, han de ser amados por caridad’.

¿Cómo puede y debe ser amado caritativamente el pecador, a pesar de su pecado? Explica Santo Tomás que en el hombre pecador hay que distinguir la naturaleza, por la que es capaz de Bienaventuranza, y la culpa, que le impide conseguirlo. Por eso, todo pecador como tal debe ser odiado, pero como hombre ha de ser amado: ‘debemos odiar en los pecadores su condición de tales, y amar su condición de hombres capaces de Bienaventuranza’.

Se debe amar a los pecadores con caridad ‘no porque queremos lo que ellos quieren o nos gocemos en lo que ellos se gozan, sino para hacerlos querer lo que queremos y que se gocen en lo que nosotros nos gozamos’. Por eso recuerda aquello de Jeremías 15,19: ‘Se convertirán ellos a ti, y tú no te convertirás a ellos’.

2) Caridad a los enemigos.

Hay que entender por ‘enemigos’ aquellas personas que nos odian pecaminosamente. En tal sentido, es una especie del amor a los pecadores.

El amor a los enemigos es preceptuados por la Sagrada Escritura y allí se nos pone como ejemplar el amor de Dios a nosotros cuando éramos enemigos; se puede leer: Mt 5,44-48; Rom 5,8-10; Ef 2,1-7.

Lo mismo nos recuerda el Magisterio: ‘Cristo murió por amor a nosotros ‘cuando éramos todavía enemigos’ (Rom 5,10). El Señor nos pide que amemos como El hasta a nuestros enemigos…’ (Catecismo, 1825).

Podemos resumir la doctrina de ambos artículos en los puntos siguientes:

-Al enemigo, como tal, es decir, en cuanto posee la cualidad pecadora que lo constituye en enemigo y perseguidor, sería perverso amarle.

-Al enemigo, como hombre y capaz de Bienaventuranza divina, se le debe amar bajo pena de condenación, con el amor caritativo que se tiene a todos en general. Y, por tanto, se le debe conceder los signos y beneficios caritativos que se otorgan en general al prójimo.

-No es necesario amar al enemigo con el amor especial que se reserva para los más queridos, ni, por tanto, hacerle objeto de las atenciones y beneficios correspondientes a ese amor.

-Sin embargo, es necesario estar dispuesto a tener y ejercitar esa caridad especial con el enemigo en caso de necesidad.

-No es obligación, sino perfección de la caridad, tenerla y ejercitarla especialmente con los enemigos no necesitados.

3) La caridad hacia los condenados y los demonios

Santo Tomás habla directamente sobre los ángeles condenados, y lo que dice podemos también aplicarlo a los hombres condenados.

Los demonios no pueden ser objeto de la caridad, porque ésta se extiende a las creaturas que poseen o pueden poseer la divina Bienaventuranza. Y los demonios están definitivamente imposibilitados para ello por justicia divina, que debemos amar.

Únicamente en cuanto la caridad puede amar lo que es un bien para otro, puede quererse caritativamente la conservación de los demonios en el ser, para gloria de Dios.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

resucitado

¿Se apareció Jesús resucitado a su Madre?

Pregunta:

Estimado Padre: Cada vez que llega el tiempo pascual y escucho los relatos de las apariciones de Jesucristo resucitado me llama la atención que no se haga referencia a ninguna aparición a la Virgen Santísima. Entiendo, si no me equivoco, que no aparece en los Evangelios. ¿Cómo puede entenderse que Nuestro Señor no se haya aparecido a su madre?

Respuesta:

Efectivamente, los Evangelios no relatan ninguna aparición de Jesucristo a María Santísima, pero la omisión de tal referencia no indica que dicho acontecimiento no haya tenido lugar. Por el contrario, una antiquísima tradición conmemora dicha aparición como la primera de las apariciones de Cristo. El arte ha dejado plasmado esto en los inmortales versos del poeta cristiano Sedulio, quien en el siglo V, sostenía que Cristo se manifestó en el esplendor de la vida resucitada ante todo a su madre. En efecto, dice el poeta, ella, que en la Anunciación fue el camino de su ingreso en el mundo, estaba llamada a difundir la maravillosa noticia de la resurrección, para anunciar su gloriosa venida. Así inundada por la gloria del Resucitado, ella anticipa el “resplandor” de la Iglesia 1.

Haciéndose eco de esta tradición, San Ignacio, en la Cuarta Semana de sus Ejercicios Espirituales, sugiere la meditación de este paso con las siguientes palabras: “Primero: apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho, en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ‘¿También vosotros estáis sin entendimiento?’”.

“Se tiene por dicho” para quien tenga una sana psicología a la hora de leer los textos revelados. Sin embargo, esto no nos exime de buscar los motivos de esta sugestiva “omisión”. ¿Por qué razón los evangelistas no refieren esta aparición? Podemos conjeturar varios argumentos 2.

Ante todo, por la finalidad de los relatos de la resurrección. Todos los relatos son apologéticos; tienen como finalidad mostrar la veracidad de este acontecimiento central de nuestra fe (1Co 15,14: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe). Por eso dice el libro de los Hechos que la primerísima predicación se encomendó a testigos escogidos por Dios(Hch 10,41), es decir, a los Apóstoles, los cuales con gran poder (Hch 4, 33) dieron testimonio de la resurrección del Señor Jesús. Y cuando los Apóstoles se reunieron a elegir el reemplazante de Judas Iscariote, Pedro puso como cualidad esencial de los candidatos el ser capaces de dar testimonio personal y experimental de la verdad de la resurrección de Cristo: Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió  con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros  de su resurrección (Hch 1,21-22). Los relatos de las apariciones consignados en los Evangelios son, pues, relatos de la resurrección hechos por testigos fidedignos. En este sentido puede pensarse que “si los autores del Nuevo Testamento no hablan del encuentro de Jesús resucitado con su madre, tal vez se debe atribuir al hecho de que los que negaban la resurrección del Señor podrían haber considerado ese testimonio demasiado interesado y, por consiguiente, no digno de fe” 3. ¡El relato de la propia madre de Jesús podía ser juzgado como testimonio de quien es parte comprometida!

En segundo lugar, porque los Evangelios no intentan ser exhaustivos en sus relatos. De hecho, dejan de lado apariciones de Jesús mucho más espectaculares que las que encontramos en el texto transmitido. Así, por ejemplo, no se hace ninguna narración de la aparición que sólo mencionará más adelante San Pablo a más de quinientos hermanos a la vez (1Co 15,6). Del mismo modo, la aparición a Pedro (¡privilegiadísima!) sólo es mencionada al pasar (Lc 24,34: se ha aparecido a Simón).

Asimismo, nos inclina a pensar que Jesús se ha aparecido a su madre, ¡y en primer lugar!, la extraña ausencia de María Santísima entre el grupo de mujeres que se dirige al sepulcro para dar los últimos cuidados al cuerpo muerto del Señor (cf. Mc 16,1; Mt 28,1). ¿Por qué sólo parece estar ausente quien más motivo tenía para cumplir esos últimos gestos de piedad con el cadáver del hijo amado? Esto sólo es comprensible si se piensa que María no fue al sepulcro porque sabía que su Hijo no estaba allí. Más todavía si se tiene en cuenta que, por la misteriosa voluntad de Dios y probablemente en premio de su fidelidad en el Calvario, las mujeres serán las primeras encargadas de anunciar el misterio de la Resurrección; ¡pero la más fiel de esas mujeres —y la causa de que las demás tuviesen el valor de estar junto a la Cruz— fue su Madre! ¿Cómo ese anuncio no iba a comenzar por Ella?

Finalmente, esta aparición es postulada por un motivo teológico: la singular asociación de María Santísima a los misterios de su Hijo. La asociación única y especialísima de María a los misterios de la Encarnación, del Nacimiento y sobre todo de la Pasión y Muerte (Jan 19,25: junto a la cruz Jesús, estaba María su madre) exige que también en este misterio central de la Resurrección Ella ocupe un lugar privilegiado. La más cercana en la encarnación, la más cercana en el nacimiento, la más cercana en su muerte, ¿no iba a ser la más cercana en su resurrección?

“No sale tan hermoso el lucero de la mañana —dice fray Luis de Granada—, como resplandeció en los ojos de la Madre aquella cara llena de gracias y aquel espejo sin mancilla de la gloria divina. Ve el cuerpo del Hijo resucitado y glorioso, despedidas ya todas las fealdades pasadas, vuelta la gracia de aquellos ojos divinos y resucitada y acrecentada su primera hermosura. Las aberturas de las llagas, que eran para la Madre como cuchillos de dolor, verlas hechas fuentes de amor, al que vio penar entre ladrones, verle acompañado de ángeles y santos, al que la encomendaba desde la cruz al discípulo ve cómo ahora extiende sus amorosos brazos y le da dulce paz en el rostro, al que tuvo muerto en sus brazos, verle ahora resucitado ante sus ojos. Tiénele, no le deja, abrázale y pídele que no se le vaya, entonces, enmudecida de dolor, no sabía qué decir, ahora, enmudecida de alegría, no puede hablar” 4.

Por eso decía Juan Pablo II: “Los evangelios no nos hablan de una aparición de Jesús resucitado a María. De todos modos, como Ella estuvo de manera especialmente cercana a la cruz del Hijo, hubo de tener también una experiencia privilegiada de su resurrección”5.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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1 Cf. Sedulio, Carmen pascale, 5, 357-364: CSEL 10, 140 s.
2 Véase sobre esto la Catequesis de Juan Pablo II, María y la Resurrección de Cristo, 21 de mayo de 1997.
3 Juan Pablo II, ibidem, 1.
4 Fray Luis de Granada, Libro de la oración y meditación, 26, 4, 16.
5 Juan Pablo II, Discurso en el santuario de Nª Sª de la Alborada, Guayaquil, 31 de enero de 1985

Nuevo Adán

¿Por qué dice el Pregón Pascual: que el pecado de Adán fue necesario?

Pregunta:

Quería referirle una duda que me aqueja referida a la frase del Pregón Pascual: necesario fue el pecado de Adán. ¿Por qué dice que ese pecado fue necesario? ¿Acaso no fue un acto libre y por lo tanto contingente? Decir que el pecado de Adán fue necesario me sugiere como que Adán fue predestinado a pecar o algo así, cosa que se que no puede ser, justamente por ello me molesta la frase.
Gracias por su ayuda, saludos.

 

Respuesta:

Estimado:

La frase del pregón Pascual: “necesario fue el pecado de Adán” indica que en el plan providencial del Creador, de la desgracia y tragedia que fue el pecado de nuestros primeros padres, Dios sapientísimo supo sacar el bien más inmenso que jamás podría haber pensado criatura alguna: la obra de la Encarnación Redentora. Por esto el pecado, sin perder su intrínseca malicia y desorden, Dios lo permitió por el bien de la Redención. Esto es tan así que hay muchos santos (por ejemplo Santo Tomás de Aquino entre otros) que conjeturan que, en la hipótesis que el hombre no hubiese pecado, Dios nunca se habría encarnado. San León Magno habla en este mismo sentido cuando al referirse al pecado de Adán y Eva expresa: “ feliz culpa que nos mereció tan gran Redentor ”.

Atentamente.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Viernes santo - cruz

¿Por qué los cristianos adoran la cruz sin caer por eso en idolatría?

Pregunta:

¿Por qué los cristianos adoran la cruz sin caer por eso en idolatría?

 

Respuesta:

Estimado:

Si bien en cuanto a la materialidad, la cruz no merece culto alguno, en cambio considerada como símbolo por antonomasia de la pasión de Jesucristo, que en ella sufrió muerte para redimirnos del pecado, representa al mismo Jesucristo en el acto de su inmolación. Por eso debe ser adorada con un acto de adoración de latría relativa en cuanto imagen de Cristo y por razón del contacto que con El tuvo. Así explica la doctrina teológica siguiendo, entre otros, a Santo Tomás quien escribe al respecto en la Suma Teológica, Tercera Parte, cuestión 25, artículo 4.

Evidentemente el concepto clave es aquí la distinción dentro de la adoración de latría (que es la que se debe a una cosa entitativamente divina, en contraposición con la adoración o veneración de dulía, que es debida a las cosas creadas pero sobrenaturalizadas, como los santos) entre latría absoluta y latría relativa : latría absoluta es la que se da a una cosa en sí misma (por ejemplo, a Dios, a Jesucristo, etc.) ; latría relativa es la que se da a una cosa no por sí misma sino por orden a lo que es representado por ella (las imágenes).

P. Miguel A. Fuentes, IVE