preocupado

¿Es pecado estar muy preocupado?

Pregunta:

Estimado Padre: Últimamente noto que estoy muy preocupado por mi situación y la de mi familia. No me refiero a una preocupación normal sino que a veces se vuelve desasosiego y pesadumbre, siempre pensando en que puedo perder el trabajo y las consecuencias que eso puede traerme. No es que esté particularmente en riesgo de que me suceda, sino que se me cruza por la cabeza y no puedo ni siquiera dormir. ¿Puede ser esto un pecado?

Respuesta

Estimado:

Efectivamente, puede llegar a ser pecado (no digo que lo sea de hecho, sino que puede llegar a ser pecado). Lo que usted experimenta se llama propiamente “inquietud por las cosas temporales”. Inquietud indebida, se entiende, porque hay una inquietud que es normal, buena y necesaria: aquella por la cual ponemos los medios para buscar lo que necesitamos nosotros, o necesitan las personas que tenemos a cargo, para vivir y perfeccionarnos.

Nuestro Señor habló explícitamente contra esta actitud al decirnos: No andéis solícitos diciendo: qué comeremos, qué beberemos o qué vestiremos (Mt 6,31)

Esta preocupación -llamada también solicitud- implica un empeño por conseguir alguna cosa que se ha vuelto ilícita por alguno de estos tres motivos: (a) o bien porque se busca algo temporal como fin último de la vida; (b) o bien porque es buscado con demasiado interés temporal, hasta el punto de apartarnos de lo espiritual (a esto se refiere Jesús en Mt 13,22 al decir: Los cuidados del mundo ahogan la palabra [de Dios]); (c) o bien, finalmente, por estar, dicha preocupación, acompañada de un temor exagerado: cuando se teme que falte lo necesario después de haber hecho lo que debemos hacer y lo que está de nuestra parte; esta es ya la ansiedad temporal en el sentido más estricto, y la que más a menudo nos puede afectar.

El vicio que está detrás de esta ansiedad es la desconfianza de Dios. La cual es pecado, dice Santo Tomás, porque implica ceguera ante las obras de Dios, ya que Dios a cada momento nos está asegurando que cuida de nosotros:

(1°) Dándonos beneficios mayores de las cosas necesarias de cada día, a saber, el cuerpo y el alma que nos han venido sin nuestra preocupación: el cuerpo y el alma lo recibimos de arriba; ¿nos va a faltar entonces un pedazo de pan?

(2°) Mostrándonos la protección y delicadeza que tiene respecto de los animales y de las plantas, sin trabajo del hombre. Como leemos en Mt 6,26-29: Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?… Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Entonces, ¿va a ser menos con el hombre? Por eso añade (6,30): Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

(3°) Finalmente, permitiéndonos que alcancemos con nuestra misma razón la existencia de la Providencia divina, verdad de orden natural, por ignorancia de la cual los paganos se preocupaban de buscar los bienes temporales por encima de todo y vivieron amargados… como paganos, precisamente.

Hay que concluir, pues, que nuestra preocupación debe dirigirse, principalmente, a los bienes espirituales, con la esperanza de que también se nos darán -si ponemos de nuestra parte los medios- las cosas temporales necesarias. Lo dice hermosamente el Señor: Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal (Mt 6,32-34). E igualmente: No os inquietéis por el mañana (Mt 20,34). A cada día le basta su propio afán.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

  • Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, 55, art. 6-7;
  • Reginald Garrigou-Lagrange, La Providencia y la Confianza en Dios, Palabra, Madrid 1951;
  • De Caussade, Jean- Pierre, Tratado del Santo Abandono a la Divina Providencia, Apostolado de la Oración, Bs. As. 1983;
  • Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono, Patmos, Madrid 1977;
  • Paul de Jaegher, Confianza, El mensajero del Sagrado Corazón de Jesús, Bilbao 1956.
pecado

¿Por qué se dice que todos los pecados contra la castidad son mortales?

Pregunta:

Mi pregunta va orientada a moral sexual. ¿Cuál es el fundamento teológico de considerar “non parvitas materiae” en todos los pecados contra el 6° y 9° mandamientos? ¿Existe alguna definición magisterial al respecto? El teólogo Marciano Vidal dice en su “Moral de Actitudes” que esta categorización moral corresponde a un error en la antropología biológica, pues según él, Santo Tomás de Aquino considera que el esperma ya contiene “homúnculos”, o sea hombres en estado embrional y por tanto todo derrame seminal contendría hombres en estado embrionario. ¿Es real esta afirmación? ¿Cómo le respondería usted?

Respuesta:

Estimado,

Parvitas materiae”, quiere decir “parvedad (= pequeñez) de materia”; el principio que usted menciona: “que no hay parvedad de materia” quiere decir que, desde el aspecto material, cualquier acto realizado contra lo que se manda en esos “mandamientos” es suficiente para que haya pecado mortal.

Ha sido, indudablemente, una enseñanza tradicional el que en materia sexual todo desorden es algo objetivamente serio o grave y constituye, por tanto, materia suficiente para que haya pecado mortal. No se dice, sin más, que en cada caso concreto sea pecado mortal, pues para que haya efectivamente un pecado mortal no basta con que se verifique un desorden grave objetivo sino que además hace falta que sea conocido como tal por quien lo realiza y que lo haya querido o aceptado realizar libremente (podrían, pues, darse causas atenuantes como la ignorancia, violencia, falta de libertad o deliberación, etc.)[1].

En la segunda mitad del siglo XX muchos teólogos se apartaron de esta enseñanza afirmando que esta doctrina hacía una diferencia injustificada entre las cuestiones sexuales y las de otras virtudes (como las de la justicia social, por ejemplo, donde sí se habla de que puede haber parvedad de materia); en consecuencia exigían que se reinterpretara el principio (como Grundel, B. Haring y otros) o bien lo califican de insostenible (J. Ziegler, A. Valsecchi)[2]. Sin embargo, no es exacto decir que la doctrina de la “no parvedad de materia” sea algo que afecte tan solo al campo sexual; hay otros pecados en que tampoco se da parvedad de materia; así, por ejemplo dice el Catecismo: “Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio”[3]. Nótese que se indican actos en que se injuria a Dios, en que se atenta contra la vida del prójimo y -en tercer lugar- la sexualidad.

En los documentos del magisterio no aparece la expresión “no parvedad de materia”, pero sí lo esencial que este principio quiere indicar. Es muy claro a este propósito el párrafo de la Declaración Persona humana que critica el mal uso de la teoría de la opción fundamental (con la que muchos de estos autores negaban la no-parvedad de materia en cuestiones sexuales): “… Según la tradición cristiana y la doctrina de la Iglesia, y como también lo reconoce la recta razón, el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados, que toda violación directa de este orden es objetivamente grave”[4]. Al decir “toda violación directa… es objetivamente grave”, está enseñando precisamente lo que la tradición teológica anterior indicaba con el principio de “no-parvedad de materia”. “Toda violación” incluye no sólo los actos externos sino también los pensamientos y los deseos.

Más claro todavía se hace al ver que inmediatamente el texto de la Declaración distingue este juicio de gravedad objetiva, del juicio de la responsabilidad subjetiva: “Es verdad que en las faltas de orden sexual, vista su condición especial y sus causas, sucede más fácilmente que no se le dé un consentimiento plenamente libre; esto invita a proceder con cautela en todo juicio sobre el grado de responsabilidad subjetiva de las mismas”. Con esto se pone de manifiesto que la expresión “directa” (toda violación directa) no era una alusión a los elementos subjetivos del acto sino simplemente que hacía referencia a una “violación propia del orden sexual”.

Finalmente el documento une ambas esferas (la objetiva y la subjetiva) al señalar que si bien se deben tener en cuenta los elementos subjetivos (conocimiento y libertad de la persona, u otros condicionamientos) esto no debe llevar a sostener “que en materia sexual no se cometen pecados mortales”.

Si vamos al Catecismo de la Iglesia Católica veremos que al hablar de la lujuria en general no se afirma directamente la gravedad (entiendo gravedad en el sentido de mortalidad, es decir, “pecado mortal”) de todos los pecados en esta materia; tan solo la objetividad del desorden que ellos entrañan; en efecto, señala que “el placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo separado de las finalidades de procreación y de unión”[5].

Pero al pasar a hablar, a continuación, de cada una de las especies de lujuria, se usa una terminología equivalente a la que expresa la “no-parvedad de materia”. Así, por ejemplo de la masturbación afirma (apelando a dos fuentes: “el magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante” y “el sentido moral de los fieles”) como “un acto intrínseca y gravemente desordenado”[6]. Y se refiere al acto considerado en sí, objetivamente, o si se quiere: materialmente; es el acto considerado en su aspecto material, objetivamente, al margen del conocimiento y de la libertad del sujeto que lo realiza. Por eso, se añade a continuación los demás elementos del juicio concreto sobre la responsabilidad moral de los sujetos que lo cometen; para esto, dice, deberá tenerse en cuenta: “la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral”. Nótese, pues, que todos estos factores pueden atenuar o reducir la “culpabilidad moral”. Culpabilidad es la responsabilidad que a alguien le cabe por la ejecución de un acto desordenado. El acto es gravemente desordenado en sí, pero la culpabilidad o responsabilidad de uno puede estar atenuada por ignorancia o falta de libertad u otros factores. Lo que se ha afirmado, es, por tanto, la gravedad objetiva del desorden sexual en todo su género.

Los demás párrafos del Catecismo que hacen referencia a las otras “ofensas contra la castidad” mantienen el lenguaje de “gravedad” (es decir, pecado grave por su objeto o intrínsecamente grave) para el juicio objetivo: así al hablar de la fornicación se dice que es “gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana”[7]; la pornografía “atenta gravemente a la dignidad (…); es una falta grave”[8]; en la prostitución quien paga “peca gravemente”, y dedicarse a ella “es siempre gravemente pecaminoso” (y luego nuevamente indicará la posibilidad de atenuación de la imputabilidad en las víctimas de chantaje, presión, etc.)[9]; la violación “es siempre un acto intrínsecamente grave”[10]; los actos homosexuales “son intrínsecamente desordenados”[11]; al hablar de las uniones libres dice de modo universal: “el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave”[12], pero es evidente que el Catecismo no desconoce que algunas personas tienen una enorme ignorancia en estos temas, por tanto, está hablando de la gravedad material (y decir “siempre grave” equivale a decir “no admiten parvedad de materia”). Más adelante, en el resumen del capítulo, el mismo Catecismo llama a muchos de los actos que acabamos de mencionar: “pecados gravemente contrarios a la castidad”[13]; al hablar de la anticoncepción dice que es “intrínsecamente mala”[14]. Lo dicho debe extenderse también a los actos interiores pues varias veces se cita la expresión de Jesucristo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5,28)[15]; le cabe pues el mismo juicio que el adulterio, el cual está “absolutamente prohibido” y “denunciado en su gravedad por los profetas”[16]. Téngase en cuenta que los actos internos se califican moralmente del mismo modo que los actos externos que tienen el mismo objeto moral (así, por ejemplo, el acto interno de deseo o complacencia en una acción homosexual tiene la misma calificación que el acto externo, por tanto es propiamente hablando un acto homosexual aunque de deseo o pensamiento). Debe decirse, entonces, que comparten también la misma calificación teológica que tales actos: o sea, en este caso, son intrínsecamente graves por su objeto[17].

Se distingue siempre, por tanto, entre gravedad -o gravedad objetiva o gravedad intrínseca- que hace referencia a la materia, y responsabilidad, imputabilidad y culpabilidad, que es la atribución del delito o pecado a un sujeto en lo que juega un papel importante el conocimiento y la voluntariedad que se tenga en el momento de realizar el acto. Los primeros términos responden, en los textos arriba citados, a lo que la tradición teológica ha acuñado como “no-parvedad de materia”[18].

El motivo de este juicio objetivo no es el que se indica en la consulta, sino el que está indicado en algunos de los documentos que hemos señalado, especialmente en la Declaración Persona humana, al decir que “el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados” que su transgresión es objetivamente grave; son cosas ordenadas de modo intrínseco -por su objeto- al fin último de la vida; por esta razón todo uso desordenado comporta una desviación del fin último de la vida al menos objetivamente; este es el juicio moral del magisterio y de Santo Tomás (y no el indicado por el consultante)[19]. Se trata, pues, de la grandeza de los valores implicados en la sexualidad, que está dada por varios capítulos: (a) por la relación que tiene el uso de la sexualidad con Dios: Dios ha concedido al uso de la sexualidad la dignidad de ser el vehículo por el cual el hombre se asocia al acto creador de los nuevos seres humanos (y por eso, llamamos a los padres pro-creadores); (b) por la relación que tiene el sexo con la existencia de la humanidad: de su recto uso depende la perpetuación de la especie humana (y digo de su recto uso, porque para que haya auténtica perpetuación debe haber generación y educación de la prole); (c) por la relación que tiene el sexo con el amor humano: es el acto de comunión más perfecto que puede darse entre dos seres humanos, el varón y la mujer, pues representa objetivamente la entrega total y sin restricciones de todo el ser de una persona a otra persona; es acto de donación personal (de la persona del amante a la persona del amado); todo uso del sexo fuera de este contexto implica el uso fraudulento de un lenguaje cuasi sagrado.

En cuanto a las tesis de Marciano Vidal carecen de autoridad pues con esos mismos principios el autor ha llegado a legitimar la masturbación para ciertos casos, las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad, etc., todo lo cual ha motivado una Notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe que obligó a este teólogo a retractarse de sus posiciones[20].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Se pueden leer los textos del Catecismo citados en las notas y también: Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, sobre algunas cuestiones de ética sexual; Congregación para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre algunos escritos del Rvdo. P. Marciano Vidal, C.Ss.R., 22 de febrero de 2001.

[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1857.

[2] Se puede ver: B. Haring, “Sexualidad”, en: Diccionario de Teología Moral, Paulinas 1978, p. 1014.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1756. Cf, también nn. 2148; 1856.

[4] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, sobre algunas cuestiones de ética sexual, n.10.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2351.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2352.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2353

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2354

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2355.

[10] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2356

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2357.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2390.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2396.

[14] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2370.

[15] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1456 (en la nota); 2336; 2380 (en nota); 2513; 2528.

[16] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2380.

[17] Calificación o especie teológica quiere decir en moral la gravedad: mortal o venial. En cambio, especie moral de un acto significa qué clase de acto es: homosexualidad, fornicación, robo, venganza, etc.

[18] Por eso no tienen fuerza los argumentos con los que se intenta criticar esta doctrina; por ejemplo afirma López Azpitarte: “La malicia del acto radica en la renuncia a vivir los valores de la sexualidad, que en cada gesto concreto se eliminan. Si una conducta aislada no llegara a herir gravemente el sentido de aquella, se debería admitir, como en otros campos de la moral, la parvedad de materia” (López Azpitarte, E., Ética de la sexualidad y del matrimonio, Madrid, 1992, p. 173). No hace falta hablar de parvedad de materia porque “renunciar” o no a “vivir los valores de la sexualidad” se explica por los elementos subjetivos del acto: la plena o no plena voluntariedad del acto.

[19] El Catecismo en el n. 1856, cita el texto de Santo Tomás (Summa theologiae, I-II, 88, 2): “Cuando la voluntad se dirige a una cosa de suyo contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin último, el pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser mortal… sea contra el amor de Dios, como la blasfemia, el perjurio, etc., o contra el amor del prójimo, como el homicidio, el adulterio, etc… En cambio, cuando la voluntad del pecador se dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero que sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo, como una palabra ociosa, una risa superflua, etc., tales pecados son veniales”.

[20] Congregación para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre algunos escritos del Rvdo. P. Marciano Vidal, C.Ss.R., 22 de febrero de 2001. En el preámbulo se habla de “los errores y de las ambigüedades encontrados” en las obras examinadas de Marciano Vidal (“La propuesta moral de Juan Pablo II. Comentario teológico-moral de la encíclica Veritatis Splendor” y “Moral de Actitudes”); al pasar a la Nota doctrinal, punto 2: “Cuestiones particulares”, se toca el tema que aquí hemos tratado indicando entre tales errores y ambigüedades: “El Autor sostiene que no se ha probado ‘la gravedad ex toto genere suo de la masturbación’. Ciertas condiciones personales son en realidad elementos objetivos de ese comportamiento, por lo ‘que no es correcto hacer abstracción objetiva de los condicionamientos personales y formar una valoración universalmente válida desde el punto de vista objetivo’. ‘No todo acto de masturbación es materia objetivamente grave’. Sería incorrecto el juicio de la doctrina moral católica de que los actos autoeróticos son objetivamente acciones intrínsecamente malas”.

droga

¿Por qué es pecado la drogadicción?

Pregunta:

Tengo varios amigos que usan drogas; ellos dicen que no usan drogas pesadas sino suaves y que no les hace nada y además dicen que algunas drogas también se usan como medicina y ahí nadie dice nada. Yo tengo mis dudas… y tentaciones. Por eso mi pregunta: el uso de las drogas ¿siempre es pecado?

Respuesta:

Querido joven:

Es verdad que el término “droga” se aplica tanto a los narcóticos o estupefacientes (sustancias que producen en el hombre un estado físico o psíquico que subjetivamente resulta placentero y que lleva progresivamente a la habituación y a la subsiguiente necesidad de suministración en dosis cada vez más altas) cuanto a todos los medicamentos que ejercitan unos efectos sobre las facultades sensitivas e intelectuales del hombre. Por tanto puede hablarse de distintos “usos” de las drogas, unos lícitos y otros gravemente ilícitos.

1- El empleo terapéutico de algunas drogas

Algunas drogas pueden tener un efecto mitigador del dolor; de ahí que sea lícito el emplearlas cuando tienden a aliviar sufrimientos que hacen muy difícil, y a veces insoportable, el sobrellevar algunas enfermedades. Tal es el caso de los medicamentos analgésicos, los anestésicos, los usados para la cura del sueño, las drogas psicotropas, etc.. De todos modos conviene distinguir los problemas morales según las diversas clases de drogas:

  • Hay drogas que son meramente analgésicas (aquellas que no tienen más efecto que la supresión del dolor, sin interferir con el uso de la conciencia psicológica y sin producir efectos psíquicos concomitantes). Estas no suelen presentar dificultades morales, porque sus características farmacológicas no las hacen susceptibles de abusos, y únicamente cabría plantear la cuestión de la dosis que, si es excesiva, puede buscarse con fines suicidas.
  • Hay drogas que, teniendo o no un efecto analgésico, poseen al mismo tiempo efectos euforizantes: el opio y sus derivados naturales y sintéticos, la coca y la cocaína, etc.; alucinatorios (mescalina, LSD, marijuana y derivados de la Cannabis Indica, etc.); embriagantes (alcohol, éter, cloroformo, protóxido de nitrógeno, etc.); hipnóticos (barbitúricos). Todas estas son drogas que pueden presentar serias implicaciones morales, porque es fácil que del uso terapéutico se pase al abuso, sobre todo por lo que se refiere a los llamados de un modo más concreto estupefacientes, como ocurre con la mayoría de las drogas euforizantes y alucinatorias. De aquí la responsabilidad del médico, que debe recurrir a estas drogas (especialmente en lo que respecta a la morfina, que es la dotada de mayor poder analgésico) solamente en casos de urgencia (cólicos agudos, por ejemplo), y sólo si ya han fallado los demás analgésicos. Es prudente incluso que sea administrada sin que el enfermo sepa de qué medicamento se trata, y únicamente en enfermedades incurables y muy dolorosas se podrá suministrar con más amplitud. Siempre se ha de llevar un control estricto de las recetas, para cortar de raíz cualquier intento de tráfico ilícito con fines no terapéuticos[1].

2- El uso de drogas con fines no terapéuticos

Las drogas pueden tener también otros usos: forenses, estimulantes, placenteros, etc.; en estos casos debemos distinguir.

  • El posible uso forense. Algunas drogas (principalmente los barbitúricos) son capaces de producir un estado “crepuscular”, llevan a la desinhibición del yo y a la abolición de la censura moral. Por este motivo se las denomina vulgarmente como “suero de la verdad” (nombre, en realidad, impreciso). ¿Qué decir de esto? ¿Pueden usarse estas drogas para obtener información de parte de presuntos delincuentes? Estos procedimientos son inmorales y deben rechazarse en la seria práctica forense; de suyo violan los derechos naturales y adquiridos del reo (derecho a la libertad de la confesión, derecho a no autoacusarse, derecho a la reputación, aunque fuera sólo aparente o falsa, etc.); además llevan fácilmente a una dejación de deberes por parte de los peritos y de los magistrados, son un medio inadecuado para obtener una confesión objetiva y que responda a la verdad (porque algunas personas pueden disimular la realidad aun bajo los efectos de esas drogas), y otras veces se puede llegar a manifestar como hechos consumados cosas que en realidad son deseos reprimidos o sueños fantásticos. Aclaro que algunos moralistas admiten ese uso forense de la droga si se cuenta con el consentimiento del sujeto; para otros no sería lícito ni siquiera en esas condiciones.
  • El uso estimulante. A veces pueden usarse con fines estimulantes (para aumentar la capacidad de trabajo, el rendimiento físico, etc.). El problema en este caso es delicado, por las diversas circunstancias que pueden influir en la moralidad. Así, por ejemplo, ordinariamente se admite por todos el uso de drogas ligeras, que no ofrecen peligro de instaurar una verdadera toxicomanía, y que han entrado en las costumbres de casi todos los pueblos: tal es el caso del café, el té, el tabaco, el alcohol en moderada cantidad, etc. Únicamente el abuso de estos productos presenta inconvenientes morales. El uso estimulante de drogas más activas ofrece, sin embargo, serias reservas, porque supone o puede suponer pecados graves de templanza, prudencia y justicia. En algunos casos, como sucede con el uso de drogas en actividades deportivas, entra también en juego la lealtad, no solamente con relación a los competidores, de que deben abstenerse de drogas, sino porque contraviene a los reglamentos deportivos que actualmente incluyen de ordinario una prohibición expresa de usar drogas.
  • El uso experimental o por curiosidad. Por lo que se refiere al uso de drogas por curiosidad, espíritu de aventura, afán de originalidad, etc., aunque sea de modo completamente esporádico, ha de tenerse en cuenta la posibilidad de contraer una toxicomanía, y por consiguiente el grave y no proporcionado peligro al que se expone quien hiciera uso de drogas con esos fines superficiales, o para salir de una depresión, brillar en sociedad, etc. Ordinariamente hay también riesgo de incurrir en pecados de lujuria, no sólo por el efecto afrodisíaco de algunas drogas, sino por la obnubilación de conciencia que producen.

3- El abuso y las toxicomanías

Generalmente se da el nombre de toxicomanía al estado de intoxicación periódica o crónica, nociva al individuo y a la sociedad, que ha sido engendrado por el consumo repetido de una droga natural o sintética. Si se tiene presente que sus características son un deseo invencible de continuar el consumo de la droga y de procurársela con cualquier medio, una tendencia a aumentar la dosis, y una esclavitud de orden psicológico y a veces físico con relación a los efectos de la droga, se comprenderán las gravísimas repercusiones morales de estas situaciones: aparte del serio daño que suponen para la salud física, puede achacarse a la toxicomanía cualquier tipo de pecado, pues el toxicómano no duda en cometerlo si le puede facilitar la obtención de la droga. A esto hay que añadir los perjuicios morales que causa a la familia y a la sociedad.

Por otra parte sus características hacen muy difícil la ayuda espiritual, si no se instaura paralela y fielmente una cura médica y psicológica de desintoxicación.

Por estas razones, en este campo, como dice el dicho popular: es más fácil prevenir que curar. Prevenir ya sea mediante el consejo espiritual que recuerde a médicos, farmacéuticos, etc., sus deberes respecto a la administración, control y venta de estupefacientes, ya sea en general a los posibles candidatos a la toxicomanía: por lo común hombres y mujeres descentrados, de vida irregular y superficial, o de enfermos que han sido sometidos a un tratamiento continuado con drogas estupefacientes, o de jóvenes que frecuentan malos ambientes y malas amistades.

La drogadicción suele ser un terrible callejón sin salida.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Miguel Ángel Fuentes, La cultura de la droga, en: “Droga vs. Vida. No renuncies a tu libertad” (Folleto preparado por Miguel Ángel Fuentes para el “1° Congreso Nacional de Jóvenes sobre Drogadicción”, Secretaría de Gobierno de la Municipalidad de San Rafael, EVE, San Rafael 1998);

J.L. Soria Saiz, Drogas, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid 1989, t. VIII;

Alonso Fernández, Toxicomanías, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid 1989, t. XXII.

Pontificio Consejo para la Familia, Droga: de la desesperación a la esperanza, 5 de agosto de 1982.

[1] Respecto al uso de estas drogas en enfermos desahuciados, no hay nada que objetar cuando se trata de ayudar a morir sin dolor, con tal que no se busque directamente acortar la vida y aunque el uso de estos analgésicos pueda eventualmente acelerar la muerte, por los efectos tóxicos concomitantes a su administración. Son precisas, sin embargo, dos condiciones: 1° que no se pretenda suprimir por principio el dolor, y a toda costa, sino simplemente atenuarlo o quitarlo de un modo razonable; 2° que los sedantes no imposibiliten para prepararse a la muerte con lucidez de espíritu, y para cumplir los deberes con Dios, con la familia y con la sociedad.

célibe

¿Cómo puede aconsejar un sacerdote célibe a personas casadas?

Pregunta:

Quisiera saber por qué los sacerdotes católicos creen que pueden darnos consejos a los matrimonios si ellos no se casan.

Respuesta:

Estimada:

Porque se trata de una cuestión de preparación doctrinal, moral y pastoral. También Jesucristo, siendo célibe, legisló sobre el matrimonio (cf. Mt 19). Y San Pablo, siendo célibe y recomendando la virginidad consagrada, no tuvo empacho en escribir a los casados: «En cuanto a lo que me habéis escrito, bien le está al hombre abstenerse de mujer. No obstante, por razón de la impureza, tenga cada hombre su mujer, y cada mujer su marido. Que el marido dé a su mujer lo que debe y la mujer de igual modo a su marido. No dispone la mujer de su cuerpo, sino el marido. Igualmente, el marido no dispone de su cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo, por cierto tiempo, para daros a la oración; luego, volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia. Lo que os digo es una concesión, no un mandato. Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra. No obstante, digo a los célibes y a las viudas: bien les está quedarse como yo. Pero si no pueden contenerse, que se casen; mejor es casarse que abrasarse. En cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido, mas en el caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no despida a su mujer. En cuanto a los demás, digo yo, no el Señor: Si un hermano tiene una mujer no creyente y ella consiente en vivir con él, no la despida. Y si una mujer tiene un marido no creyente y él consiente en vivir con ella, no lo despida. Pues el marido no creyente queda santificado por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente. De otro modo, vuestros hijos serían impuros, mas ahora son santos. Pero si la parte no creyente quiere separarse, que se separe, en ese caso el hermano o la hermana no están ligados: para vivir en paz os llamó el Señor. Pues ¿qué sabes tú, mujer, si salvarás a tu marido? Y ¿qué sabes tú, marido, si salvarás a tu mujer? Por lo demás, que cada cual viva conforme le ha asignado el Señor, cada cual como le ha llamado Dios. Es lo que ordeno en todas las Iglesias» (1C0 7,1-17).

Alguno podría decir: “pero Jesucristo es Dios, y San Pablo era apóstol”. Como argumento determinante no tiene ningún peso; sin embargo, para dejar más tranquila a quien me hace la consulta le podría recordar que además de los ejemplos de Nuestro Señor y del Apóstol, el mismo San Pablo manda a un sacerdote y obispo, que era célibe, Timoteo, que dé consejos y dirija a los ancianos, jóvenes, madres, viudas, etc. (cf. 1Tim 5,1ss); y le dice bien claro: «todo esto incúlcalo para que sean irreprehensibles» (1Tim 5,7). Y lo mismo manda a otro de sus discípulos, Tito: «Mas tú enseña lo que es conforme a la sana doctrina; que los ancianos sean sobrios, dignos, sensatos, sanos en la fe, en la caridad, en la paciencia, en el sufrimiento; que las ancianas asimismo sean en su porte cual conviene a los santos: no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, maestras del bien, para que enseñen a las jóvenes a ser amantes de sus maridos y de sus hijos, a ser sensatas, castas, hacendosas, bondadosas, sumisas a sus maridos, para que no sea injuriada la Palabra de Dios… Así has de enseñar, exhortar y reprender con toda autoridad. Que nadie te desprecie» (Tito 2,1-10).

Evidentemente se realiza aquí algo que es de sentido común: cuando queremos un médico que nos cure o aconseje, no buscamos un médico que esté enfermo como nosotros sino uno que conozca, aunque no sea por experiencia, cómo se cura nuestra enfermedad. Salvada la enorme distancia (¡el matrimonio no es una enfermedad sino un sacramento!) se puede entrever la aplicación análoga a nuestro caso.

alcohol

¿Tomamos conciencia del drama del alcoholismo?

Pregunta:

Estimado Padre: Trabajo en un centro de recuperación de alcohólicos, y a veces me pregunto si tomamos conciencia del drama del alcoholismo en nuestro tiempo. Quisiera, pues, consultarle: ¿puedo decir a los que vienen a buscar información a este Centro que el uso del alcohol (o sea, de las bebidas alcohólicas) siempre es pecado?

RESPUESTA

Estimado:

Tiene usted mucha razón al decir que el alcoholismo -me refiero a la enfermedad de la ebriedad crónica- es uno de los grandes males de nuestro tiempo; por ejemplo, en algunos países -al menos en los datos correspondientes a la década del ’80 del siglo XX-, el número de muertos que producía el abuso del alcohol era 500 (quinientas) veces más alto que el debido a la heroína[1]. Esto se debe en parte a la total incapacidad del enfermo para auto-dominarse ante el alcohol, incluso cuando ya le hace daño y no le provoca ningún placer ni aparente “solución” a sus problemas; en parte también, porque, al contrario de otras drogas, el alcohólico se embriaga con cantidades cada vez más pequeñas[2].

Para que no se malentienda lo que diremos, nos basaremos, pues, en la definición de la persona alcohólica dada por la Organización Mundial de la Salud: “aquel bebedor descontrolado cuya dependencia del alcohol ha llegado al grado de poner en evidencia disturbios mentales o bien a incidir sobre su salud física y psíquica, sobre sus relaciones interpersonales y sobre su actividad normal social y económica; o bien aquél en quien se hacen evidentes los pasos de una evolución hacia tal estado”.

  1. El uso del alcohol

Al hablar del alcohol en general debemos distinguir tres situaciones: (a) el uso adecuado y bien tolerado; (b) el uso inadecuado de alcohol sin llegar al conjunto de síntomas (síndrome) que caracterizan al alcohólico; y (c) el uso inadecuado con aparición de síntomas de dependencia- abstinencia. Por tanto, partimos de que respecto del alcohol (se trata del alcohol etílico, obtenido por fermentación de azúcares contenidos en algunos frutos como la uva -vino-, la manzana -sidra- y la cebada -cerveza) existe la posibilidad de un uso moderado que no crea formas de dependencia, ni síndrome de abstinencia, ni problemas a la salud, e incluso puede tener efectos benéficos sobre la digestión. Consecuentemente no ofrece problemas morales. El problema del alcohol, por tanto, es un problema de uso desmedido y prolongado que ocasiona el conjunto del síndrome.

El problema causado por la ingestión de alcohol consiste en la elevación de la tasa de alcoholemia o etanolemia, es decir, la tasa alcohólica ya presente en la sangre[3]. La elevación de esta tasa[4] produce una acción depresiva sobre los centros de control del Sistema Nervioso Central y la consecuente modificación del comportamiento; esta turbación dura hasta que la tasa de alcoholemia desciende por la eliminación del alcohol por obra del organismo; la duración de estos efectos oscila entre las 24 y las 48 horas. Esta eliminación es debida al metabolismo y realizada principalmente por el hígado; cuando este órgano empieza a quedar comprometido precisamente por el exceso de alcoholemia, se va haciendo cada vez más difícil el metabolismo y se va requiriendo una cantidad siempre menor de alcohol para determinar la elevación de la tasa de alcoholemia.

  1. Estados de alcoholismo

Debido a este compromiso progresivo del organismo se distinguen tres estados fundamentales de alcoholismo:

1° El primero es un estado de toxicidad aguda. Éste engloba tres momentos del proceso: (a) una etapa de excitación (disminución de las funciones sensitivas y sensoriales, falta de coordinación motora, disminución de la capacidad intelectiva, cambios comportamentales); (b) una etapa de ebriedad (comienzan problemas motores -como no poder caminar-, incoherencia ideativa y eclipses de memoria); y c) una etapa de borrachera (disturbios cuantitativos y cualitativos de la conciencia, anestesia cutánea con problemas de termorregulación y alteración de las funciones cardíacas y respiratorias).

2° El segundo es un estado intermedio de toxicidad enmascarada o incubación: es un período más o menos largo en el cual el exceso habitual de alcohol en la sangre viene afrontado más o menos bien por las estructuras del organismo.

3° El tercero es un estado de toxicidad crónica: es propiamente el alcoholismo crónico, caracterizado por el daño somático y/o psíquico provocado directamente por la ingestión de etanol luego de un período de excesivo uso y abuso, con presencia constante en el organismo. En este estado aparecen un conjunto de síntomas conocidos como “síndrome de privación o abstinencia”. Estos síntomas se presentan en tres grados sucesivos y progresivos en el tiempo:

  • El síndrome de privación leve que aparece entre 3 yi2 horas después del consumo de alcohol y puede durar de dos a cinco días (angustias, intranquilidad motriz, inquietud, temblor fino de manos, sudoración fría y sed de alcohol).
  • El síndrome de privación moderado que aparece de 12 a 48 horas después de consumir alcohol y dura de dos a cinco días (náuseas, vómitos, diarrea, sudoración abundante, temblor aumentado, insomnio y sueño irregular y poco reparador).
  • El síndrome de privación grave que aparece de 48 a 72 horas después del consumo de alcohol (cuadros psiquiátricos graves: psicosis alcohólica y convulsión epileptiforme). La psicosis alcohólica puede ser de tres tipos: el episodio deliroso (alucinaciones visuales nocturnas de contenido terrorífico como zoopsias: animales en actitud amenazante; durante el día el enfermo vive asustado pero sin alucinaciones); la alucinosis alcohólica (alucinaciones auditivas de contenido acusatorio y de persecución que se dan durante el día sin influir en la inteligencia, la capacidad de trabajo y las relaciones sociales); y el delirium tremens que necesita la hospitalización urgente por tener alta mortalidad (alucinaciones visuales, auditivas y táctiles: ve y siente animales que lo atacan, andan por el cuerpo; estado confusional: no relaciona fechas o personas, etc.; las convulsiones epileptiformes se producen durante los primeros diez días de suspendida la ingestión del alcohol).
  1. Las consecuencias

Entre las consecuencias más notorias del alcoholismo se señalan generalmente daños a la salud de la persona dependiente (patologías gastroenterológicas como daños del hígado y páncreas, en la cavidad oral y en el esófago, estómago, intestino; alteraciones hematológicas; daños neuropsiquíatricos como el llamado delirium tremens, demencia alcohólica, síndrome o psicosis de Korsakoff; daños en el equilibrio neuroendócrino; e incluso la misma muerte del individuo) y daños sociales (en los hijos: fetopatía alcohólica[5]; en la familia y el matrimonio: miserias familiares, problemas graves en la relación conyugal; y criminalidad).

  1. Las causas del alcoholismo crónico

Pueden indicarse muchos factores, que sumados, ayudan a entender el problema: a veces es causado por problemas hereditarios (lo que, si bien no explica una enfermedad, al menos revela cierta inclinación hacia ella); problemas psicológicos (que son, en realidad, problemas potenciales, es decir, no son determinantes); problemas culturales y ambientales (los ejemplos vividos dentro de la propia la familia, la falsa publicidad, las depresiones causadas por problemas de trabajo, frustraciones afectivas; también hay que indicar en muchos casos las tendencias culturales, etc.); pero en realidad el alcoholismo es un problema de raíces múltiples que exige un tratamiento muy radical y urgente.

Uno de los dramas más graves de nuestro tiempo es la difusión del alcoholismo entre los adolescentes (14-17 años) y es allí donde principalmente se deben enfocar los esfuerzos sociales y religiosos. Informes de los últimos años dan datos alarmantes de este problema: desde 1981 hasta fines del siglo (menos de 20 años) se quintuplicó el consumo de algunas bebidas (como la cerveza) entre los jóvenes, y bajó la edad en que empiezan a beber a ¡11 años de edad![6]; y esto afecta también a las jóvenes, las cuales se inician en la bebida entre los 12 y los 13 años, creciendo en los últimos años el consumo entre las adolescentes argentinas un 150%[7].

Generalmente para muchos jóvenes el alcohol es la puerta para ingresar al mundo de las droga-dependencias.

  1. Soluciones

La solución a todo este problema implica un cambio cultural y en muchos casos una profunda conversión de las sociedades y de los individuos.

Es claro que el gran trabajo en este campo es la prevención; si no se quiere llegar a un problema de adicción, el alcohol debe ser usado con moderación, regulado por las virtudes de la prudencia y de la templanza, lo cual implica un parámetro desigual, según las personas. Con esto quiero decir que cada uno sabe donde le aprieta el zapato y cuáles son sus límites; hay personas que no toleran ni siquiera bajas cantidades de cualquier bebida alcohólica, y otros pueden ser más resistentes. Algunos por tanto, deberán privarse totalmente de tales bebidas, mientras que otros deberán ser simplemente moderados en el beber. Pero en esto hay que evitar el más peligroso engaño del alcohol: el espejismo de la “tolerancia”; hay personas que piensan que el consumo de alcohol no les hace nada, porque tal vez efectivamente no notan consecuencias inmediatas en su organismo ni en su comportamiento; esto no debe ser tomado como “mayor capacidad” para beber. Creo que debe haber, en las personas que consumen alcohol (y me refiero al uso común como el vino, la cerveza, etc.) dos parámetros: uno objetivo y otro subjetivo:

  • El subjetivo es muy claro: cuando una persona nota que el consumo del alcohol produce un detrimento en su salud, en el uso de sus facultades mentales o volitivas, o en su comportamiento social (trabajo, familia, etc.) es señal de que no debe tomar en esa cantidad; aunque esto represente dejarlo totalmente (como sería el caso de quien ve estos efectos por el sólo consumo de medio vaso de vino). En esto hay que ser realistas y enérgicos; si uno nota que busca la bebida, aún en poca cantidad, para sentirse seguro en sus actuaciones públicas, porque está solo o triste, o bien siente dificultades para pensar con claridad o para conducir un vehículo, o se siente triste o malhumorado o violento después de beber, etc., debería o disminuir o dejar de tomar, aunque el efecto haya sido causado por poca cantidad.
  • El criterio objetivo es también claro aunque no sea tan fácil marcar pautas generales; debe ser aplicado cuando uno tiene conciencia de que tolera psicológica y físicamente bien (y sin repercusión alguna en su vida ordinaria) cantidades considerables de bebidas alcohólicas; en este caso, no puede guiarse por su “capacidad de tolerancia” puesto que el acostumbramiento puede esconder también un período de incubación de la adicción al alcohol. Debe, pues, moderarse “objetivamente”. Puede ayudarse para esto del dictamen de cualquier médico prudente que le diga lo que objetivamente es prudente tomar por día, o por comidas, etc.

Entre las prevenciones de la adicción al alcohol una de las más importantes son las “ocasiones” de pecado (parece mentira que se deban repetir verdades tan ligadas a la instrucción catequética). La mayoría de los problemas de alcoholismo (especialmente entre jóvenes pero no sólo entre ellos) son producidos por las ocasiones de beber, que pueden reducirse a: las malas amistades que obligan a beber, los malos ambientes donde es común el abuso de alcohol (bailes, espectáculos públicos), las pésimas costumbres sociales de algunos países en que beber es equivalente a emborracharse (si se bebe, se bebe hasta la ebriedad), la deformada idea de la amistad, o del compadraje (que obliga a tomar cuando se le invita y obliga a su vez a invitar al primero, y así hasta el vicio), los ambientes donde se confunde virilidad o madurez con borrachera (como ocurre entre muchos jóvenes hoy en día). Lamentablemente todos estos son callejones sin salida y caídas sin retorno; al menos ordinariamente.

Cuando el uso del alcohol se ha vuelto ya adictivo, en cambio, no queda otra vía que: (a) el control estricto del beber a través de la abstinencia y (b) el reemplazo total de los modelos adictivos con comportamientos satisfactorios para pasar el tiempo que puedan llenar el vacío que se crea cuando se ha dejado de beber. Algunos estudios han informado que personas que habían sido dependientes del alcohol, con el tiempo pueden aprender a controlar su beber tan bien como los que permanecen abstinentes. Alcohólicos Anónimos y otros grupos para el tratamiento alcohólico cuya meta es la abstinencia estricta están preocupados enormemente por la publicidad alrededor de estos estudios, ya que muchas personas con alcoholismo están ansiosos de encontrar una excusa para comenzar a beber nuevamente. En este momento, la abstinencia es la única ruta segura.

Alcohólicos Anónimos, fundado en 1935, es tal vez el ejemplo más conocido y seguro de psicoterapia de grupo para ayudar a las personas con alcoholismo. Ofrece una red de apoyo muy fuerte que emplea las reuniones en grupo disponibles los siete días de la semana en ubicaciones a través del mundo. Un sistema de amigos, una comprensión del grupo sobre el alcoholismo y el perdón de las recaídas son los métodos estándar de Alcohólicos Anónimos para aumentar la autoestima y aliviar un sentido de aislamiento. El sistema de los “Doce Pasos” de Alcohólicos Anónimos hacia la recuperación incluye un componente espiritual que puede disuadir a las personas que carecen de convicciones religiosas[8]. El rezo y la meditación, sin embargo, han sabido ser de gran valor en el proceso de curar muchas enfermedades, aún en las personas sin creencias religiosas específicas. Hay programas que ofrecen ayuda para los miembros de familia y los amigos porque muchas veces el tratamiento empieza por ellos, o bien están también ellos englobados en el problema (lo que se denomina co-dependencia).

Estas son algunas ideas generales sobre este problema, que debería enfrentarse con más determinación por toda la sociedad. Por todo esto, respondiendo a la consulta hecha, debo decir que: (a) no se puede decir que el consumo de alcohol sea siempre pecado (eso lo enseñan algunas sectas abstencionistas); (b) pero sí debe advertirse de los gravísimos peligros que encierra en sí mismo (potencial fuerza adictiva) y con relación a otras adicciones (a muchos los encamina al consumo de otras drogas); y (c) que desconfíen de sí mismos los que se sienten seguros de no caer en esta dependencia y traten de beber -moderadamente- sólo en ambientes seguros como la familia y los amigos serios; y huyan de beber incluso moderadamente en ambientes donde otros suelen embriagarse.

Bibliografía:

Sgreccia, E, Manuale di bioética, Vita e Pensiero, Milano 1991, II, pp. 210 y ss.

Ciccone, L., Salute e malattia, Ares, Milano 1986, pp. 437 y ss.

También se puede consultar alguna de las páginas de Alcohólicos Anónimos, como por ejemplo: http://www.aa.org; http://www.alcoholics-anonymous.org

También se puede consultar el sitio de National Council on Seniors Drug & Alcohol Rehab donde ayudan con la rehabilitación de las adicciones en personas ancianas.

También se puede consultar: Drug And Alcohol Rehab Programs For Senior Citizens
https://www.drugrehab.org/inpatient-drug-rehab/senior-citizens/

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] Tal es el caso de Italia; se puede ver sobre esto: G. Bonfiglio-E. Caffarelli-B. Barigelli, Alcolismo. La droga che uccide dipiu, en: II delfino, 5 (1980), n. 3, pp. 13-20.

[2] Cf. Sgreccia, E, Manuale di bioetica, Vita e Pensiero, Milano 1991, II, pp. 210 y ss.; Ciccone, L., Salute e malattia, Ares, Milano 1986, pp. 437 y ss.

[3] Se calcula en 20-30 mg/litro en un individuo sano.

[4] Por ejemplo, una botella de 3/4 de litro, de 10-12 grados, bebida en ayunas, eleva esa tasa a 500-800 mg/litro.

[5] Desde 1973 el alcohol se configura como una de las sustancias teratógenas capaces de producir malformaciones en el feto, aumentando el número de los niños malformados; entre los efectos que produce en el feto se señala el retardo del crecimiento pre y post natal, las disfunciones en el sistema nervioso central -retardo mental, depresión-, anomalías cráneo faciales, otros problemas como anomalías en los ojos, orejas, boca, problemas cardíacos, etc.

[6] Se pueden ver estos datos en “Los chicos empiezan a tomar a los 11 años”: La Nación, 17/11/2003.

[7] Ver los datos en “Las chicas toman cada vez más alcohol”, en: La Nación Line, 8/02/2003.

[8] Los llamados “Doce Pasos” son los principios básicos que guían a las personas que realizan este proceso de recuperación. Son principios sencillos pero de una sabiduría patente, y se han mostrado de gran eficacia práctica.