amor a Dios

¿Cómo crecer en el amor de Dios?

Pregunta:

Estimado Padre: Yo se por la escritura que la ley de nuestro señor es Amar a Dios con toda nuestras fuerzas y con toda nuestra mente e inteligencia, así como al prójimo como a uno mismo. Con esta ley no se da cabida al pecado. Sin embargo, es fácil decir….amar con todas tus fuerzas…pero ¿hacerlo?…. ¿En que depende que en mi crezca más el amor, que puedo hacer para que el amor a Dios en mi sea cada vez mas grande….?……Quiero amar a Dios al máximo.

Respuesta:

Hay que distinguir entre los medios para adquirir la caridad hacia Dios y los medios para crecer en ella.

Disposiciones para ‘adquirir’ la caridad son fundamentalmente dos.

La primera es la escucha amante de la Palabra divina; porque, humanamente hablando, cuando escuchamos hablar bien de alguien nos encendemos en su amor. Y esto hacen las divinas Escrituras que nos hablan de Dios. Por eso dice el Salmo: La palabra de Dios lo inflamaba (Sal 104,19); y los discípulos de Emaús lo experimentaron de Cristo gran exegeta cuando dicen: ¿Acaso no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino abriéndonos de la Escrituras? (Lc 24,32).

A esto hay que añadir la continua meditación de los bienes divinos. Dice Santo Tomás: ‘si quieres conseguir el amor divino, medita sus bienes’. Pues muy duro sería quien meditando los dones y bienes que ha recibido de Dios, los peligros de los que ha sido librado por Dios, y la felicidad que Dios le ha prometido… no comienza a arder en el divino amor.

Otras son, en cambio, las disposiciones que nos hacen crecer en la caridad ya adquirida.

La primera de ellas es el desapego de las cosas terrenas, pues un corazón no puede tender perfectamente hacia cosas diversas. Por eso no se puede amar a Dios y al mundo. Por el contrario, el amor de uno crece según disminuye el amor al otro.

La segunda disposición es la paciencia en las adversidades. Cuanto más graves cosas soportamos por aquel a quien amamos, menos se destruye nuestro amor sino que, por el contrario, crece. Las muchas aguas (que podemos entender como tribulaciones) no pudieron apagar el amor, dice el Cantar de los Cantares (8,7). Así se puede entender místicamente las palabras del Génesis referidas al arca de Noé: aumentaron las aguas(las tribulaciones) y el arca (el alma y la Iglesia) se elevó a las alturas (Gn 7,17).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

existencia de Dios

La ciencia moderna. ¿niega o prueba la existencia de Dios?

Pregunta:

Estimado Padre: Soy universitario y estoy haciendo un trabajo sobre la ciencia y el cristianismo. Resulta que he leído varios artículos sobre lo que piensan los científicos sobre Dios y a pesar de que había creído que la ciencia (me refiero a la física y otras como la astronomía) no puede hablar de Dios (o sea no puede llegar a Dios), resulta que he leído dos artículos de buenos científicos que defienden que su ciencia puede probar la existencia de Dios. Al comentar mi perplejidad a mi profesor, éste me dijo que le presentara una exposición del tema. ¿En qué me puede orientar usted?

Respuesta:

Estimado Ramiro:

Te envío este artículo del Dr. Luis Fernández Cuervo (titulado ‘Sobre el Universo y Dios. Hablan ateos y creyentes’, publicado en www.arvo.net); creo que da una breve pero adecuada visión del tema.

Es frecuente en el mundo actual la gente que lleva su admiración por la Ciencia hasta el punto de creer que sólo allí se encierra toda la sabiduría y certeza posibles. Algunos, además, elevan su admiración hasta la idolatría, pensando que el avance de ella supone siempre un descrédito y derrota de la religión.

Eso equivale a anclar su mentalidad en lo peor de los ilustrados del Siglo XVIII. No hace mucho leí, en un artículo de otro diario, la chocante afirmación de que Pasteur, al demostrar que no existía la generación espontánea de seres vivos a partir de material inerte, había refutado con ello una idea religiosa.

Pero esa idea nunca fue una idea religiosa, sino una idea científica equivocada en la que creyeron los científicos, creyentes y no creyentes, hasta que en el Siglo XIX, el genial Louis Pasteur demostró lo contrario. ¡Pero resulta que Pasteur fue siempre un católico practicante! y, además, dijo que ‘un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia devuelve a él’.

Si revisamos la historia, podemos comprobar que muchos de los grandes avances científicos fueron hechos por gente que no tuvo ningún conflicto entre la ciencia que cultivaba y la religión en la que creía.

La lista de ellos es larga. Sin embargo, también es verdad que, hoy día, muchos científicos ilustres son agnósticos -no saben decir si Dios existe o no-, o son ateos que pretenden convencerse y convencernos de que su ciencia demuestra la no existencia de Dios.

Aparte de los que mencioné en mi artículo anterior, Watson y Crick, destacan hoy por su franco ateísmo Steven Weinberg y Peter Atkins.

Asegura Atkins que no es necesaria la existencia de un creador y que, mirado a fondo, ‘todo es caos’ y que ‘esta es la frialdad que hemos de aceptar cuando escrutamos profunda y desapasionadamente el corazón del universo’. En cuanto a Weinberg, Premio Nóbel de Física, para él todo el universo que conocemos, incluyendo la vida humana, sólo es el resultado accidental, por casualidad, de un cúmulo de coincidencias que pudieron no haberse dado. (¿Alabemos, entonces, a la diosa Casualidad?).

E insiste en que: ‘Cuanto más comprensible parece el Universo, tanto más sin sentido parece también’. Con eso no están de acuerdo muchos otros físicos, entre ellos Albert Einstein, que, sin practicar nunca ninguna religión, aseguraba que: ‘Cuanto más estudio la ciencia más creo en Dios’.

El error de esos agnósticos o ateos está en lo limitado de su ciencia y en lo desorbitado de su soberbia intelectual. Cuando hablan de caos habría que decirles que siempre parece sin sentido lo que conocemos mal o sólo en parte y que si acaso creen que ya lo saben todo sobre el Universo. Cuando al descifrar las etapas y estructuras del cosmos y de la vida observan, sin que se vea un agente externo que la produzca, cómo unas cosas son causas de otras y cómo se coordinan entre sí, llegan a la conclusión, como el viejo Laplace, que no hace falta Dios, que aquello se ha hecho solo. ¿Qué supone más sabiduría y más poder humanos? ¿Un reloj antiguo que había que darle cuerda o uno actual que no lo necesita? Escuchar un concierto transmitido en ese mismo momento por la radio supone más inteligencia y poder humanos que estar allí presentes en ese concierto.

La ciencia y el poder humanos han vencido el espacio. Y escuchar años más tarde ese mismo concierto en una casete, supone mayor inteligencia y poder humanos que los de aquella radio, pues ahora se ha vencido no sólo el espacio sino también el tiempo. Si ésa es nuestra experiencia sobre el poder creador del hombre, ¿por qué en cambio se lo niegan a Dios? Precisamente, cuanto más autónomo aparece algo, en su existencia y funcionamiento, más inteligente y poderosa tiene que ser la Causa que pudo producirla. Y también cuanto mayor complejidad y finura de estructuras y funcionamiento tiene. Hay mayor inteligencia y poder creador para hacer un moderno cronómetro que para hacer un reloj de arena.

Por eso, muchos físicos comprueban que los parámetros fundamentales que rigen la fuerza de la gravedad, la carga de los protones y la masa de los neutrones, la distancia de la tierra al sol, etc., parecen haber sido ajustados muy precisa e inteligentemente de modo que permitiesen surgir organismos conscientes.

De hecho, modificar en lo más mismo esos valores habrían hecho perder a los átomos su integridad, que las estrellas no brillasen, que ninguna galaxia hubiera podido albergar vida o que el colapso del universo sucediera segundos después del ‘Big Bang’. John Polkinghorne, físico de la Universidad de Cambridge, observa que ‘cuando uno se da cuenta de que las leyes de la naturaleza tienen que estar coordinadas con máxima precisión para que den como resultado el universo visible, es difícil resistirse a la idea de que el universo no es casual, sino que tiene que haber un propósito en él’. Y Jerzy A. Janik, físico nuclear y miembro de la Academia de Ciencias de Polonia y Noruega, concluye: ‘Tengo respeto al agnosticismo en los físicos. Pero cuando dicen que son agnósticos porque son científicos, hacen una extrapolación. Pueden serlo, pero no partiendo de la física.

Hay que ser ateos honestos. La física no da prueba negativa de Dios o de la realidad trascendente: no es su objeto. (…) Eso no es el resultado de la ciencia, depende de otros factores personales: el sufrimiento, la pobreza de un pueblo…’. Sí, y precisamente el sufrimiento es una piedra de escándalo que a algunos científicos puede apartarles de Dios -tal parece ser el caso de Weinberg- y a otros -como a Max Planck- la ocasión para encontrarle. Espero poder hablarles también de esto último.

(*) Luis Fernández Cuervo, Dr. en Medicina, columnista de El Diario de Hoy, colaborador de Arvo Net; artículo publicado en El Diario de Hoy, 23.6.2003; en Arvo Net, 23 de noviembre 2003.

inhabitación trinitaria

¿Qué es la inhabitación trinitaria?

Pregunta:

Padre Miguel Ángel. Muchas gracias por su servicio. Necesito conceptualizar y explicar ‘inhabitación trinitaria’. Yo creo entender que es que Dios es uno en tres personas y que habitan juntos, que es uno en esencia, pero no se mas que eso y no encuentro en la bibliografía que tengo, este tema con la palabra inhabitación. Muchas gracias. Rezo un Ave María por usted.

Respuesta:

Estimada:

Propiamente se llama ‘inhabitación trinitaria’ al misterio por el cual la Santísima Trinidad habita en el corazón de la persona que está en gracia (es decir, sin pecado mortal).

1. Lo dice el mismo Señor: Jn 14,23: Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. Y San Pablo: Ef 3,17: Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones. Igualmente leemos en el Apóstol San Juan: 1 Jn 4,12-13, 15-16: A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu…. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

En algunos lugares se habla de la presencia del Hijo, en otros de la del Espíritu Santo; en otros del Padre y del Hijo. Evidentemente que el hablar de una de las divinas Personas entraña la referencia a las otras dos, pues confesamos en nuestra fe, como dice hermosamente el Símbolo Atanasiano: ‘la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra también la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, tal también el Espíritu Santo…, etc., El que quiera salvarse, así ha de sentir de la Trinidad’ (Dz 39-40).

2. Ya los Santos Padres insistieron en la presencia de Dios Trino en el alma del justo; aunque a veces sólo refiriéndose a una de las personas. Ignacio de Antioquía gustaba en llamarse ‘Theóforos’, portador de Dios; o también ‘Cristóforos’, portador de Cristo. San Ireneo frecuentemente nos recuerda que el Hijo enviado por el Padre, nos revela al Padre en nuestro interior. Los Padres Griegos enseñan comúnmente que ni los hombres ni los ángeles pueden ser justificados, santificados y deificados sino por la participación en las personas divinas. Y se podrían citar numerosísimos testimonios.

3. Los teólogos han hablado, tratando de explicar estos hermosísimos datos, de las misiones invisibles de las Personas divinas y de la inhabitación trinitaria. Las divinas personas se hacen presentes al alma por donación y misión: el Padre, al ser Principio sin principio, no puede ser enviado por nadie y, por tanto, se nos dona a Sí mismo a nosotros; el Hijo, como tiene al Padre por principio, es ‘enviado’ (eso quiere decir ‘misión’) por el Padre; finalmente el Espíritu Santo, al tener como principios al Padre y al Hijo, es enviado por la primera y la segunda Personas de la Trinidad.

4. Santo Tomás explica: ‘Las Personas divinas no pueden ser poseídas por nosotros sino o para gozarlas (fruirlas) de modo perfecto, lo cual se da en el estado de la Gloria del cielo; o para gozarlas de modo imperfecto, lo cual se da en esta vida por la gracia santificante’ (I Sent., d.14, q.2, a.2, ad 2). ¡Para que gocemos de su presencia y con su presencia y posesión! Qué impresionante y qué riqueza extraordinaria significa esto. Si cada una de las divinas Personas son nuestras ¡y para gozarlas! ¿cómo no lo será todo lo demás? ¿qué podemos temer? ¿qué nos puede faltar? De modo muy hermoso San Juan de Ávila ponía en boca de Cristo algo semejante: ‘Yo (soy) vuestro Padre por ser Dios, yo vuestro primogénito hermano por ser hombre. Yo vuestra paga y rescate, ¿qué teméis deudas, si  vosotros con la penitencia y la Confesión pedís suelta de ellas? Yo vuestra reconciliación, ¿qué teméis ira? Yo el lazo de vuestra amistad, ¿qué teméis enojo de Dios? Yo vuestro defensor, ¿qué teméis contrarios? Yo vuestro amigo, ¿qué teméis que os falte cuanto yo tengo, si vosotros no os apartáis de Mí? Vuestro mi Cuerpo y mi Sangre, ¿qué teméis hambre? Vuestro mi corazón, ¿qué teméis olvido? Vuestra mi divinidad, ¿qué teméis miserias? Y por accesorio, son vuestros mis ángeles para defenderos; vuestros mis santos para rogar por vosotros; vuestra mi Madre bendita para seros Madre cuidadosa y piadosa; vuestra la tierra para que en ella me sirváis, vuestro el cielo porque a él vendréis; vuestros los demonios y los infiernos, porque los hollaréis como esclavos y cárcel; vuestra la vida porque con ella ganáis la que nunca se acaba; vuestros los buenos placeres porque a Mí los referís; vuestras las penas porque por mi amor y provecho vuestro las sufrís; vuestras las tentaciones, porque son mérito y causa de vuestra eterna corona; vuestra es la muerte porque os será el más cercano tránsito a la vida. Y todo esto tenéis en Mí y por Mí; porque lo gané no para Mí solo, ni lo quiero gozar yo solo; porque cuando tomé compañía en la carne con vosotros, la tomé en haceros participantes en lo que yo trabajase, ayunase, comiese, sudase y llorase y en mis dolores y muertes, si por vosotros no queda. ¡No sois pobres los que tanta riqueza tenéis, si vosotros con vuestra mala vida no la queréis perder a sabiendas!’ (Epístola 20).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

carismáticos

¿Fenómenos carismáticos o historia colectiva?

Pregunta:

En días pasados estuve en una oración carismática. Esta tuvo una duración de 8 horas seguidas sin descanso, la oración fue de tal intensidad que no pude resistirla y me salí. La oración comenzó bien, pero después de que varios asistentes estuvieron orando en lenguas, se comenzó a perder la ‘tranquilidad’ y comenzaron a elevar la voz casi al grado de gritar. Algunos lloraban. En ese momento uno de los integrantes comenzó a temblar, a brincar despavoridamente, y durante algunos minutos se desvaneció; al despertar se arrastraba en el piso, haciendo ruidos extraños, así como vemos en TV los exorcismos. Comenzó a profetizar al igual que algunos de los demás presentes. Fue tal la sugestión de su cuerpo, con sonidos como de serpiente. Y movimientos bastantes temerosos, que según él, Dios entro en su cuerpo y en unos minutos los integrantes de la oración podían platicar con Dios, como si estuviera enfrente de ellos; le hacían preguntas y Dios les contestaba a través de esta persona. Por ejemplo: ‘Señor¿que tengo en mi brazo? Y Dios le contestaba que tenía un tumor. Dios les dio el nombre de sus ángeles de la guarda de cada uno. Esto es sólo un ejemplo de lo que pasó. Estoy muy confundido. Yo soy católico y ya había estado en oraciones carismáticas. ¿Es esto real? ¿Estoy pecando por dudar? ¿Qué pasa? Nota: La oración fue en una casa de un laico. Agradezco su pronta respuesta.

Respuesta:

Estimado:

No peca por dudar. Por el contrario, sería imprudente si usted acepta todo este teatro como si fuera verdadero. Dios obra ordenada y suavemente. Entra y sale donde quiere sin hacer ruido porque es dueño de las almas (puede leer sobre esto las Reglas de discernimiento de espíritus de San Ignacio de Loyola, especialmente las que señala para la ‘Segunda Semana’ de sus ‘Ejercicios Espirituales’). Todo este circo que usted describe me hace suponer (y con mucha seguridad) que no es Dios quien se manifiesta allí sino la psicología enfermiza de algunos asistentes, la histeria colectiva y, no hay que descartarlo, incluso el diablo bajo apariencia de bien.

No le aconsejo que vaya a este tipo de reuniones. Busque un grupo de oración más centrado, haga adoración al Santísimo Sacramento, rece el Rosario. Jesucristo es ‘príncipe de la paz’, no el dueño de un circo.

En Cristo y María.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Espiritu Santo

¿Quién es el Espíritu Santo?

Pregunta:

Estimado Padre Miguel: Reciba un saludo con mucho respeto de mi parte, y de antemano las gracias por la atención y la respuesta a mi consulta. Yo quisiera que me explicara que es el Espíritu Santo. ¿Cuándo hacemos una petición se la pedimos al Espíritu o directamente a Jesús, Nuestro Señor? ¿Se podría decir que el Espíritu Santo es como un ángel guardián que nos cuida y nos ayuda, es decir una persona? ¿O podríamos decir que es una fuerza que viene de lo alto, que es una luz, no una persona? Cordialmente. L.

Respuesta:

Estimada L.:

En el Credo decimos ‘creo en el Espíritu Santo’. Hay muchos cristianos que rezan el credo y repiten esta afirmación pero no saben lo que es el Espíritu Santo. Les ocurre como aquellos hombres que encontró San Pablo en uno de sus viajes; otros habían llegado antes que ellos y los habían hecho cristianos; entonces San Pablo les preguntó si estaban bautizados y le dijeron que sí; luego les preguntó si cuando fueron bautizados recibieron el Espíritu Santo, y les contentaron que ni siquiera habían escuchado hablar de que existía un Espíritu Santo.

El Espíritu Santo no es un ángel guardián ni una fuerza en el sentido impersonal de esta expresión, sino una Persona divina: la tercera persona de la Santísima Trinidad.

Decir ‘creo en el Espíritu Santo’ es profesar que el Espíritu Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad; más precisamente, la tercera persona. Dios como el Padre y como el Hijo; que merece la misma adoración que el Padre y el Hijo; como el Padre y el Hijo es creador, hacedor de todas las cosas, santificador. Por eso cuando hacemos la señal de la cruz, nos santiguamos en el nombre de cada una de las tres personas de la Trinidad, y cuando rezamos el Gloria nombramos a cada una de las tres personas de la Santísima Trinidad.

Generalmente los cristianos hablan más y conocen más sobre Dios Padre y sobre Dios Hijo que sobre Dios Espíritu Santo. Por eso, hubo uno que lo llamó ‘el Gran Desconocido’.

En el Nuevo Testamento se le dan varios nombres que nos muestran esto:

-Jesucristo lo llama ‘el Paráclito’, que significa ‘consolador’. En nuestros sufrimientos, en las tribulaciones, el E.S. es quien nos consuela. Por eso uno de los antiguos himnos de la Iglesia le pedía cantando: riega lo que árido, sana lo que está enfermo, ayuda lo que es débil, aligera lo que es pesado.

-Abogado: porque nos defiende. Dice San Pablo: ‘el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como nos conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros como gemidos inefables’ (Rom 8,26).

-Espíritu de verdad: porque El es el que hace a los Apóstoles que se acuerden de todo lo que ha dicho Jesucristo, y El es el que hace que los cristianos y especialmente el Papa entiendan las Sagradas Escrituras sin equivocarse.

-Don de Dios: porque es el gran regalo que nos hace Dios; enviarnos al Espíritu Santo.

-Santificador: porque es el que produce la santidad en nuestros corazones; El suscita en nuestros corazones las virtudes y las buenas cualidades que nos hacen santos y agradables a Dios. Por eso dice San Pablo que los frutos del E.S. son: caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza (Gal 5,22-23).

-Vivificante: porque El nos da la vida (cf. Gal 5,25). El nos engendra en el bautismo, nos hace hijos de Dios y nos hace nacer espiritualmente.

No podemos ser cristianos si desconocemos al Espíritu Santo. Y no podemos ser buenos cristianos si no amamos devotamente al E.S., si no lo invocamos y si no nos gozamos cuando El, por la gracia, habita en nuestros corazones.

P. Miguel A. Fuentes, IVE