purgatorio

¿El Purgatorio es un invento católico?

Preguntas:

He recibido repetidas críticas sobre la doctrina católica del Purgatorio como doctrina anti-bíblica.

Algunos ejemplos:

La doctrina falsa sobre un supuesto “purgatorio”, es anti-Escritural. En Hebreos 1,3 leemos “el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”. Nuestros pecados ya fueron purgados; también Hebreos 9,27 dice: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”. En cuanto a 2Mac 12,46, quisiera recordarle que durante el período inter-testamentario entre Malaquías y Mateo aproximadamente 400 años, no hubo profeta de Dios, ni tampoco hubo profecía, Dios se mantuvo callado, así que esos libros no son en ninguna manera inspirados por Dios, al principio la Iglesia católica romana los rechazó, pero no fue sino hasta Trento donde pasaron a formar parte del canon, para sustentar esa falsa doctrina de orar por los muertos.

Quisiera decirle que he tenido dudas acerca del purgatorio. Tal vez usted me pueda informar en qué parte de la Biblia se habla del purgatorio. Tengo una amiga cristiana que dice que en ninguna parte de la Biblia se habla del purgatorio, ¿es verdad? ¿son sólo inventos?

Mi pregunta es la siguiente: muchos cultos evangélicos, cuestionan el purgatorio, porque según ellos solamente hay blanco o negro, no gris blanco o negro, ¿cómo uno como católico puede sustentar que existe el purgatorio y no es una imaginación de católicos?

Respuesta:

Como puede verse en la primera objeción (no es una consulta), la persona que me envía la carta reconoce la importancia del texto del segundo libro de los Macabeos, por lo cual niega su canonicidad (o sea, su inspiración); sobre ese punto concreto reenvío al capítulo en que trataremos del canon bíblico.

Como algunos hermanos separados niegan la existencia del purgatorio porque entienden mal lo que la Iglesia enseña sobre el mismo, ante todo, digamos que los católicos llamamos “Purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados”[1]. La existencia del mismo ha sido negada o pervertida por muchos herejes, como Basílides (s. II), Erio (s. IV), los flagelantes, albigenses, cátaros y valdenses (durante los siglos XII y XIII), los primeros protestantes (s. XVI); y hoy en día sigue siendo objeto de contestación, no sólo entre los no católicos, sino entre algunos católicos, llevados, probablemente por una falsa idea del mismo[2]. Esto no deja de tener su importancia, porque si la doctrina fue negada desde los primeros siglos, también hay que destacar que fue enseñada desde los primeros siglos.

Para los católicos, es de fe definida su existencia. Hay numerosos documentos, pero sobre todo son fundamentales las afirmaciones de los Concilios de Florencia[3] y de Trento. Este último dice en su Decreto sobre el Purgatorio (año 1563): “Habiendo la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, según la doctrina de la sagrada Escritura y de la antigua tradición de los Padres, enseñado en los sagrados concilios, y últimamente en este general de Trento, que hay Purgatorio; y que las almas detenidas en él reciben alivio con los sufragios de los fieles, y en especial con el aceptable sacrificio de la misa; manda el santo Concilio a los Obispos que cuiden con suma diligencia que la sana doctrina del Purgatorio, recibida de los santos Padres y sagrados concilios, se enseñe y predique en todas partes, y se crea y conserve por los fieles cristianos”[4].

Pero el hecho de que sea definida por el magisterio, no significa que no tenga base bíblica. Hay que decir que la realidad del purgatorio se encuentra claramente expresada en la Escritura, aunque falte la expresión purgatorio, que se adoptó con el tiempo.

Así, por ejemplo, en el Antiguo Testamento, tenemos el lugar tradicional del segundo libro de los Macabeos: cuando Judas Macabeo advierte que sus soldados caídos en combate tenían entre sus ropas algunos objetos idolátricos saqueados en el pillaje de Jamnia, envía a Jerusalén una importante suma de dinero destinada a ofrecer sacrificios por los muertos; y explica el libro: Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado (2 Mac 12,46). Tan claro es este texto que Lutero, dándose cuenta que con él se venía abajo su enseñanza de que la Biblia no habla del purgatorio, negó el carácter canónico de este libro.

En el Nuevo Testamento hay alusiones de diverso valor probativo. Las más interesantes son:

  • Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro (Mt 12,32). Esta expresión ni en el otro, deja claramente entender que hay otra clase de pecados que se perdonan, al menos, en la otra vida. Esto no puede entenderse, evidentemente, ni del cielo ni del infierno; por tanto, se postula un lugar distinto, donde este perdón pueda tener efecto. Negar esto es hacer inútiles las palabras de Cristo, como dice San Agustín: “no podría decirse con entera verdad que algunos pecados no se perdonan ni en este mundo ni en el futuro, si no hubiera otros que pudieran perdonarse, ya que no en éste, por lo menos en el otro”[5].
  • Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el juego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el juego. Aquél, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa. Mas aquél, cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del juego (1Co 3,10-15). Éste es lugar clásico del Nuevo Testamento que han invocado los Santos Padres y muchos teólogos para afirmar la existencia del purgatorio. Habla aquí San Pablo, de los predicadores de la iglesia de Corinto; unos prudentes que edifican a los fieles sobre el fundamento que es Cristo; otros, cuyas doctrinas no se fundamentan en Cristo. De éstos dice San Pablo que su obra perecerá, pero ellos salvarán la vida pasando, primero, por el fuego. Explica Bover: “bajo estas imágenes habla San Pablo de castigos escatológicos y temporales sufridos por faltas no graves… No serán castigos de esta vida terrena, sino castigos impuestos por Dios en el día del Señor, previo al juicio divino, que dará a cada uno según sus obras. De estas afirmaciones de San Pablo se desprende una conclusión: …después de esta vida terrena, se dan castigos temporales impuestos por faltas no graves. Los castigos escatológicos de que habla el Apóstol no son, ciertamente, el purgatorio; pero de lo que él afirma, ¿no podemos nosotros colegir lógicamente la existencia del purgatorio?”. Y luego de seguir analizando el texto, concluye el insigne exegeta: “De las afirmaciones de San Pablo, se deduce lógicamente la existencia del purgatorio”[6].

De aquí que la tradición cristiana haya sido siempre unánime al respecto, y así, por ejemplo, decía San Gregorio Magno: “Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12,31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro”[7]. San Cesáreo de Arlés escribió: “Si no damos gracias a Dios en la tribulación ni procuramos redimir los pecados con buenas obras, seremos retenidos en aquel fuego purificador, hasta que todos los pecados leves, a modo de madera, heno, paja, queden consumidos”[8]. Se podrían citar muchos otros testimonios.

La tradición también se hace testigo de esta verdad, con la piadosa práctica de ofrecer sufragios por los difuntos (evidentemente con la esperanza de que estas oraciones y sacrificios los ayuden). Como enseña el Catecismo: “Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos… Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos”[9].

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

Bibliografía:

Scott Hahn (ex pastor calvinista y gran conferencista católico en la actualidad): Purgatory: Holy Fire, en: “Answering Common Objections”, CD 2, editado por St. Joseph Communications, # 5214-CD;

O’Brien, The Scriptural Proof of the Existence of Purgatory from 2 Mach, “Rev. Scienc. ecclés.”, 2 (1949), pp. 80-108.

F. de Fuenterrabía, El Purgatorio en la literatura judía precristiana, “Rev. Estudios Franciscanos” 57 (1956), pp. 5-40.

J. Le Goff, El nacimiento del Purgatorio, Taurus, Madrid 1985.

A. Piolanti, De novissimis, Roma 1950 (con abundante bibliografía en pp. 60 y ss.).

Michel, Purgatoire, “Dictionnaire de Théologie Catholique”.

Bernard, Purgatoire, en: “Dictionnaire de Apologetique”.

A. Piolanti, La Comunione dei Santi e la Vita eterna, Florencia 1957.

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1031.

[2] Sobre la existencia y naturaleza del Purgatorio me he ocupado en mi libro El teólogo responde, Volumen 1, Ediciones del Verbo Encarnado, San Rafael 2001, pp. 191-201.

[3] Cf. DS, 1304.

[4] Cf. DS, 1820; cf. 1850.

[5] San Agustín, De civitate Dei, 1. 21, c. 24, n. 2.

[6]    Bover, Teología de San Pablo, B.A.C., Madrid 1952, pp. 895-896.

[7] San Gregorio Magno, Dialogi 4,29; citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1031.

[8] San Cesáreo de Arlés, Serm. 104,2; ML 39,1946.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1032. Y cita el Catecismo las palabras de San Juan Crisóstomo: “Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre, ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos” (San Juan Crisóstomo, Homiliae inprimam ad Corinthios, 41, 5; PG 61, 361C). También exige la existencia de un lugar ultraterreno de purificación la misma razón humana iluminada por la fe; pero como en esta consulta solamente se negaba el fundamento bíblico del purgatorio, me limito a citar el siguiente argumento de Tomás de Aquino al escribir: “De los argumentos que hemos expuesto más arriba puede deducirse fácilmente la existencia del purgatorio. Porque, si es verdad que la contrición borra los pecados, no quita del todo el reato de pena que por ellos se debe; ni tampoco se perdonan siempre los pecados veniales aunque desaparezcan los mortales. Ahora bien, la justicia de Dios exige que una pena proporcionada restablezca el orden perturbado por el pecado. Por tanto, hay que concluir que todo aquel que muera contrito y absuelto de sus pecados, pero sin haber satisfecho plenamente por ellos a la divina justicia, debe ser castigado en la otra vida. Negar el purgatorio es, pues, blasfemar contra la justicia divina. Es, pues, un error, y un error contra la fe. Por eso San Gregorio Niseno afirma: ‘Nosotros lo afirmamos y creemos como verdad dogmática’” (Tomás de Aquino, Suma Teológica, Supplementum, Appendix, Quaestio de Purgatorio, a. 1.)

la Gran Ramera del Apocalipsis

La Iglesia católica ¿no es la Gran Ramera del Apocalipsis? ¿Cómo explica los pecados de la Iglesia?

Preguntas:

He recibido varias veces consultas o bien acusaciones contra la Iglesia católica, intentando identificarla con la gran ramera de la que habla el Apocalipsis de san Juan. Van dos como muestra:

Algunos amigos protestantes me han dicho que nosotros, los católicos, somos “la ramera” o “la babilonia la grande” de la Biblia. Me gustaría que me dijera por qué eso no es cierto, pues no supe cómo responder.

Tengo una duda, y más que una duda creo que es angustia. Entre protestantes, incluso entre católicos “Renovados” cuando hablan de la Gran Ramera del Apocalipsis se refiere al Vaticano (iglesia católica). He estado hablando con sacerdotes y ninguno me da una razón o me explica qué es.

Respuesta:

El tema de la gran ramera aparece en el Apocalipsis en diversas partes:

17,1-2: Ven, yo te mostraré la condenación de la gran ramera que está sentada sobre las muchas aguas, con la que se han prostituido los reyes de la tierra, con la que se han embriagado del vino de su prostitución los habitantes de la tierra.

17,2-3: ha juzgado a la Gran Ramera que corrompía la tierra con su prostitución, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos. Y por segunda vez dijeron: ¡Aleluya! La humareda de la Ramera se eleva por los siglos de los siglos.

La expresión aparece en total cinco veces en el Apocalipsis (además de las dos veces citadas vuelve en 17,5-15 y 16).

San Juan describe la ciudad del mundo, llamándola Gran Ramera, Prostituta Grande (“he pórené he megálé”) con rasgos inspirados en las descripciones proféticas de la Babilonia histórica y de Tiro. No es difícil encontrar detrás de las palabras del autor del Apocalipsis el eco de Jeremías (cf. 51,7; 51,12-13), Isaías (cf. 23,15-17; cf. también Nah 3,4). En tiempos de Juan, el imperio de Babilonia había ya caído, pero su imagen fue utilizada entre los primeros cristianos para aplicarla a la Roma imperial, particularmente a partir de la persecución de Nerón. Es San Pedro quien nos da esta aplicación en su primera carta (1Pe 5,13). La metáfora destaca el poder de seducción que la capital del mundo en los tiempos en que se escribe el Nuevo Testamento, ejercía sobre los gobernantes de los pequeños estados a ella sometidos y sobre toda la población del imperio.

La expresión sentada sobre muchas aguas, se remonta a la profecía de Jeremías, que la aplica a la Babilonia histórica asentada sobre el río Eúfrates y sus canales, o también a Ezequiel cuando habla de Tiro, que tenía su morada junto al mar. La imagen sirve a los escritores del Nuevo Testamento para aplicar la imagen a la Roma imperial, aunque como Roma no está junto al mar y sólo está atravesada por un río (el Tiber), no es más que una aplicación simbólica. Además, es claro que se refiere a la Roma política considerada como imagen del poder mundano, de la fuerza mundana creada o alimentada por el demonio y por el Anticristo, para oponerse a Dios, es decir de Roma, no en cuanto guardiana del orden (a la cual san Pablo manda someterse: cf. Ro 13,1; Tito 3,1), sino a la autoridad imperial en cuanto abusa de su poder para perseguir a los fieles de Cristo.

La aplicación a la Iglesia católica (como hacen algunas sectas) por el hecho de que el Papa resida en Roma, es tan abusiva como pretender que los profetas condenaban a los judíos deportados en Babilonia, quienes tenían una organización religiosa en esa ciudad, por residir allí, o a los primeros cristianos residentes en Roma por el hecho de residir en la misma ciudad que el emperador perseguidor.

La expresión por tanto es tipológica, como es común en el lenguaje bíblico y sobre todo en la literatura apocalíptica y profética. Es un “typos”, una imagen que se aplica al poder mundano perseguidor de los justos, no a la Iglesia católica. Usarla contra el papado o la Iglesia católica, no es sólo una idea peregrina y alocada de quienes usan la Escritura para acomodarla a sus propios intereses y no para buscar en ella la verdad revelada por Dios, sino además un signo de animosidad sectaria. Para quienes desean ampliar la interesante exégesis de este texto, remito a los comentarios más autorizados sobre el tema[1].

De todos modos, el hecho de que San Juan no se refiera a la Iglesia católica en su imagen de la Gran Ramera, no quiere decir que los católicos no tengan pecados. La Iglesia fundada por Jesucristo es santa, pero esta santidad de la Iglesia no se identifica con la santidad de “todos los hijos” de la Iglesia. Aclaremos esto para quienes no llegan a entender la diferencia.

La Iglesia es santa. No nos permiten dudarlo las palabras de San Pablo: Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada (Ef 5, 25-27). Si decimos que la palabra de Jesucristo es eficaz y efectiva de cuanto dice (y por eso si dice “ve” los ciegos ven; “camina”, los paralíticos se levantan) ¡cuánto más efectivo no serán sus hechos y su sacrificio! ¡Se entregó por ella para santificarla! Por tanto, ella es santa, pues el sacrificio de Cristo es eficaz. “La Iglesia es, a los ojos de la fe, indefectiblemente santa. En efecto, Cristo, Hijo de Dios, quien con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado el único santo, amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef 5,25-26), la unió a sí como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios”[2]. La Iglesia es santa a título doble:

  • En primer lugar, es santa porque ella no es otra cosa que Dios mismo santificando a los hombres en Cristo por su Espíritu Santo. Ella brilla sin mancha alguna en sus sacramentos, con los que alimenta a sus hijos; en la fe, que conserva siempre incontaminada; en las santísimas leyes, con que a todos manda y en los consejos evangélicos que propone, y en los celestiales dones y carismas, con los que, inagotable en su fecundidad, da a luz incontables ejércitos de mártires, vírgenes y confesores. Ésta es la santidad “objetiva” de la Iglesia. Ella es un canal inagotable de santidad, porque en ella Dios pone a disposición de los hombres los grandes medios de santidad: sus tesoros espirituales, los sacramentos, de los cuales el principal es el mismo Jesucristo sacramentado, fuente de toda santidad; su doctrina santa e inmaculada que hunde sus raíces en el Evangelio; sus leyes y consejos que son prescripciones e invitaciones a la santidad; la Sangre de Cristo hecha bebida cotidiana del cristiano; la misericordia del perdón ofrecido sacramentalmente a los pecadores.
  • En segundo, lugar es santa porque ella es la humanidad en vías de santificación por Dios. Este aspecto es complementario del anterior; la santidad “subjetiva” de la Iglesia. Los canales de santidad se derraman sobre los hijos de la Iglesia y si no sobre todos, sobre muchos produce verdaderos frutos de santidad. Ella es seno que sin cesar engendra frutos de santidad. Voltaire, a pesar de su encono hacia la Iglesia, reconocía: “Ningún sabio tuvo la menor influencia en las costumbres de la calle que habitaba, pero Jesucristo influye sobre el mundo entero”. Esa influencia son los santos. ¡Qué diferencia entre los frutos “naturales” del paganismo y los del cristianismo! Cuando la Iglesia engendra hijos en las aguas del bautismo, los da a luz con gérmenes de gracia y santidad que, si aquéllos no ponen obstáculos, crecen y dan al mundo extraordinarias obras de caridad. Por eso la Iglesia, desde sus mismos pañales en la Jerusalén de los Apóstoles, empezó a poblar el mundo de jóvenes vírgenes, testigos de la pureza, mártires de la fe, ermitaños y penitentes monjes, misioneros y apóstoles, incansables obradores de la caridad que consagraron sus vidas a los enfermos, a los pobres, a los hambrientos, a los abandonados; sus hijos inventaron los hospitales, los leprosarios, los hogares de discapacitados.

Tres signos entre muchos otros – decía Journet – hacen visible esta santidad de la Iglesia:

1° Ella es una voz que no deja de proclamar al mundo las grandezas de Dios. Esa constancia en proclamar y cantar las maravillas de Dios es su razón de ser. Encontramos la Iglesia allí donde escuchamos sin cesar cantar las maravillas de Dios, defender su honor de los errores del mundo, dar testimonio de su grandeza y su misericordia con los hombres.

2o Ella es una sed inextinguible de unirse a Dios. La Iglesia está donde suspiran todos los que esperan la manifestación del Rostro de Dios, los que esperan la venida de Cristo, los que no se afincan a este mundo y suspiran por una patria mejor, los que se sienten desterrados hijos de Eva.

3o Ella es un celo insaciable por dar Dios a los hombres. La encontramos allí donde, con infatigable ardor, hay un verdadero cristiano que trabaja por la conversión de los pecadores, por hacer que los ignorantes conozcan a Dios, por llevar el Evangelio a los que aún no lo han escuchado…

Pero… no todo es santo en la Iglesia.

La Iglesia es santa y santificadora, pero muchos de sus hijos son pecadores, y la Iglesia, consciente de ello, no los excluye de su seno salvo en extremos casos: “Aborrezcan todos el pecado -decía Pío XII-. Pero quien hubiese pecado, y no se hubiese hecho indigno, por su contumacia, de la comunión de los fieles, sea acogido con sumo amor… Pues vale más, como advierte el obispo de Hipona, ‘ser curado permaneciendo en el cuerpo de la Iglesia, que no que sean cortados de él como miembros incurables. Porque no es desesperada la curación de lo que aún está unido al cuerpo, mientras que lo que hubiere sido amputado, no puede ya ser curado ni sanado’”[3].

Los pecadores son miembros de la Iglesia, pero no lo son en el mismo grado ni en el mismo modo que el justo, y así es rigurosamente exacto lo que dice el Cardenal Journet: que cuanto más se peca, menos se pertenece a la Iglesia. Por eso la mayoría de los autores es categórica en afirmar que es inconcebible una Iglesia integrada exclusivamente por pecadores.

Si los pecadores son miembros de la Iglesia, lo son no en razón de sus pecados, sino a causa de los valores espirituales que subsisten en ellos y en cuya virtud permanecen de algún modo vivos todavía: valores espirituales personales (fe y esperanza teologales informes, caracteres sacramentales, aceptación de la Jerarquía, etc.), a los que es preciso añadir los impulsos interiores del Espíritu Santo y la influencia de la comunidad cristiana que los envuelve y arrastra en su seno: como una mano paralizada participa -sin poner nada de su parte- en los desplazamientos y traslados de toda la persona a la que está unida.

¿Y podemos seguir diciendo que, a pesar de los pecadores, la Iglesia es santa e inmaculada? Sí. La Iglesia sigue siendo, pese al pecado, e incluso en sus miembros pecadores, la Iglesia de los santos. ¿Cómo es posible esto? Porque, así como la santidad es una realidad “de la” Iglesia y que, como tal no sólo está en la Iglesia sino que procede de la Iglesia, el pecado no es una realidad “de Iglesia”. Aun cuando el pecado esté en la Iglesia, no procede de ella, precisamente por ser el acto con que uno niega la influencia de la Iglesia.

Más aún, en la medida en que acepta, aunque sea sólo por fe sin caridad, permanecer en la Iglesia santificadora, ésta le ayuda en su lucha contra el pecado. Journet decía por eso: “La Iglesia lleva dentro de su corazón a Cristo luchando contra Belial”. Por esto, el pecado no puede impedir que la Iglesia sea santa, ¡pero puede impedir que sea tan santa como debiera! Decía San Ambrosio: “No en ella, sino en nosotros es herida la Iglesia. Vigilemos, pues, para que nuestra falta no constituya una herida para la Iglesia”[4]? Así pues concluía Journet: “La Iglesia divide en nosotros el bien y el mal. Retiene el bien y arroja el mal… (La Iglesia) no está libre de pecadores, pero está sin pecado”.

Por eso no es pecadora ni puede pedir perdón por sus pecados. Pide, sí, perdón por los pecados de sus hijos y por eso la “Iglesia (es) santa y a la vez, necesitada de purificación” en sus hijos[5].

Vale la pena meditar este admirable texto de un protestante convertido: “Para algunos, el estudio del comportamiento cristiano a través de los siglos, con todos sus horrores, ha terminado en la duda, cinismo y aun en ateísmo. Ven en los concilios eclesiásticos riñas celosas, papas que se enriquecen, obispos que tienen hijos, monjes disolutos y, al contemplar este cuadro miserable, pierden la fe. Pero para mí, la historia eclesiástica es una larga afirmación de dos realidades: la universalidad del pecado y la soberanía de la gracia.

Las piedras con las que tropezaba en mi camino [hacia la conversión al catolicismo], eran fallas evidentes del catolicismo contemporáneo. Algunos teólogos católicos modernos que he leído, tenían más en común con Marx o Freud que con San Agustín y Santo Tomás de Aquino. Me encontré con monjes que hablaban como budistas y monjas que asumían su ‘poder innato’ a través del culto a diosas paganas.

Pero dejé de escandalizarme cuando finalmente reconocí que ninguna comunidad cristiana había sido perfecta. De hecho, comprobé que los problemas de la Iglesia Católica se repetían en la historia de todos los grupos que la rechazaron y que hicieron votos que nunca serían como ella. Me hicieron recordar a la hija adolescente que jura que nunca será como la madre con la que está resentida pero acaba por ser exactamente como ella no obstante su promesa.

Era simplemente una comprobación del juicio paulino que a mis mentores protestantes les encantaba citar: Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios (Ro 3,23). Reconocí que cada nuevo grupo inexorablemente volvía a recorrer en cierto grado los pasos equivocados de la tradición católica, porque cualquier problema que tiene la Iglesia Romana no es exclusivo sino universalmente humano”[6].

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

Bibliografía:

José Salguero, Biblia Comentada. VII Epístolas católicas. Apocalipsis, BAC, Madrid, 1965.

Leonardo Castellani, El Apokalypsis de San Juan, Dictio, Buenos Aires 1977 (hay ediciones posteriores de Vórtice).

Alfred Wikenhauser, El Apocalipsis de San Juan, Herder, Barcelna 1969.

Cerfaux y Cambier, El Apocalipsis de San Juan leído a los cristianos, Actualidad Bíblica, Fax, Madrid 1968.

Charles Journet, Teología de la Iglesia, Desclée de Brouwer, Bilbao 1966.

H. de Lubac, Meditaciones sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1984.

G. Philips, La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Herder, Barcelona 1968-1969 (dos tomos).

 

[1] Ver la bibliografía citada al final del capítulo.

[2] Concilio Vaticano II, Lumen gentium 39.

[3] Pío XII, Mystici corporis, 10.

[4] De Virginitate, 8,48; PL 16,278 D.

[5] Concilio Vaticano II, Lumen gentium 8.

[6] Paul Thigpen, en: Patrick Madrid, Asombrado por la verdad, op.cit., pp. 30-31.

pecados olvidados

¿Qué hay que hacer cuando nos olvidamos de decir algunos pecados en la confesión?

Pregunta:

Estimado Padre: mi hija mayor acaba de recibir la primera comunión, a raíz de lo cual (por indicación del párroco) los papás de los niños fuimos a confesarnos para poder recibir la comunión junto con ellos. Yo había dejado de ir a misa, de confesarme, de comulgar desde que me casé (un periodo de diez años aproximadamente). El volver a los sacramentos me ha llenado de felicidad, pero he quedado con una espina pues a pesar de haber estado haciendo exámenes de conciencia desde que nos dijeron que íbamos a confesarnos, debido a la cantidad de tiempo pasado entre mi última confesión y ésta, y un poco por los nervios, me olvidé de decir algunos pecados graves (de hecho los recordé varios días después). ¿Cometí otro pecado mayor al comulgar con estos pecados? ¿Cómo arreglo este punto? Espero no haberle quitado mucho de su valioso tiempo y de antemano gracias por su atención.

 Respuesta:

Estimado:

Ante todo, no ha cometido un pecado al comulgar puesto que usted lo hizo pensando haber hecho una buena confesión; y de hecho la suya fue una buena confesión, aunque incompleta. Su confesión fue buena porque el no confesar esos pecados no fue deliberado. Para la validez de una confesión, como nos enseña el magisterio de la Iglesia, es obligatorio confesar todos los pecados mortales todavía no perdonados directamente o aún no confesados, con número y especie ínfima (o sea con las circunstancias que cambian la especie – como si uno ha pecado contra la castidad siendo casado o con una mujer casada, debe decirlo porque no se trata de un simple acto de fornicación sino de un adulterio)[1]; en caso de haber hecho mal algunas confesiones pasadas debe también mencionar este pecado (y las comuniones que haya recibido estando en pecado) y también los pecados confesados en ellas, pues al ser inválidas no hubo absolución de los pecados confesados. Ahora bien, también se añade a esta regla que debe uno confesar todos los pecados… de los que tenga memoria después de un diligente examen de su conciencia. Santo Tomás menciona el sabio principio: “In confessione non exigitur ab homine plus quam possit», en la confesión no se exige del hombre más de lo que puede[2].

Suele ocurrir, en particular en confesiones después de muchos años, que un penitente olvida, sin intención de ocultarlo, algún pecado grave. En estos casos, ¿qué corresponde hacer? Dependerá del momento en que le venga a la memoria ese pecado:

(a) si el penitente está todavía en el confesonario, aunque el sacerdote ya le haya dado la absolución, debe acusarse en seguida del nuevo pecado que acaba de acudir a su memoria, y el confesor debe darle nuevamente la absolución (siempre hablamos de un pecado mortal);

(b) si ya se levantó del confesonario, puede hacer una de dos cosas: o volver al confesor, si puede hacerlo sin llamar la atención y decirle que olvidó un pecado; o bien, dejarlo para la siguiente confesión, pudiendo comulgar mientras tanto, ya que el pecado quedó indirectamente absuelto (por olvido inculpable); sólo queda la obligación remanente de hacer que sobre él recaiga de modo directo la absolución.

Este segundo es el caso que está aquí consultado. Por tanto, basta con decir en la próxima confesión lo ocurrido y confesar en esa oportunidad el o los pecados olvidados.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] Cf. Concilio de Trento, DS 1678, 1707-1708; Juan Pablo II, Mensaje al Cardenal Baum, penitenciario mayor, 22/03/1996, en: L’Osservatore Romano, 5/04/1996, p. 4.

[2] S.Th., Suppl. 9, 3 ad 2.

embrión congelado

¿Podemos adoptar un embrión congelado?

Pregunta:

Somos un matrimonio cristiano; no hemos podido tener hijos, por lo cual decidimos adoptar un niño; lo hicimos y somos muy felices, pero queremos tener más hijos y vamos a iniciar una segunda adopción; ahora bien, hace poco nos enteramos de la posibilidad de adoptar un embrión ya que es otra vida, un nuevo ser humano (y que sus padres naturales no quieren), pero no sabemos qué dice la Iglesia católica sobre este tema, si es correcto o no. Para nosotros es muy importante saberlo. Gracias por su atención.

Respuesta:

Estimados:

Esta es una pregunta muy difícil sobre la cual no están de acuerdo todos los moralistas, pues las dos alternativas (implantarlos o dejarlos congelados hasta que mueran) tienen sus inconvenientes morales. Esta encrucijada sin salida es un signo más de la inmoralidad de la fecundación in vitro y del posterior congelamiento embrional (= crioconservación).

Algunos autores están en contra del llamado “rescate” de embriones congelados, como Mons. William Smith y Mary Geach. Smith se basa en textos de la Instrucción Donum vitae (donde se condena la “maternidad sustitutiva” o “útero de alquiler”, y porque el documento dice expresamente que estos embriones “están expuestos a una suerte absurda, sin que sea posible ofrecerles vías de supervivencia seguras y lícitamente perseguibles”[1])- Geach considera que la implantación de un embrión en una mujer equivale a un acto contra la castidad[2].

Otros aceptan la licitud, como Grisez, Surtees y Watt[3] y May[4]. Estos critican a Smith que saca de contexto el pasaje de Donum vitae y que la “maternidad sustitutiva” del documento no incluye la “adopción”; y contra Geach distinguen entre pervertir el acto conyugal y la decisión de rescatar un ser humano ya concebido. En el fondo sostienen que hay que distinguir entre: (a) separar los dos significados del acto conyugal en un acto de procreación (como la fecundación artificial in vitro) y (b) separarlos en un acto no procreativo sino de aceptación de una prole ya existente. Algunos, como Grisez y May, aceptan incluso la posibilidad de que pueda darse lícitamente el “rescate” de embriones por parte de mujeres no casadas (mientras puedan garantizarles la futura educación moral y afectiva; por tanto, no en el caso de las lesbianas o mujeres de mala vida, etc.).

Otros aceptan la implantación del embrión congelado como “extrema ratio”; por ejemplo Maurizio Faggioni[5]. Transcribo parte de su solución: “Las actividades de manipulación de embriones y las aberrantes disposiciones legislativas que las consienten se inscriben en la mentalidad distorsionada que preside muchas prácticas de reproducción artificial. En particular, la fertilización in vitro, violando la inseparable conexión entre los gestos del amor encarnado de los esposos y la transmisión de la vida, oscurece el significado profundo del generar humano. No es, por tanto, lícito producir embriones in vitro y mucho menos producirlos voluntariamente en número excesivo, de modo que sea necesaria la crio-conservación. Ésta parece ser la única respuesta razonable a la cuestión de la congelación embrional y en tal sentido el Santo Padre ha interpelado a los hombres de ciencia. Sin embargo, el modo antinatural en que estos embriones han sido concebidos y las antinaturales condiciones en que se encuentran, no pueden hacernos olvidar que se trata de criaturas humanas, dones vivientes de la Bondad divina, creados a imagen del mismo Hijo de Dios. Se nos pide entonces cómo intervenir para salvar a estas criaturas, resolviendo de modo éticamente aceptable el desagradable dilema.

Una vez que los embriones son concebidos in vitro, existe por cierto la obligación de transferirlos a la madre y solamente ante la imposibilidad de una transferencia inmediata se podrían congelar, siempre con la intención de transferirlos apenas se hayan presentado las condiciones. En efecto, el seno materno es el único lugar digno de la persona, donde el embrión puede tener alguna esperanza de sobrevivir, reanudando espontáneamente los procesos evolutivos artificialmente interrumpidos. También aquellos que —en contraste con la moral católica— considerasen justo recurrir a métodos extra-corpóreos no podrían eximirse de respetar ese mínimo ético que está constituido por la tutela de la vida inocente. Ni siquiera en caso de divorcio el marido podría oponerse a la petición de la esposa de recibir los embriones ya concebidos pues, una vez que la vida humana ha comenzado, el progenitor no tiene ningún derecho de oponerse a su existencia y desarrollo. El embrión, de hecho, no obtiene su derecho a existir de la común acogida de sus progenitores, de la aceptación de la madre o de una determinación legal, sino de su condición de ser humano. Hay que poner de relieve, por otra parte, que en un embarazo diferido, el significado de la procreación, en su compleja dinámica antropológica, es ulteriormente turbado y trastornado: la escisión artificiosa entre unión sexual (cuando ha tenido lugar) y concepción, ya drástica e inaceptable en las técnicas extra-corpóreas, se hace máxima en el caso de la implantación de un embrión crio- conservado.

Si no se puede encontrar a la madre, o ésta rechaza la transfer, algunos autores, incluso católicos, han considerado la posibilidad de transferir los embriones a otra mujer. Se trataría de una adopción prenatal diferente de la maternidad sucedánea y de la fecundación heteróloga con donación de ovocitos: aquí no se daría una lesión de la unidad matrimonial ni un desequilibrio de las relaciones de parentesco pues el embrión se encontraría, desde el punto de vista genético, en una misma relación con ambos padres adoptivos. Los vínculos más intensos y profundos establecidos entre quien es adoptado antes de nacer y los padres adoptivos, tendrían que atenuar algunos problemas psicológicos que se observan en las adopciones tradicionales, mientras se exaltaría el sentido de la adopción como expresión de la fecundidad del amor conyugal y fruto de una generosa apertura a la vida, que lleva a la acogida en el seno de una familia de hijos privados de padres o abandonados, y sobre todo de los abandonados a causa de minusvalía o enfermedad.

La solución, sugerida como extrema ratio para salvar los embriones abandonados a una muerte segura, tiene el mérito de tomar en serio el valor de la vida, si bien frágil, de los embriones y de aceptar con valentía el desafío de la crio-conservación buscando limitar los nefastos efectos de una situación desordenada. Sin embargo, el desorden dentro del cual discurre la razón ética marca profundamente las tentativas mismas de solución. En efecto, no se pueden silenciar los graves interrogantes que provoca esta solución y, de modo particular, el temor a que esta singular adopción no logre substraerse a los criterios eficientistas y deshumanizantes que regulan la técnica de la reproducción artificial: ¿será posible excluir toda forma de selección, o evitar que se produzcan embriones en vista de la adopción? ¿Es imaginable una relación transparente entre los Centros que producen ilícitamente embriones y los Centros donde éstos serían lícitamente transferidos a madres adoptivas? ¿No se corre el riesgo de legitimar e incluso promover, inconsciente y paradójicamente, una nueva forma de cosificación y manipulación del embrión y, más en general, de la persona humana?

En el caso de los embriones congelados tenemos un ejemplo impresionante de los inextricables laberintos en los que se aprisiona una ciencia cuando se pone la servicio de intereses particulares y no del bien auténtico del hombre, únicamente al servicio del deseo y no de la razón. Por ello, frente al alcance de las cuestiones en juego —cuestiones de vida o de muerte— el pueblo cristiano siente con más fuerza que nunca la misión, que el Señor le confió, de anunciar el evangelio de la vida y se compromete, junto con todos los hombres de buena voluntad, a responder a las problemáticas emergentes con soluciones incluso audaces, pero siempre respetuosas de los valores de las personas y de sus derechos nativos, sobre todo cuando se trata de los derechos de los débiles y de los últimos”.

William Smith, Rescue the Frozen?,Homiletic and Pastoral Review, 96.1 (Oct. 1995), 72-74;

Cf. Germain Grisez, The Way of the Lord Jesus, vol. 3, Difficult Moral Questions, Franciscan Press, 1997, p. 242;

Geoffrey Surtees, Adoption of a Frozen Embryo, Homiletic and Pastoral Review 96, August- September 1996, 8-9;

William May, Catholic Bioethics and the gift of Human Life, Our Sunday Visitor Publishing División, Huntington, 2000;

Maurizio Faggioni, o.f.m., La cuestión de los embriones congelados, “L’Osservatore Romano”, edición española del 30 de agosto de 1996, p. 9 y 11;

María Valent, Más sobre la cuestión de los embriones congelados (http://www.bioeticaweb.com/)

Natalia López Moratalla, Congelación de Embriones (http://www.bioeticaweb.com/).

[1] DV, II, 3; y I, 5. Cf. William Smith, Rescue the Frozen?, “Homiletic and Pastoral Review, 96.1 (Oct. 1995), 72-74.

[2] Mary Geach: Are there any circumstances in which it would be morally admirable for a woman to seek to have an orphan embryo implanted in her womb?, en: Issues for a Catholic Bioethic Proceedings of the International Conference to Celebrate the Twentieth Anniversary of the Foundation of The Linacre Centre 28-31 July 1997, London 1999, pp. 341- 346.

[3] Cf. Germain Grisez, The Way of the Lord Jesus, vol. 3, Difficult Moral Questions, Franciscan Press, 1997, p. 242; Geoffrey Surtees, Adoption of a Frozen Embryo, Homiletic and Pastoral Review 96, August-September 1996, 8-9; Hellen Watt, Issues for a Catholic Bioethic, pp. 349-350.

[4] Cf. William May, Catholic Bioethics and the gift of Human Life, Our Sunday Visitor Publishing Division, Huntington, 2000, pp. 94 ss.

[5] Cf. Maurizio Faggioni, o.f.m., La cuestión de los embriones congelados, “L’Osservatore Romano”, edición española del 30 de agosto de 1996, p. 9 y 11.

fe

La fe y las obras

Pregunta:

Parece ser que una de las principales diferencias entre católicos y protestantes, está en el hecho de que los primeros creen en el poder de las obras para alcanzar la salvación, mientras que los segundos no creen que el hombre, pecador por naturaleza, pueda hacer obras con valor salvífico, siendo la Sangre derramada por Jesús la única que puede salvarle, y ello de forma gratuita, aceptando por la sola fe que Él es su Salvador. Parece una opinión bastante coherente, pues se podría ver en la actitud católica una minusvaloración del valor salvador del Sacrificio de Jesús. La Iglesia católica pide una colaboración activa en la salvación, hace co-redentora a María y mediadores a los Santos… ¿No es suficiente la Sangre del Hijo de Dios por sí sola para reconciliarnos con el Padre?

Respuesta:

La doctrina católica sostiene –como doctrina revelada– que no basta la fe para la salvación, ya que sólo por la caridad la fe tiene la perfección de unirnos a Cristo y ser vida del alma, siendo meritoria de vida eterna. El Concilio de Trento expresamente enseña que “la fe, si no se le añade la esperanza y la caridad, ni une perfectamente con Cristo, ni hace miembro vivo de su Cuerpo. Por cuya razón se dice, con toda verdad, que la fe sin las obras está muerta (St 2,17ss) y ociosa” [1]. Y expresamente condenó el concepto de “sola fe”, tal como lo entendió el luteranismo primitivo: “Si alguno dijere que el impío se justifica por la sola fe, de modo que entienda no requerirse nada más con que coopere a conseguir la gracia de la justificación y que por parte alguna es necesario que se prepare y disponga por el movimiento de su voluntad, sea anatema”[2].

Esta doctrina está expresamente enseñada en la Sagrada Escritura, pues si bien es cierto que hay muchos textos –especialmente paulinos– que hablan de un papel fundamental de la fe en la justificación[3], también es claro que hay muchos otros textos, tanto del mismo Pablo como de otros autores inspirados, que hablan de la ineficacia de la fe sin las obras, y en particular sin la caridad: la fe sin obras es muerta (St 2,17); el que no tiene caridad –se entiende que está hablando de quien tiene fe– permanece en la muerte (1Jn 3,14); si tuviere tanta fe que trasladase los montes, si no tengo caridad, no soy nada (1Co 13,2); en Cristo ni vale la circuncisión ni vale el prepucio, sino la fe, que actúa por la caridad (Gal 5,6; cf. 4,15).

Por tanto, es necesario armonizar las afirmaciones en que se atribuyen los efectos salvíficos a la fe, con aquéllos en que los mismos efectos son, no sólo atribuidos a la caridad, sino que se niega que puedan ser alcanzados por la fe sin la caridad y las obras de la caridad (pues al hablar de caridad se sobreentienden sus obras, como queda patente por las palabras del Señor en el Evangelio de San Juan (cf. Jn 15,10): el que me ama guardará mis palabras [= mandamientos]). Mala práctica exegética es negar los textos que crean dificultad, tanto por una parte (negando el papel clave que juega la fe en la justificación y la doctrina paulina de la exclusión de las obras de la Ley; sea negando el papel de las obras de la caridad). De aquí que haya que afirmar que los textos en que se habla de la fe, deben ser entendidos de la fe “perfeccionada” por la caridad (porque mientras los textos referidos a la fe salvífica, si fuesen entendidos de la fe al margen de la caridad, quedarían en oposición a los textos que hablan de la necesidad de la caridad para salvarse, por el contrario, entendidos de la fe perfeccionada por la caridad, se entienden tanto unos como otros).

Teológicamente, esta relación perfectiva de la caridad –llamada bíblicamente: perfección, vínculo, vida o alma– ha sido expresada con el concepto de “forma”: la caridad es la forma de todas las virtudes[4]. No debe entenderse en el sentido de forma intrínseca o sustancial, pues la fe y las demás virtudes tienen su propia especificación intrínseca que les viene de su objeto, la cual no muda al recibir la caridad sino como referida a una forma accidental y extrínseca (de orden operativo): en el sentido de que la caridad mueve e impera los actos de fe y de las demás virtudes al fin último (Dios), imprimiendo en ellos la cualidad de actos meritorios; de este modo eleva los actos de la fe al orden virtuoso y perfecto. En este sentido, la fe recibe de la caridad especificación sobrenatural, es decir, la orientación al fin último (el bien divino, que es objeto de la caridad): “la caridad, en cuanto tiene por objeto el último fin, mueve las otras virtudes a obrar”[5].

En referencia a cuanto decían las objeciones expuestas más arriba, debemos decir que de ninguna manera puede decirse que la Iglesia católica quite valor al sacrificio de Jesús. Su valor es infinito y una gota de sangre puede salvar el universo, como cantamos en el Adorote devote (himno atribuido a Santo Tomás). Lo que enseña la Iglesia, siguiendo al mismo Jesucristo, es que Dios no nos salvará (nos salva Dios, no nosotros) sin nosotros, es decir, sin que su sangre se convierta en fruto en nosotros. Y esto se pone de manifiesto en las obras (que si bien las hace Dios en nosotros, se hacen, existen). Por eso, Jesucristo al joven rico que quería salvarse le dice que haga obras: ¿Qué tengo que hacer para salvarme? Cumple los mandamientos, y le nombra los principales. Eso es lo mismo que enseña la Iglesia. Las obras son totalmente nuestras y totalmente de Dios que las hace en nosotros.

Lutero tergiversó esta doctrina, considerando inútil toda obra humana. Pero no es eso lo que enseña San Pablo cuando en 1Co 3,9 dice que somos colaboradores de Dios. Algunos protestantes, para evitar el sentido evidente del valor de las obras que tiene este texto, traducen “trabajadores de Dios”, pero no es ése el sentido verdadero de la expresión (¿dónde dejan estos biblistas el sentido literal cuando se torna comprometedor para sus doctrinas?). El texto griego dice “sunergoí” (“sunergós”): colaboradores, “adiutores” como dice la Neo Vulgata; el prefijo griego “sun” equivale al latino “cum”, con (como puede verse en palabras que han pasado a nuestra lengua: “síntesis”, “sincrónico”, “sinestesia”, etc.). Lo reconocen algunas versiones protestantes como la American Standard Version y la New King James Version, que traducen como “fellow-workers”, y la Reina-Valera que dice “colaboradores”. También San Pablo exclama con toda fuerza: De él (Dios) somos hechura, creados en Cristo Jesús a base de obras buenas, que de antemano dispuso Dios para que nos ejercitemos en ellas (Ef 2,10). “Epì érgois agathois” son obras, hechos buenos; y dice San Pablo que Dios ha querido que en ellas “peripatêsômen”: caminemos. No puede pensarse nada más lejos de una fe desencarnada del obrar. Y por el mismo motivo, Nuestro Señor nos recuerda que no basta el conocimiento para la salvación, cuando, tras lavar los pies de sus discípulos y recordarles la necesidad de “obrar” según su ejemplo (Jn 13,15: para que así como yo hice con vosotros, vosotros también hagáis: “húmeis poiête”), añade (Jn 13,17): Si sabéis esto, bienaventurados seréis si lo hiciérais (“ei tauta oidate, makárioí este eàn poiête autá). No basta saber; es necesario hacer, obrar (“poieô” en griego).

A una persona que me preguntaba: “si la salvación ya está dada por Jesús y en Jesús, ¿por qué tenemos que ‘trabajar’ para conseguirla?”, le respondí, en su momento, diciendo que si a alguien le comunican que el gobierno le ha adjudicado una casa pero tiene que ir a retirar el título, esa persona se daría cuenta de que la casa le pertenecerá desde el momento en que retire efectivamente el título; antes no puede entrar en esa casa. Del mismo modo, Jesús ha ganado los méritos para nuestra salvación, pero cada uno de nosotros debe hacer el trabajo de “aplicárselos” a sí mismo, mediante la santificación diaria y los sacramentos (aun así, los católicos sabemos y profesamos que esta misma aplicación no es sólo obra nuestra, sino al mismo tiempo toda nuestra y toda de Dios). Jesús murió por todos los hombres, pero el buen ladrón aceptó a Cristo y el mal ladrón murió blasfemando. Eso quiere decir que la salvación no es algo automático. Y las consecuencias a las que se puede llegar por la doctrina de la fe sola, sin obras, escandalizaría a todo buen protestante. Baste de prueba las palabras de Lutero en carta a Melanchton el 1 de agosto de 1521[6]: “Si pide gracia, entonces pida una gracia verdadera y no una falsa; si la gracia existe, entonces debes cometer un pecado real, no ficticio. Dios no salva falsos pecadores. Sé un pecador y peca fuertemente, pero cree más y alégrate en Cristo más fuertemente aún (…) Si estamos aquí [en este mundo] debemos pecar (…) Ningún pecado nos separará del Cordero, ni siquiera fornicando y asesinando millares de veces cada día”. El autor protestante De Wette, quien se dedicó a coleccionar frases célebres de Lutero, decía (atribuyéndolo a Lutero): “Debes quitar el decálogo de los ojos y del corazón”[7]

Me parece, así, muy equilibrado cuanto escribía un convertido: “muchos protestantes acusan a la Iglesia Católica de enseñar un sistema de salvación basado en obras humanas, independientemente de la gracia de Dios. Pero esto no es cierto. La Iglesia enseña la necesidad de las obras, pero también lo enseñan las Escrituras. La Iglesia rechaza la noción de que la salvación se puede alcanzar ‘sólo por las obras’. Nada nos puede salvar, ni la fe ni las obras, sin la gracia de Dios. Las acciones meritorias que llevamos a cabo son obras inspiradas por la gracia de Dios”[8].

En ésta, como en otras cuestiones, creo que hay una incomprensión de parte de muchos protestantes respecto de la doctrina católica. Lo que ellos critican a los católicos, los católicos no lo enseñan de ese modo; es una mala imagen que no responde a la realidad, y para demostrarlo podemos invitar a cualquier protestante que nos diga dónde y en qué documento oficial, aprobado por el magisterio, la Iglesia enseña que alguien puede justificarse sólo por las obras.

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

Bibliografía:

M. Bover, Las epístolas de San Pablo, Balmes, Barcelona 1959;

Idem, Teología de San Pablo, BAC, Madrid 1956;

Ferdinand Prat, La teología de San Pablo, Jus, México 1947 (2 volúmenes);

Settimio Cipriani, Le lettere di Paolo, Cittadella Ed., Assisi 1991.

En inglés puede encontrarse una importante bibliografía sobre la doctrina protestante y católica de la justificación en el artículo de Joseph Pohle, Justification, “The Catholic Encyclopedia”, vol. VIII, Robert Appleton Company, 1910.

[1] DS 1531.

[2] DS 1559; cf. 1532; 1538; 1465; 1460s.

[3] Por ejemplo: Le respondieron: Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa (Hch 16,31); el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley (Rom 3,28); Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación (Rom 5,1); otras citas semejantes: Hch 26,18; Rom 10,9; Ef 2,8-9; Gal 2,16; 2,21; 3,1-3. 9-14. 21-25.

[4] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1827; 1844; 2346.

[5] Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, 64,5.

[6] Esta carta puede leerse en la “American Edition Luther’s Works”, vol. 48, pp. 281-282, ed. H. Lehman, Fortress 1963.

[7] Citado por P. F. O’Hare, The Facts about Luther, Rockford 1987, p. 311.

[8] Cf. Tim Staples, op. cit., p. 269-270.