masturbación en la mujer

La masturbación en la mujer

 Consulta:

Hola Padre. Antes que nada, gracias por encontrase en este foro para ayudar en las dudas que por lo regular tenemos. Mi duda es acerca de la masturbación femenina, y es que a mí me pasa que me cuesta mucho trabajo no llevar a cabo esta práctica. Soy mama soltera, pero ahora no convivo con el papá de mi hijito; pero en ocasiones siento como si mi cuerpo me lo pidiera y en un momento de confusión y alteración accedo a la autoestimulación. Cuando lo hago, al principio me relajo y tranquilizo, pero en seguida me surge una tremenda culpabilidad que me hace sentir mal. He consultado a algunos si esto está mal y es pecado, o no, pero me han dado respuestas distintas, que me han dejado confusa. Me gustaría saber su opinión y que me indique cómo poder superar este problema. Que Dios lo bendiga. Vicky.

 Respuesta:

Estimada Vicky:

 La masturbación en la mujer y en el varón tienen la misma moralidad y, en general, los mismos efectos, que explico más largamente en los artículos cuyos links le envío abajo de esta breve respuesta.

Resumiendo debo decirle:

 1) La masturbación es, objetivamente, un uso indebido de la sexualidad, que está hecha, por su misma estructura, para la unión entre el varón y la mujer, en una entrega amorosa y total (por eso jamás se realiza plenamente fuera del matrimonio, que es la única institución que garantiza esa mutua pertenencia total).

2) Por tanto, si usted realiza este acto con plena libertad, es un pecado.

3) Si usted lo realizara involuntariamente (como puede ocurrir en quien está dormido, o en estado de vigilia, es decir, sin plena conciencia de estar despierto o dormido), o por efecto de una enfermedad que la empuja compulsivamente a estos actos, etc., no sería pecado (al menos no sería pecado “grave”), porque para cualquier pecado (no solo para éste) hace falta obrar con plena libertad (que no significa alguna malicia especial, sino el modo en que realizamos nuestros actos libres de cada día).

4) Además, la masturbación, tanto por el placer, como por las circunstancias en las que muchos la realizan (por ejemplo, por una búsqueda ansiosa del placer, o para escapar de la tristeza, o como reacción ante fracasos, desesperación, etc.) tiende a arraigarse volviéndose un hábito vicioso que esclaviza a la persona. Y en algunos casos más graves (especialmente, cuando se asocia a la pornografía) puede llegar a originar una adicción, volviendo a la persona «adicta sexual», que es una enfermedad cada vez más frecuente en nuestro tiempo.

Para completar esto que le he dicho de modo excesivamente resumido, le sugiero la lectura de los siguientes artículos que la ayudarán mucho:

1º – Miguel Fuentes – Luchar contra la masturbación

 (Aquí encontrará no sólo los aspectos morales y psicológicos sino también algunas pautas para luchar contra este hábito).

 2º  John Harvey – trad. Miguel Fuentes – El problema pastoral de la masturbación

Este estudio analiza las causas psicológicas de este problema y da pautas muy atinadas para abordarlo pastoralmente.

 3º – Miguel Fuentes, La castidad ¿posible?

 4º – Miguel Fuentes – La trampa rota (cuando el vicio se ha vuelto una adicción)

En Cristo y María

preocupado

¿Es pecado estar muy preocupado?

Pregunta:

Estimado Padre: Últimamente noto que estoy muy preocupado por mi situación y la de mi familia. No me refiero a una preocupación normal sino que a veces se vuelve desasosiego y pesadumbre, siempre pensando en que puedo perder el trabajo y las consecuencias que eso puede traerme. No es que esté particularmente en riesgo de que me suceda, sino que se me cruza por la cabeza y no puedo ni siquiera dormir. ¿Puede ser esto un pecado?

Respuesta

Estimado:

Efectivamente, puede llegar a ser pecado (no digo que lo sea de hecho, sino que puede llegar a ser pecado). Lo que usted experimenta se llama propiamente “inquietud por las cosas temporales”. Inquietud indebida, se entiende, porque hay una inquietud que es normal, buena y necesaria: aquella por la cual ponemos los medios para buscar lo que necesitamos nosotros, o necesitan las personas que tenemos a cargo, para vivir y perfeccionarnos.

Nuestro Señor habló explícitamente contra esta actitud al decirnos: No andéis solícitos diciendo: qué comeremos, qué beberemos o qué vestiremos (Mt 6,31)

Esta preocupación -llamada también solicitud- implica un empeño por conseguir alguna cosa que se ha vuelto ilícita por alguno de estos tres motivos: (a) o bien porque se busca algo temporal como fin último de la vida; (b) o bien porque es buscado con demasiado interés temporal, hasta el punto de apartarnos de lo espiritual (a esto se refiere Jesús en Mt 13,22 al decir: Los cuidados del mundo ahogan la palabra [de Dios]); (c) o bien, finalmente, por estar, dicha preocupación, acompañada de un temor exagerado: cuando se teme que falte lo necesario después de haber hecho lo que debemos hacer y lo que está de nuestra parte; esta es ya la ansiedad temporal en el sentido más estricto, y la que más a menudo nos puede afectar.

El vicio que está detrás de esta ansiedad es la desconfianza de Dios. La cual es pecado, dice Santo Tomás, porque implica ceguera ante las obras de Dios, ya que Dios a cada momento nos está asegurando que cuida de nosotros:

(1°) Dándonos beneficios mayores de las cosas necesarias de cada día, a saber, el cuerpo y el alma que nos han venido sin nuestra preocupación: el cuerpo y el alma lo recibimos de arriba; ¿nos va a faltar entonces un pedazo de pan?

(2°) Mostrándonos la protección y delicadeza que tiene respecto de los animales y de las plantas, sin trabajo del hombre. Como leemos en Mt 6,26-29: Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?… Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Entonces, ¿va a ser menos con el hombre? Por eso añade (6,30): Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

(3°) Finalmente, permitiéndonos que alcancemos con nuestra misma razón la existencia de la Providencia divina, verdad de orden natural, por ignorancia de la cual los paganos se preocupaban de buscar los bienes temporales por encima de todo y vivieron amargados… como paganos, precisamente.

Hay que concluir, pues, que nuestra preocupación debe dirigirse, principalmente, a los bienes espirituales, con la esperanza de que también se nos darán -si ponemos de nuestra parte los medios- las cosas temporales necesarias. Lo dice hermosamente el Señor: Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal (Mt 6,32-34). E igualmente: No os inquietéis por el mañana (Mt 20,34). A cada día le basta su propio afán.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

  • Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, 55, art. 6-7;
  • Reginald Garrigou-Lagrange, La Providencia y la Confianza en Dios, Palabra, Madrid 1951;
  • De Caussade, Jean- Pierre, Tratado del Santo Abandono a la Divina Providencia, Apostolado de la Oración, Bs. As. 1983;
  • Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono, Patmos, Madrid 1977;
  • Paul de Jaegher, Confianza, El mensajero del Sagrado Corazón de Jesús, Bilbao 1956.
pecado

¿Por qué se dice que todos los pecados contra la castidad son mortales?

Pregunta:

Mi pregunta va orientada a moral sexual. ¿Cuál es el fundamento teológico de considerar “non parvitas materiae” en todos los pecados contra el 6° y 9° mandamientos? ¿Existe alguna definición magisterial al respecto? El teólogo Marciano Vidal dice en su “Moral de Actitudes” que esta categorización moral corresponde a un error en la antropología biológica, pues según él, Santo Tomás de Aquino considera que el esperma ya contiene “homúnculos”, o sea hombres en estado embrional y por tanto todo derrame seminal contendría hombres en estado embrionario. ¿Es real esta afirmación? ¿Cómo le respondería usted?

Respuesta:

Estimado,

Parvitas materiae”, quiere decir “parvedad (= pequeñez) de materia”; el principio que usted menciona: “que no hay parvedad de materia” quiere decir que, desde el aspecto material, cualquier acto realizado contra lo que se manda en esos “mandamientos” es suficiente para que haya pecado mortal.

Ha sido, indudablemente, una enseñanza tradicional el que en materia sexual todo desorden es algo objetivamente serio o grave y constituye, por tanto, materia suficiente para que haya pecado mortal. No se dice, sin más, que en cada caso concreto sea pecado mortal, pues para que haya efectivamente un pecado mortal no basta con que se verifique un desorden grave objetivo sino que además hace falta que sea conocido como tal por quien lo realiza y que lo haya querido o aceptado realizar libremente (podrían, pues, darse causas atenuantes como la ignorancia, violencia, falta de libertad o deliberación, etc.)[1].

En la segunda mitad del siglo XX muchos teólogos se apartaron de esta enseñanza afirmando que esta doctrina hacía una diferencia injustificada entre las cuestiones sexuales y las de otras virtudes (como las de la justicia social, por ejemplo, donde sí se habla de que puede haber parvedad de materia); en consecuencia exigían que se reinterpretara el principio (como Grundel, B. Haring y otros) o bien lo califican de insostenible (J. Ziegler, A. Valsecchi)[2]. Sin embargo, no es exacto decir que la doctrina de la “no parvedad de materia” sea algo que afecte tan solo al campo sexual; hay otros pecados en que tampoco se da parvedad de materia; así, por ejemplo dice el Catecismo: “Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio”[3]. Nótese que se indican actos en que se injuria a Dios, en que se atenta contra la vida del prójimo y -en tercer lugar- la sexualidad.

En los documentos del magisterio no aparece la expresión “no parvedad de materia”, pero sí lo esencial que este principio quiere indicar. Es muy claro a este propósito el párrafo de la Declaración Persona humana que critica el mal uso de la teoría de la opción fundamental (con la que muchos de estos autores negaban la no-parvedad de materia en cuestiones sexuales): “… Según la tradición cristiana y la doctrina de la Iglesia, y como también lo reconoce la recta razón, el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados, que toda violación directa de este orden es objetivamente grave”[4]. Al decir “toda violación directa… es objetivamente grave”, está enseñando precisamente lo que la tradición teológica anterior indicaba con el principio de “no-parvedad de materia”. “Toda violación” incluye no sólo los actos externos sino también los pensamientos y los deseos.

Más claro todavía se hace al ver que inmediatamente el texto de la Declaración distingue este juicio de gravedad objetiva, del juicio de la responsabilidad subjetiva: “Es verdad que en las faltas de orden sexual, vista su condición especial y sus causas, sucede más fácilmente que no se le dé un consentimiento plenamente libre; esto invita a proceder con cautela en todo juicio sobre el grado de responsabilidad subjetiva de las mismas”. Con esto se pone de manifiesto que la expresión “directa” (toda violación directa) no era una alusión a los elementos subjetivos del acto sino simplemente que hacía referencia a una “violación propia del orden sexual”.

Finalmente el documento une ambas esferas (la objetiva y la subjetiva) al señalar que si bien se deben tener en cuenta los elementos subjetivos (conocimiento y libertad de la persona, u otros condicionamientos) esto no debe llevar a sostener “que en materia sexual no se cometen pecados mortales”.

Si vamos al Catecismo de la Iglesia Católica veremos que al hablar de la lujuria en general no se afirma directamente la gravedad (entiendo gravedad en el sentido de mortalidad, es decir, “pecado mortal”) de todos los pecados en esta materia; tan solo la objetividad del desorden que ellos entrañan; en efecto, señala que “el placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo separado de las finalidades de procreación y de unión”[5].

Pero al pasar a hablar, a continuación, de cada una de las especies de lujuria, se usa una terminología equivalente a la que expresa la “no-parvedad de materia”. Así, por ejemplo de la masturbación afirma (apelando a dos fuentes: “el magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante” y “el sentido moral de los fieles”) como “un acto intrínseca y gravemente desordenado”[6]. Y se refiere al acto considerado en sí, objetivamente, o si se quiere: materialmente; es el acto considerado en su aspecto material, objetivamente, al margen del conocimiento y de la libertad del sujeto que lo realiza. Por eso, se añade a continuación los demás elementos del juicio concreto sobre la responsabilidad moral de los sujetos que lo cometen; para esto, dice, deberá tenerse en cuenta: “la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral”. Nótese, pues, que todos estos factores pueden atenuar o reducir la “culpabilidad moral”. Culpabilidad es la responsabilidad que a alguien le cabe por la ejecución de un acto desordenado. El acto es gravemente desordenado en sí, pero la culpabilidad o responsabilidad de uno puede estar atenuada por ignorancia o falta de libertad u otros factores. Lo que se ha afirmado, es, por tanto, la gravedad objetiva del desorden sexual en todo su género.

Los demás párrafos del Catecismo que hacen referencia a las otras “ofensas contra la castidad” mantienen el lenguaje de “gravedad” (es decir, pecado grave por su objeto o intrínsecamente grave) para el juicio objetivo: así al hablar de la fornicación se dice que es “gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana”[7]; la pornografía “atenta gravemente a la dignidad (…); es una falta grave”[8]; en la prostitución quien paga “peca gravemente”, y dedicarse a ella “es siempre gravemente pecaminoso” (y luego nuevamente indicará la posibilidad de atenuación de la imputabilidad en las víctimas de chantaje, presión, etc.)[9]; la violación “es siempre un acto intrínsecamente grave”[10]; los actos homosexuales “son intrínsecamente desordenados”[11]; al hablar de las uniones libres dice de modo universal: “el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave”[12], pero es evidente que el Catecismo no desconoce que algunas personas tienen una enorme ignorancia en estos temas, por tanto, está hablando de la gravedad material (y decir “siempre grave” equivale a decir “no admiten parvedad de materia”). Más adelante, en el resumen del capítulo, el mismo Catecismo llama a muchos de los actos que acabamos de mencionar: “pecados gravemente contrarios a la castidad”[13]; al hablar de la anticoncepción dice que es “intrínsecamente mala”[14]. Lo dicho debe extenderse también a los actos interiores pues varias veces se cita la expresión de Jesucristo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5,28)[15]; le cabe pues el mismo juicio que el adulterio, el cual está “absolutamente prohibido” y “denunciado en su gravedad por los profetas”[16]. Téngase en cuenta que los actos internos se califican moralmente del mismo modo que los actos externos que tienen el mismo objeto moral (así, por ejemplo, el acto interno de deseo o complacencia en una acción homosexual tiene la misma calificación que el acto externo, por tanto es propiamente hablando un acto homosexual aunque de deseo o pensamiento). Debe decirse, entonces, que comparten también la misma calificación teológica que tales actos: o sea, en este caso, son intrínsecamente graves por su objeto[17].

Se distingue siempre, por tanto, entre gravedad -o gravedad objetiva o gravedad intrínseca- que hace referencia a la materia, y responsabilidad, imputabilidad y culpabilidad, que es la atribución del delito o pecado a un sujeto en lo que juega un papel importante el conocimiento y la voluntariedad que se tenga en el momento de realizar el acto. Los primeros términos responden, en los textos arriba citados, a lo que la tradición teológica ha acuñado como “no-parvedad de materia”[18].

El motivo de este juicio objetivo no es el que se indica en la consulta, sino el que está indicado en algunos de los documentos que hemos señalado, especialmente en la Declaración Persona humana, al decir que “el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados” que su transgresión es objetivamente grave; son cosas ordenadas de modo intrínseco -por su objeto- al fin último de la vida; por esta razón todo uso desordenado comporta una desviación del fin último de la vida al menos objetivamente; este es el juicio moral del magisterio y de Santo Tomás (y no el indicado por el consultante)[19]. Se trata, pues, de la grandeza de los valores implicados en la sexualidad, que está dada por varios capítulos: (a) por la relación que tiene el uso de la sexualidad con Dios: Dios ha concedido al uso de la sexualidad la dignidad de ser el vehículo por el cual el hombre se asocia al acto creador de los nuevos seres humanos (y por eso, llamamos a los padres pro-creadores); (b) por la relación que tiene el sexo con la existencia de la humanidad: de su recto uso depende la perpetuación de la especie humana (y digo de su recto uso, porque para que haya auténtica perpetuación debe haber generación y educación de la prole); (c) por la relación que tiene el sexo con el amor humano: es el acto de comunión más perfecto que puede darse entre dos seres humanos, el varón y la mujer, pues representa objetivamente la entrega total y sin restricciones de todo el ser de una persona a otra persona; es acto de donación personal (de la persona del amante a la persona del amado); todo uso del sexo fuera de este contexto implica el uso fraudulento de un lenguaje cuasi sagrado.

En cuanto a las tesis de Marciano Vidal carecen de autoridad pues con esos mismos principios el autor ha llegado a legitimar la masturbación para ciertos casos, las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad, etc., todo lo cual ha motivado una Notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe que obligó a este teólogo a retractarse de sus posiciones[20].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Se pueden leer los textos del Catecismo citados en las notas y también: Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, sobre algunas cuestiones de ética sexual; Congregación para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre algunos escritos del Rvdo. P. Marciano Vidal, C.Ss.R., 22 de febrero de 2001.

[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1857.

[2] Se puede ver: B. Haring, “Sexualidad”, en: Diccionario de Teología Moral, Paulinas 1978, p. 1014.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1756. Cf, también nn. 2148; 1856.

[4] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, sobre algunas cuestiones de ética sexual, n.10.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2351.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2352.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2353

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2354

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2355.

[10] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2356

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2357.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2390.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2396.

[14] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2370.

[15] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1456 (en la nota); 2336; 2380 (en nota); 2513; 2528.

[16] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2380.

[17] Calificación o especie teológica quiere decir en moral la gravedad: mortal o venial. En cambio, especie moral de un acto significa qué clase de acto es: homosexualidad, fornicación, robo, venganza, etc.

[18] Por eso no tienen fuerza los argumentos con los que se intenta criticar esta doctrina; por ejemplo afirma López Azpitarte: “La malicia del acto radica en la renuncia a vivir los valores de la sexualidad, que en cada gesto concreto se eliminan. Si una conducta aislada no llegara a herir gravemente el sentido de aquella, se debería admitir, como en otros campos de la moral, la parvedad de materia” (López Azpitarte, E., Ética de la sexualidad y del matrimonio, Madrid, 1992, p. 173). No hace falta hablar de parvedad de materia porque “renunciar” o no a “vivir los valores de la sexualidad” se explica por los elementos subjetivos del acto: la plena o no plena voluntariedad del acto.

[19] El Catecismo en el n. 1856, cita el texto de Santo Tomás (Summa theologiae, I-II, 88, 2): “Cuando la voluntad se dirige a una cosa de suyo contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin último, el pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser mortal… sea contra el amor de Dios, como la blasfemia, el perjurio, etc., o contra el amor del prójimo, como el homicidio, el adulterio, etc… En cambio, cuando la voluntad del pecador se dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero que sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo, como una palabra ociosa, una risa superflua, etc., tales pecados son veniales”.

[20] Congregación para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre algunos escritos del Rvdo. P. Marciano Vidal, C.Ss.R., 22 de febrero de 2001. En el preámbulo se habla de “los errores y de las ambigüedades encontrados” en las obras examinadas de Marciano Vidal (“La propuesta moral de Juan Pablo II. Comentario teológico-moral de la encíclica Veritatis Splendor” y “Moral de Actitudes”); al pasar a la Nota doctrinal, punto 2: “Cuestiones particulares”, se toca el tema que aquí hemos tratado indicando entre tales errores y ambigüedades: “El Autor sostiene que no se ha probado ‘la gravedad ex toto genere suo de la masturbación’. Ciertas condiciones personales son en realidad elementos objetivos de ese comportamiento, por lo ‘que no es correcto hacer abstracción objetiva de los condicionamientos personales y formar una valoración universalmente válida desde el punto de vista objetivo’. ‘No todo acto de masturbación es materia objetivamente grave’. Sería incorrecto el juicio de la doctrina moral católica de que los actos autoeróticos son objetivamente acciones intrínsecamente malas”.

Iglesia Católica

¿La Iglesia Católica fue fundada por Cristo?

Pregunta:

Apreciados amigos: En varias oportunidades en que he discutido con algunos conocidos que no son católicos, me han preguntado cómo puedo saber o probar que la Iglesia católica fue fundada por Jesucristo. Sinceramente, yo no supe hacerlo. ¿Me pueden decir si hay alguna forma de demostrarlo?

 

Respuesta:

Estimado:

Efectivamente, hay manera de probarlo. Una parte de la teología estudia precisamente estas cuestiones, y es llamada “apologética” (más concretamente una parte de ella conocida como “tratado de la verdadera Iglesia” –De vera Ecclesia). Me limito a señalar los pasos claves del proceso que se sigue (su desarrollo implicaría la explanación de todo el tratado, por eso añadiré una nota bibliográfica accesible para quien guste conocer mejor el tema).

Para demostrar el origen divino de la Iglesia se pueden seguir tres vías: la histórica, la de las notas o la de la trascendencia.

La llamada “vía histórica” comienza probando primero la misión divina de Cristo, y luego muestra que Cristo ha confiado la continuación de su obra redentora a una sociedad religiosa que es la Iglesia católica. Toda esta argumentación supone probado ya el valor histórico de los escritos del Nuevo Testamento, en particular los Evangelios; esto se hace en dos estudios previos o paralelos a éste (son los “tratados” sobre la posibilidad y hecho de la revelación -“De Revelatione”- y sobre el valor histórico de los evangelios -“De Sacra Scriptura” o “Introducción a la Escritura”; téngase en cuenta que no se afirma aún que estos textos sean revelados o inspirados por Dios; simplemente se determina que se puede confiar en ellos como documentos históricos). El método seguido, pues, en esta “vía” obliga a remontarse al pasado y si bien es árido, es muy firme y seguro y procede a través de tres pasos:

  • Primero demuestra que Jesucristo tuvo intención de fundar una Iglesia: se pone de manifiesto por la promesa de edificar la Iglesia (cf. Mt 16,18), la elección, instrucción y misión de los Doce Apóstoles (cf. Mc 3,13-19; Lc 6,12-17), la “nueva alianza” realizada en la Última Cena (cf. Mt 26,28 y paralelos), etc.

  • Luego demuestra, usando los textos del Nuevo Testamento sólo como documentos históricos (no en cuanto inspirados por Dios), que Jesucristo fundó efectivamente una Iglesia y le dio una constitución y estructura determinada; la fundó sobre los apóstoles: enviándolos a predicar (Mc 3,14; Lc 9,2, etc.), con autoridad de regir en su nombre a todos los hombres y de administrar los sacramentos (Mc 16,16), particularmente el bautismo, la Eucaristía y el perdón de los pecados. Además prometió y efectivamente dio a un solo apóstol, Simón Pedro, la autoridad suprema para regir a la Iglesia Universal (cf. Mt 16; Jn 21).

  • Finalmente muestra que Jesucristo instituyó esa Iglesia con voluntad de que perdurase hasta el fin del mundo y manteniendo la forma jerárquica con que la dotó en los tiempos apostólicos; esto se ve claramente en el hecho de ordenar a los apóstoles tener perpetuos sucesores en el triple oficio de enseñar, santificar y regir; lo cual, a su vez, se desprende de las promesas de Cristo sobre su Iglesia: las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16), las parábolas del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,39), el encargo a Pedro de confirmar a sus hermanos en el futuro (cf. Lc 22,31). Evidentemente Jesús está refiriéndose a tiempos en que sus apóstoles ya no estarían vivos; por tanto sólo pueden perdurar en sus sucesores. Esta sucesión se verifica en los obispos, sucesores de los apóstoles, y en el Papa, sucesor del Apóstol Pedro.

El segundo método es llamado “vía de las notas”, y consiste en analizar la voluntad de Cristo (nuevamente tal como aparece en los Evangelios en cuanto libros históricos) y ver qué características (o “notas” en el primer sentido que le da el Diccionario de la Real Academia Española: marca o señal que se pone en algo para reconocerlo o para darlo a conocer) quiso que tuviera la Iglesia por Él fundada. Estas notas son cuatro:

  • la unidad de régimen, de fe y de comunión;
  • la santidad de principios, de miembros y de medios de santificación;
  • la catolicidad o universalidad de misión, su permanente y simultánea difusión en todo el orbe, su predicación a toda clase de personas y razas, etc.;
  • finalmente, la apostolicidad, es decir, la continuidad de la misión apostólica (constantes sucesores de los apóstoles) hasta el fin del mundo.

Después de analizar las cuatro notas, se revisan los diversos “pretendientes” al título de “iglesia fundada por Jesucristo” (iglesia católica, diversas ramas de las iglesias ortodoxas, iglesias reformadas) y se ve cómo la única que realiza en plenitud sustancial las cuatro notas es la Iglesia Católica.

La tercera es la vía llamada por algunos “de la trascendencia” y por otros “vía empírica o analítica”. Parte del hecho de la Iglesia (católica), de su actividad y de su acción, tal cual se presenta directamente a todo hombre y el punto clave de este método es la demostración de que en la realidad histórica de la Iglesia se puede constatar la “intervención inmediata de Dios”. Este método se basa en último término en el milagro (el milagro presente en la vida actual de la Iglesia), de modo particular en:

  • la admirable propagación de la Iglesia a pesar de las dificultades, persecuciones y obstáculos;
  • la milagrosa unidad católica;
  • la invicta estabilidad;
  • la eximia santidad y fecundidad de los santos.

Evidentemente, la exposición detallada de cualquiera de estas vías supone un desarrollo que excede las dimensiones de este breve artículo. Por eso sugiero la lectura de alguno de los clásicos estudios de apologética católica que cito a continuación.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Albert Lang, Teología Fundamental, Rialp, Madrid 1977, volumen II (supone en parte la lectura del volumen I sobre la Revelación, donde se habla de la historicidad de los Evangelios);

Hillaire, La religión demostrada, Difusión, Bs.As., 1964;

Vizmanos-Riudor, Teología Fundamental, B.A.C., Madrid 1963.

célibe

¿Cómo puede aconsejar un sacerdote célibe a personas casadas?

Pregunta:

Quisiera saber por qué los sacerdotes católicos creen que pueden darnos consejos a los matrimonios si ellos no se casan.

Respuesta:

Estimada:

Porque se trata de una cuestión de preparación doctrinal, moral y pastoral. También Jesucristo, siendo célibe, legisló sobre el matrimonio (cf. Mt 19). Y San Pablo, siendo célibe y recomendando la virginidad consagrada, no tuvo empacho en escribir a los casados: «En cuanto a lo que me habéis escrito, bien le está al hombre abstenerse de mujer. No obstante, por razón de la impureza, tenga cada hombre su mujer, y cada mujer su marido. Que el marido dé a su mujer lo que debe y la mujer de igual modo a su marido. No dispone la mujer de su cuerpo, sino el marido. Igualmente, el marido no dispone de su cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo, por cierto tiempo, para daros a la oración; luego, volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia. Lo que os digo es una concesión, no un mandato. Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra. No obstante, digo a los célibes y a las viudas: bien les está quedarse como yo. Pero si no pueden contenerse, que se casen; mejor es casarse que abrasarse. En cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido, mas en el caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no despida a su mujer. En cuanto a los demás, digo yo, no el Señor: Si un hermano tiene una mujer no creyente y ella consiente en vivir con él, no la despida. Y si una mujer tiene un marido no creyente y él consiente en vivir con ella, no lo despida. Pues el marido no creyente queda santificado por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente. De otro modo, vuestros hijos serían impuros, mas ahora son santos. Pero si la parte no creyente quiere separarse, que se separe, en ese caso el hermano o la hermana no están ligados: para vivir en paz os llamó el Señor. Pues ¿qué sabes tú, mujer, si salvarás a tu marido? Y ¿qué sabes tú, marido, si salvarás a tu mujer? Por lo demás, que cada cual viva conforme le ha asignado el Señor, cada cual como le ha llamado Dios. Es lo que ordeno en todas las Iglesias» (1C0 7,1-17).

Alguno podría decir: “pero Jesucristo es Dios, y San Pablo era apóstol”. Como argumento determinante no tiene ningún peso; sin embargo, para dejar más tranquila a quien me hace la consulta le podría recordar que además de los ejemplos de Nuestro Señor y del Apóstol, el mismo San Pablo manda a un sacerdote y obispo, que era célibe, Timoteo, que dé consejos y dirija a los ancianos, jóvenes, madres, viudas, etc. (cf. 1Tim 5,1ss); y le dice bien claro: «todo esto incúlcalo para que sean irreprehensibles» (1Tim 5,7). Y lo mismo manda a otro de sus discípulos, Tito: «Mas tú enseña lo que es conforme a la sana doctrina; que los ancianos sean sobrios, dignos, sensatos, sanos en la fe, en la caridad, en la paciencia, en el sufrimiento; que las ancianas asimismo sean en su porte cual conviene a los santos: no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, maestras del bien, para que enseñen a las jóvenes a ser amantes de sus maridos y de sus hijos, a ser sensatas, castas, hacendosas, bondadosas, sumisas a sus maridos, para que no sea injuriada la Palabra de Dios… Así has de enseñar, exhortar y reprender con toda autoridad. Que nadie te desprecie» (Tito 2,1-10).

Evidentemente se realiza aquí algo que es de sentido común: cuando queremos un médico que nos cure o aconseje, no buscamos un médico que esté enfermo como nosotros sino uno que conozca, aunque no sea por experiencia, cómo se cura nuestra enfermedad. Salvada la enorme distancia (¡el matrimonio no es una enfermedad sino un sacramento!) se puede entrever la aplicación análoga a nuestro caso.