magia negra

¿Se sigue practicando hoy día la llamada magia negra?

Pregunta:

¿Se sigue practicando hoy día la llamada magia negra?

 

Respuesta:

A su pregunta puedo contestar con cierta actualidad mediante la siguiente noticia aparecida en el informativo Zenit (el 28 de junio de 1999): ‘Italia: aumentan los jóvenes que creen en magos y astrología’. Son el doble respecto a las personas de más de 50 años.

Según el sociólogo Enzo Pace en un ensayo-encuesta sobre jóvenes de nuestro tiempo publicado recientemente (‘La generación invisible’, Ediciones ‘Il sole 24 ore’), los jóvenes italianos de menos de treinta años creen en la astrología, en la cartomancia, en el poder de los magos y en el esoterismo en general, en un porcentaje doble respecto a la generación que tiene más de cincuenta años.

En la astrología cree el 38,8% de los jóvenes contra el 22% de los que tienen más de 50 años. En la cartomancia, el 22% de los jóvenes contra el 13% de los mayores. En el poder de los magos, el 12,4% de los hijos contra el 7% de los padres. Las cifras, tomadas de una investigación del sociólogo Vincenzo Cesareo, testimonian una fe en el esoterismo redoblada entre una generación y la siguiente.

Culturalmente es casi una mutación. ¿Cómo explicar este ascenso? Cecilia Gatto, antropóloga y estudiosa del mundo juvenil, dice que el éxito actual del esoterismo y el ‘New Age’ es ‘el resultado de una larga oleada de desacralización de la vida privada y colectiva que tiene sus raíces ya en la mitad del siglo pasado. Han surgido el ateísmo marxista y el anticlericalismo masón. En las escuelas, la enseñanza, durante decenios, ha estado marcada por un ‘espiritualismo’ contrapuesto a la cultura cristiana. Mazzini creía en la reencarnación, Garibaldi era masón, D’Azeglio y Cavour practicaban el espiritismo. Fenómenos de élite que lentamente capturan a las clases superiores’.

Sin embargo, hoy este espiritualismo se ha convertido en un fenómeno de masas. ‘El momento del cambio es el 68 -explica la antropóloga-, como portador de una cultura que se propone abatir toda norma y toda forma estructurada de conocimiento. En el vacío de la demolición realizada en el 68, toman pie estas creencias ajenas a nuestra tradición’. ‘Los jóvenes -añade- no saben nada de esta historia que tienen detrás. Pero creciendo en una cultura que implícita o explícitamente descalifica al cristianismo, como no pueden vivir sin creer en algo se precipitan en el esoterismo. Es un hecho humano. Si no se acepta la Providencia para explicar el misterio de la vida, hace falta recurrir a otra cosa cualquiera’.

En el ensayo de Pace se habla de que el cristianismo no es rechazado pero sólo se acepta una parte que se mezcla con otras doctrinas. ‘No me parece un hecho positivo -comenta Cecilia Gatto-. Significa que estos jóvenes que ‘mezclan’ las creencias no saben ni siquiera qué es el cristianismo. El cristianismo es un hecho, es Dios que se ha hecho hombre: o lo aceptas o no. No puedes tomar una parte y dejar otra. Yo veo una gran confusión en estos chicos. Una confusión subterráneamente realizada por la operación masónica de afirmar la existencia de un cristianismo ‘secreto’, para iniciados, de un gnosticismo que en el caos e este momento cultural acaba por alinearse al ‘séptimo evangelio’ de la ‘New Age’. Conozco a chicos que sostienen que Cristo, Mahoma y Buda son a fin de cuentas la misma cosa; y no saben bien quién sea cada uno de los tres’.

El ensayo habla de una ‘caída del estatuto de verdad’. De hecho, sólo 8 jóvenes sobre 100 creen que ‘la religión verdadera es una sola’. ‘Yo llamaría a estos chicos -comenta la antropóloga- ‘nómadas espirituales’. Se adhieren a un grupo budista, están tres años, ven que no resuelven sus problemas existenciales y se pasan a los esteinerianos y luego quizá a los Hare Krishna. No es que no busquen verdades absolutas. Es que no las encuentran’.

Sobre el más allá, un joven sobre diez en Italia cree en la reencarnación. ¿Cómo se explica este éxito? ‘A diferencia de la cultura oriental -responde Cecilia Gatto- donde la reencarnación es expiación, purgatorio, para los jóvenes occidentales esta perspectiva asume una valencia materialista. En esta vida soy desafortunado, pero en la próxima… La trascendencia no existe, existe el ‘aquí y ahora’ o, al máximo, en la vida venidera’.

¿Los esoterismos son una respuesta a las dificultades, al dolor? ‘En mi experiencia -explica la antropóloga- el momento del drama coincide a menudo con el retorno a la Iglesia, el único lugar en el que se encuentra solidaridad. Porque un dato común a las diversas corrientes del ‘New Age’ es el mito de la autorrealización, del contar sólo consigo mismo. El sacerdote, en cambio, sigue siendo el único que, cuando no puedes más, es capaz de decirte: tu dolor es mi dolor’ (Cf. Zenit, 28 de agosto de 1999).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

¿Qué posición tiene la Iglesia católica respecto de la existencia de otras razas y especies en nuestra galaxia?

Pregunta:

¿Qué posición tiene la Iglesia católica respecto de la existencia de otras razas y especies en nuestra galaxia?

 

Respuesta:

La Iglesia no se ha pronunciado sobre este tema. No se trata de un problema de fe sino de ciencia. Dios no nos ha revelado nada a propósito; o bien porque no hay vida inteligente en otros planetas, o bien porque habiéndola no nos afecta saberlo o ignorarlo para nuestra salvación; o bien porque con los principios revelados que ya tenemos podemos iluminar su misterio (creación, libertad, pecado original, redención) si alguna vez llegamos a conocer tales seres.

Por otro lado, se trata de una de las cuestiones más ociosas, más mal usadas y que produce en muchos casos auténticos despistes mentales entre los seres inteligentes de nuestro propio planeta. Un inmenso sector de los aficionados a los fenómenos extraterrestres son embaucadores y cazabobos; y otro importante grupo lo componen personas con graves delirios psíquicos y fundadores de sectas apocalípticas y suicidas.

Mientras tanto la vida en nuestro planeta sigue ofreciéndonos espectáculos sorprendentes (tanto de horror como de bondad) que pasan desapercibidos a los cazadores de mundos metagalácticos.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

halloween

¿Qué es y qué origen tiene la fiesta de Halloween?

Pregunta:

Nos gustaría tener información histórica y teológica sobre la festividad de Halloween, el Día de los difuntos y de los santos.

 

Respuesta:

Les contesto con información que salió publicada en la agencia informativa Zenit. Transcribo literalmente lo que publicaron con ocasión del milenario de la Fiesta de los difuntos el 30 de octubre de 1998.

1. Milenario de la fiesta de los difuntos

Juan Pablo II envío el 12 de octubre un mensaje al obispo francés Raymond Séguy, de Autun, Chalon y Macon, y abad titular de Cluny, con motivo de las ceremonias conmemorativas del milenario del día de Todos los Fieles Difuntos, instituido por San Odilón, monje benedictino y quinto Abad de Cluny.

Juan Pablo II recuerda que ‘San Odilón deseó exhortar a sus monjes a rezar de modo especial por los difuntos. A partir del Abad de Cluny comenzó a extenderse la costumbre de interceder solemnemente por los difuntos, y llegó a convertirse en lo que San Odilón llamó la Fiesta de los Muertos, práctica todavía hoy en vigor en la Iglesia universal’.

‘Al rezar por los muertos -escribe el Santo Padre-, la Iglesia contempla sobre todo el misterio de la Resurrección de Cristo que por su Cruz nos obtiene la salvación y la vida eterna. La Iglesia espera en la salvación eterna de todos sus hijos y de todos los hombres’.

Tras subrayar la importancia de las oraciones por los difuntos, escribe: ‘Las oraciones de intercesión y de súplica que la Iglesia no cesa de dirigir a Dios tienen un gran valor. El Señor siempre se conmueve por las súplicas de sus hijos, porque es Dios de vivos. La Iglesia cree que las almas del purgatorio ‘son ayudadas por la intercesión de los fieles, y sobre todo, por el sacrificio propiciatorio del altar’, así como ‘por la caridad y otras obras de piedad’.

Finalmente, el Papa anima a los católicos ‘a rezar con fervor por los difuntos, por sus familias y por todos nuestros hermanos y hermanas que han fallecido, para que reciban la remisión de las penas debidas a sus pecados y escuchen la llamada del Señor'[1].

2. Del Samain celta al Halloween, pasando por los difuntos

El 31 de octubre por la noche, en los países de cultura anglosajona o de herencia celta, se celebra la víspera de la fiesta de Todos los Santos, con toda una escenografía que antes recordaba a los muertos, luego con la llegada del Cristianismo a las ánimas del Purgatorio, y que ahora se han convertido en una ensalada mental en la que no faltan creencias en brujas, fantasmas y cosas por el estilo. En cambio, en los países de cultura mediterránea, el recuerdo de los difuntos y la atención a la muerte se centra en el 2 de noviembre, el día siguiente a la celebración de la resurrección y la alegría del paraíso que espera a la comunidad cristiana, una familia de ‘santos’ como la entendía San Pablo.

Diversas tradiciones se unen, se mezclan y se influyen mutuamente en este comienzo de noviembre en las culturas de los países occidentales. En Asia y Africa, el culto a los antepasados y a los muertos tiene fuertes raíces pero no está tan ligado a una fecha concreta como en nuestra cultura.

Un antecedente de esta fiesta lo encontramos entre los romanos que celebraban los Lemura en mayo y practicaban diversas estratagemas para alejar a los fantasmas y, sobre todo, para hacerlos amigos. Las raíces de la fiesta actual se remontan al VII o VI siglo antes de Cristo, cuando los celtas, justamente el 31 de octubre, celebraban el Samain, cambio de año. Creían que los muertos volvían a la tierra y, para festejar su venida, encendían grandes hogueras y preparaban gran cantidad de comida. La antigua creencia mezclada con supersticiones llegó hasta Estados Unidos y empezó a formar parte del folklore autónomo. La calabaza, añadida después, tiene su origen en los países escandinavos y luego regresó a Europa y al resto de América gracias a la colonización cultural de sus medios de comunicación y los telefilmes y películas importados.

En los últimos años, comienza a hacer furor entre los quinceañeros mediterráneos y latinoamericanos que olvidan sus propias y ricas tradiciones para adoptar la hueca calabaza iluminada. En Hallowe’en (de All hallow’s eve), literalmente la Víspera de Todos los Santos, la leyenda anglosajona dice que es fácil ver brujas y fantasmas. Los niños se disfrazan y van -con una vela introducida en una calabaza vaciada en la que se hacen incisiones para formar una calavera- de casa en casa. Cuando se abre la puerta gritan: ‘trick or treat’ (broma o regalo) para indicar que gastarán una broma a quien no les de una especie de propina o aguinaldo en golosinas o dinero.

Una antigua leyenda irlandesa narra que la calabaza iluminada sería la cara de un tal Jack O’Lantern que, en la noche de Todos los Santos, invitó al diablo a beber en su casa, fingiéndose un buen cristiano. Como era un hombre disoluto, acabó en el infierno.

Con la llegada del cristianismo, mientras en los países anglosajones tomaba forma la procesión de los niños disfrazados pidiendo de puerta en puerta con el farol en forma de calavera, en los mediterráneos se extendían otras costumbres ligadas al 1 y 2 de noviembre. En muchos pueblos españoles existe una tradición de ir de puerta en puerta tocando, cantando y pidiendo dinero para las ‘ánimas del Purgatorio’. Hoy en día, aunque menos que antaño, se siguen visitando los cementerios, se arreglan las tumbas con flores, se recuerda a los familiares difuntos y se reza por ellos; en las casas se hablaba de la familia, de todos los vivos y de los que habían pasado a otra vida y se consumían dulces especiales, que perduran para la ocasión, como en España los buñuelos de viento o los huesos de santo.

Mientras tanto, al otro lado del océano y al sur de Estados Unidos, la tradición católica llevada por españoles y portugueses se teñía de color propio en cada país americano, mezclada a los ritos locales precoloniales y al folklore del lugar. México es uno de los países en que ha tomado mayor fuerza y colorido la fiesta de Todos los Santos.

Muchos se disfrazan de muertos o se ponen máscaras de calaveras y se consumen dulces en forma de cráneo o de esqueleto. En este sentido, los obispos de dos diócesis mexicanas vecinas a Estados Unidos, Sonora y Sinaloa, han llamado la atención sobre la influencia estadounidense que hace perder las tradiciones autóctonas e incita al consumismo y a imitar una tradición que hoy es más pagana que cristiana. El arzobispo de Hermosillo, José Ulises Macías, dijo que ‘los mexicanos debemos arraigarnos a nuestras propias costumbres que son ricas y divertidas, pues cada nación tiene sus festividades de acuerdo a sus sucesos históricos y sociales’.

Seguramente en Galicia se unen dos tradiciones: la celta y la católica, por lo que es esta la región de España en la que más perdura la tradición del recuerdo de los muertos, las ánimas del Purgatorio, muy unidas al folklore local, y las leyendas sobre apariciones y fantasmas. En toda España perdura una costumbre sacrosanta que se ha introducido en los hábitos culturales: la de representar en esta fecha alguna obra de teatro ligada al mito de Don Juan Tenorio. Fue precisamente este personaje, ‘el burlador de Sevilla o el convidado de piedra’, creado por el fraile mercedario y dramaturgo español Tirso de Molina, el que se atrevió a ir al cementerio, en esta noche, a conjurar las almas de quienes habían sido víctimas de su espada o de su posesividad egoísta.

En todas estas representaciones ritos y recuerdos pervive un deseo inconsciente, y más bien pagano, de exorcizar el miedo a la muerte, sustraerse a su angustia. El mito antiguo del retorno de los muertos, se ha convertido hoy en fantasmas o dráculas con efectos especiales en los filmes de terror.

Sin embargo, para los creyentes es la fiesta de todos los Santos la que verdaderamente tiene relevancia y refleja la fe en el futuro para quienes esperan y viven según el Evangelio predicado por Jesús. Es lo que ha subrayado Juan Pablo II, en su catequesis del pasado miércoles. El respeto a los restos mortales de quienes murieron en la fe y su recuerdo, se inscribe en la veneración de quienes han sido ‘templos del Espíritu Santo’.

Como asegura Bruno Forte, profesor de la Facultad teológica de Nápoles, al contrario de quienes no creen en la dignidad personal y desvalorizan la vida presente creyendo en futuras reencarnaciones, el cristiano tiene ‘una visión en las antípodas’ ya que ‘el valor de la persona humana es absoluto’. Es ajena también al dualismo heredero de Platón que separa el cuerpo y el alma. ‘Este dualismo y el consiguiente desprecio del cuerpo y de la sexualidad no forma parte del Nuevo Testamento para el que la persona después de la muerte sigue viviendo en tanto en cuanto es amada por Dios’. Dios, añade el teólogo, ‘no tiene necesidad de los huesos y de un poco de polvo para hacernos resucitar. Quiero subrayar que en una época de ‘pensamiento débil’ en la que se mantiene que todo cae siempre en la nada, es significativo afirmar la dignidad del fragmento que es cada vida humana y su destino eterno'[2].

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Zenit, 30 de octubre de 1998.

[2] Zenit, 30 de octubre de 1998.

horóscopo

¿Es moralmente ilícito creer en el horóscopo y en la astrología?

Pregunta:

¿Qué dice la Iglesia y la moral sobre la consulta y la creencia en los horóscopos? En general, ¿qué juicio merece la astrología?

Respuesta:

Es patente la extensión que este fenómeno tiene en nuestros días. No hay casi diario o revista que no incluya entre sus columnas, aquélla dedicada al horóscopo; en algunos países hay canales de televisión dedicados exclusivamente a temas astrológicos y esotéricos con programas al respecto, y lo mismo se diga de la radio. La literatura sobre el tema es muy abultada. Es más, hoy en día los horoscoperos se presentan como ‘profesores’, ‘licenciados en ciencias ocultas’, ‘especialistas en ciencias parasicológicas’. La experiencia nos muestra que gran parte de nuestros contemporáneos si no consultan sus respectivos horóscopos convencidos de su exactitud, lo hacen al menos concediéndoles el privilegio de la duda: ‘no es que yo crea en el horóscopo, pero algo de verdad debe tener’. Al menos muchos, guiados por cierto fatalismo supersticioso, piensan que permanecer totalmente incrédulos ante las predicciones horocopales puede traerles mala suerte. Y de hecho un dejo de consuelo les queda cuando leen allí pronosticado: se está por iniciar para usted una nueva etapa; pronto hallará anheladas respuestas; diez puntos en salud; los rosados influjos del amor no han logrado atemperar su fuego combativo; como todo felino tiene siete vidas y luchará valerosamente; aproveche el momento, sobre todo el financiero; la relación con los socios y con la pareja es muy buena; etc. Los hombres, para vivir, necesitan la esperanza, y cuando pierden la que nace de la fe verdadera, están dispuestos a creerle al primero que les prometa un venturoso porvenir: Mundus vult decipi, el mundo quiere ser engañado, dice un antiguo proverbio.

¿Qué podemos decir de esto? El horóscopo es un desprendimiento de la antigua astrología, no de la astrología natural, que es madre de la actual astronomía, sino de laastrología judiciaria, que se empeñaba en descubrir la influencia de los astros sobre el destino de los hombres y de las cosas. En tal sentido, hay que colocarlo dentro del fenómeno más amplio de las ‘artes adivinatorias’, puesto que, como su nombre mismo lo indica (orosscopeo, examinar las horas), el horóscopo designaba originariamente la observación que los astrólogos hacían del estado del cielo en el momento del nacimiento de un hombre pretendiendo con ello adivinar los sucesos futuros de su vida. Para mayor exactitud, el horóscopo designa el mapa con la posición de los planetas en un instante dado por su relación con el Sol y la Tierra. Por derivación se llama también horóscopo a las predicciones que pretenden sacarse de tal observación.

La astrología judiciaria se divide, a su vez, en varias clases. Tenemos así la astrologíamundial, que intenta fijar la evolución de la historia y de la política; la astrología genetlíacao individual que, levantando el horóscopo del momento del nacimiento, pretende precedir los eventos futuros del sujeto implicado; la astrología horaria, destinada a contestar preguntas concretas, para lo cual se estudia el horóscopo del momento en que se formula la pregunta al astrólogo.

En todos los tiempos el hombre ha sentido el interés por conocer el porvenir, y en los tiempos de decadencia religiosa, tal interés se ha transformado en obsesión. El hombre moderno se parece mucho al ‘supersticioso’ que describe Teofrasto en sus Caracteres, corriendo febrilmente de un augur a un adivino, y de éste a un intérprete de sueños. El recurso de los hombres a la astrología tiene una larga historia, desde su origen babilónico; tuvo influencia en algunos filósofos de Grecia (presocráticos, epicúreos y estoicos)[2], y sobre todo en el mundo islámico (donde adquirió un desenvolvimiento singular); en el mundo cristiano estas creencias se desarrollaron poco mientras la fe era más profunda y arraigada (aunque no faltaron monarcas que tenían astrólogos en su corte), pero ya en el siglo XVI no había soberano que no consultara a su astrólogo particular, y sobre todo ganó terreno con el positivismo y el racionalismo del siglo XIX. Incluso, durante la segunda guerra mundial, después que el suizo Krafft predijo el atentado que Hitler sufrió en Munich el 8 de noviembre de 1939, la guerra psicológica añadió un departamento más, el astrológico.

Es verdad, y nadie podrá negarlo, que los astros ejercen algún tipo de influencia sobre las realidades del mundo, incluido el hombre: ¿quién no nota los efectos que producen los cambios de estaciones y condiciones meteorológicas, no sólo sobre las realidades materiales (como las mareas) sino sobre el humor, los estados anímicos y la misma salud humana? Por eso, Santo Tomás admite cierto influjo de los astros sobre la parte corpórea del hombre (en cuanto todo el universo se influye mutuamente), y, consecuente e indirectamente, sobre sus sentidos corporales (imaginación, memoria, instintos)[3]. Pero de ningún modo pueden servir para predecir los actos futuros libres de los hombres, puesto que sólo puede predecirse el futuro a partir de un hecho concreto, siempre y cuando el evento futuro se encuentre en este hecho o realidad presente como el efecto en su causa; y los hechos futuros de los hombres no son efecto de los movimientos o posiciones astrales. A lo sumo, como indica agudamente el mismo Santo Tomás, podría conjeturarse aquello que con mayor probabilidad harán algunos hombres basándonos en la experiencia que nos dice que la mayoría de los mortales se deja llevar de sus estados anímicos y de sus disposiciones corporales; en tal sentido, si conociéramos la influencia que algún astro o estación climática ejercerá sobre los cuerpos en tal fecha, podríamos también conjeturar cómo obrarían aquellos que se dejen llevar por tales estados[4].

Afirmar otro tipo de influencia y, peor aún, pretender determinar los hechos futuros a partir de los astros, plantea necesariamente la negación de la libertad humana, de la Providencia divina, y afirma, por el contrario, el fatalismo y el predestinacionismo absoluto. Por ello, la astrología puede constituir herejía (si presupone la negación de la libertad y la Providencia), superstición e idolatría (si conlleva la adoración de los astros), o simplemente vana observancia, es decir, el recurso a medios desproporcionados para obtener un efecto en sí mismo natural (como en el caso de las consultas a los modernos horóscopos).

En cuanto a los horoscoperos, adivinos y astrólogos (licenciados o no en ciencias ocultas y parapsicológicas), hay que decir que la gran mayoría son vividores que se aprovechan de la credulidad de mucha gente (¿No dice el libro del Eclesiástico 1,15: el número de los necios es infinito?). Otros, forman parte convencida de la moderna seducción por el ocultismo, de la fascinación por lo misterioso y de la búsqueda de lo asombroso como alternativa a su fe superficial o vacía. Algunos, por último, practican la astrología como parte del culto a los demonios, y es por la intervención de éstos últimos que algunos ‘astrólogos’ son capaces a veces de ‘precedir’ algunos hechos futuros, por cuanto los demonios a quienes recurren, siendo ángeles caídos, conocen mejor que los hombres la relación entre las causas y los efectos naturales, así como tienen una gran experiencia del obrar humano, con sus debilidades y miserias. Pero todas sus ‘predicciones’ sobre los actos futuros libres de los hombres no son más que conjeturas.

Por eso decía ya el Profeta Jeremías (10,2): No temáis por los pronósticos celestes, pues son los paganos los que temen de ellos; e Isaías (47,13): Estás cansada de tanto consultar. Que se presenten, pues; que te salven los que dividen los cielos, y observan las estrellas, y hacen la cuenta de los meses, de lo que ha de venir sobre ti; y el Levítico (19,31): No acudáis a los que evocan a los muertos ni a los adivinos, ni los consultéis, para no mancharos con su trato.

La Iglesia ha hablado sobre este tema desde antiguo condenando la creencia en la astrología, por ejemplo el Concilio de Toledo del año 400[5], o el Concilio de Braga del 561[6]. El juicio del Magisterio de la Iglesia puede resumirse en lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica: ‘Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone ‘desvelan’ el porvenir. La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a ‘mediums’ encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios'[7].

Todo género de adivinación, en definitiva, nace de la falta de fe en el Dios verdadero; y es el castigo del abandono de la auténtica fe. Por eso, en uno de sus cuentos escribía Chesterton: ‘La gente no vacila en tragarse cualquier opinión no comprobada sobre cual­quier cosa… Y esto lleva el nombre de superstición… Es el primer paso con que se tropieza cuando no se cree en Dios: se pierde el sentido común y se dejan de ver las cosas como son en realidad. Cualquier cosa que opine el menos autorizado afirmando que se trata de algo profundo, basta para que se propague indefinidamente como una pesadilla. Un perro resulta entonces una predicción; un gato negro un misterio, un cerdo una cábala, un insecto una insignia, resucitando con ello el politeísmo del viejo Egipto y de la antigua India… y todo ello por temor a tres palabras: SE HIZO HOMBRE‘.

En conclusión, si uno recurre a las prácticas astrológicas o consulta los horóscopos, creyendo seriamente en ello, comete un pecado de superstición propiamente dicho (pudiendo, incluso, llegar a la idolatría); si lo hace sólo por curiosidad y diversión, no hace otra cosa que recurrir a un pasatiempo fútil, que va poco a poco desgastando peligrosamente su fe verdadera. Si lo hace para granjearse la ‘protección’ de los demonios, comete un pecado de idolatría diabólica, y tal vez tenga que decir alguna vez con el poeta Goëthe: ‘No puedo librarme de los espíritus que invoqué’.

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1]Apareció en Revista Diálogo nº 12.

[2]Cf. Santo Tomás, Suma Contra Gentiles, III, 84.

[3]Cf. Santo Tomás, Suma Teológica, II-II, 95; Suma Contra Gentiles, III, 84-85; Opúsculos De sortibus y De iudiciis astrorum.

[4]Cf. Suma Teológica, II-II, 95, 5 ad 2.

[5]’Si alguno piensa que debe creerse en la astrología, sea anatema’ (Dz 35).

[6]’Si alguno cree que las almas humanas están ligadas a un signo fatal (que las almas y cuerpos humanos están ligados a estrellas fatales), como dijeron los paganos y Prisciliano, sea anatema’ (Dz 239).

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2116.

fenomenos paranormales

¿Qué podemos decir de los fenómenos paranormales?

Pregunta:

¿Qué podemos decir de los fenómenos paranormales?

Respuesta:

Este tema suele encontrarse en los libros especializados bajo el término ‘metapsíquica’. Reproduzco aquí, por lo equilibrado, cuanto expone el viejo pero útil ‘Diccionario de Teología Moral’ dirigido por el Cardenal Francisco Roberti Roberti, (‘Diccionario de Teología Moral’, Editorial Litúrgica Española, Barcelona 1960, voz ‘metapísquica’).

1. Noción

Se suele llamar con término bastante general metapsíquica al conjunto de las investigaciones científicas acerca de los fenómenos de la mediumnidad, telepatía, premonición y similares: fenómenos que están más allá de los estudiados por la psicología normal. A este término prefieren muchos el de investigación psíquica para evitar la suposición de que la voz metapsíquica quiera significar ‘lo que está más allá de la psique’ y también por la consideración de que nada de lo que el hombre de estudios experimenta naturalmente y determina en materia psicológica puede considerarse propiamente metapsíquico. Para indicar la investigación psíquica y sus multiformes objetos hablan algunos también -aunque menos propiamente- de ocultismo, entendido como el conjunto de estudios y de las investigaciones para explicar cosas inexplicables con medios naturales; mientras que este vocablo, al menos en su acepción principal, sirve para indicar movimientos e ideas (emparentados con las teorías mágicas medievales), nacidos a fines del siglo XVIII, y según los cuales numerosos entes y fuerzas no experimentables en el plano normal y empírico de sensibilidad y conciencia serían cognoscibles y dominables por medio de prácticas diversas que implicarían profundas modificaciones psíquicas individuales; de ese modo el ocultismo se acercaba prácticamente a la magia.

2. Datos históricos

Muchos de los fenómenos que forman el objeto de la metapsíquica eran conocidos desde la antigüedad, pero su estudio científico es relativamente reciente, habiéndose iniciado a fines del s. XVIII por las investigaciones de Mesmer y de sus seguidores sobre el llamado magnetismo animal, consistente primero en la cura de los neuropáticos, con la aplicación de la calamita o piedra imán, después en la aplicación indirecta y colectiva del agua magnetizada, siguiendo con el empleo del sonambulismo artificial de donde se derivaron los modernos métodos hipnóticos y psicoanalíticos.

Otras manifestaciones, que no entran en los cuadros y en las concepciones generales de la medicina y de la psicología clásica, formaron el objeto de aquel vasto movimiento conocido bajo el nombre de espiritismo, cuyos adeptos se inspiraron en parte en movitivos seudorreligiosos, y en parte en una simple curiosidad mundana y snobista; pero una minoría de investigadores emprendió el estudio de estas manifestaciones con finalidades científicas ; y a esta actividad se le ha dado el nombre de investigación psíquica y de metapsíquica. El profesor R. Hare (1856), el naturalista Wallace y el físico Crookes (alrededor de 1870), A. Aksako (1880), el fisiólogo Ch. Richet (a principios de este siglo) fueron los investigadores más conocidos de los fenómenos metapsíquicos que actualmente se estudian y discuten en diversos Institutos y Congresos nacionales e internacionales).

3. Metodología

En muchos casos los fenómenos estudiados por la metapsíquica tienen lugar en presencia de cierto número de personas, con el concurso de individuos denominados médium.

‘Las experiencias mediúmnicas -explica Geley- realizan el tipo de las experiencias psicofisiológicas colectivas, ya que los fenómenos son fruto de una colaboración inconsciente del médium y de los experimentadores’. La producción de estos fenómenos está condicionada además por circunstancias particulares, como son el hábito y la existencia de una corriente de simpatía entre el médium y los espectadores y el ambiente poco o nada iluminado. Esto no quita que se deban poner por obra todos los métodos que son indispensables para un serio control. En las sociedades de metapsíquica las investigaciones se verifican preferentemente en laboratorios que disponen de instrumental moderno para la observación y control de las experiencias.

4. Fenómenos estudiados

Los fenómenos mediúmnicos se dividen en materiales, o físicos, y mentales. Entre los primeros recordamos los conocidísimos veladores semoviente o parlante, telecinesis (movimiento de objetos sin control aparente), levitación de cuerpos sólidos y del mismo médium, la hectoplasmia (desprendimiento del cuerpo del médium de una sustancia dinámica especial denominada por Richet ‘hectoplasma’, fotografiable en ocasiones, y a la cual se atribuyen por algunos las actividades telecinéticas mencionadas), las manifestaciones de carácter acústico (los llamados raps), óptico (fosforescencias, globos luminosos, etc.), términos (corrientes frías), químico y los aportes (consistentes en la introducción de objetos en un lugar cerrado a travéz de sus paredes).

Los fenómenos mediúmnicos mentales más significativos son los de la austoscopia (percepción por parte del sujeto de sus órganos internos), transposición de sentidos (por la cual el sujeto parece ver con el estómago o con las orejas, etc.), mutación de personalidad (personalidades alternante y segregaciones de la personalidad, las llamadas encarnaciones, etc.), clarividencia y telepatía, criptestesia pragmática (forma particular de clarividencia, en que el sujeto, poniéndose en contacto con un objeto de procedencia desconocida para él, da amplias descripciones acerca del mismo objeto, personas o ambiente que estuvieron en relación con él, etc.), xenoglosia (el médium habla o escribe en una lengua desconocida para él), premonición.

5. Interpretaciones

Los fenómenos rápidamente señalados en el párrafo anterior han sido objeto de diversísimas interpretaciones (Morselli en 1908 señalaba más de 35 grupos), las cuales se agrupan definitivamente en dos categorías:

a) la fenomenología metapsíquica depende de la acción de espíritus de difuntos o de algún modo de la intervención de fuerzas extrahumanas (hipótesis espíritu-ocultista);

b) tiene una explicación naturalista que la ciencia trata de formular, basándose en investigaciones cada vez más objetivas, instrumentalmente controladas (hipótesis de tendencia científica).

Este segundo grupo de investigaciones invocan -de vez en cuando, según los científicos que las han excogitado y aun más según los fenómenos paranormales a que se refieren- fuerzas físicas o físicoquímicas, mecanismos hiperfísicos, que implican la existencia de una cuarta dimensión espacial, la acción de un fluido particular, de una sustancia hectoplásmica , de peculiares radiaciones cerebrales, manifestaciones alucinatorias, disociativas o incluso del yo sublimal, etc. Sin embargo -podemos repetir con el autorizado Servadio-, ‘ninguna teoría hasta ahora es suficiente para satisfacer las exigencias del pensamiento científico’.

Las interpretaciones de la primera categoría apelan a la intervención de espíritus desencarnados (así piensan los espiritistas), o (según los modernos teósofos) de los despojos fluídicos de estos espíritus, que tienen sólo una apariencia de personalidad, o también (según recientes ocultistas) se tratan ya de almas inmortales de fallecidos, sino de agrupaciones residuales de características de éste o del otro difunto, destinadas a perecer después de cierto período de existencia larval. Trátase también aquí de simples hipótesis totalmente fantásticas y caprichosas.

6. El pensamiento católico en esta materia

Aunque la Iglesia no ha dado nunca una definición de los múltiples y heterogéneos fenómenos paranormales estudiados por la metapsíquica, mediante decretos del Santo Oficio (30 marzo 1898, 26 abril 1917) no ha dejado de prohibir a los fieles toda práctica mágico-mediúmnico-espiritista.

Teóricamente los autores católicos propenden a una explicación naturalista de la fenomenología metapsíquica o a una interpretación preternatural, o más comúnmente a una explicación mixta, naturalista en parte y en parte preternatural, reconociendo en las fuerzas extrahumanas más que la intervención de almas de difuntos, totalmente dependientes de Dios, que no puede hacerse o hacer a las mismas almas instrumento pasivo de nuestras curiosidades, la intervención demoníaca.

Como quiera que se traten de explicar teóricamente los fenómenos, el motivo de esta prohibición de la Iglesia es evidente, ya que tanto si se trata de manifestaciones de orden preternatural, como si se trata de manifestaciones dentro del ámbito de las leyes naturales o de simples trucos, es gravísimo el daño que de aquí puede originarse al que toma parte en las sesiones mediúmnicas y en otras empresas de orden mágico o espiritista.

Si, en efecto, se quiere -no sin evidente dificultad- limitar toda la fenomenología metapsíquica a juegos de magia blanca o a manifestaciones de orden científiconaturalista, se ha de tener siempre presente que a muchos de los que asisten a las sesiones se les pueden originar notables y persistentes trastornos psiconeuróticos, ya que todo elemento de la misma sesión -desde la puesta en escena ambiental a los fenómenos singulares que en ella se verifican- por su fuerte carga emotiva es un factor notable psicotraumatizante, origen de desequilibrios y perturbaciones neuropsíquicas.

En cambio, si se admite que se trata de manifestaciones de orden preternatural, dado que éstas no suceden tras de una oración a Dios, o por efecto de otras prácticas piadosas, sino que son solicitadas por reuniones de individuos -al menos en gran parte- indiferentes, sino precisamente hostiles con respecto a la verdadera religión, es forzoso reconocer que se está en presencia de manifestaciones diabólicas. Y este reconocimiento será tanto más evidente cuanto que (como ocurre en ciertas obras de magia) el demonio es explícitamente evocado. En estos casos a los daños de la salud corporal se añaden el pecado de superstición, adivinación o idolatría, tratándose de acciones y congresos internacionalmente impíos y sacrílegos. No peca, sin embargo, un científico que tenga motivo suficiente para asistir con objeto de investigar sin tomar en ellas parte activa y sin dar ocasión de escándalo.

Agregamos que el estudioso católico -sea abogado, juez o médico forense- no puede proponer estos métodos, ni consentir en ellos para resolver problemas judiciales: la razón es porque el auxilio de estos clarividentes puede ser fatal a los fines de la justicia, y porque la naturaleza de los fenómenos metapsíquicos es, como hemos dicho en el párrafo anterior, hasta ahora totalmente incierta y discutida.

P. Miguel A. Fuentes, IVE